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EL VIRUS DE LA INCOHERENCIA
Y LA
INDIFERENCIA
Carta pastoral de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas
Vigésimo sexto domingo durante el año -
25 de setiembre de 2005
Seguramente son muchas las causas que provocan las rupturas entre la
fe y la vida, la ciencia, nuestros criterios y la cultura.
Lamentablemente esto trae serios problemas a la acción
evangelizadora de la Iglesia. Algunas de esas causas las encontramos
en planteos erróneos de espiritualidad. No son pocos los cristianos
que encierran la dimensión religiosa en la sola práctica de actos de
piedad y en la vida diaria se sienten liberados a obrar de cualquier
manera, sin ningún criterio ético. Desde ya que esto es una visión
errónea e incluso ritualista y pagana de la religiosidad.
Los cristianos
debemos saber que la espiritualidad necesita de la piedad, de la
oración personal, comunitaria y de la vida sacramental, pero todo esto
debe llevarnos a captar cual es la voluntad de Dios y ponerla en
práctica en nuestro obrar cotidiano.
El Evangelio de
este domingo (Mt. 21,28-32), es exigente en cuanto a la necesidad de
poner en práctica nuestra fe. Después de enseñarnos desde “la parábola
de los dos hijos”, subraya con dureza el valor de la escucha y
“humildad” de corazón para abrirnos a su llamado: “Los publicanos y
las prostitutas llegan antes que ustedes al reino de Dios” (Mt.21,31).
El Señor nos dice que éstos son más dóciles a creer, que muchos de sus
contemporáneos demasiado orgullosos de sus prácticas religiosas.
Seguramente nosotros podremos actualizar esta palabra, pero el mayor
problema de nuestra época es el virus de la incoherencia e
indiferencia. El llamarnos cristianos y no asumir las exigencias que
implica llevar ese nombre.
La espiritualidad
cristiana necesita que la fe esté “encarnada” en la vida como nos dice
Santiago en su carta: “Pongan en práctica la Palabra y no se contenten
solo con oírla, de manera que se engañen a ustedes mismos” (Sant.
1,22). Si bien la espiritualidad nos implica a todos los bautizados,
en nuestros días es fundamental la comprensión de este desafío de
parte del laicado que es la gran mayoría del pueblo de Dios.
Evangelizar la cultura implicará poner en práctica la voluntad de Dios
en la familia, el trabajo, la política, la escuela o bien en el campo.
Es importante
recordar un texto de las conclusiones de Santo Domingo (IV Conferencia
del Episcopado Latinoamericano), en donde se señalaba: “Sin embargo se
comprueba que la mayor parte de los bautizados no han tomado aún
conciencia plena de su pertenencia a la Iglesia. Se sienten católicos,
pero no Iglesia. Pocos asumen los valores cristianos como un elemento
de su identidad cultural y por lo tanto no sienten la necesidad de un
compromiso eclesial y evangelizador. Como consecuencia el mundo del
trabajo, de la política, de la economía, de la ciencia, del arte, de
la literatura y de los medios de comunicación social no son guiados
por criterios evangélicos. Así se explica la incoherencia que se da
entre la fe que dicen profesar y el compromiso real en la vida (D.P.783).
La persistencia de cierta mentalidad clerical en numerosos agentes de
pastoral, clérigos e incluso laicos (D.P.784), la dedicación de muchos
laicos de manera preferente a tareas intra eclesiales y deficiente
formación les privan de dar respuestas eficaces a los desafíos de la
sociedad” (S.D.96).
Algunos por
ignorancia o por razones ideológicas han querido que la fe y la
religiosidad quede encerrada en el templo. Desde ya que con una sana
concepción cristiana de la espiritualidad valorizamos el templo en
donde alimentamos nuestra fe, pero la fe y la dimensión religiosa debe
salir y estar en todos los ambientes y sectores donde los hombres y
mujeres vivimos.
Es importante que
podamos evaluar y cuestionarnos sobre como vivimos nuestra vocación
cristiana. Los textos bíblicos de este domingo nos ayudan para
realizar esta reflexión, porque son claros y exigentes. Será muy
difícil escuchar el mensaje del Señor y ponerlo en práctica si no
tenemos un corazón pobre y necesitado. El Apóstol Pablo nos pone como
ejemplo al Señor: “Él, que era de condición divina, no consideró esta
igualdad con Dios como algo que debía guadrar celosamente: al
contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y
haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto
humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de
cruz” (Fil.2,6-8).
¡Un saludo cercano
y hasta el próximo domingo!
Mons. Juan Rubén Martínez,
obispo de Posadas
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