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HOMILÍA
POR EL 20º ANIVERSARIO DE LA GESTA
DE LAS ISLAS MALVINAS
Homilía pronunciada por Mons. Mario Maulión en la misa por el
20º Aniversario de la gesta de Malvinas, realizada el 1 de abril de 2002
Autoridades presentes, delegaciones de las Fuerzas Armadas y de
Seguridad, Ex Combatientes de Malvinas, familiares de ellos y de
quienes en esta lucha ofrendaron sus vidas, queridos hermanos todos
en el Señor Jesús:
1.
Acompañado de un grupo de Sacerdotes, con Monseñor Eduardo Mirás,
Arzobispo de Rosario, estamos celebrando esta Misa: recordamos a
quienes murieron en Malvinas y a quienes quedaron, en sus cuerpos y
en sus espíritus, marcados por una guerra realizada hoy 20 años.
Ellos, sus familiares, sus compañeros, los que los acompañaron y
sus instituciones son tenidos muy presentes hoy por muchos sectores
del país y muchos compatriotas.
Nosotros
lo estamos haciendo aquí, a los pies de la Imagen de Nuestra
Señora del Rosario de san Nicolás, teniendo como punto central y
dominante de su recordación, la celebración de esta Santa Misa.
Este
acto que corresponde al día de mañana y que es adelantado a hoy
por razones que no viene al caso considerar ocurre en la Semana de
Pascua: en ella celebramos al Señor Jesús, Muerto y Resucitado,
Triunfador de la Muerte. En Él, su muerte fue causada por las
pasiones más bajas y crueles de la mente humana: la injusticia, la
venalidad, el abuso de poder, la corrupción, la envidia y la
traición. Así murió Jesús. De esa Muerte nos hablan los textos
de la Misa de hoy.
2.
Jesús en toda su vida pasó haciendo el bien. "Todo lo hace
bien", decían sus contemporáneos. Él fue claro al denunciar
todo pecado, el de las autoridades y el del pueblo. No fue un frío
e implacable fiscal. Por el contrario, siempre fue comprensivamente
bueno: buscó curar, sanar, rescatar, restañar, es decir, salvar a
cada hombre de la situación de postración en que se encontraba.
Muchos de su pueblo Lo siguieron. No así la mayoría de los
dirigentes y las autoridades. Fue perseguido y con refinada
injusticia y crueldad fue ajusticiado: aquellos dirigentes buscaron
eliminar a quien consideraban ellos un rival peligroso. Y el pueblo,
tan atendido y servido por Él, también terminó abandonándolo.
Jesús murió en medio de una dirigencia injusta y de un pueblo
olvidadizo. Lo mataron los extranjeros con la instigación, la
obcecación y la traición de sus mismos hermanos de nacionalidad y
de raza.
Con
el Poder de Dios, Él resucitó: el Padre lo libró de las ataduras
de la muerte y hoy es Causa de vida y de Salvación para los que
creen en Él.
Desde
su Resurrección, Él dice a los que sufren la Muerte y la viven muy
cerca en sus seres queridos: "No teman: soy Yo": porque
Él vive Resucitado. Afirma mas bien: "Alégrense porque estaba
Muerto y ahora Vivo". Y además sigue anunciando: "El que
vive y cree en Mí, aunque muera vivirá". Estas palabras de
vida, hoy, resuenan aquí, para nosotros.
3.
El Evangelio, luego del anuncio gozoso que hace el mismo Jesús
Resucitado a las mujeres, señala otro hecho de corrupción. Por
dinero, los guardias que deberían ser justos, mienten. Ellos, en
lugar de testimoniar lo ocurrido se corrompen porque sus autoridades
los corrompen con dinero y tal vez con amenazas. Así como fue
vendido por su amigo en un precio muy bajo, así también se
pretende ocultar su Resurrección con dinero. El dinero corrompe y
busca ocultar o matar la verdad.
Todas
las bajezas y crueldades humanas que se entremezclaron en la muerte
de Jesús, se van repitiendo a través de la historia. Muchas de
ellas, en distintos grados se dieron en los hechos que sacudieron a
nuestra Patria hace 20 años, hechos que marcaron nuestra historia
de una manera muy profunda.
Nos
duelen, mucho más que una derrota militar.
Pero
sobre todo recordamos la generosidad, la inocencia y la audacia que
aquellos jóvenes Soldados (muchos de ellos improvisados soldados
para una guerra de este estilo) y de sus Superiores que dejaron sus
vidas en Malvinas porque la afrontaron motivados por el amor a la
Patria.
Por
ellos hoy queremos rezar para que tengan la Paz en su eternidad. Y
también para que la tengan sus familiares y sus compañeros.
4.
Esta celebración tiene que ser una reflexión sobre nuestro
presente y nuestro futuro.
Malvinas
como parte de una historia que nos duele y nos estimula, nos deja
lecciones que es preciso aprender.
l
Ser honestos y humildes. Tenemos que reconocer lo que somos: ni
despreciarnos ni sobrevaluarnos. No somos ni los mejores ni los
insuperables pero tampoco somos los peores. Tenemos que ser mejores,
humildes, honestos.
l
Ante tantas vidas tronchadas en aquellas acciones bélicas, hay que
valorar a los que son más humildes (¡y por eso, más valientes!) y
hay que aprender de ellos. Nuestros hombres en Malvinas nos dejan
ejemplos de audaz valentía: en ellos afloraron los mejores recursos
de sus corazones: dieron lo mejor, la vida, por los demás.
l
El poderío de un Pueblo, su soberanía, no consiste ni en su
riqueza, ni en su geografía, ni en su poder económico, político o
militar, ni siquiera en su sistema político. Un pueblo es fuerte
sólo cuando su estilo de vida es moral. Es esta moral que se ha
venido deteriorando progresivamente, la que pone en riesgo a la
Nación, a la misma soberanía.
5.
Recordando la voluntad de recuperar las Malvinas, hoy nos vemos en
la urgente necesidad de reconstruir la Patria, herida y dividida por
una corrupción moral que viene invadiendo nuestros estilos de vida
y que genera desconfianza en todos y hasta en las mismas
instituciones. Recuperar cada uno la moral en el interior de la
conciencia para que las instituciones y la sociedad consoliden la
moral que ha de distinguir al pueblo.
Las
fuerzas morales que muchas personas tienen (y las tienen porque son
humildes: por eso son valiosos) son la esperanza de nuestro futuro.
Las fuerzas morales de muchos desconocidos y anónimos que
continúan con esperanza, con trabajo en medio de las dificultades,
agobiantes muchas veces, son la esperanza de la Patria, son su
reserva de energías. Son también la esperanza de la Iglesia. Son
la esperanza para encontrar los caminos de solidaridad y de justicia
auténticas.
Necesitamos
volver a aprender que la fuerza y el poderío de un pueblo le vienen
de su nivel moral, de sus valores: el nivel moral de una familia
sólida, de una educación centrada en la persona humana, de una
solidaridad hecha de renunciamientos que superen los intereses
sectoriales para privilegiar las necesidades de quienes más
necesitan. Sólo con los valores morales (los mencionados y otros no
mencionados por razón de tiempo) se puede esperar la recuperación
de los otros valores: los económicos, los políticos, los del
bienestar, los sociales.
Sin
valor moral no hay Nación que dure. Con valor moral hay esperanza
de una Nación y de una Sociedad que sea consistente y sólida.
6.
Malvinas: sus víctimas que son sus héroes, a quienes los
acompañamos, nos requieren la recuperación de los valores que
hacen grande a una Sociedad. Son los valores que brotan de reconocer
a Dios como Fuente y Razón de toda Justicia (impedir su
conocimiento a nuestros niños es impedir el crecimiento del país),
de ver al hombre como un hermano al que siempre hay que tratar como
persona por el camino de la solidaridad y la justicia.
Para
llegar a todo esto, nuestra Patria, nosotros, nuestras comunidades
cristianas y nuestras instituciones de todo nivel, tenemos que
comprometernos a recorrer el laborioso camino de la reconciliación.
7.
Nos acompaña, en esta celebración, la Virgen María, cuya imagen
nos preside.
Fue
muy invocada en Malvinas.
Aquí
lo hacemos también, pidiéndole que interceda ante su Hijo para que
Él dé:
l
La Paz de un Vida sin fin a quienes dejaron su vida terrena en
Malvinas.
l
La Paz en su corazón a quienes sufren las heridas y consecuencias
de aquellos hechos.
l
La Paz y la Esperanza a los Familiares, Compañeros y Amigos de unos
y otros.
l
La voluntad y la decisión a todos, en especial a los Responsables
en nuestra Sociedad, para trabajar, laboriosamente e
incansablemente, en la recuperación de los valores morales para
nuestras comunidades, para nuestra Patria Argentina.
¡NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO DE SAN NICOLÁS!
¡RUEGA
POR NOSOTROS!
Mons. Mario Maulión,
obispo de San Nicolás de los Arroyos
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