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25 DE NOVIEMBRE DE 2002


Homilía de Mons. Mario Maulión, obispo de San Nicolás de los Arroyos
(25 de noviembre de 2002)


Queridos hermanos:


1.
Estamos en el mes de María del Año del Rosario, pedido e iniciado por el Papa.

Desde María y con María contemplemos el Rosario. Rezar el Rosario con María, desde María. Promovamos el rezo del Rosario en nuestras familias, en nuestras comunidades. Si no siempre podemos, al menos,  hagámoslo personalmente. Para  eso nos ayudará mucho tener presentes los textos bíblicos referidos a cada uno de los Misterios, desde la Anunciación hasta la Coronación de María como Reina y Señora de todo lo creado. Los Misterios que contemplamos en el Rosario (simplemente estoy recordando cosas que todos sabemos) son Hechos de Jesús, Hombre y Dios. Desde que fue anunciado a la Virgen hasta su sepultura, muchos de esos hechos son parecidos a los de otras tantos hombres: Jesús apareció como uno  más entre los hombres. Así manifestó; pero, sobre todo, son hechos del Señor, son divinos.


2.
Misteriosamente, en lo humano de Jesús está la fuerza de Él como Hijo de Dios. En Belén no sólo nace Jesús, Hijo de María: el que nace, Jesús, es el Hijo del Padre Eterno. Dios y Hombre. E hecho tan natural y  corriente del nacimiento humano es misterio porque el Niño que nace es Dios. Contemplar los Misterios es tomar conciencia de lo cercano del “Dios con nosotros” a nuestra vida de cada día.

Los Misterios gloriosos son los hechos que conocemos de Jesús por el testimonio de la Iglesia y por la fe en la Palabra de Dios.

Rezar de Rosario es ayudarnos  a ver al Señor y a ver desde el Señor Y, así,  ver a nuestra vida desde su origen, con su desarrollo posterior hasta lo que esperamos que sea nuestro triunfo definitivo en la Gloria. La vida de cada uno es, también, una vida misteriosamente desarrollada con gozos, dolores, luces y también terminando en el triunfo. Porque Jesús está en nosotros también nuestra vida tiene sus misterios gozosos, dolorosos, luminosos, triunfantes. El Rosario nos ayuda a contemplar a Jesús y a contemplar desde Jesús nuestra propia vida.


3.
En la Palabra de Dios que acabamos de escuchar, la Primera Lectura nos mostraba en el lenguaje tan especial del Apocalipsis un llamativo panorama: un Cordero, una multitud, un número que nos puede resultar enigmático (Los “144 Mil”), un Coro imponente, una presencia de Ancianos y Voces. La imponente multitud tiene en su frente la marca o señal del Cordero. El canto imponente no hiere a nadie, es muy armónico pero difícil o imposible de acallar: llega como un torrente que no se puede ocultar. Se señala que los “144 Mil” hablan un canto que ningún otro puede aprender.

¿Quiénes son estos “144 Mil”? Dice el texto que son los que están rescatados de la tierra para Dios. Salvados de la tierra, destinados para Dios. Tienen tres características:

* “siguen al Cordero” (que es Jesús) adonde quiera que vaya; caminan su misma ruta, reproducen su historia, actúan según su estilo.

* “no hay mentira en su bocas

* “han sido limpiados de toda idolatría”. Están “limpios” porque reconocen que sólo Dios es el Verdadero Dios y que sólo Jesús es el Señor de la historia. Audaz y valientemente viven y anuncian en el mundo el pensamiento de Dios que es el único que lleva la vida.


4.
Esta mirada del Apocalipsis nos lleva a nuestra historia actual, a mirarla con los ojos del Señor. Enunciar nuestros males no ayuda para superarlos, mucho menos sirve, quejarnos y echar la responsabilidad a otros de lo que pasa. Hay que mirar nuestros males pero para plantearnos en nuestra conciencia de creyentes el “¿Qué hacer?” “¿Qué se espera de mí?” En la profunda crisis que vivimos aparecen con fuerza nuestras debilidades, se desnudan los males que tenemos que son generalmente consecuencias de errores anteriores (de otros y de nosotros) y también de pecados y vicios (de otros y de nosotros).

Es preciso hacer esas preguntas ante la fragilidad en la que se está desenvolviendo la vida, las crueles consecuencias en los más débiles, causadas por la inseguridad, la desnutrición, la deseducación, el deterioro de la unidad de la familia, el paulatino y, al parecer, arrollador proceso de sustituir a los educadores naturales como son los padres y sus colaboradores, las escuelas, por otros maestros sustitutos, sugestivos, poderosos e incontrolables como parecen ser por momentos los medios de comunicación.

La frivolidad que sustituye el esfuerzo, la liviandad en el trato hacia las personas, hacia sus bienes, hacia el bien tan delicado de la fama y  la reputación, la facilidad para desconfiar y para hacer desconfiar, la descalificación de la familia, de las pautas de conductas familiares, de la honestidad y del trabajo, son varios de los lados de este proceso de tantas caras que se presenta por momentos como agobiante.

Pero, mirando la realidad más de cerca, vemos también silenciosos espacios de trabajo, de respeto, de búsqueda seria, laboriosa, difícil pero eficaz, para consolidar valores, reforzar personas, consolidar familias. Es la silenciosa y, también, real convivencia social.


5.
En este panorama, con luces y sombras, la presencia del creyente es  imprescindible. Nadie que sea creyente puede sentirse ajeno a la necesidad de estar presente en nuestra situación, en nuestra historia, en nuestra cultura. El Apocalipsis nos señala a los creyentes la necesidad de mirar al Cordero, levantar la mirada a Jesús, el Señor, como ese grupo compacto de los “144 mil”.


6.
Es exigencia para el creyente una intensa vida comunitaria: en la familia, en la parroquia, en las instituciones, en el colegio, en el barrio. El Papa nos decía al terminar el Jubileo: "Como Iglesia tenemos que ser escuelas de comunión". 


7.
La mirada  a Jesús dará origen en nosotros una palabra nueva.  Es la palabra que no se origina en pensamientos humanos sino en Jesús. Es una palabra que no viene del mundo pero que el mundo necesita oírla de nosotros pues estamos llamados a ser la voz y el rostro de Jesús en el mundo. No somos dueños de la verdad, mucho menos queremos imponerla. Pero necesitamos decirla. No podemos callarla. Sería una traición al Señor, a nuestra propia fe y a nuestro mundo: no podemos callar. Y para esto es necesario saber y conocer.

No podemos callarnos:

* Ante la presentación desorientadora de lo que se denomina como salud reproductiva, que a veces parece un velado camino que va como paso hacia la negación de la maldad del aborto.

* Ante la propuesta de una educación sexual que, siendo una responsabilidad fundamental de los padres, llegue a serles quitada en los hechos y en las medidas adoptadas.

* Ante la solidaridad efectiva hacia el necesitado, un respeto la personas sobre todo a la persona indefensa, una participación social hacia el bien común, expresión tan conocida y tan poco reflejada en la conducta social: el bien común.

* Ante la educación trabajar por una educación que promueva a la persona para que nunca sea manipulada.

Estos (y otros más que) son los ámbitos en que el creyente esta urgido a aportar, a desarrollar propuestas, a hacer oír su palabra para mostrar que esa palabra tiene un sentido positivo de promoción del hombre porque es una palabra que se origina en la de Dios.


8.
Para eso necesitamos conocer más al Señor y lo que se vive en la cultura que formamos y nos desafía. Somos llevados a pensar poco y a movernos por slogan, por estados emocionales. Se promueve mucho lo emotivo.  Necesitamos tener ideas claras. Hay que conocer de qué se trata. Hay que saber dar una respuesta desde la fe. Como decía la lectura del Apocalipsis: precisamos llenar la boca de verdades y limpiarse de los ídolos y dioses actuales: el facilismo, la frivolidad, la crueldad egoísta. Así, la comunidad eclesial tendrá el canto armonioso. Hasta el punto que, aunque otros hombres no puedan aprenderlo,  sí necesitan oírlo con claridad.


9.
El Evangelio nos traía  el relato de aquella mujer pobre, muy pobre, que en la ofrenda dio todo lo que tenía. Dios tiene una contabilidad especial, la contabilidad del amor. Para Él, esa mujer dio más que todos los demás: aunque el monto, económicamente, haya sudo insignificante, sin embargo, dio todo lo que tenía. Los demás daban lo que les sobraba.

La Palabra de Jesús es clara, también dura. No es fácil aplicar esa palabra en los hechos concretos de nuestra vida. ¿Qué es lo que tengo que hacer? ¿Qué dar? La respuesta no la tengo yo. La respuesta la tiene que encontrar cada uno en su corazón.  Hay que pedir al Señor que nos ilumine y que nos haga generosos. Necesitamos traducirla en hechos. Lo que para Dios vale es dar todo lo nuestro. ¡No dar lo que sobra! Darnos: cuando Él se dio, se dio entero, Dios nunca dio lo que sobraba. Dios dio todo. Dios se dio totalmente.

La Virgen, en su condición y en su medida humana., vivió lo mismo.

Esa es la medida de nuestra presencia en el mundo, hermanos. No es fácil, y a veces no es gratificante ni agradable. Pero sí es lo que el mundo necesita. Es lo que Jesús hizo. Lo que la Virgen hizo.

Es lo que nuestros hermanos están esperando que hagamos:


* Boca llena de verdades

* Limpieza en el corazón

* Generosidad para todos.


¡Ave  María Purísima!


Mons. Mario Maulión, obispo de San Nicolás de los Arroyos



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