Carta pastoral de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas
Vigésimo primer domingo durante el año - 21 de agosto de 2005
Este domingo
continuaremos profundizando sobre la necesidad de ser una Iglesia
abierta y misionera. La necesidad de profundizar en esta reflexión
se hace necesario especialmente en el camino hacia nuestro primer
“Sínodo Diocesano” que celebraremos en 2007. El ser una Iglesia que
profundice en la conversión y comunión para ser abierta y misionera
es un rasgo indispensable que debemos asumir los cristianos en este
inicio de siglo. El abrirnos al mundo para evangelizarlo requiere
una actitud fundamental: “amar al mundo”. Si no amamos esta
historia, a estos hombres y mujeres que forman parte de nuestra
realidad, difícilmente podremos evangelizarlos. El que no ama no
puede evangelizar.
Esta actitud
tiene inmediatas consecuencias espirituales y pastorales. Es una
antigua tentación que reaparece en la historia que vive la Iglesia,
con distintos ropajes. La tentación de “grupismos” o bien opciones
pastorales exclusivas, actitudes cerradas que han terminado muchas
veces en formas sectarias. Son los que se sienten mejores, los
salvadores y los que siempre miran al mundo y a los que no son de
ellos, como sospechosos. De esta especie que son estilos
integristas, en nuestros días, los hay de derecha, de izquierda o
con otras motivaciones, pero siempre enraizados en la soberbia.
Es fundamental
entender que el hecho que la Iglesia posea los tesoros de la
revelación, no impide que podamos encontrar en el mundo muchos
valores, presencias de Dios, “las semillas del Verbo”.
El texto del
Evangelio de este domingo (Mt. 16,13-20), nos señala por un lado que
al igual que el apóstol Pedro la Iglesia siempre debe confesar: “Tú
eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Acompañados con la certeza
que nos dio el Señor: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré
mi Iglesia y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella” (Mt.16,
18). La Iglesia entiende su identidad, vocación y misión en la
confesión de la persona de Jesucristo, su Señor y Maestro.
En este tiempo
vamos realizando un camino como Diócesis preparándonos hacia el
Sínodo. En la mayoría de las Comunidades en cada fiesta patronal, en
los triduos o novenas de preparación he visto con satisfacción como
se tomó el tema de “la conversión a Jesucristo en camino al Sínodo”.
Seguramente esto no sea una noticia llamativa en nuestra sociedad
misionera, y sin embargo estos procesos que implican evangelizarnos
para evangelizar, se hacen silenciosos, pero consistentes y
profundos, y van “generando cambios” que mejorarán la calidad de
vida, compromiso en los valores y opciones sociales y ciudadanas en
nuestra Provincia.
Creo oportuno
repasar un texto del documento “Jesucristo, Señor de la Historia”,
que expresa esta dimensión de la Iglesia que desde su conversión a
Jesucristo busca ser abierta y servir a la humanidad. Este documento
fue escrito por los obispos argentinos con motivo del año jubilar y
nos decía: “La Iglesia se sabe enviada por Jesucristo vivo al
encuentro de los seres humanos de todos los tiempos. Por eso, cuando
la familia humana comienza a transitar un nuevo milenio, ella quiere
renovarse en su vocación de acompañar y servir a la humanidad. La
Iglesia del tercer milenio, arraigada en los sentimientos de Cristo
Jesús, quiere experimentar como suyos los gozos y las esperanzas,
las tristezas y las angustias de los hombres de este nuevo tiempo;
desea ardientemente sentirse íntima y realmente solidaria del género
humano en esta etapa del camino. Esta vocación a la compañía y la
solidaridad es la que se expresa cuando afirmamos que la Iglesia es
el Pueblo de Dios peregrino. Pero por el mismo hecho de ser
peregrina, sabe también que sus hijos –desde los laicos hasta los
obispos- cometen errores, caen, se resisten a la conversión. Por eso
reconoce que debe estar dispuesta a pedir perdón y a renovarse
permanentemente bajo el impulso del Espíritu Santo. Sin embargo, la
Iglesia es siempre, con sus luces y sus sombras, signo e instrumento
de Salvación para todos los hombres” (21).
Como Iglesia
Diocesana hacia el Sínodo este es un tiempo de gracia y es bueno
repetir con el documento citado: “Dejemos que Dios nos reconcilie en
nuestras familias, comunidades y sociedad. ¡no nos resistamos a
cambiar lo que debe ser transformado!” Seguramente una Iglesia que
busca convertirse más a Jesucristo, el Señor, podrá ser más abierta
y misionera, servir y acompañar nuestra realidad provincial, para
generar una sociedad con valores más humanos y cristianos que la
hagan vivible.
¡Un saludo
cercano y hasta el próximo domingo!