|
LA
ENCARNACIÓN: EL CAMINO DE LA MISERICORDIA
Homilía de Mons. Mario Maulión, obispo de San Nicolás de los Arroyos
en el "Campito"
-
25 de
Marzo de 2003
Querido Peregrino:
Hoy
celebramos la Encarnación: Dios se hace hombre en el seno de la Virgen
María. Entronizamos en el Santuario la imagen de Jesús Misericordioso.
Y ocurre en este año 2003, con la destrucción de la guerra en Irak,
con el clima de expectativa y de desconcierto en la Patria, con
nuestras pequeñas o grandes dificultades.
La
guerra es hoy más que nunca cruel, infernal, y diabólica por el
desamparo de víctimas indefensas e inocentes, por la pretensión de
justificarla de diferentes maneras, hasta con razones religiosas, por
las imprevisibles consecuencias, por el empecinamiento en hacerla y
continuarla. (Vean el reciente documento episcopal la paz; oración
y compromiso)
Entre
nosotros, junto a esfuerzos notables, está también, ante el futuro
cercano, la desorientación, el desconcierto, el descrédito en las
instituciones y en las personas, la corrupción, las soluciones
parciales como las medidas de la llamada “salud reproductiva”: todo
ello lleva a muchos al desaliento y a soñar con soluciones rápidos y
mágicas. (ver el último documento episcopal recrear la voluntad de
ser Nación)
En lo
personal y en lo familiar: las expectativas, las heridas y los miedos
que a veces o con frecuencia agobian el presente y oscurecen el
porvenir
En Este
día y en este clima, la Encarnación nos clama y nos reclama que Dios
quiere salvar al hombre. ¡Siempre! Su decisión, desde siempre, hoy
igualmente vigente, es salvar y hacer al hombre nuevo en su corazón,
por triste y deshecho que esté.
Las
Lecturas de esta Solemnidad nos muestran el camino de la Misericordia
de Dios: el que recorrió Dios, y, el que el hombre, a veces o con
frecuencia, se resiste a recorrer.
1.
La Primera Lectura nos presentó a Ajaz, un hombre con poder.
Aparentemente era religioso. En realidad fue duro: no quiso escuchar a
Dios. Dios quiere salvar siempre, pero, para poder actuar, espera que
el hombre lo escuche Este hombre poderoso se negó a atender al profeta
que le hablaba en nombre de Dios.
Dios que
siempre busca salvar, le anunció que la salvación iba a venir con un
signo: el niño que nacerá de una virgen. La fe ha visto en este signo
el anuncio de la Encarnación de Jesús en María Virgen. El camino de la
salvación vino por la pobreza, por la humildad.
La
Segunda Lectura y el Evangelio nos muestran a Dios apiadándose del
hombre: por eso le pide algo a su Hijo Eterno y a María, como antes le
había pedido al hombre poderoso. Los tres han escuchado a Dios. Pero
mientras el poderoso rechazó, el Hijo eterno y María, acogieron la
Palabra.
2.
El Hijo dice: “aquí estoy para hacer tu voluntad”. Ofrece su “Cuerpo”:
es toda su historia humana, desde su misma concepción hasta su último
suspiro. Para santificarnos, es decir, para el proceso de limpiarnos y
recuperarnos. Su “historia” (= su “Cuerpo”) estuvo dificultada y
jaqueada en todo su trayecto. Enfrentó y afrontó las dificultades e
injusticias amando, con un amor sin límites: siempre reaccionó amando.
Porque escuchó y acogió lo que el Padre le pedía, entregó su vida, su
“Cuerpo”.
3.
Jesús es concebido –hoy lo estamos celebrando– también porque María
escuchó al enviado de Dios, acogió la Palabra y eligió lo que Dios
indicaba: “Que se cumpla en mí los que has dicho” de parte de Dios. En
ese momento, fugaz y trascendente comenzó en su seno el camino más
fuerte de la Misericordia de Dios: será un Niño que nacerá de una
joven Virgen, por obra del Espíritu. Ella es humilde y abnegada, es
pobre y decidida, puede parecer frágil pero es poderosa. A pesar de
las dificultades, contra todos los peligros, “el Poder del Altísimo te
cubrirá con su sombra”. Su Hijo tendrá un “Reinado que no tendrá fin”
En ese
Hijo nacido de Ella, creemos, por Él somos fuertes. Porque el Poder de
Dios está por sobre cualquier otro poder por temible que pueda parecer
y lo sea.
4.
El Hijo de Dios y María, escucharon y realizaron. El poderoso, en
cambio, en su soberbia se cerró a la Misericordia. Su historia
–¡tantas veces repetida!– fue un trayecto de fracasos y muertes que no
sólo lo afectaron a él sino que arrastró a su pueblo, a sus hombres,
mujeres y niños. El poder, sin la humildad de quien oye a Dios y al
clamor de los hombres aunque sean pobres pero que son cuerdos y
sensatos, es temible y se vuelve destructor.
5.
También para nosotros el camino de recibir y, luego testimoniar la
Misericordia es el mismo: escuchar a Dios y decidirse a captarlo. Las
palabras iniciales y claves del cristiano son las de Jesús:
Conviértete y cree en el Evangelio. Permítanme transcribirles algunas
palabras del Cardenal Ratzinger:
“Cada
uno debe reflexionar qué significa para él “conversión”. La
experiencia de los grandes convertidos...
fue
que el sí dado a Cristo y a su Iglesia, en el Bautismo, significó un
cambio profundo en su vida. Si hubieran pensado que, una vez
convertidos ya toda estaba hecho y ya eran nuevos para siempre, iban a
experimentar que diariamente debían emprender de nuevo el camino de la
conversión. Día a día debo combatir contra mi pereza, contra
costumbres que me hacen esclavo, contra mis prejuicios para con el
prójimo, contra simpatías y antipatías por las que me dejo arrastrar,
contra las búsqueda del poder y la satisfacción de mí mismo, contra la
cobardía y el abatimiento como contra la agresividad y la prepotencia.
Día a día debo aprender el camino de Jesús de “bajar”, “abajarme”. Día
a día, debo superar en la fe mis prejuicios… Día a día debo soportar a
los demás como ellos me soportan a mí, teniendo en cuenta que Dios nos
soporta a todos…
Sigue
siendo válido que la Misericordia de Dios no tiene límites: Él ama a
sus criaturas, a los hombres. Combatimos (hemos de hacerlo) contra el
mal en nosotros y en torno a nosotros y no podemos abandonar. Pero
combatimos esta batalla concientes de que Dios “es mayor que nuestro
corazón: sabemos que Él nos amó primero. Cuanto más conozcamos a Dios
podremos decir con la sabiduría del Antiguo Testamento: “La alegría de
Dios es nuestra fortaleza.
6.
En la Misericordia de Dios: ¡alegría, esperanza!. Como María, creamos,
escuchemos, trabajemos. Oración y compromiso diario.
Hoy
más que nunca
¡Ave María Purísima!
Mons. Mario Maulión, obispo de San Nicolás de los Arroyos
|