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¡FELIZ NAVIDAD!


Reflexión de Mons. Mario Maulión, obispo de San Nicolás de los Arroyos


La Navidad es, quizás, la fiesta de la Familia por antonomasia. La más íntimamente popular.  Convoca y reúne en alegría a muchos alejados. Se la asocia a la esperanza  de acercar a los que están lejos y de reunir, también, a los alejados. Se la espera y se la prepara como una fuerte experiencia familiar. La celebran los cristianos y, quienes no comparten su Fe, asocian su celebración con la Paz y la Felicidad. Explícita o implícitamente Navidad es para todos la Fiesta de la Vida, que se origina en la Familia y la consolida.

Detrás de todas las celebraciones navideñas, tanto las claramente religiosas y las sinceramente familiares como las que son expresiones de un consumismo por momentos irritante y descontrolado, aparece un Pesebre. Y en él, pobre, lastimosamente pobre, un Nacimiento. Lo adornamos con luces y adornos. Pero esto no llega a ocultar que es realmente, pobre. Es el Nacimiento pobre de Jesús, el Niño pobre, hijo de una Madre pobre, María, cuyo esposo es un trabajador pobre, José. María y José no tuvieron la comodidad mas elemental para el Nacimiento del Hijo: “no había lugar para ellos…”. Son un Matrimonio y una Familia que en su comienzo aparecen como marginados, en una pobreza casi extrema.

Pero Ellos están llenos de la Luz que inicialmente unos pobres pastores (ellos, también, marginados) pudieron ver, al tiempo que oían el Anuncio de la Paz prometida por este “Niño, acostado en un Pesebre”.

Jesús, el Salvador, el Dios hecho hombre, llega silencioso, pobre, desvalido. Y son los pobres los primeros en verlo, en reconocerlo, en brindarle su solidaridad. Suele ocurrir que lo humanamente valioso lo descubren primero los más simples que también suelen ser los más generosos al momento de compartir sufrimientos y lo poco que tienen. Dios llega pobre. Y se identifica con el pobre. Este Niño un día dirá: “Tuve hambre y Me diste de comer…”. ¿Cuándo, se le preguntará? “Cuando lo hiciste con uno de estos pequeños”. Quien se fija en el pobre cercano llega a ver a Dios. Y quien lo socorre llega hasta Dios.

Esta es la Navidad, la real, la auténtica, la única que abre el camino de la Esperanza porque se nutre de la fuerza de la Solidaridad que es el camino de la Paz.

 Todas las dificultades y peligros amenazaron la Vida de Jesús, María y José como la de tantos otros a través de la historia. También hoy, en nuestra Navidad encontramos la Vida amenazada, la pobreza que agobia a muchos niños y hombres que son como nosotros, están a nuestro lado: También hoy se cumple lo del “no hay lugar para ellos…”. Y también hoy están los que ven ellos el camino de Luz que viene a nosotros”…. de la Paz de Dios anunciada a los hombres que ama el Señor”.

Hoy parecen tener más fuerza y más resonancia los anuncios de muertes, de injusticias, de vidas tronchadas con ferocidad, con frialdad, con irresponsabilidad, con descuidos. La Paz, fruto de la justicia, puede resonar como una aspiración idealista e irreal. La mentira, el desinterés y su inseparable compañera, la corrupción, parecen ser la trama de la convivencia humana. El Bien Común que debe ser el nervio de la convivencia social, de la legislación y de todas las instituciones parece desdibujado o raquitizado por intereses sectoriales.     

Decir “Feliz Navidad” puede resultar difícil de entender, si se lo dice en serio.

Y, sin embargo, la Navidad está entre nosotros. El anuncio de la llegada de Dios que salva, del Nacimiento de Jesús sigue resonando en la historia, en nuestra historia. No sólo que nació en Belén sino que hoy está entre nosotros. Actuando. Cambiando corazones. Moviendo e impulsando generosidad, esperanza, solidaridad.

En la dolorosa y dramática convivencia entre mal y bien en la vida de los hombres y en el corazón de cada uno de ellos, el anuncio de la Navidad, actualizada, sigue brindando la esperanza de la Luz, de la Paz a los hombres de buena voluntad. Frente al panorama de muerte que suele parecer dominante, el Anuncio y la realidad de la Buena Noticia de la Vida, del llamado a vivir la fraternidad humana como fruto de nuestra condición de hijos de Dios, sigue siendo una fuente de la que brotan razones para vivir y para recorrer, laboriosa pero confiadamente, la ruta de la convivencia fraterna. En Justicia, en Verdad, en Solidaridad.

Hoy como ayer, los que reciben con mas fuerza este anuncio son los simples, los pobres, los sencillos, los humildes, los que son verdaderamente sabios. Como María, como José, como los pastores.

Cuando nos digamos Feliz Navidad (¡y necesitamos decírnoslo con vigor!), que nuestro corazón busque estar entre estos que son los verdaderos sabios. Los viven con el vigor de quienes saben (=tienen el sabor) que Dios está con nosotros: Jesús.

Así, “Feliz Navidad” es mucho más que un saludo. ¡Es un programa de vida! ¡Es un compromiso por la Vida!


Mons. Mario Maulión,
obispo de San Nicolás de los Arroyos



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