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“¡UN NIÑO NOS HA NACIDO!”
Homilía pronunciada por Mons. Mario Maulión en la misa de Nochebuena
(Catedral de San Nicolás, 24 de diciembre de 2002)
Queridos Hermanos:
1.
La noche, parte de nuestra jornada diaria, tiene variadas vivencias.
Invita a la intimidad, al descanso, a la serenidad. Es, también,
espacio oscuro y, a veces temible. Es acogedora. Pero también da miedo
y puede provocar terror. Lleva al amor, a la convivencia íntima más
profunda. Y también es muy propicia para elaborar y desarrollar males
ocultos que destruyen. La noche es ambivalente.
La
Liturgia cristiana tiene dos grandes celebraciones referidas a la
noche: La Noche Buena y la Noche de la Vigilia Pascual. En las dos, la
oscuridad es superada, silenciosa y eficazmente, por la Luz de la
Vida. En la Nochebuena, la Vida del Dios escondido se empieza a
manifestar en el Niño que nace de María, siempre Virgen. De Ella nace
Quien será Luz de las naciones. Es un Bebé delicado, amoroso, frágil.
Está encomendado al cuidado de su Madre, de San José. Y, sin embargo,
es LUZ que comienza a romper la oscuridad, difundiéndose de a poco: a
los suyos, a los pobres, a los sencillos.
La otra
Noche, la de la Vigilia Pascual, proclama, manifiesta y celebra la
Nueva Vida de Jesús, el Resucitado que destruye la Muerte que lo
tenía, aparentemente, vencido.
En ambas
Noches, la Luz y la Vida vencen a la oscuridad y la muerte. Luz y Vida
son el camino del Hombre salvado, del Hombre que Dios ama que lo
quiere salvar.
2.
La Noche Buena es vista y vivida por la Liturgia como la Noche que
cambia la noche tenebrosa del mal que los hombres hacemos y
acumulamos.
Isaías,
en la 1ª Lectura hablaba a un pueblo que caminaba en tinieblas. Sus
palabras, por ser proféticas, muestran la condición humana que sigue
vigente a través de todas las épocas. También la nuestra.
La
oscuridad para el que camina en ella es riesgosa y peligrosa: puede
tropezar, errar, hundirse, desorientarse, perderse, incluso, morirse.
La situación social del hombre y del pueblo que camina en tinieblas es
la esclavitud. Es estar y vivir sometidos a los poderes que Isaías
describía como yugos, barras que doblegan las espaldas, palos de
carceleros, botas y uniformes manchados de sangre. Esta situación
tenebrosa y agobiante es superada por el Nacimiento de un Niño que es
Luz en las tinieblas.
Dios,
compadecido del Pueblo y del Hombre que incansablemente ama, por ese
Niño, hará el trabajo de salvación. No lo hará ni con el poder humano,
ni con la riqueza, mucho menos con la lucha y la guerra. El Niño es
Príncipe de paz, Consejero admirable, Padre, Autor del derecho y la
justicia.
3.
El Niño profetizado por Isaías es Jesús, nacido de María siempre
Virgen. Ya desde pequeñito y frágil se manifiesta la salvación que
rechaza la impiedad y los deseos perversos (2ª Lectura). La impiedad
es el rechazo y la rebeldía contra el padre. Impío es el que destruye
la vida hasta el punto de hacerlo, a veces, en su mismo origen: el
padre. En el fondo rechazar la vida es rechazar a Dios. El deseo
perverso es la búsqueda descontrolada del propio gusto o provecho.
También llega a la destrucción de lo que aparece como rival.
Ambas
actitudes destruyen. Ambas originan oscuridad y muerte. ¡Jesús viene a
salvar! Su Nacimiento comienza manifestarlo como el “Dios con
nosotros”. El camino salvador que escoge es una ruta que el hombre
-¡nosotros!- no lo imagina en alguien que quiera salvar: la humildad y
la pobreza. Él no se impone destruyendo ni haciendo componendas sino
que brinda acompañando, llamando a la reflexión, hablando claro,
amando, dándose por otros. La Nochebuena es el comienzo de esa ruta
divina de salvación al hombre.
Belén
muestra a una Mujer que da a luz y a su esposo, excluidos y
marginados, a un Niño recién nacido, también marginado. En este
penoso -humanamente hablando- nace Dios. Dios vive la fragilidad de
un Bebé de un hogar empobrecido. Ésta es la Manifestación del Amor.
Unos
pastores, también marginados (son simples, sencillos, no siempre bien
vistos por los demás, incluso considerados como peligrosos) reciben
el anuncio celestial: Gloria a Dios, Paz a los hombres.
4.
En Jesús, Niño frágil brilla el poder de Dios que llegará a salvar al
hombre desde adentro. En Jesús se da la Paz a los hombres. Esa Paz
que ningún otro puede dar. Es la Paz que Dios da cuando hace al hombre
nuevo, porque lo ama. Cuando el hombre se deja alcanzar por un Amor
infinito y al alcance de la mano. Dios está en Jesús muy cerca
nuestro.
5.
Nuestra Nochebuena 2002 tiene un marco contrastante. Por lo que
vivimos, por lo que oímos y lo que nos dicen, nuestro mundo, nuestro
presente, nuestras familias, nuestra sociedad, nosotros vivimos
momentos de oscuridad, de desconciertos, de miedos. La frivolidad, en
muchos casos, se agrega a la violencia, la corrupción se mezcla con la
mentira, la indefensión e impotencia se combinan con la desconfianza.
También hoy, con acentos nuevos, la oscuridad parece marcar el camino
de los hombres, de nosotros.
Pero,
gracias Dios, hoy, nuevamente, se nos anuncia que Dios está con
nosotros. No en el ruido ni en el estrépito sino en la pobreza y en
esa riqueza misteriosa que es el Amor incansable de Dios.
En
Jesús, Dios está con nosotros. Recordando su nacimiento, creemos,
sabemos, afirmamos que Él es la Paz. Ningún poder por temible que sea
podrá superar su Amor. Jesús, nacido pobre en Belén, infatigablemente
nos amó y nos ama.
La
ternura del Dios hecho Niño en Belén nos dice que el Amor de Dios es
entrañable: nace de las entrañas de Dios. Es un amor mucho mas
profundo que el amor de la madre que nace de sus mismas entrañas.
Jesús
nace rodeado de luz porque será Luz de los Pueblos. Nace rodeado de
voces que proclaman la Paz porque dará la Paz que ningún poder del
mundo puede brindar.
6.
Jesús que llega en la pobreza de un marginado nos lleva a mirar las
cosas como las ve Dios. La vida se vive amando, compartiendo,
sirviendo. La verdadera felicidad es creer en Dios, es tener los ojos
limpios, es trabajar por la paz, es vivir según el Evangelio.
Dejarnos
empapar por la Nochebuena es dejarnos sumergir en el Amor que es el
hábitat de Dios. En esa noche, hay una madre atenta, lúcida, abnegada,
pobre, digna, audaz. Un esposo responsable, trabajador, cuidados,
silencioso. Un Niño pobre, frágil, entregado desde ya por los demás.
Es el clima en que Dios vive. Es el clima en que nace el Salvador.
Así es
la Noche que nace Dios, en que se manifiesta el Poder y el Amor de
Dios.
Escuchemos su Anuncio.
Demos
Gloria a Dios porque su Amor es inefable, porque “está cono nosotros”.
Escuchemos dirigidas a nosotros la palabra del Ángel: Paz a los
hombres que el Señor ama.
Como los
Pastores, anunciemos esa paz. ¡La alegre noticia de la Paz que trae el
Niño!
Con
María, con José, con los Ángeles, con los Pastores vibremos de alegría
porque Jesús, el Señor, ha nacido.
Mons. Mario Maulión, obispo de San Nicolás de los Arroyos |