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EN EL CORAZÓN DEL NIÑO DIOS, 
"PERDONO Y BENDIGO"


Carta Pastoral del obispo de San Francisco, 
monseñor Baldomero Carlos Martini.

 
«Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, 
paz a los hombres amados por Él»
(Lc 2,14) (Lc 2,14)


A mis amados sacerdotes, a los religiosos y religiosas, a todos los fieles cristianos laicos y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, mi abrazo paternal y mi deseo de una santa y feliz Navidad.


En estos días de Paz y de Amor me pongo de rodillas junto al pesebre para adorar al Niño Dios y apoyándome en su pecho, quiero escuchar los latidos del Corazón de Dios y así experimentar la ternura y la profunda Revelación del Padre, especialmente su misericordia y su amor y lo hago en nombre de todos Ustedes y de todos los que tienen un corazón abierto a la verdad, que está en Jesucristo, evangelio del Padre, salvación y liberación de los hombres.


1. Primero amar, segundo amar, tercero amar; sólo amar desde la experiencia de la Cruz

En el espíritu de la Santa Navidad, al unirnos al canto de los Angeles que anuncian la buena nueva de la natividad de Jesucristo, quiero, como padre y pastor, comunicarles mi profunda experiencia religiosa que brota de todos los acontecimientos vividos durante el año, especialmente los acaecidos en San Francisco y que tuvieron resonancia más allá de nuestra querida diócesis.

Desde el misterio de la cruz, en el regazo maternal de María, que nos da a Jesús en el pesebre, experimenté en la fe, la fuerza de la Cruz de Cristo, que es donde se revela como nuestra paz y amasa su grito eucarístico: «Que todos sean uno para que el mundo crea» (Jn. 17). La cruz, que comienza en Belén, nos atrae y nos une, si la abrazamos y derriba el muro de todas las enemistades (Leer Efesios 2,11-22).

La experiencia de la fuerza de la cruz y de la pobreza del pesebre nos llena de luz y produce la alegría del que se abre al carisma más grande que regala el Espíritu y que es el Amor (1Cor. 13,1-13).

Mis queridos hermanos todos, a nadie excluí de mi amor, a nadie saqué de mi corazón, a nadie dejé de amar. Esta es la experiencia más profunda de la cercanía de Jesús que guía a nuestra Iglesia particular, con nuestra pobreza e inutilidad, «somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer» (Lc. 17,10). Es para mí una profunda alegría haber experimentado un poco el abandono que Jesús experimentó en la cruz (Mt. 27,46) y descubrir que Dios siempre es amor (1 Jn.4,7-21).

El tiempo de la prueba es para que todos seamos mejores. Yo quiero ser mejor pastor y mejor padre de todos, creyentes y no creyentes, a quienes tengo la sagrada misión de engendrarlos en la fe, servirlos en el amor y acompañarlos en su crecimiento hacia la madurez en Cristo (Ef.4,11-13ss).


2. Quiero ser una imagen fiel del Padre

En este año dedicado a celebrar al PADRE, como les exhortaba en la pastoral de Adviento, como Obispo y al decir de San Ignacio de Antioquía, quiero ser con la fuerza del Espíritu Santo y la comprensión hecha oración y compromiso de ustedes, una imagen más fiel del Padre, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra y así servir a esta Iglesia de la que soy cabeza visible por pura gracia de Dios.

Mi autoridad es la obediencia de la fe y el servicio pastoral. No busco intereses personales, sólo busco la gloria de Dios y el mejor bien de todos ustedes, mis queridos hijos y hermanos en la fe.


3. Amar es servir y buscar el mejor bien de los que amamos

¿Dónde estuvo puesta mi mira en el ejercicio de mi autoridad episcopal? Sólo he tratado de buscar el mejor bien, porque el verdadero y desinteresado amor es buscar el mejor bien de los que amamos.

En las medidas tomadas sólo he buscado de una manera integral el mejor bien de las Hermanas afectadas y de la Congregación de las Misioneras de la Inmaculada Concepción, valorando y agradeciendo los trabajos y servicio de tantas hermanas que he conocido desde mi niñez.

He buscado defender la justicia de alguien, afectada hasta el riesgo de perder su vivienda, para que no perdiera su trabajo, en estos tiempos de tanta desocupación y para que se le devolvieran las horas que se le suprimieron.

Como padre y pastor, quise reparar y curar en el corazón de un pobre la imagen desvirtuada de la Iglesia de Cristo. Él que experimentó el abandono de la cruz, la pobreza del pesebre y la marginación e indiferencia actual de los hombres.

¡Qué contradicción! Por defender el evangelio de la justicia, habiendo buscado el mejor bien y habiendo dado todos los pasos en la busca del diálogo, fui llevado a la justicia, por padres de un colegio católico como si fuera un malhechor.

Por amar, fui injuriado, odiado, desacreditado y desautorizado como pastor.

Por buscar, con todos mis límites, el ejercicio de la caridad pastoral que siempre implica misericordia, justicia y verdad, se me culpó de autoritarismo. No he buscado el «éxito», lucho por ser fiel a Cristo a quien he entregado mi vida por ustedes y fui aprendiendo mucho de María Inmaculada que en Belén nos dio a Jesús y quien al pie de la cruz se abre como un cáliz vacío para ser la plenamente llena de la obra redentora de su Hijo y totalmente abierta al designio y a la voluntad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amó, sólo amó y buscó el mejor bien de nosotros con su misión de MADRE que manifiesta la ternura del PADRE.


4. Junto al pesebre y abrazado al Niño Dios perdono de corazón a todos

Al celebrar esta Navidad, junto al Pesebre, tratando de descubrir su maravillosa lección de amor y ternura, quiero humildemente desde lo más hondo de mi corazón, perdonar a todos, buscando sólo la paz y la unidad en lo profundo de cada corazón, unidad que es don de Dios Padre, obra del Espíritu Santo que espera nuestra libre y desinteresada cooperación. Es don y tarea, es gracia y respuesta. Es comprender la EUCARISTIA como sacramento de la unidad que va haciendo la Iglesia (leer Lc. 22,14-30).

A los que llevaron a los niños a las calles de la ciudad, a los padres que lo permitieron y a los docentes que promovieron estas manifestaciones públicas los perdono de corazón, e invito en la serenidad de la Noche Buena, a una reflexión profunda, junto al Dios que se hizo niño, como responsables de una Comunidad Educativa Católica y en tiempos de tanto relativismo, confusión y subjetividad.

A los que a través de los Medios y los mismos Medios desparramaron las plumas por todo el país, según e1 ejemplo de San Felipe Neri, los perdono, para que brille más el trigo que la cizaña.

A los que se prestaron a usar la tribuna de una marcha de silencio, al mejor estilo de una campaña política, para cargar las tintas sobre mis espaldas, porque también tengo derecho al honor, los perdono de corazón. Cada uno cosecha lo que siembra.

A los padres de un Colegio Católico que me llevaron a la justicia, defendiendo una parte y olvidando al pobre, al que hicieron creer rico, los perdono como padre.

A la Comunidad de Hermanas y Autoridades de un Centro Educativo de la Iglesia, que podía evitar todo lo sucedido y dejaron hacer y tal vez olvidaron que la obediencia es entrar en la obediencia de Cristo al Padre, perdono desde lo más profundo.

En este camino Jubilar, a todos los que hablaron sin saber y echaron leña al fuego, perdono desde el corazón del Padre, del Dios que es Amor.

Cada uno sabrá en su conciencia formada si debe someter sus pensamientos, palabras y acciones en el Sacramento de la Reconciliación para ser abrazados por el perdón del Padre que es Dios.


5. Abrazado a Cristo en la Cruz y solidario, en su solidaridad pido perdón

Con mucho dolor, me arrodillo ante todos los niñitos y adolescentes a quienes se les ha dado una imagen del Obispo y besando los pies de todos los que se sienten confundidos y escandalizados, les pido humildemente perdón.

A los que creen que nuestra Iglesia se ha dividido, me uno a Jesucristo en su grito Sacerdotal de la última Cena: para que todos seamos uno como Él es uno con el Padre, pidiéndoles humildemente perdón, e invoco al Espíritu derramado en Pentecostés para unirnos y tener todos un solo corazón y una sola alma (Hc. 4, 32).

A los heridos en su fe y en sus sencillos corazones, me uno al llanto del Niño Dios en la pobreza del pesebre y en el abandono de la cruz para pedirles perdón y suplicar al Espíritu Santo una unción que sane en la raíz todas las heridas.

Mi corazón está abierto para recibirlos y ayudarlos a todos con mi carisma episcopal.


6. Cada día todos están presentes en mi oración para que seamos santos

Durante este tiempo de dolor y de dificultades, he orado mucho por todos a quienes perdono y también por quienes pido perdón. La fuerza de la cruz me ha sostenido.

Hago una invitación a celebrar la Noche Buena en cristiano, en la unión de corazones y profunda oración personal y comunitaria para caminar hacia el Gran Jubileo y así celebrarlo con un espíritu nuevo y renovados por el Espíritu Santo para que todo lo sucedido en la diócesis nos haga madurar en la vida cristiana, sabiendo que para florecer y ser iluminados debemos pasar por la cruz. La cruz con Cristo nos eleva, nos hace obedientes hasta la muerte y muerte de cruz. Allí brotan la misericordia, la justicia, la verdad y la vida.

La justicia sin misericordia, decía Santo Tomás, es crueldad; la misericordia sin justicia es madre de la disolución de todo. Misericordia y Verdad caminan abrazadas para construir un orden nuevo, que no sea de sometimiento interesado sino de obediencia en la fe.


7. Como sucesor de los Apóstoles me hago obediente a la sugerencia e invitación de la Santa Sede

Habiendo recibido una carta de la Santa Sede, el diecisiete de diciembre del corriente año invitándome, no imponiéndome, a suspender las medidas, pues son muy respetuosos con la autoridad de los Obispos, me hago obediente y acepto de corazón y amor la invitación. Soy conciente de que el que obedece en la Iglesia no se equivoca y obedecer es para mí entrar en la obediencia de Cristo al Padre y El se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Quiero tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús (Fil.2,5-11).


8. Que la Navidad nos ayude a todos a tomar en serio la convocatoria de la Santa Misión

Como primer responsable en la diócesis de la nueva Evangelización, frágil como ustedes, renuevo la convocatoria a realizar la Santa Misión Diocesana. Invito a responder al llamado de Su Santidad Juan Pablo II a vivir y llevar la alegría del amor del Padre, que se nos ha manifestado en la ternura del Niño Dios que nació en Belén.

Mis hermanos: que nada ni nadie nos separe de Jesucristo que vive y es camino para la conversión, camino para la comunión y camino para la solidaridad. Dice Jesús: "Nadie va al Padre, sino por Mí" (Jn.14,6) y también «Nadie puede venir a Mí si no lo atrae el Padre que me envió» (Jn.6,44), «el Padre y Yo somos una sola cosa» (Jn. 10,30).

En la Noche Buena junto al altar, al besar con el corazón al Niño Dios, experimentemos, ustedes y yo, la ternura del Padre, que nos busca y nos quiere a todos, especialmente al hijo pródigo.

Con un corazón abierto para recibir a todos, les deseo, una Santa y Feliz Navidad. Que los más pobres, débiles y sufrientes sean bendecidos por Jesús, María y José. A todos mi bendición pastoral ¡Dios siempre es amor!


Mons. Baldomero Carlos Martini,
obispo de San Francisco


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2196, del 20 de enero de 1999


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