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MISA DE DESPEDIDA


Homilía de Mons. Mario Maulión,

en la misa de despedida en la catedral de San Nicolás de los Arroyos
7 de julio de 2003


Queridos hermanos sacerdotes, consagrados, fieles laicos:

1. Hace 8 años comenzaba  el servicio que la Iglesia me encomendaba como Obispo de esta Diócesis de San Nicolás de los Arroyos. Toca ahora despedirme ante este nuevo pedido del Santo Padre al destinarme a la Iglesia Particular de Paraná. Agradezco la presencia de ustedes en esta Eucaristía y el acompañamiento de quiénes, deseándolo, no han podido llegar.

La unión de todos brota y se dirige al Padre de todos, por Jesús el Señor, en el Espíritu.

Al alabar la Misericordia del Señor quiero poner en su seno los bienes que recibí de Él a través de Ustedes y de toda la Iglesia Diocesana  de San Nicolás de los Arroyos y las cosas buenas que Él quiso hacer en Ustedes en este tiempo. Pongo en sus manos de Padre las deficiencias, limitaciones, pecados que en este período oscurecieron el rostro del salvador cuya transparencia debí ser como Pastor Diocesano, como Cabeza del Presbiterio, como “modelo” y como “guía” del rebaño. Confío en su Misericordia y en la de ustedes, queridos Hermanos.

Agradezco las cosas que, durante estos años, he recibido del Señor, de la Virgen, de ustedes.

Pido perdón por las veces que ofendí al Señor y por todas aquellas cosas mías que fueron causa de dolor, de tristeza, de escándalo en Ustedes.


2.
Ante el Señor y ante Ustedes quiero testimoniar mi reconocimiento porque, durante este tiempo, volví a experimentar, con un acento nuevo y renovador, la alegría de creer en el Señor, el llamado apremiante a la solidaridad, la fuerza atractiva y subyugante de la Palabra de Dios, la vivencia del Sacramento (de los Sacramentos) que lleva a experimentar la presencia activa del Señor.

Con Ustedes y por Ustedes he visto la urgencia de una renovada evangelización dirigida a nuestros hermanos que sufren la desconcertante y desgastadora presión ejercida contra los valores evangélicos, que los van deteriorando y va degradando la convivencia social.

Con Ustedes y por Ustedes, me he sentido acompañado y estimulado para una renovación constante de la Iglesia que logre dar una respuesta válida, atractiva, creíble a las tristezas y oscuridades que acosan la vida personal y social.

Con Ustedes y por Ustedes he experimentado en la fe la presencia activa del Señor de la Historia y de su Madre Santísima en gestos, actitudes, testimonios, sobre todo, de quienes son, ante el mundo, pobres, indefensos, marginados: todo el que sufre y da con alegría refleja el misericordioso poder del Señor que mira lo humilde, levanta al caído, hace maravillas desplegando su poder.


3.
El Evangelio de hoy (Mt. 9, 18-26) La misteriosa e innegable vinculación entre el poder de Dios y la humilde audacia de la Fe.

El importante funcionario cuya hija ha muerto, y, la mujer cansada por una enfermedad prolongada y humillante, se acercan al Señor. Por caminos distintos pero análogos. Van con confianza, buscando cosas humanamente imposibles, despertando burlas a su alrededor. Uno pide la vida de su hija muerta. La otra busca la curación tocando el borde del manto.

Los dos son audaces porque confían en el poder y en al amor del Señor que puede y quiere: confían más allá de lo humanamente razonable.

Y, porque creen, el Señor hace su obra.: el contacto directo con el Señor, con su Cuerpo, salva y renueva. Este contacto corporal,  directo y personal, el Señor lo realiza, misteriosa y realmente, en cada Eucaristía. Es su Cuerpo entregado, recibido verdaderamente, en mi cuerpo. Realmente: si lo hacemos con Fe, Él salva, cura, hace vivir. Ésta es la energía de la evangelización porque la Iglesia que vive para evangelizar, vive de la Eucaristía, como lo recordó últimamente Juan Pablo II.


4.
En la 1ª Lectura (Gn. 28, 10-22), Jacob sin esperarlo ni proponérselo, experimenta la presencia activa de Dios. Sólo, sin una perspectiva clara, ve en sueños una escalinata llena de ángeles que termina en el Cielo. No es la Torre de Babel, intentada por hombres y destinada a confundirlos. Por el contrario, es el acercamiento de Dios al hombre.

El “sueño” de Jacob es realidad en Jesús: no es ni alegoría ni parábola: es realidad histórica, concreta y trascendente, Jesús, Hijo del padre e Hijo de María.

Él, con fuerza y vitalidad divinas, es Casa de Dios y Puerta del Cielo: el Padre vive en Él y por Él tenemos acceso al Padre.

Y, unidos a Él, lo somos como Iglesia. Como tal, estamos llamados a ser prolongación de la Casa de Dios y la Puerta del Cielo.

La Virgen María, modelo y realización plena de la Iglesia es, para todos, modelo de Casa de Dios y Puerta del Cielo. Por Ella nos llega Jesús, enviado del padre. Ella nos cuida por mandato de Jesús. Por eso, nos lleva a Él.

Por eso, es Maestra que enseña a ser Casa y Puerta: es, así, Estrella que guía la Evangelización.


5.
En esta Eucaristía, pidamos al Señor, por intercesión de la Virgen, la fuerza de la Gracia para esta Iglesia Diocesana de San Nicolás. Pidamos todos la gracia de la unidad y de la comunión: son gracia de Dios y son tarea de y responsabilidad de todos.

Pidamos la constante renovación de la Iglesia, en y por la Palabra de Dios, por los Sacramentos, por el servicio a los hermanos, a fin de ser signo creíble y palpable del amor de Dios por el mundo.

Pidamos insistentemente por el nuevo Obispo que vendrá: que su llegada sea rápida y que exprese con nitidez el rostro del único Pastor que es Jesús.

El Señor nos cubra con su Gracia.

La Virgen María interceda maternalmente por todos.

San Nicolás de Bari ruegue por todos nosotros.


Mons. Mario Maulión,
arzobispo de Paraná y administrador apostólico de San Nicolás de los Arroyos



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