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HOMILÍA EN
EL "CAMPITO"
Palabras de Mons. Mario Maulión, obispo de San Nicolás,
en el "Campito" el 25 de agosto de 2002
Querido hermano peregrino Bienvenido.
Quiero saludar a todos los hermanos uruguayos en el día de la fiesta
patria del Uruguay. Además, con la imagen de Nuestra Señora del
Rosario de San Nicolás, que preside esta Procesión y esta Misa, está
la imagen del Divino Niño Jesús, traída en peregrinación desde el
Santuario de Alta Gracia en Córdoba para ser entronizado en nuestro
santuario diocesano. Esta devoción surgida en nuestra América Latina
nos recuerda, nos alienta, porque nos pone en contacto con el poder
divino de este Niño. Jesús, el Hijo cuidado, educado, alimentado por
su Madre, la Virgen María.
Nos
alegra en este día también acompañar a todos los que trabajan y
promueven el día de la Infancia Misionera, tanto a los niños que están
aquí de nuestra Diócesis los de otras Diócesis del país. Trabajemos
todos para que desde niños aprendamos a ser misioneros.
1.
Todos Ustedes, los peregrinos reunidos aquí traen sus esperanzas,
sufrimientos, miedos y pedidos junto con sus agradecimientos. Cada uno
de nosotros conoce su propia historia, sus sentimientos, sus
intenciones.
¿Por qué estamos aquí?
Creo que a todos nos une, si hemos venido hasta aquí, la confianza en
la Virgen nos lleva a Jesús. Aquí todos sentimos la refrescante y
comprensiva atención de la Virgen María, la Mamá de Jesús. Junto a
Ella sentimos la fuerza renovadora y sanadora de su Hijo Jesús. Él,
por Ella nos devuelve la fe, la esperanza, la paz y lo que más
necesitamos.
2.
La Palabra de Dios que acabam0os de escuchar es lo que más necesitamos
para vivir en serio.
Hoy, esta Palabra nos lleva a la íntima realidad de nuestro Padre del
Cielo; en Dios llegamos a vislumbrar su intimidad. Dios, a veces, nos
parece lejano, inaccesible y sin embargo está muy cercano a cada uno.
Más aún: está misteriosamente presente en el interior de cada uno de
Ustedes y en el mío personal.
Despertemos, por tanto, para llenarnos de su Sabiduría y su Ciencia,
profunda, llena de riqueza, que, sin embargo, está escondida en
nuestro corazón.
Los
caminos de Dios nos resultan a veces, o a menudo, incomprensibles,
pero son los únicos que nos llevan a la vida.
3.
¿Porque los hombres nos hacemos caminos de vida que llevan a la
desconfianza mutua, al enfrentamiento, a la mentira y a la destrucción
de? ¿Qué clase de sabiduría guía con frecuencia nuestra conducta?
Olvidando a Dios, nuestras decisiones y nuestros designios están
teñidos y, sobre todo, empapados de destrucción, de desorientación y
de tristeza.
Pero Dios tan cercano, tan a nuestro alcance, trabaja incansablemente
para que le abramos nuestro corazón, con humildad, con valentía, con
esperanza.
Reconozcamos que todo viene de El, que todo ha sido hecho por Él y
todo está destinado a Él. Reconozcámoslo con espíritu filial y
dejémonos guiar por Él: nuestros caminos cambiarán. Dejemos que su
Sabiduría penetre nuestro corazón para que nuestras decisiones de cada
día coincidan con las de Él, que hagamos lo que Él piensa y lo que Él
quiere. Entonces nuestros caminos serán caminos de paz y no de
aflicción, de vida y no de muerte, de amistad social y no de
desencuentro de luchas y frívolos y mezquinos intereses. Necesitamos
la Sabiduría y la Ciencia de Dios.
4.
La sabiduría, el designio y el camino de Dios se manifiestan en Jesús.
Dejémonos preguntar esta tarde, aquí, por Jesús, como Él lo hizo con
sus Apóstoles: ¿quién dicen ustedes que soy yo? ¿Quien soy yo para
cada uno de ustedes?
Jesús me quiere interpelar a mí y a Ustedes.
No
demos por supuesta nuestra respuesta. ¿Quien es Jesús para nosotros?
En
nosotros y en todo el mundo habrá muchas y variadas respuestas: un
gran hombre, un maestro valioso entre otros, tal vez un desconocido
para muchos.
Pero una sola es la respuesta válida, la que dijo Pedro: “Eres el
Mesías, el Hijo de Dios Vivo.
Es
la respuesta que brota en Pedro, no por sus razonamientos humanos ni
por su preparación cultural. Sólo el Padre que está en Cielo lo revela
a Pedro en su interior. Abramos pues el corazón al Padre, dejémonos
enseñar por ÉL. Como Pedro y con Pedro digamos: “Jesús, eres el
Salvador, el Hijo de Dios Vivo”.
5.
Dejemos también que hoy Jesús vuelva a decir para nosotros lo que
dijo hace dos mil años en Cesárea: “ Tú eres Pedro y sobre esta
piedra edificaré mi Iglesia".
Sí,
la Iglesia es obra de Cristo. Siempre la está construyendo. No es obra
de hombres, mucho menos es mérito de los hombres.
Nosotros no “hacemos” la Iglesia: somos constituidos Iglesia porque
Jesús nos hace Iglesia. Misteriosamente la va haciendo sobre la Piedra
que Él mismo eligió: Pedro.
Elige y edifica su Iglesia no por los méritos o las cualidades de los
hombres que la componen, sino sólo porque Él ama y así quiere hacer su
Iglesia, la de Él. Para que sirva a los hombres, para que recuerde y
anuncie la Sabiduría, la Ciencia y el Camino de Dios. Nos hace Iglesia
para que seamos serviciales, acogedores, comprensivos, audaces y
humildes como Él.
5.
Jesús y Dios saben todo el mal que hay en el mundo y en el hombre. En
cada hombre. Es el mal que arranca del “poder de la muerte” o
de “las puertas del infierno”, según el texto bíblico. Se trata
de expresiones que designan la iniquidad que brota del “Maligno”.
Toda la historia humana esta afectada por está incansable iniquidad.
También la nuestra, la de hoy.
Esta iniquidad se manifiesta y se vigoriza de distintas maneras. Entre
ellas se destaca la desconfianza entre los hombres, las mentiras, una
de cuyas crueles y mortíferas manifestaciones es la calumnia y la
descalificación mordaz hacia otros, la mutilación de la verdad como
ocurre cuando hablamos de la ganancia a espaldas del trabajo y del
trabajo sin la debida remuneración, del amor reducido placer y del
sexo separado de la fecundidad y de la fidelidad, cuando hablamos de
una convivencia social descalabrada por las “reglas del
juego” o las “reglas de la economía”, las “reglas de la
globalización”, las “reglas de la política”. son
otros tantos disfraces crueles de la corrupción y la mentira. Esta y
otras más son las mutilaciones de verdad que corroen y destruyen la
vida en sociedad. El interés subjetivo por encima del bien
común.
6.
Todo esto tiene una raíz y un origen sombrío: Jesús lo llamó “el
Maligno”. Tentados por él, los hombres somos víctimas y también somos
protagonistas activos de esta malicia. Envenenados, también
envenenados.
Gracias a Dios, Jesús quiere salvarnos y hace su Iglesia. Garantiza
que el “poder de la muerte”, “del infierno”, no prevalecerán: no
tendrán la última palabra.
Si
vemos, si sufrimos y hasta si colaboramos con el mal que oscurece
nuestra vida, que nos entristece, nos asusta, también vemos y nos
alegramos por la Iglesia que hace Jesús sobre los Apóstoles.
7.
Jesús con su Iglesia y por su poder, ata y desata.
Hay
muchas maneras de entender estas palabras. Uniéndolas a otras de Jesús
podemos pensar que atar también significa vincular. Jesús por
la Iglesia nos ata, nos vincula nos une a Dios y
por lo mismo nos vincula entre nosotros: el amor es el vínculo
de la unidad.
Y
Jesús por la Iglesia nos desata: va desatando las ligaduras y
la maraña de nudos que ahogan el corazón humano y la convivencia
humana. Al desatar, nos hace libres.
por
vigoroso que sea el poder del Maligno, el poder de Jesús es superior:
Alegría, hermanos, entonces y mucha confianza.
Su
poder hace la Iglesia y lo despliega a través de Ella. Alegría, por
tanto, por ser y pertenecer a la Iglesia.
En
la Iglesia de Jesús está María, la Mujer que derrotó al Maligno, que
aplastó la cabeza de la serpiente diabólica. Alegría y confianza
entonces porque como Madre la tenemos a Ella.
Y,
con Pedro, vibrantemente digamos: “Jesús eres El Salvador, eres
el Hijo de Dios Vivo”.
Digámoslo nuevamente todos con fuerza: “Jesús eres El Salvador,
eres el Hijo de Dios vivo”.
¡Ave María Purísima!
Mons. Mario Maulión,
obispo de San Nicolás de los Arroyos
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