Como lo venimos realizando en los últimos años, los
terceros domingos de noviembre son especialmente significativos para
nuestra Diócesis. Celebramos la memoria de tantos hombres y mujeres
que evangelizaron en estas tierras, como los mártires Roque González
de Santa Cruz, Alonso Rodríguez y Juan del Castillo, o bien el P.
Antonio Ruiz de Montoya, que junto a miles de indígenas vivieron una
experiencia inédita en las comunidades fundadas y que en nuestra
Diócesis fueron once. En este domingo celebramos a Jesucristo, Rey del
Universo y nosotros sabemos que el ejemplo de estos misioneros nos
ayudan a comprender mejor en nuestros días, que si anunciamos bien a
Cristo, ninguna cultura queda anulada, sino que “anunciar el
Evangelio” siempre plenifica a los pueblos y las personas en su
dignidad. En Loreto alimentamos nuestro ánimo en la memoria, pero
también los sufrimientos, martirio y vitalidad de estos testigos del
pasado. Ellos nos fortalecen en la esperanza para sobrellevar las
dificultades, persecuciones y luchas en este inicio de siglo.
Hace algunos días los obispos argentinos, durante la
Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal hemos publicado una
carta pastoral dirigida “a los miembros del Pueblo de Dios y a todos
los hombres de buena voluntad”, denominada: “La doctrina social de la
Iglesia, una luz para reconstruir la Nación”. Entre los objetivos de
la misma está el que todos comprendamos la necesidad de asumir como un
aporte a nuestra condición de cristianos y ciudadanos los valores y
virtudes presentados en la Doctrina Social de la Iglesia y fomentar el
estudio de la misma. Es cierto que no salimos del asombro que nos ha
provocado la recepción enfermiza o estratégica que algunos han hecho
de un texto que está pensado para la reflexión como un aporte o bien
como “una luz para reconstruir a la Nación”. Desde ya que creemos
importante la lectura de dicha carta pastoral, tanto personal como en
las comunidades y las familias.
Los santos en general, como los mártires de las
misiones han sido testigos de Jesucristo, el Señor. Este año en el
camino de preparación del Sínodo hemos querido acentuar nuestra
conversión. Sin Él todos nuestros esfuerzos resultan vanos. Por eso en
esta celebración diocesana en Loreto queremos recordar aquello que el
Papa Juan Pablo II nos decía en el documento Novo Milennio Ineunte:
“No nos satisface ciertamente la ingenua convicción de que haya una
fórmula mágica para los grandes desafíos de nuestro tiempo. No, no
será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza
que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros!... Se trata, en
definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar” (N.M.I.
29).
Es cierto que los cristianos debemos ser concientes
que esta búsqueda de ser fieles a Cristo, el Señor, es exigente. Esto
los llevó a los misioneros al martirio o bien al sufrimiento en tantas
situaciones. Es el caso de nuestro querido P. Antonio Ruiz de Montoya,
que con otros padres trabajaron en el armado de comunidades en el
Guayrá. En las narraciones de Historia de la Iglesia en Misiones,
escrito por la historiadora Alba Celina Etorena de Freaza, quien
señala que los padres jesuitas habían conseguido directamente del rey
de España el favor (decreto) que ningún español, ni gobernante,
comerciante, militar o civil se metiese con las reducciones,
seguramente porque sabían que muchos de ellos pretendían aprovecharse
o someter a las comunidades indígenas para sus intereses y
explotaciones comerciales: “Lamentablemente estos trece pueblos
debieron emigrar al sur por el ataque de los bandeirantes de San Pablo
dirigidos por Reposo Tavares que contaba con la complicidad del nuevo
gobernador del Paraguay”. Ahí empezó el gran éxodo conducido por el P.
Ruiz de Montoya con miles de indígenas para que no cayeran en la
esclavitud o en la muerte. A pie, en jungadas y precarias
embarcaciones... bajaron por el Paraná en jornadas memorables en 1631.
En la Provincia de Misiones refundaron en 1632 los pueblos de San
Ignacio Miní y Loreto, junto al Yabebirí”.
Este fin de semana vamos hacia Loreto varios siglos
después. Desde distintos lugares de nuestra Provincia, caminando, en
bicicleta u otras movilidades. Hoy y como ayer, queremos ir armando
nuestro centro de espiritualidad y peregrinación de la Diócesis. En
Loreto queremos renovar nuestro compromiso de evangelizar en este
siglo que iniciamos.
¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!