Carta pastoral de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas
Décimo tercer domingo durante el año - 26 de junio de 2005
En este
principio de siglo no dudamos en afirmar que somos protagonistas de
profundas transformaciones de todo tipo. A veces nos quedamos
perplejos ante el rapidísimo avance tecnológico, bio-genético,
informático... todo esto tiene una estrecha relación con ámbitos
fundamentales para la existencia humana, como la ética, la economía
o la misma cuestión social. Lamentablemente a veces el pragmatismo
lleva a priorizar de hecho el “hacer sin pensar”. No es raro que a
veces se resuelvan y ejecuten cosas sin prever suficientemente las
consecuencias. Priorizamos en nuestras opciones aspectos válidos
como la informática, el inglés o el mundo global en la educación,
cuando hay miles de niños que están sumergidos en la desnutrición y
son incapaces para acceder a un aprendizaje normal o bien no tienen
útiles escolares básicos. Y tampoco evaluamos suficientemente los
contenidos y valores educativos que los capacitarán como personas.
De hecho priorizamos una especie de “zaping informático” y no nos
planteamos “el sentido de las cosas”. Es cierto que sumergidos en la
rapidez de los cambios, si vivimos solo pragmáticamente, corremos el
riesgo de deshumanizarnos y generar una crisis o bien degradación de
la sociedad y la cultura.
Muchas
veces nos cuestionamos los cristianos cual puede ser nuestro aporte
en este inicio de siglo. Desde ya que solo podemos servir, ahondando
y formándonos en la fe en la que creemos y desde ahí tener una real
apertura y diálogo con nuestro tiempo. Quizá haya dos palabras
claves que debemos tener en cuenta que son: “identidad” y “diálogo”.
Creo oportuno recordar un texto que hemos publicado los obispos
argentinos en el año jubilar denominado: “Jesucristo, Señor de la
Historia”. En el mismo hay una referencia explícita a la necesidad
de afirmar nuestra identidad en una época de cambios: “El comienzo
del siglo encuentra a la humanidad en un momento muy significativo.
Algunas décadas atrás la Iglesia hablaba del amanecer de una época
de la historia humana caracterizada sobre todo, por profundas
transformaciones. Pero ese amanecer no ha concluido. Más aún,
aquellas situaciones nuevas se han vuelto más complejas todavía. Por
eso podemos percibir qué es lo que termina, pero no descubrimos con
la misma claridad aquello que está comenzando. Frente a esta novedad
se entrecruzan la perplejidad y fascinación, la desorientación y el
deseo de futuro. En este contexto se plantea, a veces de un modo
oculto y desordenado, preguntas urgentes: ¿Quién soy en realidad?
¿cuál es nuestro origen y cuál nuestro destino? ¿qué sentido tiene
el esfuerzo y el trabajo, el dolor y el pecado, el mal y la muerte?
Tenemos necesidad de volver sobre estos interrogantes fundamentales.
En una época de profundas transformaciones, la cuestión de la
identidad aparece como uno de los grandes desafíos. Y esta
problemática afecta de modo decisivo al crecimiento, a la maduración
y a la felicidad de todos. En este marco, queremos anunciar lo que
creemos, porque el Evangelio es una luz para planteos que nos
inquietan” (3).
En el
centro de nuestra identidad como cristianos, está la persona de
Jesucristo. Dios hecho hombre. Es la piedra angular de la creación y
de la historia de la Salvación. Es una tarea de cada cristiano
comprender la centralidad de Jesucristo en su vida y asociarse
libremente a Él. Desde esta reflexión podemos entender la afirmación
del texto del Evangelio de este domingo (Mt. 10,37-42). “El que ama
a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que
ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí” (Mt.10,3).
Si
realmente como cristianos queremos ser discípulos de Jesús,
trataremos de abrir nuestro corazón a sus enseñanzas. En el poner en
práctica la Palabra de Dios, en el ejercicio de la comunión
eclesial, nosotros alimentamos nuestra identidad y discipulado.
Cuando entendemos que este discipulado debemos vivirlo en el mundo,
en la familia, trabajo, política, escuela... comprendemos que la
identidad cristiana realmente es un desafío necesario, para que
nuestro aporte sea fecundo en medio de situaciones nuevas y
complejas. El intentar vivir con identidad y coherencia de vida nos
permiten entender la exigencia del discipulado que nos pone el
Señor: “El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí; el que
encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí la
encontrará” (Mt.10,38-39). Solo por la fe podemos comprender esta
propuesta del Señor, exigente, difícil de entender y sobre todo de
vivir, en este amanecer aún un tanto oscuro. Pero si somos capaces
de asumir esta propuesta estaremos caminando un camino de esperanza.
¡Un
saludo cercano y hasta el próximo domingo!