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PRIMER MENSAJE DE MONS. BALDOMERO CARLOS MARTINI, COMO CUARTO OBISPO DE SAN JUSTO


17 de abril de 2004



INTRODUCCIÓN


Mis queridos hermanos...

“¡Demos gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterno su amor, es eterna su misericordia!”

¡Gracias, Iglesia de Cristo que peregrinas en San Justo! ¡Gracias por lo que eres y por lo que estás llamada a ser!

Hermanos:

¡Este es el Día que hizo el Señor: alegrémonos y regocijémonos en Él! (Ps 117, 24) Es el gozo de la Pascua que nos abre la inteligencia y el corazón.

El Apocalipsis nos hace escuchar: “El que puede entender que entienda lo que el Espíritu dice a las Iglesias” (Ap 2, 1-7).

“El día del Señor fui arrebatado por el Espíritu y oí una voz fuerte como una trompeta: Escribe en un libro lo que ahora vas a ver... “se llenaron de alegría al ver al Señor”

La Celebración Pascual es la clave para escuchar la voz del Señor, descubrir su rostro, ver su paso y alabar llenos de estupor, su maravillosa victoria.

Experimentamos a Jesús más profundamente como el Evangelio del Amor misericordioso del Padre y ésta será la clave principal para la nueva etapa de nuestra querida Iglesia Local y para mi ministerio episcopal en medio de ustedes.

Hago mías las palabras de Pedro y Juan: “no tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y camina”. ¡Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo! Aleluia (Ps 117, 24)

Mis hijos queridos ¡He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes! Deseoso de compartir la gracia de este día pascual, de este Día de la Divina Misericordia.

Que la experiencia de encuentro con Cristo viviente, sea para ustedes y también para mí, una rica experiencia fundante, de todo lo que vamos a vivir, y de todo lo que vamos a hacer juntos, con un solo corazón y una sola alma, todo con Jesús en medio de nosotros y con la profunda conciencia de ser una Diócesis, que desde hace un poco más de tres años recibió una nueva conformación al crear la Iglesia local de Gregorio de Laferrère.

¡Qué bueno es el Señor! Al darnos en este Evangelio, su Presencia resucitada, que nos llena de estupor: El primer día de la semana “Poniéndose en medio de ellos les dijo: ¡La paz esté con ustedes!” Mostró sus manos y su costado, las señales gloriosas de la Cruz, como la expresión más grande del Amor y de la Misericordia. Es la gran revelación que quiero proclamar entre ustedes:



1. ¡DIOS ES AMOR!


No hay amor más grande que dar la vida.

Jesucristo entregó su vida como Pastor Bueno y Hermoso. Entregó su vida, no la tiró ni la malgastó, como hoy sucede de tantas maneras.

Es el Cristo Resucitado que se nos ofrece como Paz, en su Presencia que mueve al cambio y al renacimiento espiritual y sobre todo a la comunión y a la unidad.

“¡Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor!”, esta alegría la veo en los ojos de ustedes. El Señor está aquí y en el encuentro con su Rostro, al dejarnos alcanzar por su mirada y tocar con sus llagas, será la fuerza de nuestra vida, la transformación de cada uno y de cada comunidad y para el proceso pastoral que vamos a realizar juntos como Cuerpo: Anunciando a Cristo como único Señor y Salvador; edificando esta iglesia con un amor renovado y construyendo una sociedad más justa, solidaria y fraternal.

Y todo desde el único FUNDAMENTO: JESUCRISTO. Lo aclama el salmo “La piedra que desecharon los constructores, es ahora la piedra angular” (Ps 117, 22).

Estamos todos comprometidos por el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, y desde el sufrimiento de cada uno y el amor a los demás a edificar la Iglesia como levadura de una nueva humanidad y a la sociedad argentina como patria de hermanos y desde esta querida Diócesis de San Justo.

Es Jesús el que pone dentro de cada uno y de cada comunidad el imperativo misionero: “Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”.

Misioneros de Cristo, testigos de su amor y de su misericordia, en medio de un mundo indiferente, descreído y disperso por falta de amor y herido por el egoísmo y la corrupción.

Evangelizadores valientes y con ansias de martirio, para anunciar que Dios nos ama y que su amor perdona, sana y salva del pecado, que es la raíz de todos los males que padecemos y que hace que el hombre argentino sea víctima de otros hombres.

Irradiación de Cristo que revela que la Santísima Trinidad, el Dios que es Comunión, es el último fundamento de la dignidad humana, de todo el hombre y de todos los hombres y del llamado a la comunión con los hermanos, en la familia, en la Iglesia y en la nación (NMA 50).

La dignidad humana y sus vínculos fraternos deben estar muy dentro de nuestro amor evangelizador: Dignidad herida por el pecado que nos lleva a la dispersión, herida por el egoísmo que todo lo corrompe, por las exclusiones y marginaciones de los más pobres a quienes debemos servir y promover.

Dignidad humana herida de muerte, en el crimen abominable del aborto y de todo lo abortivo con que se asesina la vida inocente; herida de muerte con el tráfico y la esclavitud de las drogas, con la delincuencia y la inseguridad. ¡Hermanos! “Todo lo que hiere al hombre hiere a Dios”.

La fe en Cristo promueve, afianza y sana la dignidad humana y su comunión fraterna. De esta dignidad deben brotar todos los auténticos derechos humanos que ayuden a cada hombre y mujer a alcanzar su más profunda vocación y a vivir en un humanismo que se abre a lo trascendente, fuente de auténtica realización.

La historia nos ha mostrado que todo humanismo sin Dios, tarde o temprano se convierte en un humanismo contra el hombre y lo seguimos viendo y viviendo hoy aún entre nosotros.



2 .RECIBAN EL ESPÍRITU SANTO


Mis queridos diocesanos: “Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, de aquellos que Él llamó según su designio” (Rom 8, 28). Confiados en Él con alma de niños, viviremos juntos un nuevo camino pastoral, buscaremos hacer juntos un proceso pastoral y realizar un proyecto evangelizador y catequístico, con la fuerza que viene de lo Alto, en la vivencia de un permanente y renovado Pentecostés, buscando integrar y servir a todos los que viven en esta Iglesia local. El Cristo que se encarnó para darnos el Espíritu Santo y está en la Eucaristía para darnos también el Espíritu Santo, hoy sopla sobre nosotros. Iglesia que peregrinas en San Justo, recibe el Espíritu Santo para que descubras tu dignidad y para vivir “la Vocación a la comunión del Pueblo de Dios que es un llamado a la santidad comunitaria y a la misión compartida que solo son posibles por su acción”.

Vengan y subamos al Cenáculo, lugar de la Eucaristía y de la venida del Espíritu para hablar el común lenguaje del amor y de la comunión. “Todos en la Iglesia estamos llamados a formar comunidades santas y misioneras”.

El Obispo, miembro del Colegio de los Apóstoles y en comunión con el Papa, con la cooperación de los presbíteros, la ayuda de los diáconos, de los consagrados y consagradas y otros Agentes Pastorales tiene por misión servir al Pueblo de Dios: mediante la predicación de la Palabra, la acción santificadora de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía y los gestos cercanos de atención pastoral, tiene el deber de conducir hacia una comunión orgánica la diversidad de vocaciones, carismas y ministerios.

Sólo así, creciendo en la unidad que se vive en una diversidad y variedad que busca la comunión, cada Iglesia Particular podrá reflejar más nítidamente la vida de la Trinidad” (NMA 62)

Todos estamos llamados a la Plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor (LG 40) y juntos viviremos el llamado a la santidad.

Oren mucho por mí, para que en el Misterio de la Iglesia local, sea mi presencia, iluminado por la Luz de la Trinidad, un signo claro de la bondad misericordiosa del Padre, imagen viva de la caridad del Hijo, transparente hombre del Espíritu, consagrado y enviado para conducir al Pueblo de Dios por las sendas del tiempo en la peregrinación hacia la eternidad (PG 12)

Con Ustedes soy cristiano, esta es mi dignidad común. Para Ustedes soy el Obispo, mi responsabilidad y servicio ¡Todo lo espero de Dios y también de la docilidad y responsabilidad de ustedes!



3. CON LA IGLESIA ARGENTINA ESPOSA MÍA ¡NAVEGA MAR ADENTRO!


Queridas parroquias y comunidades, siendo levadura en el corazón de la masa se encuentran dispersas, en medio de una multitud que sufre la crisis de la civilización, tiene deseos de Dios, se siente afectada por la pobreza y la exclusión social, la fragmentación que afecta a los matrimonios y a las familias y la comunión que exige cada día más: Les digo que estoy deseoso de conocerlas y de escuchar a cada uno, de guiarlos y alentarlos, de evangelizar y catequizar iluminando la vida.

Quiero gritar entre ustedes que ¡Dios es Amor!

Que cada comunidad parroquial sea un signo claro de la iglesia Comunión entre las casas de los hombres y mujeres, entre las familias y barrios. La Nueva Evangelización debe, en cierto modo, pasar por la familia. Con el Santo Padre quiero darle centralidad a la familia y a la vida, en nuestro camino pastoral orgánico “una pastoral familiar que sirva de ayuda en la fragilidad en la que se vive y a la vez que anime programas y proyectos” (NMA 97).

A las Comunidades les pido que me ayuden a estar cerca de los que más sufren, a los que viven en la pobreza y en la exclusión social. Quiero gritar que todo hombre es nuestro hermano.

Como presidente de Cáritas, haré todo lo que esté a mi alcance para que esta querida Institución cumpla su maravillosa misión con eficacia y creatividad, de hacer presente la caridad del Corazón de Cristo y de su Cuerpo que es la Iglesia a nivel Diocesano y con la entrega generosa de los sacerdotes, diáconos, consagrados y laicos en cada parroquia y comunidad.

A mis queridos sacerdotes, diocesanos y religiosos, los abrazo de corazón y quiero brindarles todo mi amor de padre, hermano y amigo, y en cada uno de ustedes me inclino para venerar al único, sumo y eterno sacerdote, Cristo Jesús, con quien están configurados por la ordenación. Busquemos en el Altar, al celebrar cada Eucaristía, no solo vivir la Consagración sino también beber nuestra más profunda identidad y la de nuestras comunidades y sobre todo la Caridad pastoral: fuente de espiritualidad que nos hace ser cada día más sacerdote, dejando pasar por el corazón y la propia vida la Caridad de Dios para con todos los hombres nuestros hermanos. (PG 13)

Los quiero conocer, en cada una de sus comunidades. Quiero estar especialmente para ustedes y pido al Espíritu que vivamos una profunda comunión que nos haga ser creíbles. Gracias por el gesto de obediencia y amor que me han brindado.

Mis queridos diáconos: los tendré muy cerca y quiero ayudarles a que en el Ministerio podamos decir juntos como Jesús: “Yo estoy entre ustedes como el que sirve” (Lc 22, 27).

Queridos Consagrados y Consagradas, gracias por ser un signo cercano del amor y de la ternura de Dios, y una señal transparente de lo que está más allá de los tiempos, lo definitivo y eterno.

Doy gracias a Dios de todo corazón, por tener un Monasterio de Contemplativas Dominicas que oran por nosotros y que estuvieron muy presentes en mi vida sacerdotal sin yo saberlo.

Sean todos, con sus vidas consagradas, una auténtica Confessio Trinitatis, un claro Signum Fraternitatis y un generoso Servitium Caritatis. Muestren la Belleza del Dios que es Amor y del servicio al hermano, en Caridad. Gracias a todas las comunidades presentes entre nosotros.

Mis queridos seminaristas y formadores de sacerdotes: me tendrán junto a ustedes como el padre que cuida de sus hijos. Amen, cuiden y cultiven su vocación. La Pastoral Vocacional siempre será prioridad y preocupación de todo el Pueblo de Dios.

Nuestra Iglesia local de San Justo tiene un importante Laicado. A ustedes los fieles cristianos laicos, comprometidos con la Iglesia y desde la Iglesia, en organismos, instituciones y movimientos, sean con la gracia del Espíritu, hombres y mujeres del mundo, como la levadura evangélica en el corazón de la masa y muy unidos y organizados para evangelizar y ser creíbles.

Invito especialmente a los jóvenes a participar en el apostolado de la Iglesia para ser los evangelizadores de los jóvenes. No sólo son esperanza, sino presente que nos debe ocupar a todos. Que nada ni nadie los separe del amor de Cristo y que ese amor los ayude a evangelizar todas las realidades.

Ayúdenme hermanos laicos, a estar cerca de las realidades temporales para iluminar con el Evangelio, consolar con la fuerza del amor y corregir con humildad y misericordia.

Espiritualmente peregrino hacia Roma acompañado por el Sr. Nuncio, para dar a Pedro, en el Sucesor Juan Pablo II, mi abrazo agradecido por su nuevo gesto de confianza al encomendarme el ser el Obispo de ustedes.

Mis hermanos, el Episcopado se vive en la Comunión Eclesial y en la Colegialidad Episcopal. Agradezco a mis hermanos Obispos, su oración, su afecto colegial y esta presencia que me la hacen evidente.

Al Sr. Intendente y demás autoridades presentes, les doy las gracias, por estar aquí junto al Altar, fuente y culminación de todo lo creado y realizado por el trabajo del hombre. Que la luz de Cristo gloriosamente resucitado, les dé la sabiduría para gobernar y tengan pasión por el bien común, para hacer siempre el bien a todos y en primer lugar a los más necesitados.

A mis hermanos de otras confesiones cristianas y otras religiones les agradezco la delicadeza de su presencia y oración, que el Espíritu nos señale caminos y pongamos puentes para encontrarnos en el único Señor de todos.

Sacerdotes, seminaristas y fieles de la querida Iglesia Local de San Francisco que hoy están aquí, siempre estarán en mi memoria y en mi corazón. Guarden en sus corazones como un testamento de amor, lo que les he dicho al despedirme en la Misa Crismal y en el día de Pascua.

A mis queridos familiares, gracias por el amor recibido y por comprender siempre mi misión y también esta misión en la lejanía de la tierra que me vio nacer.

Padre Carlos Rúffolo, hasta hoy Administrador Diocesano, gracias por este servicio de entrega a la Iglesia.

A todos los encomiendo a María, Madre de Dios y que Ella que sabe de la Cruz y de la Pascua, nos haga encontrar en esta Eucaristía a su Hijo, que al partir el Pan nos muestre Su Rostro de Cristo Total, se nos dé a conocer y nos dé a conocer más profundamente que Dios es amor.

El que pueda entender, que entienda, lo que el Espíritu le dice a la Iglesia y a la Patria. ¡Amén!


17 de abril de 2004.

Mons. Baldomero Carlos Martini, obispo de San Justo



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