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"La Conversión a Jesucristo, el Señor,
en el camino del Sínodo"


Carta pastoral de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas 
para la Cuaresma 2005
 (9 de febrero de 2005, Miércoles de Ceniza)


Queridos hermanos y hermanas:

En este año 2005 tempranamente nos introducimos en el tiempo cuaresmal. Sabemos que es un tiempo litúrgico fuerte, exigente y penitencial, pero también lleno de la gracia de Dios que desde su amor misericordioso nos llama para que volvamos a Él. En el centro de este tiempo litúrgico está “la persona de Jesucristo”, el Señor, a quien queremos seguir y acompañar en este camino que nos propone ligado “necesariamente” al misterio pascual, a su muerte en la cruz y al triunfo de la Vida, en la resurrección. Por ello la cuaresma, estas largas semanas de preparación, nos invitan a la conversión, para renovar nuestra condición de discípulos del Señor.


1. En el camino del Sínodo

En realidad a nosotros los cristianos que peregrinamos como pueblo de Dios en nuestra Diócesis de Posadas, este año nos encuentra en un camino especial, en “el camino del Sínodo Diocesano” que celebraremos en el 2007, cuando cumplamos 50 años como Diócesis. Junto a la lectura de esta carta pastoral de cuaresma deseo que todos repasemos los materiales que la comisión preparatoria del Sínodo ha elaborado en estos meses. Es importante que todos profundicemos que es un Sínodo diocesano, cual es el sentido pastoral y cual será nuestra participación en el mismo como cristianos. A través del Sínodo buscaremos caminos como pueblo de Dios para responder a los desafíos que presenta la evangelización en este inicio del siglo XXI que estamos iniciando.

En estos meses la comisión preparatoria ha armado varios equipos de trabajo. Uno de ellos ha elaborado los ejes teológicos que serán el marco de todas nuestras consultas y de los temas que reflexionaremos en el Sínodo del 2007. Dichos ejes teológicos son: a) la conversión a Jesucristo; b) la comunión eclesial y c) la misión al hombre y mundo de hoy.

En esta carta cuaresmal de 2005 deseo que podamos iniciar nuestra reflexión con el primer tema o eje teológico: “La conversión a Jesucristo”, sin la cual carece de sentido todo, el Sínodo, la misma eclesialidad e incluso nuestra vida cristiana.


2. La persona de Jesucristo, el Señor

En mayo de 2003 los obispos argentino publicamos un documento denominado “Navega mar adentro” buscando orientar la evangelización en nuestra Patria en los próximos años. Entre los desafíos señalados en primer lugar subrayamos que estábamos inmersos en una profunda crisis, “una crisis de civilización”.

Aunque parezca obvio es clave señalar, que para evangelizar en el contexto de esta crisis tenemos que convertirnos a la persona de Jesucristo, el Señor, y transformarnos en verdaderos discípulos de Él. La misma doctrina cristiana y la moral carecen de sentido sin la persona de Jesús y solo desde “Él” podemos asumir su propuesta, enseñanzas, “el camino” o bien el Magisterio de la Iglesia. Por tal motivo el Papa Juan Pablo II nos escribe en el inicio del nuevo siglo una carta diciendo: “No nos satisface ciertamente la ingenua convicción de que haya una fórmula mágica para los grandes desafíos de nuestro tiempo. No, no será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde: “¡Yo estoy con vosotros!” ... Se trata, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste” (N.M.I. 29).


3. La conversión personal y social

Es esencial subrayar la centralidad de la Persona de Jesucristo, el Señor en la vida del cristiano, en especial teniendo en cuenta la difícil realidad que vivimos en nuestra provincia y nación. No dudamos en señalar que la gran mayoría de nuestra población es cristiana y que hay una fuerte religiosidad en esta cultura nueva, tan vital y dinámica, misionera. Pero también debemos aceptar que en los hechos nuestra realidad nos indica que la cultura que generamos es menos cristiana de lo que creemos. Por tal motivo, en los próximos años tendremos que acentuar en la tarea evangelizadora un intenso proceso de catecumenado o de discipulado, en orden a madurar la fe, para que haya menos rupturas entre la fe que decimos tener y la vida que llevamos o bien los criterios o principios con que nos manejamos. Para poner ejemplos concretos sobre nuestro contexto provincial y nacional podemos citar la fragilidad e inmadurez democrática y política que hemos vivido en el 2004, y que viviremos probablemente en este año electoral, donde ha reinado “el vale todo” y “el ojo por ojo y diente por diente” como pan de todos los días en esta tensa lucha por el poder y lo asombroso es que este “vale todo”, se da supuestamente entre cristianos. Ni soñamos en pretender plantear, a riesgo de ser acusado de idealista que nuestra dirigencia ponga la otra mejilla o bien el perdonar o el pedido de perdón de corazón, como nos lo enseñó Jesús, pero por lo menos quiero implorar a los dirigentes cristianos, la búsqueda de un diálogo “real”, el no quitar la fama injustamente al otro, el tener en cuenta una base de verdad en las propuestas y no de engaño en la construcción de poder. En hacer pesar más “el bien común” y “el bien de los más pobres” en las opciones personales y sectoriales. ¿Cómo se compatibiliza que una cultura se llame cristiana, y conviva con grandísimos sectores de la población en la marginalidad y pobreza? Lamentablemente el esquema neoliberal acentuado en la década del 90 no se ha logrado revertir. La exclusión social se sigue conteniendo con “el asistencialismo”, con “la anticoncepción” y el equipamiento de la seguridad para controlar los posibles desbordes de los pobres.

Lamentablemente a veces hay una falta de examen de conciencia en los cristianos con mayor poder, para evaluar básicamente su vida y criterios, teniendo en cuenta la fe que dicen profesar. Como Obispo y pastor debo confesar que estas realidades a convertir las vivo con dolor y preocupación. En muchas de mis cartas dominicales he expresado esto que comparto como necesidad de conversión real de nuestros dirigentes cristianos de la provincia a “la Persona de Jesucristo, el Señor” para que nuestra cultura sea un poco más humana y cristiana. El documento de Santo Domingo nos dice: “Cuando Jesucristo, en la encarnación, asume y expresa todo lo humano, excepto el pecado, entonces el Verbo de Dios entra en la cultura. Así, Jesucristo es la medida de todo lo humano y por lo tanto también de la cultura... Por nuestra adhesión a Cristo en el bautismo nos hemos comprometido a procurar que la fe, plenamente anunciada, pensada y vivida, llegue a hacerse cultura” (228 y 229).

Debo sincerar lamentablemente que muchas de estas situaciones que suceden a nivel dirigencial y que se van popularizando también ocurren en nuestra misma vida eclesial. No en vano hemos instalado el tema de la “comunión”, como central e indispensable en orden a encarar la evangelización en los próximos años. A veces podemos correr el riesgo de mimetizarnos con un ambiente que acentúa el consumo y el materialismo, llevando a los cristianos a un estilo individualista e indiferente a compromisos profundos y comunitarios o eclesiales.

En esta mirada cuaresmal en la que pedimos la conversión al Señor, también debemos considerar a quienes lamentablemente a veces acentúan más el cristianismo como tradición cultural que el seguimiento de la persona de Jesucristo, con la imperiosa necesidad de convertirse a ÉL. Ocurre en nuestras mismas comunidades que gente que se denomina cristiana no parecen tener conciencia de la incompatibilidad con la fe, del ojo por ojo y diente por diente, el recurso a la calumnia para mantener una posición, el quitar la fama al otro con “el chismerío”, la ausencia de la ética social, que lleva fácilmente a malversar fondos, robar, coimear, ... evidenciando que en estos casos el cristianismo es más una formalidad o costumbre, que un discipulado de “la Persona de Jesucristo, el Señor”.

También es justo señalar que junto a tantas actitudes que se ligan al hombre viejo del que nos habla el Apóstol San Pablo, también hay muchos dirigentes sociales y políticos, gente de la vida cotidiana con recta conciencia, hermanos y hermanas en nuestras comunidades que son testigos del hombre nuevo: “Jesucristo, el Señor”. Sabemos que en cada uno de nosotros conviven “el hombre viejo” y “el hombre nuevo” y que la conversión requiere buscar la “santidad”. Es más, hoy en este inicio de siglo se requerirá que los cristianos acentuemos la dimensión profética a la que estamos llamados desde el bautismo. Por eso el Señor es claro en el Sermón de la montaña: “No son lo que me dicen: Señor, Señor los que entrarán en el Reino de los cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo” (Mt. 7,21).


4. El discipulado -  maduración en la fe

Si bien en la Diócesis en el camino de preparación al Sínodo nos planteamos la necesidad de acentuar la dimensión misionera de la Iglesia, buscando respuestas pastorales a los nuevos problemas de nuestro tiempo. Debemos recordar que no podremos evangelizar si no nos planteamos la necesaria búsqueda de la santidad y por lo tanto la conversión a Jesucristo desde un camino de discipulado por el que debemos transitar todos los cristianos. El Papa en la carta que nos envía iniciando este nuevo siglo y milenio, “Novo Millennio Ineunte”, nos recuerda: “En primer lugar, no dudo en decir que la perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral es el de la santidad. “Esta es la voluntad de Dios: Vuestra santificación” (1Ts. 4,3)” (30).

En este camino hacia la santidad que es una invitación a todos los bautizados, debemos siempre reconocernos como discípulos. Podríamos decir que toda la vida de un cristiano es un “discipulado” donde debemos madurar la fe. Es cierto que al evaluar nuestras propias vidas y comunidades, muchas veces nuestra fe está ligada casi exclusivamente a lo sentimental y afectivo. En estas circunstancias es cuando nos justificamos diciendo: “hago esto si siento ganas”. Así nos transformamos en discípulos de personas, músicas, conceptos o ideologías o bien de nuestros estados de ánimo. Por supuesto que si tenemos ganas de hacer algo que debemos realizar es mejor que hacerlo por obligación. Pero en todas las cosas de la vida, como en las de la fe, debemos buscar tener motivaciones más profundas para asumir nuestros compromisos. De ahí la necesidad de asumir no solo conceptualmente, sino vitalmente el encuentro con la Persona de Jesucristo y de profundizar en los contenidos de la fe, que siempre alimentan nuestras motivaciones y opciones de vida. Al señalar esto estoy expresando la necesidad de asumir nuestra condición de catecúmenos. En este camino de fe en Jesucristo, descubrimos a la Persona de Jesús y por lo tanto el ir identificando nuestra vida con la de Él. En este sentido para los cristianos toda nuestra vida, las alegrías, aquello que es causa de agradecimiento, pero sobre todo el dolor humano, el sufrimiento u otras situaciones difíciles no quedan en un sin sentido o en el vacío. Como discípulos vamos asumiendo el misterio pascual, la muerte y la resurrección. Por lo tanto la eucaristía en donde actualizamos el misterio pascual, “la Misa” que celebramos no es algo distante. En el ofertorio llevamos junto al pan y el vino, nuestras propias vidas, nuestros gozos y dolores. Por eso el sacerdote realiza esta oración sobre las ofrendas: “Oremos hermanos, para que llevando al altar los gozos y las fatigas de cada día, nos dispongamos a ofrecer el sacrificio agradable a Dios, Padre todopoderoso. Y el pueblo responde: el Señor reciba de tus manos este sacrificio, para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su Santa Iglesia”.

En estos comentarios pastorales sobre el discipulado cristiano como camino de conversión a Jesucristo, quiero subrayar la importancia de tener en cuenta esta dimensión pascual de nuestra fe sobre todo porque nuestro tiempo que se presenta consumista y “light” rechaza como un “tabú”, el sufrimiento humano, e ilusoriamente trata de eludirlo llevando muchas veces a la gente al abismo y a la depresión, a “la soledad vacía”, a la que lleva una vida sin compromisos o bien a la pérdida del sentido de la vida.

En este camino de maduración de la fe transitamos por la necesidad de ir pasando de una fe acentuadamente sensible a una fe más personal y pascual o bien “eucarística”. Desde ya que la misma eucaristía requiere la profundización de la donación en el Amor, en la Comunión y por lo tanto en la dimensión eclesial.

En esta carta solo quiero que estas líneas sirvan para realizar un examen de conciencia cuaresmal y nos lleve a preguntar como estamos viviendo nuestra fe en Jesucristo, el Señor. El discipulado cristiano no es un camino individualista de perfección. El amor a Dios y a los hermanos, a los enemigos y a los más pobres son la medida para evaluar si estamos en el camino del discipulado de Jesucristo o vamos por otro camino. En relación al amor a los hermanos que reclama cada eucaristía quiero recordar nuevamente el signo de conversión de nuestra colecta cuaresmal del 1%, que este año se realizará el fin de semana del 5 y 6 de marzo. La comunión de nuestros bienes solo tendrá valor si nuestro gesto se sitúa en una búsqueda de cambiar nuestro corazón, para amar a nuestros hermanos, y en este caso aquellos que son más pobres, y esto como una actitud que busque formar parte de nuestro estilo de vida.

No podemos dejar de señalar que en este camino de la fe personal y eucarística, la fe no es la que Cristo nos enseñó, si ésta no es eclesial y si no amamos a la Iglesia como el Apóstol nos enseñó sobre el desposorio de Cristo y la Iglesia. “Maridos, amen a su esposa, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella, para santificarla...” (Ef. 5,25). “Este es un gran misterio (el matrimonio): y yo digo que se refiere a Cristo y a la Iglesia (Ef. 5,32). Por lo tanto la conversión es personal pero también tiene una necesaria dimensión social y comunitaria. Nuestros pecados y vicios personales no solo desdibujan nuestra dignidad humana, sino que también dañan a nuestras familias, comunidades, a la Iglesia y a la misma sociedad.

Finalmente quiero pedir que tengamos en cuenta en nuestro examen de conciencia sobre el discipulado y conversión a Jesucristo, que la vida de la fe, debe necesariamente ser testimonial, profética y misionera. Todos los bautizados estamos llamados a anunciar a Cristo, con nuestras vidas, palabras y criterios. Llamados a globalizar la solidaridad, enraizada en la eucaristía, donde actualizamos el amor pascual.

Al finalizar esta carta quiero volver sobre la necesidad de acentuar en estos años de preparación a nuestro Sínodo de 2007, año jubilar de nuestra Diócesis, la necesidad que todos como pueblo de Dios, obispo, sacerdotes, diáconos, seminaristas, religiosos y religiosas, consagrados y los laicos, busquemos la conversión a la Persona de Jesucristo, el Señor, para que podamos ser una Iglesia más testimonial y profética y juntos podamos encontrar respuestas adecuadas a los desafíos que nos presenta este inicio de siglo.

Les envío un saludo cercano y mi bendición, como hermano, padre y Pastor.

 
Mons. Juan Rubén Martínez,
obispo de Posadas



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