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MENSAJE CUARESMAL 2004
Mensaje de Mons. Baldomero Carlos Martini, obispo de San Francisco,
para la
Cuaresma
2004
“En
nombre de CRISTO les suplicamos:
¡Reconcíliense con
Dios!“ ( 2 Cor. 5,20 ).
A mis queridos Sacerdotes, Comunidades Parroquiales y Religiosas.
A todo el Pueblo de Dios que camina en esta Diócesis de SAN FRANCISCO.
¡PAZ Y BIEN!.
El miércoles de cenizas, 25 de febrero, comenzamos el sagrado tiempo
de Cuaresma. Los católicos recibimos sobre nuestras cabezas las
cenizas bendecidas. Sobre cada uno de nosotros se repiten las palabras
bíblicas “conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc.1,15).
Quisiera en este
año de gracia, querida Comunidad Diocesana, que reflexionemos sobre la
llamada a la conversión, la reconciliación y la Eucaristía.
Los Obispos
Argentinos –en el documento “Denles ustedes de comer”– convocamos para
el mes de septiembre de este año 2004, a la celebración del X
Congreso Eucarístico Nacional en Corrientes, cuya temática
será: “Eucaristía: Reconciliación y Solidaridad”.
1. La conversión nos hace vivir una vida nueva
Muchas veces hemos
oído hablar de la conversión. Es el tema predominante en cada
Cuaresma. Y por eso mismo existe el peligro de sentirnos interiormente
indiferentes ante el llamado de Dios a cambiar de vida.
Pensamos que la
conversión es cosa para los otros. Que es necesaria para tantas
estructuras de pecado y de corrupción que carcomen de muchas maneras
a la sociedad y sus instituciones, en nuestros días.
Pero la conversión
es una respuesta personal y así debemos vivirla.
Esta es la primera
condición que San Juan nos deja en su carta. “Si decimos: no tenemos
pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos
nuestros pecados, fiel y justo es El para perdonarnos los pecados y
purificarnos de toda injusticia. Si decimos : no hemos pecado, le
hacemos mentiroso y su Palabra no está en nosotros ..” ( 1 Jn. 1,8-9
).
Convertirnos
reclama a cada uno, reconocernos , con sinceridad que somos
pecadores.
Nadie puede
excluirse de esta condición. Y la mejor forma de mirar el corazón para
que se realice la conversión es preguntándonos cada uno: ¿cómo está mi
vida con Dios?. ¿Cómo estoy con mis hermanos?. ¿Cómo estoy conmigo
mismo?.
Un monograma de los
diez mandamientos, muestran el dibujo de dos tablas. En la primera
aparecen dibujados los tres primeros números, en referencia a los
mandamientos de la ley de Dios, en la segunda los siete restantes.
Una buena forma
gráfica para hacer nuestro examen de conciencia, es preguntándonos
sobre nuestra relación con Dios ( los tres primeros mandamientos) y
nuestra relación personal y con los hermanos ( los otros siete).
Cuando nos
detenemos en el Evangelio de San Lucas 6, 41, leemos una de las graves
acusaciones que nos hace el Señor Jesús, y apunta a la conversión:
“¿..porqué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la
viga que está en el tuyo...?.
Quizás la falta de
conciencia moral sobre el pecado nos ha adormecido, de tal manera que
llegamos a pensar tranquilamente que en nosotros no hay pecado.
Para tomar
conciencia de esta situación en nuestras vidas, es necesaria nuestra
íntima unión con Cristo. Sólo experimentamos la necesidad de
conversión, si antes tenemos una profunda experiencia de Dios en
Cristo. De la misma manera, que podemos ver mejor los defectos de una
obra de arte, si es mayor la claridad que tenemos.
Es lógico pensar
que una sociedad indiferente a Dios y a su obra y de espaldas a sus
mandamientos haga surgir personas sin conciencia de pecado, sin orden
moral, sin claridad entre lo que está bien y lo que está mal.
Mis queridos
hermanos: Sólo el anuncio del Evangelio nos traerá la luz necesaria
para que nuestra vida sea a imagen de CRISTO, el hombre nuevo. “ El
que vive en Cristo es una nueva criatura, lo antiguo ha desaparecido,
un ser nuevo se ha hecho presente...” (2 Cor. 5,17).
2. Reconciliación, la buena noticia de Jesús
Si tomamos nuestra
vida cristiana como el compromiso de identificarnos con Cristo, de
conocerlo y amarlo; de llegar a tener sus mismos sentimientos,
experimentaremos el paso de la conversión a la reconciliación.
El pecado es
alejamiento y desencuentro con Jesús, la reconciliación es, entonces,
el reencuentro con su amor y su gracia. “ La salvación es
reconciliación con Dios: superación de la enemistad y retorno a la
comunión. Dios nos reconcilia en Cristo” ( CEN 44).
El Santo Padre Juan
Pablo II, en su carta Encíclica Ecclesia de Eucharistía nos señala:
“La Eucaristía y la Penitencia son dos sacramentos estrechamente
vinculados entre sí. La Eucaristía, al hacer presente el Sacrificio
redentor de la Cruz, perpetuándolo sacramentalmente, significa que de
ella se deriva una exigencia continua de conversión, de respuesta
personal a la exhortación que San Pablo dirigía a los cristianos de
Corinto: “En nombre de Cristo, les suplicamos: reconcíliense con
Dios”. ( 2 Cor. 5,20)-(EE37).
La conversión es
nuestra vuelta al Padre, a su amor y a su misericordia, es
experimentar su abrazo que nos ofrece una doble gracia: volver a
vivir su misma Vida y nos hace participar en comunión de su Familia,
siendo su comensales en el banquete del Reino, que es la Eucaristía
De esta manera, la
reconciliación, que renueva en el cristiano la realidad de ser hijo de
Dios, exige también una mirada de fraternidad hacia aquellos que nos
rodean: “...si al presentar tu ofrenda al altar te acuerdas que estás
enemistado con tu hermano, ve a reconciliarte con el ...”( Mt.
5,23-24 ). “Ámense los unos a los otros”
3. La Eucaristía, plenitud de la comunión
Cuando celebramos
la Reconciliación, que es el Sacramento del perdón y de la
Misericordia sabemos que se nos abren las puertas, en la plenitud de
la comunión, que es la Eucaristía.
“La Eucaristía es
el Pan de la reconciliación que restaura la comunión de amor, recrea
los vínculos fraternos y mueve a iniciativas reconciliadoras para
reconstruir la amistad, la concordia, la unión y la paz...”(Denles...
44).
Por eso se llamó
desde antiguo a la Eucaristía, el Sacramento de la unidad de los
cristianos porque de ella, el cristiano vive en plenitud su relación
de hijo de Dios y de hermano con los demás hombres.
El gesto del
saludo de paz en cada Santa Misa nos recuerda este pedido del mismo
Jesús...”quién no ama a su hermano a quién ve, no puede amar a Dios, a
quién no ve...” ( 1 Jn. 4,21 ).
De allí que cuando
se celebra la Eucaristía, toda la Iglesia participa de este misterio
de comunión y cada uno de los que participamos en la comunión nos
“convertimos en aquello que comemos” (San León Magno).
Esta consideración
sobre el misterio de la Eucaristía, reclama de nosotros, una actitud
especial. Si la Reconciliación nos exige conciencia de pecado y deseo
de conversión, la Eucaristía nos exige conciencia de vivir lo que
celebramos.
Participar de la
Misa – que no es oír misa, como antes se decía – nos da el derecho de
sentirnos una comunidad que celebra no un rito vacío y frío, sino que
celebra el amor de Dios proclamado en Su Palabra y entregado y
derramado en su Cuerpo y en su Sangre, para que hagamos lo mismo que
hizo Jesús.
El Concilio
Vaticano II en el documento sobre la Divina Liturgia nos enseñará que
la Eucaristía es “la cumbre y la fuente de toda la vida de la
Iglesia...” (Sacr. Conc. 10). Esto es, plenitud. A ella, la Iglesia,
como cuerpo de Cristo en la historia, lleva toda su vida, sus
trabajos, sus acciones pastorales y sus dificultades. De la
Eucaristía, la Iglesia recibe la fuerza para seguir construyendo el
Reino de Dios en la historia y entre los hombres..
4. Cuaresma, camino de conversión, de reconciliación hacia la
Eucaristía.
Los Obispos
Argentinos decíamos en el documento “Queremos ser nación” : “...no
podemos ser peregrinos del cielo si vivimos como fugitivos de la
ciudad terrena...”.
Comenzamos la
Cuaresma, tocados por la realidad de nuestros días:
• Una aparente
estabilidad económica –que no es tal en todo el país– parece querer
hacernos olvidar los reclamos sociales pasados.
• Los ataques
contra la vida y la familia se desatan con toda su fuerza y malicia.
Todo se mezcla para confundir y se confunde para desacreditar.
• El descrédito por
las cosas de Dios , la fe y la religión, especialmente la católica, se
presenta de maneras grotescas e irónicas.
• La inseguridad se
suma a la corrupción que ha carcomido las instituciones y nuestras
relaciones diarias.
• Las ideologías y
las manifestaciones supersticiosas abundan, presentando la imagen
desfigurada de Dios, con quién se negocia, el poder sacarle, salud,
trabajo, dinero, éxito, como algo conseguido en un local de compras.
• Aquél compromiso
aplaudido en la fundación de la “mesa del dialogo argentino” para
refundar nuestra patria, pareciera ser también historia pasada.
Una patria que no
está reconciliada con su pasado, no puede tener esperanza para
construir su futuro.
En épocas
difíciles, el compromiso cristiano tiende a desvanecerse, a
enfriarse. Frente a esta sensación de desánimo la Iglesia nos señala
el camino necesario de toda transformación: para cambiar el mundo,
debemos comenzar a cambiar cada uno.
Por eso es
necesaria la Cuaresma.
Es el golpe de
gracia que nos hace recapacitar, que nos invita a mirarnos para ver
que tenemos que convertir en nuestra vida que no esté de acuerdo a lo
que Cristo nos propone como vida nueva y para ser hombres nuevos.
La Cuaresma es el
camino hacia la Semana Santa , cuyo corazón es la Pascua ; qué el
Paso de Jesús en nuestra vida nos transforme desde dentro para
hacernos instrumentos de cambio en la sociedad , en cada comunidad y
en cada familia.
Querida Comunidad Diocesana:
Los invito a la
reflexión de lo que cada uno de nosotros debemos cambiar en concreto.
A preparar la
celebración de la Reconciliación, sabiendo que el abrazo del Padre
Dios nos espera y hace fiesta. Y teniendo como propósito la
participación en la Eucaristía dominical y en los días de semana,
como íntima experiencia con Cristo vivo.
El ayuno del
Miércoles de Ceniza y la penitencia o sacrificio de los días viernes y
aquellos otros que elijamos para realizar durante toda la Cuaresma,
harán presente entre nosotros el misterio de la Pasión del Hijo de
Dios y nos unirán a los que sufren en el cuerpo y en el alma.
Nuestra oración
con la Palabra de Dios, o en la visita al Santísimo Sacramento, o en
el rezo del Vía Crucis, es un camino de fuerza interior que el Señor
da a quienes abren sus corazones generosamente.
Si nos
involucramos cada uno , en la conversión y en la Reconciliación,
alentamos la esperanza “de la creación nueva, liberada por fin de toda
corrupción, donde cantaremos la acción de gracias de Jesucristo, el
Ungido, que vive eternamente” (Pleg. Eucarística de la reconciliación
I).
Los bendigo
paternalmente y les deseo una Santa Cuaresma.
¡DIOS ES AMOR!
Mons. Baldomero Carlos Martini,
obispo de San Francisco |