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A LOS CATEQUISTAS
Homilía de Mons. Mario Maulión, obispo de San Nicolás,
en el Encuentro Diocesano de Catequesis
Pergamino, 19 de agosto de 2002
Queridos Catequistas:
En esta Eucaristía, culminamos y
proyectamos este Encuentro Anual.
1.
Este Encuentro es el culmen de todo un trayecto, formado por hechos
que se continuaron y se continúan. Estos hechos, los más cercanos, son
los que sirvieron para la preparación de esta jornada. Lo hicieron
Ustedes en sus parroquias y en sus zonas. Y, más hondamente, son los
hechos que culminan en esta Eucaristía: son los meses, los años, las
décadas de servicio catequizador que venimos desarrollando en nuestra
historia personal, en la historia de nuestras comunidades, y la de
nuestra Iglesia Diocesana. Son los hechos por los que nos hemos
encontrado con Cristo y aquellos otros por los que fuimos y somos
gestores del Encuentro de Cristo con otros hermanos.
Al culminar en esta Eucaristía todos estos hechos, personales y
eclesiales, individuales y comunitarios, los estamos recordando a
todos: hacemos memoria de toda esa nube de testigos que, de modo
cercano y de modo lejano, nos acercan y nos unen con el Jesús que
murió en Jerusalén y vive Resucitado. Y celebramos su Presencia Real,
en medio nuestro, presencia inclusive palpitante y eficaz.
2.
Y, también, nos proyectamos, no solo hacia delante en el tiempo, sino
hacia adentro, en nuestra situación actual. Porque el Señor Jesús,
recordado y celebrado, ES ENVIANTE: vayan a todos y a todos sin
límites ni fronteras. El desconcertante mundo que nos supimos
fabricar, con sus estupendas realizaciones y sus crueles y
desgarradoras destrucciones, es el mundo en el que vivimos, al que
estamos llamados a evangelizar, a impregnarlo de sentido evangélico, a
llegar hasta los criterios de conducta y a los modelos de vida, que
hoy están dolorosamente desarticulados: La cultura. En este mundo en
el que vivimos y en el que viven nuestros catequizandos: en él, tanto
nosotros como ellos, estamos llamados a ser, por mandato del Señor,
luz y sal.
3.
Nuestra acción catequizadora no puede reducirse a una sólida, pero
corta preparación a la recepción de los sacramentos, ni a un breve
espacio de tiempo. La Catequesis que no se celebra en Eucaristía y no
se proyecta en Caridad (amistad social, solidaridad, búsqueda y
promoción de la justicia, defensa de la vida y de la persona) queda a
mitad de camino. Si la catequesis, la liturgia y la caridad no nos
conducen a un profundo encuentro renovador con Cristo, estaríamos
frente a una de las afirmaciones de Pablo VI: ¡nuestra evangelización
sería una evangelización de barniz!
Una vez más les pido a los Sacerdotes, Consagrados, a los que se
preparan para la Ordenación Sacerdotal, a todos los Laicos
Catequistas, a que trabajen con quienes en sus comunidades animan la
Liturgia y la Caritas. Les pido a ustedes que también en sus
actividades catequistas trabajen por una EXPLÍCITA DIMENSIÓN
MISIONERA: comenzando desde los niños. Infancia y Juventud Misionera,
Caritas infantil y juvenil, Liturgia y Ministerios litúrgicos,
infantiles y juveniles. Que los niños y los jóvenes no sean sólo los
destinatarios de la evangelización: que sean también los protagonistas
de esta evangelización.
Y a todos les pido que nuestras comunidades nunca se conformen con
ciclos de catequesis cerrados de 2, 3 0 4.
Les pido que trabajemos todos para que nuestros fieles tengan un
acompañamiento, posterior a la Primera Comunión y a la Confirmación,
un acompañamiento posterior, que sea tan intenso, o mejor, más intenso
aún, que el que tuvieron antes de estos sacramentos. Que sea el
acompañamiento de toda la comunidad, desde una catequesis que se vaya
consolidando en un Itinerario Catequístico Permanente. Que alcance a
una Liturgia, cada ves más vivenciada y animada por el sentido
misionero y con un sentido de Caridad.
Cuando la Caridad sea lucida y servicial. con un claro compromiso
misional, LA COMUNIDAD SERÁ la Madre Iglesia que lleva a sus hijos a
la madurez de la fe, que los lleva desde la edad en que se alimentaba
con leche, según la distinción de San Pablo, leche que, por otra
parte, los vigorizó y los consolidó, para llegar a la edad madura,
hasta llegar al alimento sólido que necesita en la madurez. Así
nuestra Madre Iglesia nos hará maduros en la fe. Nos hará “testigos”
que impregnen de sentido cristiano la vida, la cultura, para que la
cultura en nuestra Patria, de nuestra comunidad, sea humana y sobre
todo sea humanizadora.
4.
A nosotros, que estamos inmersos en una profunda crisis moral, y al
mismo tiempo, vivenciamos la misteriosa e innegable presencia de
Cristo, la Palabra de Dios que acabamos de proclamar y escuchar, nos
habla de nuestro presente con su pasado y, luego, de nuestro presente
hacia delante.
La Primera Lectura nos hablaba de nuestro presente con su pasado.
Ezequiel, con la repentina e imprevista muerte de su querida esposa se
convierte en un duro y apremiante reproche de Dios a su pueblo. Ante
su muerte, no ha de llorar, ni se quejará por la desgracia que le
destroza el corazón. No hará duelo ni buscará consuelos compasivos. Su
conducta, en estas circunstancias, sin ninguna muestra de dolor ha de
ser una señal para su pueblo, rebelde, olvidadizo, de cabeza dura y de
corazón más duro aún.
Ezequiel cuando pierde a su mujer no es responsable de ese hecho. La
muerte de su esposa es un hecho ordinario, como tantos otros. Pero las
pérdidas que sufrirá el pueblo, imprevistamente, y que lo consumirá,
será a causa de las culpas de su pueblo: despreciaron a su Señor,
olvidaron a su Dios, se pervirtieron y abandonando la lealtad entre
ellos, confiaron en ídolos vacíos. De ahí viene la desgracia que
viven: fundamentalmente de ellos mismos, de su debilitamiento social,
que los hara presa fácil de los poderes extranjeros.
El Señor, para su conversión, les pide que no se lamenten de los que
les pasa sino que se conviertan al Señor.
¡Nada de lamentos, sino cambios verdaderos!: cada uno puede ver cuanta
similitud hay con nuestra crítica situación actual.
Nuestro presente es el resultado, en gran parte, de nuestro pasado. Es
cierto que hay fuerzas poderosas que escapan a nuestro alcance. Pero
también es cierto que lo que nos pasa no es totalmente culpa de otros.
Cada uno de nosotros tiene que saber qué cuota de responsabilidad,
individualmente, como sociedad, y, como Iglesia, tenemos en todo esto.
Nada de lamento por los que nos pasa, sino cambio verdadero hacia el
Señor.
5.
Nuestro presente, proyectado hacia el futuro, es iluminado por la
escena evangélica.
Un hombre se acerca a Jesús y le pregunta qué cosa buena hay que hacer
para alcanzar la Vida Eterna, la que no se desgasta ni se deteriora,
la vida que no se pueda perder y ni otro la puede arrebatar. Hoy, de
mil modos, muchos hacen esta pregunta, implícita o explícitamente.
¿Qué tengo que hacer para vivir realmente?
Estas preguntas: ¿encuentran quien las responda en nombre de Jesús?
¿Damos esas respuestas? ¿Llegamos a tiempo a responder a esas
preguntas o, demasiado tarde, cuando otros ya las han respondido de
otra manera?
Jesús responde en el momento oportuno y, como siempre, enseña a vivir.
Lo hace en dos niveles.
a) El primero es el de los Mandamientos, que no son, a pesar de
su forma gramatical, simplemente prohibiciones ni tampoco son la
anulación de la libertad. Son, más bien, el camino de la dignificación
de la persona y el camino de la consistencia de la sociedad. Los
Mandamientos, simples y permanentes, como “honra a Dios” , “honra a tu
padre y a tu madre”, “no mates”, “no robes”, “no mientas”, “no
codicies”. La realización de estos mandamientos la conducta
responsable y es la única que ha sanado a la persona y a la sociedad.
Por el contrario: dejar los mandamientos y descuidarlos contamina y
envenena todo, y oscurece la vida personal y social. Y estamos
teniendo, experiencias cada vez más dolorosa de ello. Porque solo
cumpliendo los mandamientos hay vida.
b) El segundo nivel para vivir, según Jesús, es el que Él mismo
recorrió: despojado de todo, dar la vida por los demás. El vender todo
y seguirlo no es sólo para algunos pocos. Unos lo harán de una manera,
otros de otra. Pero la perfección, que es para todos, (“sean perfectos
como el Padre es perfecto”) consiste en desprenderse de todo lo que no
es Dios, ni atarse a bienes o cosas, ni depender de ello.
Este desprendimiento brota del haber encontrado al Señor y de haberse
sacado los lastres. La acción del Espíritu permite ir viendo cómo usar
los bienes que uno tiene y necesita, “cómo si no los tuviera”, como
vivir el casado “como si no lo estuviera”, etc. (Ver a San Pablo)
6.
María vivió los dos niveles, los Mandamientos y el despojo y
Seguimiento del Señor. Los vivió con su alegre confianza en el Señor,
su abnegada servicialidad, con su continua escucha de la Palabra y su
gozosa celebración del Señor: sin usar nuestros términos teológicos,
su vida fue una estupenda síntesis de Liturgia, de Catequesis, de
Caridad y de Envío.
Y fue la estupenda Catequista de su Hijo Jesús.
Invoquémosla. Imitémosla.
San Pío X, ruega por nosotros.
Mons. Mario Maulión,
obispo de San Nicolás de los Arroyos
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