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...UNA LUZ EN LA OSCURIDAD...


Homilía pronunciada por Mons. Mario Maulión
, obispo de San Nicolás
de los Arroyos, en el "Campito" -
25 de diciembre de 2002


¡Queridos Hermanos Peregrinos!

1. El anuncio del Ángel a los Pastores sigue resonando en toda esta Navidad: “Les ha nacido un Salvador: un Niño recién nacido, envuelto en pañales y recostado en un pesebre”. Nace Jesús, anunciado 9 meses atrás a su Madre como Hijo del Altísimo, que reinará para siempre. Hoy está acompañado con voces del Cielo, con personas humildes, sencillas: su madre, San José, los Pastores.

Contemplemos al Niño. ¿Quién es? ¿Qué significa para nosotros? Mirando al Pesebre, escuchemos su Palabra. Que en esta Navidad, en silencio y recogimiento, contemplemos a Jesús superando el estrépito de fiestas en que muchos celebran su Nacimiento sin saber qué están celebrando. Contemplemos para penetrar la dureza que agobia nuestra realidad personal y social y ver su verdad más profunda.

Mirando al Nacimiento con humildad y con verdad, vemos que Dios está cerca, nos llama, nos busca para salvar. Para lograr esto, Dios se hizo uno de nosotros, fijó su morada entre nosotros. Dios quiere estar al alcance de nuestro corazón. Pero hay que llegar a verlo. Para eso, la silenciosa contemplación, en oración, del Nacimiento. La Liturgia de la Palabra nos lleva de la mano hacia el Jesús contemplado.


2. Dios, de muchas maneras, viene anunciando la salvación. Desde el mismo origen de la Historia. Para todos los hombres. También, para los de hoy. Dios lo viene haciendo con mensajeros. Son los que “anuncian la Felicidad”, “proclaman la Paz”, expresan que la Salvación llega cuando “Dios reina”. Son quienes continúan diciendo que “sólo el Señor es el que salva”, que “consuela” al hombre afligido, al “pueblo extraviado”.


3. Con frecuencia este anuncio es desoído, mal interpretado. Son muchos los que en la Historia olvidan, reniegan, ridiculizan, reniegan y/o rechazan a los Mensajeros. Y, también, son muchos los que los acogen y, así, caminan en la esperanza, porque “el Señor está con ellos”.


4. La serie de Mensajeros (¡Profetas, sobre todo!) llega a su culmen cuando el Mensajero es el mismo Hijo de Dios Padre, Dios como Él. Su actividad es eterna como la del Padre: Por su Hijo, Dios hace el mundo. “Todo se sostiene” por el Verbo de Dios, por su Hijo.

Alejarse, rechazar o prescindir del Hijo es hacer perder consistencia a las cosas: sin la presencia, explícita o implícita, del Hijo, la familia se desmorona, la convivencia social llega a convertirse en lucha despiadada, la violencia surgida desde la mentira destruye la solidaridad. Las energías se descontrolan y se vuelven temibles. Es la vida que se oscurece por las tinieblas.


5. El Hijo, en la vida humana iniciada en el pesebre de Belén, recorre el camino de la obediencia, de la humildad, del amor incondicional hasta la muerte. Asume todas las limitaciones y las sufre. Así, purifica, limpia. Su poder llega al corazón del hombre. Dios Padre pone todo en sus manos: perdona, reconstruye, sana hace hombres nuevos. Con el Poder del Padre, con un acento nuevo y novedoso, Él, el que sostiene la consistencia de la vida, ahora la restituye y la consolida.


6. La fuerzas de las tinieblas y de la muerte son poderosas.

Dios viene en Jesús. Pero Jesús no es siempre bien recibido por los suyos. ¡Quiénes son estos “suyos”?. Todos los hombres. Entre ellos, el pueblo judío. Pero son también el resto. Todos somos y venimos a la vida por Dios. Los suyos no lo reconocen. De muchas maneras se verifica este desconocimiento y este rechazo. Donde hay muerte, mentira, violencia, destrucción, hay rechazo o desconocimiento de Dios. Y, si alguno dice ser creyente y no ama, es un mentiroso y estafador.


7. Quienes reciben la Palabra llegan a ser hijos de Dios. Dios, en Jesús, los hace hijos porque creen: hacen caso a su Palabra, la escuchan, la guardan, la realizan. Ellos son los que caminan guiados por la palabra y el espíritu. Son los que no dejan que la oscuridad tape la luz. Al contrario, sienten la urgencia de difundir la Luz, de ser testigos de la Luz y de la Vida.

Son muchos los oscurecimientos actuales. Ser testigos de la Luz requiere hoy, entre otras cosas: defender la vida, la fecundidad, la santidad y la fidelidad del matrimonio, trabajar seriamente por la dignidad del trabajo y la multiplicación de los mismos, la verdad como estilo de vida y de relación social, sobre todo política.


8. Testigos de la Luz es llevar  - de la mano de Jesús y con Él -   el Evangelio de la Vida (¡la alegre noticia de la Vida plena, sin achicamientos ni violaciones!), el Evangelio de la Verdad, de la Solidaridad y de la Paz.

Ser Testigos de la Luz es, sobre todo, estar cerca del hombre  (del varón y de la mujer) postergado, librado a su propia suerte. Del hombre al que o se le dio mucho o se le quitó mucho, pero, se lo privó del sentido de la vida, del saber por qué vive, para qué vive, de dónde viene y hacia adónde va. Del hombre aturdido y desorientado.

Ser Testigos de la Luz es amar y servir al hombre que cayo “en manos de salteadores”, según dice la parábola del Samaritano. Es estar junto a él para curarlo, levantarlo con la ayuda efectiva, iluminarlo con la Palabra.


9. El Nacimiento de Jesús nos dice que “Dios está con nosotros” (el sentido del Emmanuel). Iluminando, salvando. Y, por eso, nos hace hijos. Para vivir como su Hijo Jesús: cerca de todo hombre, junto a cada hombre para que la Gloria y el Poder be Dios brillen en él, en ellos.

Como Jesús, cercano a todo hombre. Con audacia y creatividad. Sin temor al rechazo.

Cercano con la cercanía de los hechos, de los actos de justicia y de servicio que son los únicos que acercan al corazón. Las palabras sin hechos no sirven de nada. Con hechos. Como Jesús que convivió con los hombres: “puso su morada entre nosotros.


10. Jesús  “Dios con nosotros”  habitó entre nosotros: lo hizo ya desde el seno de su Madre. Y lo hizo siempre como Hijo de Ella.

María, inseparable de Jesús, es, también como Él, signo y anuncio de la cercanía de Dios. Dios está con nosotros y lo hace con la silenciosa y maternal presencia de María.

Ella recibió a Dios y es Hija del Padre.

Ella, porque creyó en la Palabra, por obra del Espíritu Santo, fue la Madre del Hijo: así “el Verbo habitó entre nosotros”.

Ella es Testigo de la Luz.

Felicitemos a María por el Nacimiento de Jesús.

Felicitemos a María, como lo hizo su prima Isabel, porque creyó.

Felicitemos a María porque, como su Hijo y con su Hijo, está con nosotros.

Con María, alegrémonos porque “El Verbo se hizo carne” en su seno y “habitó entre nosotros”, porqué, así,  ha brillado y brilla la Luz en la oscuridad.


¡Felicidad Divina en la Navidad!

¡Ave María Purísima!


Mons. Mario Maulión,
obispo de San Nicolás de los Arroyos



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