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“ME ENVIÓ A
EVANGELIZAR”
Homilía de Mons. Mario Maulión, en la misa en que asumió como pastor
de la arquidiócesis de Paraná (9
de julio de 2003)
Hermanos:
Viéndolos, siento la alegría de los hermanos reunidos. ¡Gracias,
Señor! ¡Gracias, Hermanos!
1.
Vengo a
presidir, en el Señor, a esta porción de su Pueblo que peregrina en la
Arquidiócesis de Paraná.
Vengo
acompañado de hermanos y amigos de la Diócesis de San Nicolás de los
Arroyos en la que experimenté la Gracia de Dios en Sacerdotes,
Consagrados y Fieles, y, en tantos Peregrinos llegados de diferentes
zonas del país y de otras partes.
Vengo,
también, acompañado de familiares, Amigos y Fieles de Rosario y de
otras comunidades eclesiales.
A todos
ellos, mi agradecimiento.
Llego
hasta aquí, siendo, tan cordialmente acogido por el querido Mons.
Estanislao Karlic a quien acompañan otros Hermanos Obispos,
Sacerdotes, Consagrados, Fieles Laicos, Autoridades Civiles y
Militares. ¡Gracias a todos! En especial aprecio y agradezco a todos
los que han preparado y realizado esta festiva recepción, expresión de
fe y de espiritual afecto. Gracias a los Alumnos de los Colegios y a
los miembros de las Fuerzas Armadas y de Seguridad. ¡A TODOS, MUCHAS
GRACIAS!
2.
Vengo a pastorear, unido a este Presbiterio, una Iglesia que vive en
una zona rica en valores y tradiciones, testigo y protagonista de
decisivos acontecimientos históricos, regada con sangre de hermanos,
lanzada audazmente a desarrollarse por su esfuerzo y su laboriosidad,
postergada y herida por acontecimientos que entristecen.
Vengo a
una Iglesia de larga tradición cristiana, fecunda en su historia en
vocaciones laicales y consagradas, rica en valores cristianos. Fue
presidida por venerables Pastores cuya acción repercutió no sólo en
ella sino en otras partes del país y en la Iglesia Universal.
Quiero
continuar, en un profundo sentido humano y sobrenatural, toda esta
historia: recibiéndola, celebrándola, acrecentándola, trasmitiéndola,
es decir, entregando lo recibido, vivificándolo.
3.
Los
textos bíblicos de esta Misa nos muestran dos momentos y dos aspectos
esenciales de la Iglesia.
La
Primera Lectura nos señala que, desde que Jesús subió al Cielo y se
tornó invisible a los ojos de los suyos, éstos se reunieron y oraron.
El “todos” que expresa el texto agrupa a Apóstoles,
Laicos (varones y mujeres) con la activa y silenciosa presencia de
María, dando su apoyo y su cuidado maternal. La Iglesia (ese “todos”)
que espera la promesa de Jesús, está en oración, con María. En este
contexto se derrama el Espíritu que impulsa a anunciar, testimoniar,
evangelizar. Es la lección para toda Iglesia que quiera evangelizar:
unida, en oración, con María.
El
episodio evangélico, en el que Jesús se manifiesta por primera vez y
sus Apóstoles creen en Él, se produce por una intervención de María
que comienza, así, a ser “Estrella de Evangelización” para los
demás. Su audaz intervención con Jesús se continúa en una orden muy
clara a los sirvientes: “Hagan lo que Él (Jesús) les diga”.
Esta frase de María es la clave de la vida cristiana, de la acción de
la Iglesia: “hacer lo que Jesús dice”. Es decir: escúchenlo,
obedézcanle, actúen. Ella que “escuchó, guardó, realizó”, sabe
muy bien, por experiencia y por historia personal, qué es lo que le
está pidiendo a los hombres, a nosotros.
4. “Me envió a evangelizar”
Jesús
Resucitado, viviente, salva. Por la y en la Iglesia Lo hemos conocido.
Nuestra historia, la personal y la social, en la que nos despertamos a
la vida y a la conciencia, no es sólo historia humana. En realidad, es
Historia de Salvación. Sin buscarlo ni merecerlo, comenzamos a vivir.
Y la alegría de vivir es, luego, desbordada y superada por la certeza
de sabernos hijos de Dios, con una vida PARA SIEMPRE. Ésta es
nuestra historia completa, la de todos, aunque muchos no hayan logrado
saberlo: de ahí la necesidad de dárselo a conocer.
No sólo
tenemos un pasado y un presente, matizado de luces y sombras. Por
Jesús, tenemos, sobre todo, un futuro de plenitud.
Vamos
descubriendo nuestra realidad más profunda por la acción del Espíritu
Santo que Jesús nos envía desde el Padre.
Y,
simultáneamente, por la Iglesia, por la visible acción de los testigos
de Jesús. Éstos han tenido y tienen rostros muy familiares y cercanos:
nuestros padres, hermanos, la familia, la parroquia, los sacerdotes,
los catequistas, los hermanos que viviendo su fe, han sembrado, con su
ejemplo y su palabra, los gérmenes del Encuentro personal
con Jesús del que brota nuestra fe personal.
Así
fuimos y somos llamados a “poner los ojos en Jesús”, a escuchar
su llamado a la conversión, a experimentar misteriosamente
la cercanía de Él que salva y renueva, a formar comunidad en
torno a Él, a sentirnos urgidos a anunciarlo, a darlo a
conocer, a testimoniarlo.
5.
Como San Pablo (salvando las distancias) podemos y tenemos que decir:
“Me (nos) envío a evangelizar”, tanto personal como
comunitariamente.
Evangelizar
es mucho más que enseñar verdades religiosas. ¡Lo es! Pero su esencia
más honda es vivir lo que se dice. Es preciso hablar y proclamar con
claridad las verdades. Pero es insuficiente y contraproducente si no
se vive lo que se proclama.
Evangelizar
implica la alegría de creer, la valentía de “obedecer a
Dios antes que a los hombres”, la audacia de afrontar con
respuestas válidas los exámenes implacables de tribunales poderosos,
la generosidad de compartir la suerte (desde el pan material
hasta toda la cultura) de quienes viven en situaciones de desamparo,
abandono y exclusión.
Evangelizar
es testimoniar la trasformadora experiencia de saber que “Jesús me
amó y se entregó por mí”.
Evangelizar
manifiesta la necesidad de formar comunidad que tenga la valentía
de la coherencia
Evangeliza
el simple, el pobre, el que confía en el Señor, el que no teme a los
señores poderosos sino que, confiando en el Señor, no tiene miedo a
los que puedan destruir el cuerpo (“lo humano”) pero ni llegan ni
hacen mella en el espíritu porque allí esta Dios.
Evangelizar
es luchar para no dejarse enredar por las dificultades y agresiones:
Es luchar, sí, como lo hizo Jesús contra el demonio y la seducción de
los falsos valores.
6.
Evangelizar tiene hoy para nosotros desafíos e interrogantes:
*
¿Nuestro estilo de vida, como personas y como sociedad, es
cristiano?
*
¿Mantiene nuestra cultura los valores morales que la
hacen sólida?
La
convivencia social que, por momentos, parece muy solidaria ante
situaciones catastróficas, se diluye luego en descuidos egoístas y se
deteriora por agravios y ofensas contra la vida. La confianza mutua se
resquebraja en un “¡qué me importan los demás! cada vez mas
cercano a lo de Caín: ¿qué tengo que ver yo con mi hermano?
La
familia cristiana, evangelizadora por esencia, requiere hoy ser re
evangelizada.
La
educación, escuela y garantía de cultura sólida, necesita el
aporte de consolidar la vocación y la función docente, de atender sin
subterfugios ni excusas a los alumnos, de promover la participación de
los padres.
A las
parroquias se nos pide cada vez más ser espacios donde se vive, se
acoge, se aprende y se enseña una estilo de comunión”.
La
evangelización pide al Consagrado manifestar el gozo de vivir
con el Señor y de convivir, hermanados, en comunidad. La tristeza, la
desconfianza y el egoísmo que aparecen con frecuencia en la vida
humana son un reclamo más para que el Consagrado testimonie los
valores de una Vida que “viene de lo Alto” y que quiere elevar lo
terreno al nivel de lo divino. El Consagrado es y ha de ser testigo
de esperanza.
El
Obispo y su Presbiterio, como signos e instrumentos de Cristo,
Cabeza de la Iglesia, Evangelio del Padre, tenemos la misión de
evangelizar haciendo de la Iglesia una comunidad evangelizadora,
decididos incluso a ser “signos de contradicción”.
La
unidad –como Jesús la pide a los Apóstoles y a los que están
sacramentalmente unidos a ellos por el Orden Sagrado– es una orden
precisa, clara, indubitable: “Ámense como Yo los amé (hasta
entregar el propio cuerpo y derramar la propia sangre)”. El amor que
se tengan entre ustedes hará que el mundo crea que YO SOY.
La
comunión en el Presbiterio, con el Señor, con el Obispo y entre todos,
es garantía de una Iglesia que, unida por el Señor, es vigorosa y
alegre en el testimonio porque evangelizar es esfuerzo y entrega
alegre.
7.
Evangeliza el evangelizado. Evangeliza, por tanto, quien se
deja formar, cultivar, apoyar, corregir, exhortar. Por el Espíritu y
por la Iglesia. Formarse es un proceso de ir adquiriendo los rasgos y
las actitudes de Jesús. Es Adquirir y cultivar la forma, el estilo, la
figura, los criterios, las actitudes, la dimensión de Jesús.
Ante la
crisis moral que entristece y agobia, que desorienta a los jóvenes y
hace crecer el número de excluidos, la evangelización requiere a los
creyentes, individual y comunitariamente, respuestas lúcidas y
actitudes valientes que sean adecuadas y muy concretas.
Esto no
lo aprende el creyente de muchos formadores de opinión o de
moduladores de culturas. Esto se aprende en la silenciosa escuela del
ESPÍRITU: orando. Se aprende por la reflexión ante la
realidad, reflexión hecha junto con los hermanos, evaluando,
auscultando, descubriendo las necesidades verdaderas y los caminos
auténticos. Como lo hizo Jesús que, viendo a la multitud, sintió
compasión porque “estaban como ovejas sin pastor” y se puso a
actuar. Se aprende en la escuela del dar y del compartir, con
el que sufre, lo que uno es y lo que uno tiene.
8.
Evangelizar es vivir la alegría de la Fe, la seguridad
del Señor que no se ve y ¡está!, la experiencia y la confianza
en el cuidado maternal de María, el gozo de vivir con los
hermanos, el desvelo por anunciar al mundo que Jesús es el
Señor.
¡Así
fuimos evangelizados! ¡Demos gracias a Dios!
¡Así
hemos de evangelizar! Con la fuerza y la Gracia del Señor. Pidámosla
con insistencia y trabajemos los dones que el Señor nos da.
La Virgen
María interceda por todos.
¡Alabado sea Jesucristo!
Nuestra Señora del Rosario ¡Ruega por nosotros!
Mons. Mario Maulión,
arzobispo de Paraná |