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LAS INJUSTICIAS SOCIALES REQUIEREN UN COMPROMISO ACTIVO


Carta pastoral de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas 
Vigésimo segundo domingo durante el año - 28 de agosto de 2005



El texto del Evangelio de este domingo (Mt.16,21-27), nos sitúa ante el primer anuncio de la Pasión que realiza Jesús. Él era conciente que debía ir a Jerusalén, sufrir mucho y ser condenado a muerte para después resucitar. Es importante el texto porque nos ubica a los cristianos ante una clave para comprender el sentido del sufrimiento, las cruces propias de la vida humana y la necesidad de transformarlos en vida nueva, en compromisos y actitudes ligadas a la esperanza.

Por un lado notamos que en la realidad se dan situaciones de sufrimiento y dolor, fruto de la inseguridad, corrupción, pobreza y tantas formas de injusticia que se originan en la ruptura del hombre con Dios y con sus hermanos, desdibujando la profunda dignidad de cada hombre y mujer adquirida por ser imagen y semejanza del Creador. A esta realidad causada por los pecados de los hombres se agregan los sufrimientos, dolores y enfermedades que siempre se dan en la realidad humana. ¿Cuál es el sentido de estos sufrimientos y cómo debemos asumirlos y vivirlos desde las enseñanzas de Jesucristo?

Desde ya que los males causados por las injusticias que se van estructurando en la sociedad, requieren un compromiso activo del cristiano, llamado a transformar las realidades temporales. Esta comprensión que implica una esperanza activa y comprometida se distancia de muchas posturas de grupos religiosos o sectas, o bien de tendencias dentro de la misma Iglesia, que tienen un planteo pasivo y conformista del mundo. Estos planteos religiosos decimos que son alienantes, porque generan una ruptura ante la fe y la vida, o bien entre la fe y los compromisos ciudadanos del cristiano.

Sobre este tema del sufrimiento y el dolor, el Evangelio de este domingo nos dice: “Desde aquel día, Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho...” (Mt.16, 21), y también les enseña a sus discípulos: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá, y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará” (Mt.16, 24-25). Desde ya que estas enseñanzas nos ponen ante “el caracú” del camino que nos propone el Señor. Lamentablemente hay anuncios erróneos de la propuesta de Jesucristo, que pretenden eludir el sentido pascual que la Palabra de Dios le da al sufrimiento. Es cierto que muchos se ven atrapados por anuncios extraordinarios, apariciones, sanaciones, propuestas que eliminan el sufrimiento, revelaciones especiales; cohetería, fuegos artificiales y centellas..., y cuánto nos cuesta entender el paso de Dios en las cosas de todos los días, en el compromiso desde el Evangelio que debemos asumir para perdonar setenta veces siete, para poner la otra mejilla o para “no sacar el cuero” y hablar mal de los demás. Desde ya que aún nos cuesta más ver el paso de Dios en los sufrimientos y las cruces de cada día. La fe en lo cotidiano. La santidad en las pequeñas cosas de la vida diaria. Lamentablemente perdemos rápidamente la comprensión del Evangelio buscando a Dios en apariciones o cosas llamativas. La Palabra de Dios nos enseña que Él no se hace presente en las tormentas, en el huracán, sino en “la suave brisa”.

Un psicólogo me señalaba con mucha sabiduría que el nuevo “tabú” de nuestra época ya no es el sexo, eso es evidente. El “tabú” actual es la incapacidad de asumir los sufrimientos. La misma fe a veces es presentada por algunos grupos religiosos adecuada al consumismo de la época. Por supuesto que desde un Evangelio aguado y light, no podremos esperar compromisos profundos, ni un estilo de vida cristiano que mejore los valores de nuestra sociedad.

Evidentemente Dios puede obrar milagros, pero paganizamos el sentido que tienen cuando creemos lograrlos con fórmulas mágicas o creemos manejar el poder de Dios. En el Evangelio de este domingo el mismo Pedro tiene la tentación de eliminar el sufrimiento y la cruz: “Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá” (Mt.16, 22). El sufrimiento y la cruz de cada día, carecen de sentido, si no están ligados a la vida nueva de la Resurrección, al amor transformador de la Pascua, al compromiso y al ofrecimiento. “Él, sufriendo la muerte por nosotros pecadores nos enseña con su ejemplo a llevar la cruz, que el mundo echa sobre los hombros de los que buscan la paz y la justicia” (G.S. 38). Debemos revisar como es nuestro seguimiento de Jesús y si en nuestra fe incorporamos el misterio pascual, el sentido del sufrimiento, la muerte y la vida.

¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!


Mons. Juan Rubén Martínez,
obispo de Posadas



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