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UNA IGLESIA CON IMPRONTA MISIONADA Y MISIONERA
Carta pastoral de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas
Vigésimo noveno domingo durante el año -
16 de octubre de 2005
El domingo
anterior hemos iniciado una reflexión desde la propuesta que el Papa
Juan Pablo II nos dejó en un mensaje escrito a principios de este
año. El texto que meditamos en este mes de octubre en que acentuamos
el tema de las misiones, se titula: “Misión Pan partido para el
mundo”. En la reflexión de la semana pasada tomamos el primer
subtítulo: “La humanidad tiene necesidad de Cristo pan partido”. Y
nos señalaba que “la Eucaristía, mientras hace comprender plenamente
el sentido de la misión, anima a cada creyente y especialmente a los
misioneros a ser “pan partido para la vida del mundo” (1).
Este domingo
tomaremos el segundo subtítulo del mensaje que estamos reflexionando:
“La Iglesia, junto a Cristo, se hace “Pan partido”. Por eso el Papa
nos señala: “La comunidad eclesial, cuando celebra la Eucaristía, de
manera especial el domingo, día del Señor, experimenta a la luz de la
fe, el valor del encuentro con Cristo resucitado, y adquiere cada vez
más conciencia de que el sacrificio eucarístico es para todos” (Mt.26,28).
Si uno se alimenta del Cuerpo y de la Sangre del Señor crucificado y
resucitado, no puede tener sólo para si mismo este “don”. Al
contrario, es necesario difundirlo. El amor apasionado por Cristo
conduce al anuncio valiente de Cristo, anuncio que, con el martirio,
se convierte en ofrenda suprema de amor a Dios y a los hermanos. La
Eucaristía apremia a una generosa acción evangelizadora y a un
compromiso activo en la edificación de una sociedad más equitativa y
fraterna” (3).
Desde ya que con la
lectura de estos textos del mensaje para la Jornada Mundial de las
Misiones es oportuno, que nosotros como Iglesia diocesana también nos
cuestionemos si en nuestras comunidades, parroquias, movimientos,
asociaciones, escuelas, somos “pan partido para la vida del mundo”.
Nuestra Iglesia fue y sigue teniendo una fuerte impronta de ser
misionada. Durante siglos han venido religiosos, sacerdotes, hermanas
de distintos lugares del mundo a traer la Palabra de Dios. Hemos sido
beneficiados por muchos hermanos que experimentaron y fueron “pan
partido” para donarse y dar sus vidas en nuestra tierra colorada. Como
Iglesia diocesana estamos viviendo un proceso donde el Espíritu santo
nos acompaña a ir acentuando el armado de la Diócesis. Desde ya que en
todo el camino del Sínodo se nos plantea la necesidad de “la
conversión” a Jesucristo, indispensable desde lo testimonial para ser
creíbles y “la Comunión” o “eclesiología de comunión”, mejorando la
caridad, la comunión de bienes, nuestras organizaciones pastorales,
consejos..., esto nos ayudará para crecer en la conciencia que la
razón de ser de la Iglesia es la misión, evangelizar, llegar a todos,
especialmente a los más necesitados, por eso el Papa sigue diciéndonos
“por el amor mutuo y, en particular, por la atención a los más
necesitados se nos reconocerá como verdaderos discípulos de Cristo. En
base a este criterio se comprobará la autenticidad de nuestras
celebraciones” (3).
En todos los
niveles deberemos en este tiempo cuestionarnos como llegar a los que
no lo conocen a Cristo, o a aquellos que tienen una religiosidad que
necesita plenificarse con la propuesta de Jesucristo, el Señor. No es
fácil, pero tenemos la certeza que el poner el oído en las
preocupaciones de nuestra gente, escuchando aquello que nos señalan
las encuestas con las que estamos trabajando en esta preparación del
Sínodo y nuestra conversión a tener desde nuestra identidad una
actitud de apertura al mundo, estamos buscando camino para acentuar
esta dimensión misionera. Lo queremos hacer tanto desde la
evangelización geográfica y ministerial, como con el compromiso del
laicado, entendiendo que su presencia en los ambientes y sectores es
evangelizar la cultura y es parte de un camino en el que como Diócesis
queremos ser realmente: “Pan partido para la vida del mundo”.
El Papa Juan Pablo
II nos dejaba un pedido y un deseo que como Iglesia lo queremos asumir
aún desde nuestras propias necesidades: “De todo corazón, deseo que el
Año de la Eucaristía motive a todas las comunidades cristianas a
caminar “con generosidad fraterna” al encuentro de “algunas de las
múltiples pobrezas y necesidades de nuestro mundo” (3).
¡Un saludo cercano
y hasta el próximo domingo!
Mons. Juan Rubén Martínez,
obispo de Posadas
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