Queridos hermanos y hermanas:
En este año 2005 tempranamente nos introducimos en el tiempo
cuaresmal. Sabemos que es un tiempo litúrgico fuerte, exigente y
penitencial, pero también lleno de la gracia de Dios que desde su
amor misericordioso nos llama para que volvamos a Él. En el centro
de este tiempo litúrgico está “la persona de Jesucristo”, el Señor,
a quien queremos seguir y acompañar en este camino que nos propone
ligado “necesariamente” al misterio pascual, a su muerte en la cruz
y al triunfo de la Vida, en la resurrección. Por ello la cuaresma,
estas largas semanas de preparación, nos invitan a la conversión,
para renovar nuestra condición de discípulos del Señor.
1. En el camino del Sínodo
En realidad a nosotros los cristianos que peregrinamos como
pueblo de Dios en nuestra Diócesis de Posadas, este año nos
encuentra en un camino especial, en “el camino del Sínodo Diocesano”
que celebraremos en el 2007, cuando cumplamos 50 años como Diócesis.
Junto a la lectura de esta carta pastoral de cuaresma deseo que
todos repasemos los materiales que la comisión preparatoria del
Sínodo ha elaborado en estos meses. Es importante que todos
profundicemos que es un Sínodo diocesano, cual es el sentido
pastoral y cual será nuestra participación en el mismo como
cristianos. A través del Sínodo buscaremos caminos como pueblo de
Dios para responder a los desafíos que presenta la evangelización en
este inicio del siglo XXI que estamos iniciando.
En estos meses la comisión preparatoria ha armado varios
equipos de trabajo. Uno de ellos ha elaborado los ejes teológicos
que serán el marco de todas nuestras consultas y de los temas que
reflexionaremos en el Sínodo del 2007. Dichos ejes teológicos son:
a) la conversión a Jesucristo; b) la comunión eclesial y c) la
misión al hombre y mundo de hoy.
En esta carta cuaresmal de 2005 deseo que podamos iniciar
nuestra reflexión con el primer tema o eje teológico: “La conversión
a Jesucristo”, sin la cual carece de sentido todo, el Sínodo, la
misma eclesialidad e incluso nuestra vida cristiana.
2. La persona de Jesucristo, el Señor
En mayo de 2003 los obispos argentino publicamos un documento
denominado “Navega mar adentro” buscando orientar la evangelización
en nuestra Patria en los próximos años. Entre los desafíos señalados
en primer lugar subrayamos que estábamos inmersos en una profunda
crisis, “una crisis de civilización”.
Aunque parezca obvio es clave señalar, que para evangelizar
en el contexto de esta crisis tenemos que convertirnos a la persona
de Jesucristo, el Señor, y transformarnos en verdaderos discípulos
de Él. La misma doctrina cristiana y la moral carecen de sentido sin
la persona de Jesús y solo desde “Él” podemos asumir su propuesta,
enseñanzas, “el camino” o bien el Magisterio de la Iglesia. Por tal
motivo el Papa Juan Pablo II nos escribe en el inicio del nuevo
siglo una carta diciendo: “No nos satisface ciertamente la ingenua
convicción de que haya una fórmula mágica para los grandes desafíos
de nuestro tiempo. No, no será una fórmula lo que nos salve, pero sí
una Persona y la certeza que ella nos infunde: “¡Yo estoy con
vosotros!” ... Se trata, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay
que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y
transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la
Jerusalén celeste” (N.M.I. 29).
3. La conversión personal y social
Es esencial subrayar la centralidad de la Persona de
Jesucristo, el Señor en la vida del cristiano, en especial teniendo
en cuenta la difícil realidad que vivimos en nuestra provincia y
nación. No dudamos en señalar que la gran mayoría de nuestra
población es cristiana y que hay una fuerte religiosidad en esta
cultura nueva, tan vital y dinámica, misionera. Pero también debemos
aceptar que en los hechos nuestra realidad nos indica que la cultura
que generamos es menos cristiana de lo que creemos. Por tal motivo,
en los próximos años tendremos que acentuar en la tarea
evangelizadora un intenso proceso de catecumenado o de discipulado,
en orden a madurar la fe, para que haya menos rupturas entre la fe
que decimos tener y la vida que llevamos o bien los criterios o
principios con que nos manejamos. Para poner ejemplos concretos
sobre nuestro contexto provincial y nacional podemos citar la
fragilidad e inmadurez democrática y política que hemos vivido en el
2004, y que viviremos probablemente en este año electoral, donde ha
reinado “el vale todo” y “el ojo por ojo y diente por diente” como
pan de todos los días en esta tensa lucha por el poder y lo
asombroso es que este “vale todo”, se da supuestamente entre
cristianos. Ni soñamos en pretender plantear, a riesgo de ser
acusado de idealista que nuestra dirigencia ponga la otra mejilla o
bien el perdonar o el pedido de perdón de corazón, como nos lo
enseñó Jesús, pero por lo menos quiero implorar a los dirigentes
cristianos, la búsqueda de un diálogo “real”, el no quitar la fama
injustamente al otro, el tener en cuenta una base de verdad en las
propuestas y no de engaño en la construcción de poder. En hacer
pesar más “el bien común” y “el bien de los más pobres” en las
opciones personales y sectoriales. ¿Cómo se compatibiliza que una
cultura se llame cristiana, y conviva con grandísimos sectores de la
población en la marginalidad y pobreza? Lamentablemente el esquema
neoliberal acentuado en la década del 90 no se ha logrado revertir.
La exclusión social se sigue conteniendo con “el asistencialismo”,
con “la anticoncepción” y el equipamiento de la seguridad para
controlar los posibles desbordes de los pobres.
Lamentablemente a veces hay una falta de examen de conciencia
en los cristianos con mayor poder, para evaluar básicamente su vida
y criterios, teniendo en cuenta la fe que dicen profesar. Como
Obispo y pastor debo confesar que estas realidades a convertir las
vivo con dolor y preocupación. En muchas de mis cartas dominicales
he expresado esto que comparto como necesidad de conversión real de
nuestros dirigentes cristianos de la provincia a “la Persona de
Jesucristo, el Señor” para que nuestra cultura sea un poco más
humana y cristiana. El documento de Santo Domingo nos dice: “Cuando
Jesucristo, en la encarnación, asume y expresa todo lo humano,
excepto el pecado, entonces el Verbo de Dios entra en la cultura.
Así, Jesucristo es la medida de todo lo humano y por lo tanto
también de la cultura... Por nuestra adhesión a Cristo en el
bautismo nos hemos comprometido a procurar que la fe, plenamente
anunciada, pensada y vivida, llegue a hacerse cultura” (228 y 229).
Debo sincerar lamentablemente que muchas de estas situaciones
que suceden a nivel dirigencial y que se van popularizando también
ocurren en nuestra misma vida eclesial. No en vano hemos instalado
el tema de la “comunión”, como central e indispensable en orden a
encarar la evangelización en los próximos años. A veces podemos
correr el riesgo de mimetizarnos con un ambiente que acentúa el
consumo y el materialismo, llevando a los cristianos a un estilo
individualista e indiferente a compromisos profundos y comunitarios
o eclesiales.
En esta mirada cuaresmal en la que pedimos la conversión al
Señor, también debemos considerar a quienes lamentablemente a veces
acentúan más el cristianismo como tradición cultural que el
seguimiento de la persona de Jesucristo, con la imperiosa necesidad
de convertirse a ÉL. Ocurre en nuestras mismas comunidades que gente
que se denomina cristiana no parecen tener conciencia de la
incompatibilidad con la fe, del ojo por ojo y diente por diente, el
recurso a la calumnia para mantener una posición, el quitar la fama
al otro con “el chismerío”, la ausencia de la ética social, que
lleva fácilmente a malversar fondos, robar, coimear, ...
evidenciando que en estos casos el cristianismo es más una
formalidad o costumbre, que un discipulado de “la Persona de
Jesucristo, el Señor”.
También es justo señalar que junto a tantas actitudes que se
ligan al hombre viejo del que nos habla el Apóstol San Pablo,
también hay muchos dirigentes sociales y políticos, gente de la vida
cotidiana con recta conciencia, hermanos y hermanas en nuestras
comunidades que son testigos del hombre nuevo: “Jesucristo, el
Señor”. Sabemos que en cada uno de nosotros conviven “el hombre
viejo” y “el hombre nuevo” y que la conversión requiere buscar la
“santidad”. Es más, hoy en este inicio de siglo se requerirá que los
cristianos acentuemos la dimensión profética a la que estamos
llamados desde el bautismo. Por eso el Señor es claro en el Sermón
de la montaña: “No son lo que me dicen: Señor, Señor los que
entrarán en el Reino de los cielos, sino los que cumplen la voluntad
de mi Padre que está en el cielo” (Mt. 7,21).
4. El discipulado - maduración en la fe
Si bien en la Diócesis en el camino de preparación al Sínodo
nos planteamos la necesidad de acentuar la dimensión misionera de la
Iglesia, buscando respuestas pastorales a los nuevos problemas de
nuestro tiempo. Debemos recordar que no podremos evangelizar si no
nos planteamos la necesaria búsqueda de la santidad y por lo tanto
la conversión a Jesucristo desde un camino de discipulado por el que
debemos transitar todos los cristianos. El Papa en la carta que nos
envía iniciando este nuevo siglo y milenio, “Novo Millennio Ineunte”,
nos recuerda: “En primer lugar, no dudo en decir que la perspectiva
en la que debe situarse el camino pastoral es el de la santidad.
“Esta es la voluntad de Dios: Vuestra santificación” (1Ts. 4,3)”
(30).
En este camino hacia la santidad que es una invitación a
todos los bautizados, debemos siempre reconocernos como discípulos.
Podríamos decir que toda la vida de un cristiano es un “discipulado”
donde debemos madurar la fe. Es cierto que al evaluar nuestras
propias vidas y comunidades, muchas veces nuestra fe está ligada
casi exclusivamente a lo sentimental y afectivo. En estas
circunstancias es cuando nos justificamos diciendo: “hago esto si
siento ganas”. Así nos transformamos en discípulos de personas,
músicas, conceptos o ideologías o bien de nuestros estados de ánimo.
Por supuesto que si tenemos ganas de hacer algo que debemos realizar
es mejor que hacerlo por obligación. Pero en todas las cosas de la
vida, como en las de la fe, debemos buscar tener motivaciones más
profundas para asumir nuestros compromisos. De ahí la necesidad de
asumir no solo conceptualmente, sino vitalmente el encuentro con la
Persona de Jesucristo y de profundizar en los contenidos de la fe,
que siempre alimentan nuestras motivaciones y opciones de vida. Al
señalar esto estoy expresando la necesidad de asumir nuestra
condición de catecúmenos. En este camino de fe en Jesucristo,
descubrimos a la Persona de Jesús y por lo tanto el ir identificando
nuestra vida con la de Él. En este sentido para los cristianos toda
nuestra vida, las alegrías, aquello que es causa de agradecimiento,
pero sobre todo el dolor humano, el sufrimiento u otras situaciones
difíciles no quedan en un sin sentido o en el vacío. Como discípulos
vamos asumiendo el misterio pascual, la muerte y la resurrección.
Por lo tanto la eucaristía en donde actualizamos el misterio
pascual, “la Misa” que celebramos no es algo distante. En el
ofertorio llevamos junto al pan y el vino, nuestras propias vidas,
nuestros gozos y dolores. Por eso el sacerdote realiza esta oración
sobre las ofrendas: “Oremos hermanos, para que llevando al altar los
gozos y las fatigas de cada día, nos dispongamos a ofrecer el
sacrificio agradable a Dios, Padre todopoderoso. Y el pueblo
responde: el Señor reciba de tus manos este sacrificio, para
alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su
Santa Iglesia”.
En estos comentarios pastorales sobre el discipulado
cristiano como camino de conversión a Jesucristo, quiero subrayar la
importancia de tener en cuenta esta dimensión pascual de nuestra fe
sobre todo porque nuestro tiempo que se presenta consumista y
“light” rechaza como un “tabú”, el sufrimiento humano, e
ilusoriamente trata de eludirlo llevando muchas veces a la gente al
abismo y a la depresión, a “la soledad vacía”, a la que lleva una
vida sin compromisos o bien a la pérdida del sentido de la vida.
En este camino de maduración de la fe transitamos por la
necesidad de ir pasando de una fe acentuadamente sensible a una fe
más personal y pascual o bien “eucarística”. Desde ya que la misma
eucaristía requiere la profundización de la donación en el Amor, en
la Comunión y por lo tanto en la dimensión eclesial.
En esta carta solo quiero que estas líneas sirvan para
realizar un examen de conciencia cuaresmal y nos lleve a preguntar
como estamos viviendo nuestra fe en Jesucristo, el Señor. El
discipulado cristiano no es un camino individualista de perfección.
El amor a Dios y a los hermanos, a los enemigos y a los más pobres
son la medida para evaluar si estamos en el camino del discipulado
de Jesucristo o vamos por otro camino. En relación al amor a los
hermanos que reclama cada eucaristía quiero recordar nuevamente el
signo de conversión de nuestra colecta cuaresmal del 1%, que este
año se realizará el fin de semana del 5 y 6 de marzo. La comunión de
nuestros bienes solo tendrá valor si nuestro gesto se sitúa en una
búsqueda de cambiar nuestro corazón, para amar a nuestros hermanos,
y en este caso aquellos que son más pobres, y esto como una actitud
que busque formar parte de nuestro estilo de vida.
No podemos dejar de señalar que en este camino de la fe
personal y eucarística, la fe no es la que Cristo nos enseñó, si
ésta no es eclesial y si no amamos a la Iglesia como el Apóstol nos
enseñó sobre el desposorio de Cristo y la Iglesia. “Maridos, amen a
su esposa, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella, para
santificarla...” (Ef. 5,25). “Este es un gran misterio (el
matrimonio): y yo digo que se refiere a Cristo y a la Iglesia (Ef.
5,32). Por lo tanto la conversión es personal pero también tiene una
necesaria dimensión social y comunitaria. Nuestros pecados y vicios
personales no solo desdibujan nuestra dignidad humana, sino que
también dañan a nuestras familias, comunidades, a la Iglesia y a la
misma sociedad.
Finalmente quiero pedir que tengamos en cuenta en nuestro
examen de conciencia sobre el discipulado y conversión a Jesucristo,
que la vida de la fe, debe necesariamente ser testimonial, profética
y misionera. Todos los bautizados estamos llamados a anunciar a
Cristo, con nuestras vidas, palabras y criterios. Llamados a
globalizar la solidaridad, enraizada en la eucaristía, donde
actualizamos el amor pascual.
Al finalizar esta carta quiero volver sobre la necesidad de
acentuar en estos años de preparación a nuestro Sínodo de 2007, año
jubilar de nuestra Diócesis, la necesidad que todos como pueblo de
Dios, obispo, sacerdotes, diáconos, seminaristas, religiosos y
religiosas, consagrados y los laicos, busquemos la conversión a la
Persona de Jesucristo, el Señor, para que podamos ser una Iglesia
más testimonial y profética y juntos podamos encontrar respuestas
adecuadas a los desafíos que nos presenta este inicio de siglo.
Les envío un saludo cercano y mi bendición, como hermano,
padre y Pastor.