Carta pastoral de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas
Décimo sexto domingo durante el año - 17 de julio de 2005
En
nuestra época otras de las palabras poco escuchadas es “santidad”.
Quizá algunos medios masivos la toman cuando se presenta un
acontecimiento ligado a la religiosidad popular. Otras veces a los
santos se los presenta como figuras que no se asemejan a los hombres
y mujeres comunes. Se hace referencia más por sus aspectos
extraordinarios que por haber vivido la santidad en la vida
ordinaria. Lamentablemente algunas biografías ayudan a acentuar esta
imagen distante de la santidad. El Papa Juan pablo II en la carta
“Novo Millennio Ineunte” nos aclara sobre este tema: “Como el
Concilio mismo explicó, este ideal de perfección no ha de ser
malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria,
practicable solo para algunos “genios” de la santidad. Los caminos
de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno”
(31).
En realidad la
Iglesia nos propone estos modelos, para que nosotros veamos que la
santidad es posible. Si es raro escuchar hablar de la santidad,
puede ser más difícil entender que todos los hombres y mujeres,
sobre todo los bautizados tenemos el llamado y la posibilidad de ser
santos.
El Papa Juan
Pablo II al iniciar nuestro siglo XXI nos decía que en la base de
toda programación pastoral deberemos poner la santidad como primer
objetivo aunque esto parezca poco práctico. Nosotros como Diócesis
nos encaminamos a celebrar los 50 años de su creación en el 2007. Lo
celebraremos con nuestro primer Sínodo. En la reflexión y
preparación acentuaremos tres palabras fundamentales: “Conversión,
comunión y misión”. Este año estamos tratando de asumir
especialmente la primera que es conversión; “conversión a
Jesucristo, el Señor”, tema necesariamente ligado a la santidad.
Debemos reconocer
que en medio de tantas situaciones difíciles hay temas que
seguramente aparecen más urgentes: las próximas elecciones, las
listas de candidatos y las encuestas con sus tendencias, la
necesaria inclusión de grandes sectores que sobreviven en la
marginalidad. La desocupación sobre todo de los jóvenes que buscan
trabajo y no lo encuentran, los índices de pobreza y
desnutrición...; quizá para otros les puede resultar más entretenido
que reflexionar sobre la santidad, ingresar en el mundo de las
informaciones, o bien, “el chismerío” sobre “dimes y diretes”, de
algunos personajes más o menos importantes de nuestra sociedad. Sin
embargo uno de los temas que es una de las causas principales de la
crisis de valores en la que estamos sumergidos es la generalizada
ausencia en la vida pública de hombres y mujeres que tengan ideales
y sentido ético, que no se vendan, ni se compren, y de cristianos
que vivan con más coherencia su compromiso a la santidad.
Al pensar nuestra
realidad en relación a este tema central que es la búsqueda de la
santidad y el tener ideales, no dudo en expresar que en el corazón
de cada hombre y mujer siempre está el deseo del bien. Es cierto que
buscamos el bien aún cuando por distintas circunstancias nos vamos
apartando del mismo y empezamos a justificarnos. Es allí donde
aparece el recurso a cualquier medio, aún malo, para lograr nuestros
objetivos.
El texto del
Evangelio de este domingo (Mt. 13,24-43), puede ayudarnos a
comprender como en la sociedad, pero también en nuestro mismo
corazón conviven el trigo y la cizaña. El Apóstol San Pablo diría la
lucha que se da entre el hombre viejo y el hombre nuevo. La cizaña
gana espacio en una sociedad o ambiente, o bien, en las estructuras
de pecado, cuando cada persona o cada ciudadano, se permite optar
por el uso de cualquier medio malo para lograr un fin determinado.
Desde el texto bíblico podemos decir que es allí cuando crece la
cizaña. Por el contrario el tener ideales, el buscar la santidad,
nos permiten que el trigo crezca y que nuestros ambientes y sociedad
sean vivibles.
Ojalá que todos,
cada uno en su propia vocación, en la vida cotidiana o en el
ejercicio de nuestro rol ciudadano, especialmente aquellos que nos
proponemos trabajar por el bien común, nos cuestionemos sobre los
medios que usamos para lograr nuestros objetivos, aún cuando estos
los consideremos válidos. Si creemos posible una sociedad y cultura
más sana, donde crezca el trigo, deberemos disponernos a quitar la
cizaña de nuestro corazón que tanto perjudican a los demás y nos
sumerge en la oscuridad.
¡Un saludo
cercano y hasta el próximo domingo!