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LA EDUCACIÓN PARA EL AMOR


Reflexión del arzobispo de Paraná, Mons. Mario Maulión, en las
Jornadas de Docentes y Catequistas (Paraná, 27 al 29 de febrero de 2004)
 

Prof. José Turriani, Presidente del Consejo General de Educación

Prof. Nelly del Mestre de Pimentel, Directora de Enseñanza de Gestión Privada

R. P. Hugo Salaberry, Presidente del Consejo Superior de Educación Católica de la República Argentina

Autoridades; Docentes; Catequistas


Después de la Eucaristía que hemos celebrado y al iniciar la tarea de estas jornadas organizadas por la Delegación Episcopal de Educación, el Consejo Superior de Educación Católica de la Arquidiócesis y la Junta Arquidiocesana de Catequesis, les expreso mi aprecio por la tarea que desarrollan y les manifiesto mi deseo y mi compromiso episcopal de acompañarlos en esa maravillosa y delicada misión y función de educar, ya sea como docentes o como catequistas. Siento la necesidad tanto de expresarles que estoy con Ustedes y también que me siento acompañado por Ustedes: todos estamos comprometidos en la misma labor.


1.
La evangelización es la vida misma de la Iglesia. Y, como tal, necesariamente debe tener en cuenta todo el proceso educativo (formal y no formal) tanto en sus destinatarios como en sus agentes o gestores. Igualmente ha de tener en cuenta los interrogantes, desafíos, propuestas que se viven en su ámbito. Y, sobre todo, con una perspectiva nítida desde la Fe.


2.
La aguda crisis moral que como sociedad vivimos, revela una seria crisis de verdad en los conocimientos, con el consiguiente desconcierto en todos, en especial los mas indefensos y menos protegidos. El “todo es igual”, expresión clara de la relatividad de todo, es el camino para una disgregación y fragmentación de la cultura y de la sociedad que la alienta y potencia. La escuela es un ámbito privilegiado para revertir esta crisis de conocimientos que potencia la crisis moral. Enseñar a pensar en el marco y el horizonte de la naturaleza, descubriendo la maravillosa verdad del hombre y del cosmos, contribuirá a tener convicciones fundamentadas y alentará a conductas coherentes. Éste es el camino para lograr una convivencia sólida porque está fundada e impregnada de los  valores morales.


3.
Los problemas educativos actuales abarcan una gran amplitud. Están los que aparecen fuertemente en lo inmediato e inciden diariamente en la educación (trasformación educativa, políticas educativas, cuestiones salariales, metodológicas, etc.). Y junto a ellos están los que son de fondo (orientaciones, culturas y subculturas emergentes, etc.): en el vertiginoso proceso de transculturización que estamos viendo, padeciendo y realizando, con nuevos esquemas, proyectos y perspectivas individuales y sociales, es necesario que tengamos  si realmente queremos evangelizar, “anunciar al Señor de la Vida”  ideas claras, respuestas válidas y posturas coherentes.


4.
La identidad del creyente en la educación (y la identidad de la escuela católica es la continuidad y la aplicación  de aquella) nos requiere tener siempre en cuenta el alcance de la visión cristiana del hombre

Anunciar el Evangelio de la Vida es iluminar al hombre con la maravilla espléndida de la vida, don de Dios, por la que tenemos la dicha y la tarea de ser, de actuar y de unirnos en relación personal.

En este marco, el anuncio de la vida como don y como tarea trae luz y esperanza que vienen de lo alto.

La educación para el amor es parte esencial del Evangelio de la Vida.


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La perspectiva de la Fe muestra al hombre con toda su íntegra dimensión.

·  Coincide en gran parte con la visión que brinda una sana filosofía acerca del hombre. Y, como tal se lo ve como un ser corpóreo, dotado de vida, con una sensibilidad por la que orienta toda su actividad cognoscitiva y emotiva hacia el nivel trascendente del hombre.  Es decir hacia la inteligencia proyectándose por la voluntad hacia el horizonte sin límites del Bien. Es así como llega al misterioso y espléndido acto de libertad.

·  Desde el nivel de lo material hasta el umbral de lo Infinito, el hombre encierra en sí, como en pequeño, el espléndido orden del universo, del cosmos. Con la opaca limitación de la materia está abierto hacia la transparencia de lo espiritual.

· Por su condición de viviente pero, sobre todo, por su espiritualidad, el hombre,  ser personal, es un ser en relación. Brota de una íntima comunión y se orienta hacia una comunión multiforme. Es, por naturaleza, un ser sociable y social.

·  Por su condición de inteligente, libre y social el hombre origina la cultura. Es un ser culturizado y culturizador.

·  En el desarrollo progresivo de la riqueza que germinalmente está en él desde el mismo instante en que surge a la vida en el seno materno, se va dando una interrelación entre su fuerza vital y los demás. Actúa sobre otros y recibe el influjo de otros. Es el complejo, delicado, maravilloso camino que podemos llamar educación si la entendemos como proceso de vivir, de aprender a vivir, de enseñar a vivir, de trasmitir la vida en su sentido mas amplio.

·  En el animal su desarrollo está orientado casi infalible y certeramente por el  instinto: perfecto, seguro, constante. Sin desconocer lo instintivo que hay en el hombre, sin embargo su desarrollo más fuerte lo da su inteligencia y su voluntad libre. En el hombre, su historia es netamente personal: es dueño y responsable de la misma. Y siempre su historia es resultado de un proyecto de vida que va elaborando, desarrollando, corrigiendo.

·  Por ser inteligente, está orientado a la verdad. Y es capaz de error. Por ser voluntario, está orientado a un amor de generosidad. Y es capaz del mal y de odiar. Su riqueza es, también, su riesgo.


6.
La educación,  la que uno recibe y la que uno brinda  (todos somos educables y todos somos educadores), muy emparentada con la cultura, tiene siempre el riesgo del error o del fracaso. Pero, sobre todo, siempre tiene la posibilidad de lo espléndido y de  lo maravilloso. La educación, la positiva, es conducir al hombre a desarrollar su vida con actitudes críticas hacia la cultura. Criticar no es ácida descalificación: por el contrario es laboriosa y serena ponderación. Y siempre requiere un punto de referencia constante por el cual y desde el cual se mide y se juzga toda la realidad. Es el horizonte que encuadra, juzga e ilumina todas las opciones.

Recibe diversos nombres: Valor Fundante, Fin Último, El Bien Supremo. Es el que da sentido y explica el por qué de las opciones que realizo. Es Valor Fundante porque el hombre (cada uno de nosotros) lo descubre, lo vislumbra, lo asume y lo vive. Así, es el Fin Último mío, que asumí y continúo asumiendo. Por reflexión y por elección, es lo que está subyacente y fundamentando en cada opción que hago. Es lo que busco, implícitamente, cuando busco lo que busco explícitamente

Conocerlo explícitamente y reafirmarlo es el camino que define a cada sujeto individual, a cada persona. Es su gloria o su fracaso, es su salvación o su perdición.


7.
Todo el proceso educativo, principalmente el que va desde el comienzo hasta los 18 años (por poner una medida que siempre es imprecisa), cuando la persona es primordialmente receptiva, es muy delicado por su complejidad. Es una fuerte y personal interrelación entre sujeto educando, inteligente y libre, con los demás: con la cultura, con los distintos “educadores”: padres, familia, escuela, barrio, grupo de amigos y compañeros, MCS, etc. Por esta relación en cada sujeto se va dando un desarrollo progresivo de enriquecimiento o un deterioro. O crece o se hunde.


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El hombre  viviente, sensible, inteligente, libre, social, cultural es también pecador. Como creyentes, sabemos que esto es no sólo real sino que marca nuestra condición con una herida muy profunda. Pero la dimensión pecadora del hombre y la mujer no es un dato exclusivo de la Fe. El  no creyente como el pagano confiesa y reconoce que “elige el mal que reprueba y rechaza el bien que reconoce y aprueba.

Lo que sí da la Fe es el  anuncio gozoso del Acontecimiento Salvador que realiza Jesús. Por Él, “por sus heridas hemos sido salvados”, alcanzamos una nueva manera de ser y tenemos la gracia de mirar y juzgar todo con los ojos de Dios, de moldear el corazón según el sentir de Dios. “Hombres Renovados”. ¡Y de verdad!

Así, el creyente está llamado a influir en la cultura con actitudes nuevas y renovadoras. Este es el recorrido de la educación cristiana: desde Jesús y en Él, educadores y educandos, recorren un camino nuevo y esperanzador: ¡ser hombres nuevos!


9.
  La Educación para el amor, en clave cristiana, encierra y expresa todos los elementos de una sana y completa visión del hombre, sin mutilaciones ni reducciones. Esta antropología, integrada e iluminada por la perspectiva que da la Fe, tal como acabo de esbozar permite ver que una adecuada Educación para el amor es educación integral del hombre. Como educadores experimentamos la necesidad de ser lúcidos para ver y enseñar la verdad y de ser coherentes (¡trasmitimos educación más por lo que somos que por lo que decimos!) de ser audaces y valientes para proclamar el espléndido panorama de un amor humano que lleve a un progreso integral de la persona, que la abra  al horizonte de la Verdad que hace libres, que le brinde el camino de una felicidad por encima de la que se les ofrece, encerrada en egoísmos y fundada en verdades a medias que desconciertan y lastiman.


10.
Nuestra clara propuesta de Educación para el amor en clave cristiana es el mejor aporte que un creyente puede brindar a sus educandos para que sean plenamente libres como personas humanas.

Es, también, un valioso aporte para la misma Sociedad. Sentimos la necesidad de reflexionar, ahondar y, con humildad y con valentía, ofrecer la propuesta cristiana.

La Educación para el amor en clave cristiana, es auténticamente cristiana cuando brota de un corazón renovado por y en Cristo, y, cuando se la hace en alegría y orientada hacia la “Alegría que nadie les podrá quitar

El trabajo del día de hoy no agotará el tema tan rico, tan complejo, tan desafiante. Estoy convencido que esta jornada será un nuevo disparador para una metódica y constante revisión y actualización de nuestra educación católica.


Mons. Mario Maulión, arzobispo de Paraná

Paraná, 27 de febrero de 2004



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