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LA PAZ: DON DE DIOS Y TAREA HUMANA
Mensaje de
Mons. Mario Maulión, obispo de San Nicolás de los Arroyos,
para la Cuaresma 2003
A los sacerdotes, diáconos, consagrados, seminaristas y fieles
laicos
de la
diócesis de San Nicolás de los Arroyos
1.
“La paz en la tierra es una tarea constante”,
nos decía el Papa, Juan Pablo II, en su Mensaje para la Jornada
Mundial de la Paz 2003: Recordaba las cuatro columnas ya señaladas por
el Beato Juan XXIII, en “Pacem in Terris”: “la verdad, la justicia, el
amor y la libertad”. Sin ellas, es imposible edificar una sociedad en
paz. Y requieren la búsqueda constante y generosa del Bien Común y no
sólo del bien e interés particular. Esta Cuaresma 2003, ¿no es, para
nosotros creyentes cristianos, el tiempo adecuado para que podamos
pedir, buscar y trabajar para esta paz tan ansiada tan necesaria y
urgente?
2.
En el mundo
En el
ámbito de toda la humanidad (de la que, nos guste o no, formamos
parte) las tensiones y las exigencias de unos países para con otros
hacen que de hecho, se viene desoyendo el grito unánime de la mayoría
de las naciones, que no quieren la guerra, sino la paz. Siempre “la
violencia engendra más violencia”.
Esto
nos urge a todos a pedir al Señor de la Paz que ilumine a los que
deben tomar las últimas decisiones: que no se escuchen a sí mismos y
a sus intereses, sino que, en un momento de sincera conversión,
escuchen la voz de Dios y el clamor de los que buscan la vida: con la
clara Palabra del Papa, son multitudes las que siguen gritando: “nunca
más la guerra, elijamos siempre la paz”.
3.
Entre nosotros
Igualmente, en nuestra sociedad argentina y también en nuestra
Diócesis, vivimos tiempos difíciles: en lo social, económico y
político. Más en concreto: la deformación cultural en la educación de
la conciencia, la manipulación ideologizada de la vida humana, la
convivencia oscurecida por la ausencia de un proyecto socio-político
sólido, realista y solidario… ¿Qué hicimos y qué hacemos los
creyentes? ¿Mudos espectadores? ¿Nos conformamos con quejarnos de los
males que decimos sufrir?
Los
cristianos debemos reconocer que, de distintos modos, hemos dado la
espalda a Dios y buscamos sólo soluciones, rápidas y fáciles, de parte
de los hombres, y muchas veces, interesadas y egoístas.
Con
frecuencia, ponemos nuestra seguridad en lo que los hombres pueden
brindarnos nuestra olvidándonos de la necesidad de los demás.
¿Olvidamos la justicia y, sobre todo, la verdad acerca de lo que es el
hombre, tal cual lo señala la Palabra de Dios en la que decimos creer?
¿Olvidamos a Aquél de quién dependemos todos y a quién deberemos dar
cuenta exacta de cada una de las acciones que hemos emprendido o
dejado de emprender?
4.
Examen
Nos dice
la Palabra de Dios: “se recoge lo que se siembra” y “quien siembra en
la mezquindad, también mezquinamente recogerá”. Examinemos lo que
estamos sembrando, en la familia, en las instituciones, civiles y
eclesiales, y en la propia comunidad, a favor de nuestros hermanos o
en su contra. Cuando no hacemos lo que debemos y dejamos de aportar
lo que sabemos que es necesario para mejorar nuestra realidad estamos
defraudando nuestra condición de creyentes.
Con
sinceridad, hemos de reconocer que lo verdaderamente nuestro es el
pecado, el “no” consciente que damos a Dios, cuando Él espera nuestro
“sí”. Todo lo demás es regalo de la misericordia y bondad de Dios.
Todo es Gracia: la vida, el amor, el perdón y todas las gracias que
siempre nos brinda su misericordia infinita.
Y,
sinceramente, ante Dios y ante nuestra conciencia, saquemos las
consecuencias. ¡Qué aportamos! ¡En qué enriquecemos espiritual y
materialmente al prójimo más próximo y a nuestra sociedad! O, por el
contrario: ¡en qué los estamos empobreciendo y, tal vez, dañando!
5.
Oración y acción
El
camino de paz exige la amistad plena con Dios y el servicio permanente
y desinteresado a cuantos nos rodean. Para esta actitud, es necesario
reconocer humildemente todo lo que Dios, nuestro Padre nos da
providencialmente.
Todos
los hombres de fe, concientes de nuestra responsabilidad, en la
construcción de la Civilización del Amor, estamos llamados a comenzar
cada jornada diaria, agradeciendo humildemente al Señor todo lo que
hemos recibido. Y pedir luz y fuerza para trasmitir el bien a los que
están compartiendo con nosotros la vida, las tareas y la convivencia
diaria.
No
desayunarnos con nuestros egoísmos y broncas, con los chismes y las
violencias cercanas o lejanas. Sino con la Palabra de Dios y con la
oración a Él. Esta actitud, plenamente positiva y llena de esperanza,
nos llevará a ser constructores permanentes de una paz estable y
duradera: en la familia, en las instituciones, en la comunidad, en el
país y en el mundo.
Llegaremos a descubrir “que no hay caminos para la paz” sino que “la
paz es ciertamente el camino”. Este camino es imposible de recorrer si
no vamos de la mano de Aquél, que “es el Camino, la Verdad y la Vida”,
y Quien nos asegura que “nadie va al Padre sino por Él.”
6.
Amistad con Dios y con los hombres
Jesús
enseña que “hay mayor felicidad en dar que en recibir”. La fuente y el
modelo de felicidad es el mismo Dios: nos da todo lo que
verdaderamente necesitamos para cumplir fielmente su voluntad, y sólo
nos pide aceptar y acoger su Amor. Y lo hace no porque necesite de
nuestro amor sino porque nosotros así lo necesitamos. Mirarlo a Él es
ver el camino de nuestra auténtica y sólida felicidad
Vivir el
Tiempo Cuaresmal, que comenzaremos para preparar nuestra Pascua,
contribuirá para buscar con sinceridad y con esperanza, la paz total
que Cristo, el Señor, quiere que tengamos siempre y que requiere
volver a su amistad, a vivir en gracia.
Esta
búsqueda, serena, pero constante, nos iluminará sobre lo que estamos
haciendo con lo que Dios nos regala y cómo lo administramos: el valor
que damos a la oración, a la Palabra de Dios, a la vida sacramental,
la lucidez en lograr una conciencia fundada en la fe cristiana y no en
modelos atractivos pero efímeros y engañosos, la colaboración
solidaria con los demás, y las obras de misericordia. Es decir, un
compromiso actualizado constantemente, con la fuerza del Espíritu,
como alabanza constante al Padre y como servicio abnegado con los que
el Señor pone a nuestro lado y, también, a nuestro cuidado.
7.
Año del Rosario
El Papa
Juan Pablo II, en el Documento “El Rosario de la Virgen María”, de
Octubre del 2002, nos señala dos intenciones para tenerlas muy
presentes en este Año Santo del Rosario: “Orar y trabajar por la paz y
orar, y, trabajar por las familias y con las familias”. Las dos
intenciones tocan de lleno las graves necesidades de nuestra sociedad:
la familia y la paz. Sin estos pilares, la misma sociedad se va
autodestruyendo.
Acudamos
a María, a través del rezo del Santo Rosario. Personalmente y en
familia. Ella, Madre y Maestra, nos enseña a purificar nuestras
personas, nuestras familias, nuestras instituciones, y nuestra
sociedad, en especial los modos de buscar y asumir los compromisos y
las responsabilidades, que sean necesarios, para que podamos hacer
mejor a cuanto nos rodea.
En este
Año Santo también hay que recuperar y consolidar nuestra conciencia de
misioneros, en la construcción del Reino de Dios, para no defraudar
ni a nuestras comunidades parroquiales y diocesanas, ni a nuestro país
ni al mundo.
Cada uno
tiene que retomar, su compromiso en lo más cercano (la familia), en
lo más amplio (la comunidad), en lo desafiante que es hoy nuestro
país.
Ser,
hoy, los testigos que la Iglesia necesita y que nuestras comunidades
humanas y cristianas esperan.
Estamos
llamados a vivir intensamente en esta Cuaresma la oración que nos
acerca al Señor, el ayuno, es decir, la austeridad que nos lleva a ser
dueños de nuestra conducta y la limosna, es decir, compartir de lo
nuestro con los hermanos necesitados, que nos hace solidarios
8.
María, nuestra Madre, nos alcance de su Hijo Jesús la gracia de la
Conversión para tener una Cuaresma llena de gracia y una Pascua
gozosa, en el Señor resucitado.
Para
recibir la Alegría de la Paz y para comprometernos activamente en ser
sus activos constructores.
Muy
cordialmente, en Jesús y María,
San
Nicolás de los Arroyos, 20 de febrero
de 2003
Mons. Mario Maulión, obispo de San Nicolás de los Arroyos
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