Carta pastoral de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas
Décimo cuarto domingo durante el año - 3 de julio de 2005
El texto
del Evangelio de este domingo (Mt. 11,25-30), nos plantea la
revelación de Diosa los humildes: “En esta oportunidad Jesús dijo:
“Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado
estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los
pequeños” (Mt. 11,25). En el centro de estos textos se nos presenta
una virtud que lamentablemente a quedado en el olvido que es la
“humildad” y sin la cual el hombre está impedido a acceder a otras
virtudes claves para crecer como persona y sociedad. Es importante
aclarar la hondura del texto bíblico donde Cristo, el Señor, realiza
una plegaria de acción de gracias por la misión de los setenta y dos
discípulos y por la inteligencia concedida a los pequeños. En
realidad la situación de las palabras en Mateo, ponen en contraste a
los pequeños, los discípulos, con los sabios y prudentes, que eran
sobre todo los conocedores de la ley, los fariseos y los escribas.
Su mensaje ha sido captado por unos cuantos discípulos procedentes
de ambientes como los pescadores o bien los publicanos rechazados
por los israelitas. Pero ello ha sido obra del Padre. El mensaje de
Jesús no puede captarse tanto por vía del entendimiento y sabiduría,
sino que se da a conocer por una “Revelación”.
En realidad la
humildad nos permite acceder a la sabiduría de Dios, que se
distancia de la sabiduría humana cuando ésta se fundamenta en la
soberbia. San Pablo nos dice: “Es verdad que anunciamos una
sabiduría entre aquellos que son personas espiritualmente maduras,
pero no la sabiduría de este mundo, condenados a la destrucción. Lo
que anunciamos es una sabiduría de Dios, misteriosa y secreta, que
él preparó para nuestra gloria...” (1 Cor. 2,6-7).
Lamentablemente
este tema del ser pequeños y el valor de “la humildad”, está casi en
el olvido y difícilmente se encuentra algo de esto en los contenidos
educativos o en la práctica de aquellos que tienen roles
dirigenciales. Por marginar esta virtud en general no ejercen el
poder como servicio. Es más, en los planes de educación fue
desapareciendo la enseñanza de “las virtudes”. Quizá sea la justicia
la virtud más nombrada, aunque no demasiado practicada.
En este tiempo me
he cuestionado algunos temas especialmente al pensar la formación de
los futuros sacerdotes, tema en el que siempre he estado
involucrado, sobre todo en la necesidad de acentuar más la
maduración humana y afectiva, como también la virtud de la humildad,
en relación a la conducción. Los sacerdotes por su rol de pastores
de comunidades necesariamente deben ejercer la tarea de conducir. Es
cierto que inmediatamente este tema formativo me lleva a pensar y a
preguntar por nuestros dirigentes sociales y políticos: ¿cuál es la
madurez humana, afectiva, y el ejercicio de la virtud de la humildad
de aquellos que ejercen el poder?. Lamentablemente debemos señalar a
partir de lo que leemos y escuchamos, que los ambientes que se
generan en la vida política y social y hasta eclesial, están
cargados de inmadurez humana y de desequilibrios afectivos. Cuando
dichos desequilibrios invaden nuestros juicios y decisiones debemos
tener en claro que la gente se transforma en nuestras víctimas. El
hombre o la mujer con estos rasgos de inmadurez y con poder, siempre
terminan en actitudes autoritarias. Es el caso de aquellos que
rápidamente eliminan a quienes no son afines, o que no piensan como
ellos, más allá de las capacidades y dones que tengan. Por estos
desórdenes afectivos en general la práctica habitual es la del “ojo
por ojo” y “diente por diente”. Si uno pregunta cual es su religión,
responderán rápidamente que son cristianos, pero el perdonar
“setenta veces siete” y la reconciliación, brillan por su ausencia.
Desde ya que estos desequilibrios serán ámbitos propicios para que
anide el peor de los pecados que es la soberbia, exactamente opuesta
a “la humildad”, que nos propone el Señor en sus enseñanzas. Porque
abunda la soberbia fundamentalmente en nuestra dirigencia, se va
acentuando aquello que hemos señalado en varias oportunidades que es
una “crisis de la civilización” o bien de valores.
Hoy podemos ser
realmente constructores sociales si nos ubicamos del lado de los
“pequeños” que señala el Evangelio de este domingo, que no es solo
un llamado para algunos, sino para todos los cristianos: obispos,
sacerdotes, políticos, empresarios, sindicalistas, amas de casa,
comunicadores sociales... Es bueno recordarlo porque los “sabios y
prudentes, los soberbios de hoy, nos pueden estar conduciendo al
precipicio.
¡Un saludo
cercano y hasta el próximo domingo!