Después de haber acompañado a Jesucristo, el Señor, en estos días
desde la celebración “de Ramos” en su llegada a Jerusalén, donde el
Dios hecho hombre dio su vida , sufrió y murió por nosotros; este
domingo celebramos aquello que es central para nuestra fe: “La
Resurrección del Señor”. Por eso en el Evangelio que leemos (Jn.
20,1-9), nos dice: “(Pasado el sábado) El primer día de la semana,
de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al
sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro
de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo:
“Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos donde lo han
puesto...” El relato nos señala que los dos fueron al sepulcro y
vieron que el Señor no estaba y termina diciéndonos: “Todavía no
habían comprendido que, según la Escritura, Él debía resucitar de
entre los muertos” (Jn. 20,9).
Es importante
repasar y leer desde la fe estos momentos cruciales de la historia
humana, que por el amor que Dios nos tiene se transforman en la
historia de la Salvación. Este domingo celebramos el triunfo de la
vida sobre la muerte: la Resurrección de Cristo. ¡Es la celebración
de la Pascua y de la Esperanza!
Los argentinos
necesitamos detenernos a reflexionar sobre esta certeza de la fe:
Nuestra esperanza se fundamenta en Cristo resucitado. ¿Esta
esperanza cómo repercute en nuestra actitud de vida en las cosas
cotidianas y en la vida pública? ¿estamos dispuestos a asumir el
misterio pascual en nuestra Patria y ser capaces de enterrar la
Argentina que no queremos y generar un nuevo tiempo en este inicio
de siglo?
Hace algún tiempo
los obispos argentinos en el contexto de la crisis de 2002
reflexionamos sobre la necesidad que nuestra Nación deba “morir a
las concepciones sociales corruptas de la vida política, económica,
social y cultural, para que pueda nacer un país regido por la
verdad, la justicia, el amor y la solidaridad”.
Transitamos la
pascua de 2005 y lamentablemente seguimos conviviendo con
interrogantes profundos que no se resuelven. Situaciones de
corrupción que siguen instaladas en nuestra Patria. Insertar la
Pascua en nuestra sociedad significará morir a esa Argentina que no
queremos, para que podamos vivir realmente en una Nación con
esperanza.
Hace algunos días
he leído un artículo de la diputada Castro sobre el contrabando
masivo de drogas en la Argentina y sobre todo el “caso-Ezeisa”, que
como tantos temas claves pasan de moda y quedan en el olvido y en un
silencio sospechoso. Al respecto la diputada señalaba: “Es
impensable que el tráfico de una tonelada de cocaína (es lo mínimo
que se estima, dadas las 372 valijas sin pasajeros registradas)
pueda ser maniobrada por cuatro empleados en Buenos Aires y Madrid.
Es preciso investigar a las autoridades y accionistas de la empresa
y a sus cómplices. La remoción de la cúpula de la Fuerza Aérea es
espectacular y puede resultar simpática en un país que ha sufrido
golpes y dictaduras sangrientas; pero si ésta es la única medida, se
corre el riesgo de encubrir a los actores involucrados, permitiendo
que siga operando la organización mafiosa”. Después que se
tranquilizó “la ola mediática”, un funcionario de alto nivel de
alguna manera trataba de cerrar la cuestión diciendo que este era un
hecho policial. Ahora parece que todo quedó en silencio.
Lamentablemente el lavado de dinero, los negocios de la droga y
contrabando están delante de nuestras narices; todos saben que es un
grave problema, pero todo sigue igual. Esta es la Argentina que no
queremos. Insertar la Pascua en la vida pública, implica que los
argentinos debemos ser actores que nos comprometamos con la
justicia, la solidaridad y la vida, para desterrar esta red
generadora de la muerte. La muerte de nuestros jóvenes y
adolescentes. La muerte de una sociedad que corre el riesgo de
convivir con apariencia de normalidad con aquello que es totalmente
inmoral. Es en estos temas que necesitamos que nuestros dirigentes y
sobre todo los poderes de Estado: gobiernos, justicia y
legisladores, estén comprometidos a insertar la Pascua, en orden a
sanear nuestra Patria. Lamentablemente de esto o no se habla, o bien
se habla poco y con miedo. Reitero lo dicho por los obispos en el
2002, que para vivir la Pascua en la vida pública se requiere morir
a las concepciones sociales corruptas de la vida política,
económica, social y cultural, para que pueda nacer un país regido
por la verdad, la justicia, el amor y la solidaridad.
Al celebrar esta
Pascua de 2005, celebramos nuestra certeza de la fe: ¡el Señor
Resucitó!, por lo tanto que la Vida triunfa sobre la muerte. En este
día queremos renovar nuestro compromiso de ser testigos de la
Esperanza.
Por cada uno, por
nuestras familias y por nuestra Patria: ¡Felices Pascuas!