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Cristo rey
PEREGRINACIÓN DIOCESANA A LORETO


Carta pastoral de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas 
Cristo Rey - 20 de noviembre de 2005

 

Como lo venimos realizando en los últimos años, los terceros domingos de noviembre son especialmente significativos para nuestra Diócesis. Celebramos la memoria de tantos hombres y mujeres que evangelizaron en estas tierras, como los mártires Roque González de Santa Cruz, Alonso Rodríguez y Juan del Castillo, o bien el P. Antonio Ruiz de Montoya, que junto a miles de indígenas vivieron una experiencia inédita en las comunidades fundadas y que en nuestra Diócesis fueron once. En este domingo celebramos a Jesucristo, Rey del Universo y nosotros sabemos que el ejemplo de estos misioneros nos ayudan a comprender mejor en nuestros días, que si anunciamos bien a Cristo, ninguna cultura queda anulada, sino que “anunciar el Evangelio” siempre plenifica a los pueblos y las personas en su dignidad. En Loreto alimentamos nuestro ánimo en la memoria, pero también los sufrimientos, martirio y vitalidad de estos testigos del pasado. Ellos nos fortalecen en la esperanza para sobrellevar las dificultades, persecuciones y luchas en este inicio de siglo.

Hace algunos días los obispos argentinos, durante la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal hemos publicado una carta pastoral dirigida “a los miembros del Pueblo de Dios y a todos los hombres de buena voluntad”, denominada: “La doctrina social de la Iglesia, una luz para reconstruir la Nación”. Entre los objetivos de la misma está el que todos comprendamos la necesidad de asumir como un aporte a nuestra condición de cristianos y ciudadanos los valores y virtudes presentados en la Doctrina Social de la Iglesia y fomentar el estudio de la misma. Es cierto que no salimos del asombro que nos ha provocado la recepción enfermiza o estratégica que algunos han hecho de un texto que está pensado para la reflexión como un aporte o bien como “una luz para reconstruir a la Nación”. Desde ya que creemos importante la lectura de dicha carta pastoral, tanto personal como en las comunidades y las familias.

Los santos en general, como los mártires de las misiones han sido testigos de Jesucristo, el Señor. Este año en el camino de preparación del Sínodo hemos querido acentuar nuestra conversión. Sin Él todos nuestros esfuerzos resultan vanos. Por eso en esta celebración diocesana en Loreto queremos recordar aquello que el Papa Juan Pablo II nos decía en el documento Novo Milennio Ineunte: “No nos satisface ciertamente la ingenua convicción de que haya una fórmula mágica para los grandes desafíos de nuestro tiempo. No, no será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros!... Se trata, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar” (N.M.I. 29).

Es cierto que los cristianos debemos ser concientes que esta búsqueda de ser fieles a Cristo, el Señor, es exigente. Esto los llevó a los misioneros al martirio o bien al sufrimiento en tantas situaciones. Es el caso de nuestro querido P. Antonio Ruiz de Montoya, que con otros padres trabajaron en el armado de comunidades en el Guayrá. En las narraciones de Historia de la Iglesia en Misiones, escrito por la historiadora Alba Celina Etorena de Freaza, quien señala que los padres jesuitas habían conseguido directamente del rey de España el favor (decreto) que ningún español, ni gobernante, comerciante, militar o civil se metiese con las reducciones, seguramente porque sabían que muchos de ellos pretendían aprovecharse o someter a las comunidades indígenas para sus intereses y explotaciones comerciales: “Lamentablemente estos trece pueblos debieron emigrar al sur por el ataque de los bandeirantes de San Pablo dirigidos por Reposo Tavares que contaba con la complicidad del nuevo gobernador del Paraguay”. Ahí empezó el gran éxodo conducido por el P. Ruiz de Montoya con miles de indígenas para que no cayeran en la esclavitud o en la muerte. A pie, en jungadas y precarias embarcaciones... bajaron por el Paraná en jornadas memorables en 1631. En la Provincia de Misiones refundaron en 1632 los pueblos de San Ignacio Miní y Loreto, junto al Yabebirí”.

Este fin de semana vamos hacia Loreto varios siglos después. Desde distintos lugares de nuestra Provincia, caminando, en bicicleta u otras movilidades. Hoy y como ayer, queremos ir armando nuestro centro de espiritualidad y peregrinación de la Diócesis. En Loreto queremos renovar nuestro compromiso de evangelizar en este siglo que iniciamos.

¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!


Mons. Juan Rubén Martínez,
obispo de Posadas


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