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150
ANIVERSARIO
DE LA FIRMA DEL ACUERDO DE SAN NICOLÁS
Homilía pronunciada por Mons. Mario Maulión, obispo de San
Nicolás,
en la celebración de acción de gracias celebrada en la catedral de
la diócesis el 31 de mayo de 2002
Evangelio de San Lucas (15, 11-32)
Jesús dijo esta parábola.
"un
hombre tenía dos hijos. El menor dijo a su padre: ‘Padre, dame la
parte de herencia que me corresponde’. Y el padre les repartió
sus bienes.
Pocos
días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a
un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa.
Ya
había gastado todo, cuando sobrevino una gran miseria en aquel
país, y comenzó a sufrir privaciones. Entonces se puso al servicio
de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo
para cuidar cerdos. Él hubiera deseado calmar su hambre con las
bellotas que comían los cerdos pero nadie se las daba.
Entonces
recapacitó y dijo: ‘¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan
en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre! Ahora mismo
iré a la casa de mi padre y le diré: Padre pequé contra el cielo
y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a
uno de tus jornaleros’.
Entonces
partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba
lejos, su padre lo vio y so conmovió profundamente; corrió a su
encuentro, lo abrazó y lo besó.
El
joven le dijo: ‘Padre, pequé contra el cielo y contra ti; no
merezco ser llamado hijo tuyo’.
Pero
el padre dijo a los servidores: ‘Traigan en seguida la mejor ropa
y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies.
Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos,
porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y
fue encontrado’. Y comenzó la fiesta.
El
hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó
la música y los coros que acompañaban la danza. Y llamando a uno
de los servidores, le preguntó qué significaba eso.
Él
le respondió: ‘Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el
ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo’.
Él
se enojó y no quiso entrar. Su padre salió a rogarle que entrara,
pero él le respondió: ‘Hace tantos años que te sirvo, sin haber
desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un
cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. ¡Y ahora que este
hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con
mujeres, haces matar para él el ternero engordado!’.
Pero
el padre le dijo: ‘Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo
lo mío es tuyo. Es justo que haya fiesta y alegría porque tu
hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha
sido encontrado.’"
¡Palabra
del Señor!
En esta Catedral, celebramos al Señor, al rememorar los 150 años
de la Firma del Acuerdo del Acuerdo que originó el último tramo
del camino hacia la Constitución Nacional.
1.
Acabamos de escuchar la
Parábola con la que Jesús expresa la actitud de Dios hacia el
mezquino egoísmo que corroe u destruye. En ella se ve una familia
destrozada: los dos hijos, con conductas muy distintas, están
separados, por sus acciones y sus actitudes con las que mutuamente
se excluyen.
Como
éste, son muchos los pasajes de la Sagrada Escritura que muestren
la dura y cruel realidad de familias desunidas, que se
autodestruyen, descalificando, excluyendo o eliminando a sus
miembros.
Otra
de esas familias es la del Patriarca Jacob. Entre sus hijos, que
eran muchos, comienza a generarse una división que crece por la
bronca y es alimentada por la envidia. Las cualidades de uno de
ellos, José, son vistas por sus hermanos como un obstáculo para
mantener sus propios intereses. Es uno de los más pequeños pero va
apuntando como el de mayor influencia. El temor o la lucha por el
poder hace que de desde la envidia y la bronca se pasa a la
decisión de eliminarlo que luego es atemperada cuando venden al
hermano a unos extranjeros.
Luego
vendrá la mentira para ocultarle al padre la suerte de su hijo y
para justificar el delito cometido.
Es
una familia desintegrada, que excluye y elimina a sus miembros.
2.
La familia de la parábola de Jesús es más pequeña. Un hijo
reclama como propio lo que aún no lo es: la herencia. Lo que
"herencia" es el fruto del trabajo de su padre y de sus
abuelos. No la hizo él. Ni siquiera la heredó aún. Pero la usa y
la abusa como si fuera propia, destruyendo y despilfarrando lo
recibido. La consecuencia final es la miseria familiar y económica:
¡sin familia, sin bienes! Se queda sin esas dos cosas que le
habrían permitido una vida humana digna: la familia y los bienes.
Él mismo los fue destruyendo. No se debió a causas que venían de
afuera. Fue él quien se destruyó.
3.
En las dos familias hay
factores o rasgos comunes:
l
Un interés egoísta, desmedido, que considera lo común como algo
propio y exclusivo de él.
l
Un frío desinterés por el hermano.
l
Una falta de pertenencia a la unidad familiar.
l
Una creciente envidia y resentimiento que origina planes de
exclusión o de destrucción. El crecimiento del egoísmo fomenta la
tendencia a excluir y hasta destruir al otro.
l
La miseria económica y la fragmentación de las familias son la
consecuencia de todo esto. Las conductas pueden ser distintas:
frivolidad, lujo y bienestar arrogante en el hijo menor, artimañas
en los hijos de Jacob. Pero la raíz es análoga: ya no se sienten
hermanos porque han diluido u olvidado su condición de hijos: nada
superior los vincula
4.
Estas familias pudieron recomponerse cuando sus miembros se
reconciliaron al recurrir a una realidad superior: se reconciliaron
(no todos: el hijo mayor de la parábola parece seguir encerrado en
un frío egoísmo, recubierto de una moralidad intachable) cuando
dejaron de mirar sus intereses y se convirtieron mirando a
realidades superiores: el hijo volviendo al padre, los hermanos
reconociendo haber abusado de la dignidad de José.
5.
La historia de nuestra Patria
(nuestra historia) tuvo y tiene desencuentros y enfrentamientos. Ya
en los mismos inicios, junto con gestas y emprendimientos lúcidos,
generosos, heroicos muchos de ellos, se fue introduciendo la
división.
Crueles,
sangrientas, feroces luchas civiles ensombrecieron la vida de un
pueblo que quería ser libre y se veía bloqueado por conflictos
partidarios y sectoriales. Estaban teñidos o justificados con
ideales nobles pero detrás de los mismos aparecían oscuros
intereses de grupos internos y de extranjeros.
La
desaprensión por la vida de otros y por los bienes comunes mostraba
la ausencia o la fragilidad de un BIEN COMÚN SUPERIOR. Como
esto no aparecía, la ceguera aumentaba y en cada hermano se veía
no sólo un potencial rival sino un verdadero enemigo.
A
través de esta dura y prolongada experiencia de luchas fratricidas
que fueron fracturando a un pueblo que seguía buscando la libertad,
se fue tomando conciencia de la necesidad de un acuerdo que
partiese de una reconciliación anhelada, sin vencedores ni
vencidos. Querían encontrar un camino común que los alejase
del riesgo, cada vez más cercano, de una disolución y de una
desintegración como pueblo. Ya se habían perdido importantes
sectores de territorios y de poblaciones. De continuar la ferocidad
de enfrentamientos irreconciliables, se continuaría con otros más.
6.
Como el hijo de la parábola, los argentinos de mediados del siglo
XIX, desde la postración que provocaron las luchas internas,
experimentaron la necesidad de un BIEN SUPERIOR.
El
Acuerdo firmado hace 150 años está empapado de esta
conciencia: sólo un BIEN COMÚN SUPERIOR permite superar los
intereses particulares. Sin un Bien Superior, los bienes
particulares se descontrolan y generan destrucción.
Ese
Bien Común Superior fue expresado y sentido de distintos
modos. Pero se pueden detectar rasgos fundamentales: la solidez
moral, la necesidad de la ley como ámbito de la convivencia humana,
la dignidad de cada persona, la justicia enmarcada en leyes
orientadas al Bien Común (una ley que no lo sea es una
caricatura de ley), la apertura a todo hombre de buena voluntad
y, como base de todo, el reconocimiento de Dios como Fuente y Razón
de toda Justicia.
Las
coincidencias de voluntades en algo superior significaron serios
renunciamientos. Cuando se fueron asumidos se comenzó a recomponer
una sociedad fracturada y en riesgo de disolución.
7.
Esto ocurrió hace 150 años. Desde entonces el camino no fue
fácil: se requirieron capacidades de renuncias, de sometimiento a
leyes que fuesen justas. Nuestra dramática situación actual, en
muchos rasgos, es análoga a aquella.
Es
posible resurgir de la postración. Pero, con voluntad de cambio
serio, responsable, en paz y en justicia.
El
cambio sólo es posible cuando se levanta la mirada, desde el
interés sectorial y llegando al Bien Común, desde el hombre
considerado como factor económico hasta verlo seriamente en su
dignidad de persona, única e irrepetible. Y sólo una mirada puesta
en Dios permite ver en el hombre, en cada hombre, algo totalmente
valioso.
8.
El Acuerdo en la Sociedad no lo hacen sus miembros del mismo modo.
Es preciso que lo hagan. Por eso, para todos, el diálogo y el
renunciamiento por el Bien Común que respete y promueva a todos (en
especial a los mas desprotegidos e indefensos) son elementos
esenciales para el Acuerdo. Es responsabilidad de todos. Pero la
responsabilidad de quienes somos en algún aspecto Autoridades y
Dirigentes es mucho mayor. Por el poder que hemos recibido de
distintos modos tenemos la responsabilidad de ser guías, garantes y
modelos de acuerdo.
La
superación de la crisis que sufre el país exige el cultivo de los
valores de los morales. Lo exige a todos pero en especial a quienes
somos autoridad.
Es
necesario "el cultivo del sentido de la equidad y de la
justicia, la cultura del trabajo, el respeto de la ley y la palabra
dada. Y, en orden a ello, es preciso: elevar la calidad de la
educación basándola en los inclaudicables valores puestos por Dios
en el corazón del hombre; trasformar la orientación de fondo de
los medios de comunicación pues muchos de sus programas degradan al
pueblo; modernizar el aparato productivo de modo que multiplique las
fuentes de trabajo real, promover la reforma del estado y la
política, afianzar la justicia, erradicando todo tipo de
corrupción, privilegios y prebendas, y evitando el despilfarro de
los fondos y bienes públicos (Comisión Permanente de la CEA,
Enero de 2002).
Y
junto a ello, el respeto y la consideración de justicia hacia los
frutos del trabajo de obreros, profesionales y de jubilados
bloqueados por disposiciones financieras o impedidos por otras
distintas razones..
9.
Hoy alabamos al Señor por
los 150 años del Acuerdo que se firmó en esta Ciudad.
Y
Le pedimos al Señor una fuerte decisión de Acuerdo para
hacer que el País vuelva a resurgir de la postración, la tristeza
y la desorientación en que se encuentra.
Que
el Señor nos dé a todos, pero en especial a los Responsables
Sociales la lucidez y los renunciamientos para un Diálogo que es
imprescindible pero que encuentra bloqueos que prolongan la
expectativa de resultados que todos esperan pero cuya realización
aparece como diferida.
Sólo
mirando hacia el Bien Común, cuyo verdadero fundamento es el Padre
Dios, encontraremos el camino del Acuerdo, de la Reconciliación y
de alcanzar la justicia demasiado tiempo entorpecida y postergada.
10.
Pidamos, sí, al Señor.
Con confianza y con esperanza.
Mirándolo
a Él, mirando a la Virgen María, nuestra Madre "Gaucha"
de Luján, sintámonos "hombres que acuerdan"
porque nos reconocemos hermanos por tener un Padre, Dios, y una
historia común. Reconociéndonos en una Patria que nos hermana,
trabajemos decididamente orientados por el Bien Común.
Con
Esperanza. Con generosidad. Con los renunciamientos que fuesen
necesarios.
¡DIOS
NOS ASISTA Y NOS ACOMPAÑE!
Mons. Mario Maulión,
obispo de San Nicolás de los Arroyos
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