|
CAMBIAR
ES
ABRIR
NUESTRO
CORAZÓN
A
JESÚS
Carta pastoral de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas
Primer domingo de Adviento -
27 de noviembre de 2005
El año va
llegando a su fin. Finalizan las clases, se acercan las vacaciones y
las fiestas. Sentimos el cansancio de un año intenso. En este
contexto la liturgia del adviento que nos prepara para celebrar la
Navidad, nos invita a animarnos en la esperanza.
El Evangelio de
este domingo (Mc. 13,33-37), nos dice que estemos atentos y prevenidos
en la esperanza: “Tengan cuidado y estén prevenidos, porque no saben
cuando llegará el momento... No sea que llegue de improviso y los
encuentre dormidos. Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos:
¡Estén prevenidos!” (33.36.37). Este texto y la liturgia del adviento,
también nos recuerdan la esperanza de los cristianos en la segunda
venida del Señor. Es el reclamo esperanzador del Apocalipsis, hecho en
medio de dificultades y signos de muerte y que la liturgia retoma en
el adviento: “Ven Señor Jesús”.
El tiempo del
adviento nos prepara para celebrar bien la Navidad. Esto debe
llevarnos a revisar como vivimos nuestra condición de cristianos.
Desde ya hay una dimensión personal y social. A veces los cristianos
hemos planteado casi exclusivamente nuestro examen de conciencia como
algo solo individual y no lo hemos relacionado suficientemente con
nuestra vocación y misión. Sobre todo el laico que representa la gran
mayoría del pueblo de Dios, necesariamente debe revisar su rol de
transformador de las realidades temporales y su condición de
ciudadano. En lo más propio de su misión se juega el camino de la
santidad.
Creo oportuno
revisar nuestra conversión en este tiempo de adviento teniendo
especialmente en cuenta la “carta pastoral del Episcopado Argentino a
los miembros del pueblo de Dios y a todos los hombres de buena
voluntad”. En la misma encontramos orientaciones para evaluar nuestro
compromiso cristiano como ciudadanos que estamos llamados a construir
una sociedad desde algunos principios y valores. El texto comienza
diciéndonos: “El tiempo del Adviento nos invita una vez más a la
reflexión y compromiso. En él contemplaremos el misterio del Hijo de
Dios que “por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del
cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y
se hizo hombre”. Su nacimiento y vida entre los hombres es Evangelio,
anuncio de salvación que confirma el amor de Dios al hombre y la
sublime dignidad con que lo reviste” (1).
Más adelante
explica la importancia de la doctrina social de la Iglesia en la vida
y compromiso de los cristianos: “De la contemplación del misterio de
la encarnación y nacimiento de Jesucristo, surge espontáneamente el
anuncio del Evangelio aplicado a la vida social considerada en todos
los planos: familiar, cultural, económico, ecológico, político,
internacional. Esto es lo que se llama Doctrina Social de la Iglesia.
Dimana del Evangelio, pero no es un derivado menor del mismo. Es el
Evangelio de Jesucristo aplicado a la vida social del hombre... Nadie
ha de temerle a ella. La Iglesia la anuncia a favor del hombre y de la
paz social, para el servicio de todos” (3).
En esta reflexión
del primer domingo de Adviento creo conveniente tomar brevemente uno
de los principios que son claves de comprender en nuestra Argentina y
Misiones en este inicio del siglo XXI: “El bien común”. Nos dice el
texto: “El bien común no consiste en la simple suma de los bienes
particulares de cada uno de los sujetos del Cuerpo Social. Si así
fuese, la existencia de una nación estaría sometida a los avatares de
los diferentes sectores. El bien común de una nación es un bien
superior, anterior a todos los bienes particulares o sectoriales, que
une a todos los ciudadanos en pos de una misma empresa, a beneficio de
todos sus integrantes y también de la comunidad internacional... La
persona no puede encontrar la realización sólo en si mismo; es decir,
prescindir de su ser “con” y “para” los demás. La construcción del
bien común se verifica en la promoción y defensa de los miembros más
débiles y desprotegidos de la comunidad” (7).
En la concreción de
estos principios se plantean situaciones y cuestiones y se refiere al
comportamiento con los bienes públicos. “Aún cuando “bien público” y
“bien común” no son sinónimos, el primero está referido al segundo,
porque es obtenido con el aporte de todos y para el servicio de todos.
Es de lamentar que, para algunos, “público” adquiera un sentido
totalmente contrario. No sería ya lo de todos, para el servicio de
todos, adquirido con el aporte de todos, que por todos debe ser
custodiado y defendido, sino lo de nadie, puesto allí para apropiarnos
de él, dañarlo, destruirlo, o distribuirlo discrecionalmente entre
amigos y clientes. Educar en el respeto de los bienes públicos es uno
de los grandes desafíos que han de enfrentar la familia, la escuela,
la catequesis y los medios de comunicación social. Sin este respeto
sería muy arduo convivir armónicamente y muy difícil construir una
república” (8).
La fe nos anima en
la esperanza. Este tiempo de adviento, preparando la Navidad, puede
significar revisar nuestras vidas, estructuras y opciones. Cambiar es
salir de nuestras flaquezas y sombras personales y sociales, para
abrir nuestro corazón a Jesús, que quiere nacer en la esperanza.
¡Un saludo cercano
y hasta el próximo domingo!
Mons. Juan Rubén Martínez,
obispo de Posadas
|