|
ALÉGRATE
MARÍA
Homilía de Mons. Mario Maulión, obispo de San Nicolás,
en la misa celebrada en el santuario de la Virgen el Rosario
el 25 de octubre de 2002
Queridos hermanos peregrinos:
1.
En
este 25 del mes de octubre, estamos en el mes de la Virgen del Rosario
y, también, comenzando el Año de Rosario por pedido e iniciativa del
Papa que nos acaba de dar un magnífico documento: "El Rosario de la
Virgen María”.
Yo
les pido a ustedes (como me lo pido a mi), y lo pido a los
Consagrados, a los Sacerdotes, que no solamente lo leamos sino que lo
meditemos porque es una sabia manera cómo el Señor, a través de las
palabras del Papa, nos quiere acercar más a Él con este instrumento
que la devoción Mariana de tantos siglos ha consagrado: el Rosario de
la Virgen María.
Con
esto el Papa nos llama a tener un nuevo impulso en la oración para
pedir por la paz en el mundo, de modo particular nosotros en nuestra
patria, en nuestras comunidades, en nuestras personas... y un nuevo
impulso a través del Rosario para orar por la familia y en orar en
familia.
La
Virgen, nos dice el Papa, desde que recibió en la Cruz la misión de
cuidar a su Hijo en la persona de Juan, es una Madre solícita que
siempre lo ha hecho. El Papa señala que en este siglo y, sobre todo,
en los dos siglos de que nos han precedido (siglos XIX y XX) la Virgen
hace notar su presencia y su voz para exhortarnos a recurrir al
Rosario. Lo ha hecho en Fátima, en Lourdes, lo había hecho antes en
Pompeya, lo hace también en San Nicolás. Por eso lo hacemos. Hagámoslo
más y difundamos más el Rosario.
2.
El
Rosario, sustancialmente, es una oración de humildes y de
contemplativos. Miramos a Jesús en cada uno de sus Misterios. Es
una oración que nos trae toda la persona de Jesús, todo el Evangelio.
Con él, tanto el niño como el que se cree importante, se alimentan,
cuando lo hacen con humildad.
El
Papa nos dice que recitar el Rosario es entrar en la Escuela de
la Virgen. Porque haciendo el Rosario con las Ave María y con
los Misterios, como María, contemplamos a su Hijo: Ella desde su mismo
embarazo, hasta su triunfo definitivo en el cielo, contempla a Jesús.
Haciendo el Rosario, María nos enseña a contemplar a Jesús, y, así,
hacernos como Él: mirándolo a Jesús aprendemos a ser hombres,
aprendemos, desde el nacimiento, a crecer, a desarrollarnos y a
afrontar como Jesús toda la maravillosa y penosa historia que nos toca
vivir.
3.
El Papa ha añadido a los quince Misterios conocidos otros cinco que
llama Luminosos: son los que nos recuerdan cómo Jesús es Luz.
El
Rosario, mirando a Jesús con María, nos ayuda a conocernos mejor y a
conocer mejor la realidad con los ojos de Jesús, con los ojos de
María.
El
Rosario nos enseña el valor sagrado de la vida, el valor sagrado de la
familia. De esa vida que comenzó en el seno de María, de esa familia
formada por Ella, por su esposo José, por su Hijo Jesús.
El
Rosario nos enseña a escuchar al Señor en el que se ve el horizonte de
una vida nueva, nos enseña a acompañarlo a Jesús en el
calvario, llegando descubrir que todo dolor tiene una misteriosa
fecundidad: dolor difícil y dolor fecundo. Finalmente, en el Rosario
miramos a Jesús cuyo triunfo proclamamos: lo creemos, lo
vislumbramos. El Rosario es la oración de un hombre que alimenta
esperanza, mirándolo al Señor con los ojos de María.
El
Papa nos dice que hagamos el Rosario para pedir por la paz y para
comprometernos por la paz. Para pedir por la familia porque una
familia que reza unida es una familia en que crece en unidad.
Rezar con María, rezar mirándola a María. Como nos pide el Papa, yo
les pido a Ustedes: en familia recen con los hijos y
por los hijos. Desde pequeñitos enseñemos y vivamos ese momento
tan íntimo que puede tener un hogar cuando todos rezan juntos el
Rosario.
4.
La Palabra de Dios nos mostró a la Virgen en dos momentos esenciales
de nuestra salvación. La Virgen nos muestra el camino de una historia
personal. Ella aparece turbándose, preguntando, escuchando al
Mensajero de Dios. Asombrándose y aceptando totalmente, el mensaje y
pedido de Dios. Mirando a la Virgen podemos decir que Dios le
anticipa el trayecto de Jesús.
El
favor de Dios (la Gracia, el Regalo de Dios) se
despliega en María de una manera que no llegamos a concebir ni a medir
totalmente. Ella es una mujer humilde y fuerte; contemplativa y
activa. Es una mujer simple y sagaz, una mujer confiada en Dios y
emprendedora en los asuntos que tenía entre manos. Es una mujer,
esposa y madre, delicada y firme, comprensiva y fuerte. Es la mujer de
Dios y lo es para los hombres. Ella es fiel y decidida en el camino de
salvación en el que colaborará con Jesús: desde Nazareth, por Belén,
Egipto, Jerusalén, diariamente, culminando en la Cruz.
La
salvación a la que está asociada María, tiene el acento y el tinte de
una mujer doméstica, familiar, perteneciente a un pueblo, solidaria
con él, y, principalmente, creyente. Es una mujer de carne y hueso,
que vivió todas las alternativas de lo que llamamos el hombre y la
mujer de la calle y del hogar, de los problemas, los dolores y de las
esperanzas. Mujer plenamente humana porque está totalmente entregada
al Señor
5.
María está en el surgir de la Iglesia que es la culminación de la
salvación de Jesús. Acabamos de escuchar el texto cuando esa Iglesia
pequeñita, insignificante ante los poderes y ante la realidad, estaba
como encerrada (¿por miedo?: por el contexto se deduce que estaban
orando) en una sala de esa ciudad de Jerusalén en la que habían matado
a Jesús. Había experimentado la Resurrección. Allí, en el surgir de
la Iglesia estaba María, orando y también enseñando a orar. Es una
oración que María hizo con los Apóstoles y también por
los Apóstoles.
La
oración de María no es aislada. Ella esta unida con ese pequeño grupo,
enseñándonos que la oración es fuerte cuando "la hacemos unidos". La
oración unida es para esperar la promesa de Jesús, la promesa del
Espíritu: la renovación que está por llegar, la dimensión misionera
de la Iglesia. Para todo lo que está por venir, María está rezando,
unida y esperando.
6.
Hermanos: este es el Mensaje de la Virgen, tan silenciosa y tan
elocuente. Como Ella estamos llamados a ser gestores de paz cuando
la violencia y la descalificación duelen en el corazón y empequeñecen
la convivencia entre las personas. Gestores de paz cuando se siente
que se promueve cualquier tipo de lucha, cuando la desconfianza va
minando la esperanza y se brindan panoramas sombríos, cuando parece
que ya nadie es bueno porque todo está corrompido.
En
estas situaciones necesitamos, como María, elevar nuestra oración al
Cielo. Con Ella y por Ella, para ser gestores de paz, de comunión.
Esta paz y comunión requiere que las busquemos donde Jesús está. Jesús
no está en el poderoso ni en el triunfador sino en el hermano que
sufre, en el que le faltan cosas: el pan, el trabajo, el vestido, la
casa, la educación, el cariño, la familia En el hermano al que le han
quitado las cosas, hasta la fama y la reputación. Allí esta Jesús.
Ser gestores de paz con Jesús es dar al hermano lo que necesita:
junto con el pan, el vestido y el servicio afectuoso, necesita la
verdad, que es pan para el espíritu. Es la verdad que se hace comida y
se convierte en solidaridad. El hermano junto a mí necesita el respeto
cuidadoso de su fama, de su reputación de su condición social.
Jesús está en los que son indefensos frente a los poderosos que
muchas veces los convierten en víctimas de un encarnizamiento feroz.
7.
Gestores paz para amar, como decía Jesús, a los que te hacen el mal,
pidiendo que todos aquellos que se sienten seguros e intocables por
el poder que tienen sientan, en su corazón, la necesidad de la
Misericordia, de la solidaridad, de la Verdad.
Gestores de paz significa pedirle al Señor que toda comunicación
nuestra, en casa, con los demás, en el lenguaje, sea un camino de
comunión: que toda comunicación sea comunión.
Así
vivió la Virgen.
Cuando recemos el Rosario y cuando hagamos toda nuestra vida
espiritual, pongamos la mente en Dios para descubrir lo que Él quiere
que hagamos con nuestros hermanos. Como María, mujer de Dios, ser
también nosotros hombres de Dios. Y, como Ella, mujer que desde Dios
sirve a los hombres, ser también nosotros, gestores de paz con
nuestros hermanos.
¡Ave María Purísima!
Mons. Mario Maulión,
obispo de San Nicolás de los Arroyos
|