|
“EL
VIVE Y NOS COMPROMETE
A TRABAJAR POR LA VIDA”
Mensaje de monseñor Mario Maulión, arzobispo de Paraná para la Pascua
2004
En esta Semana Santa estamos rememorando la Pasión, Muerte y la
Resurrección de Jesús.
Pablo
dijo, en una de sus cartas, refiriéndose a Jesús: “Me amó y se entregó
por mí”. Cada creyente viene diciendo esto desde los mismos momentos
en que ocurrieron estos hechos.
“¡Me amó y
se entregó por mí!”. Jesús, muerto y sepultado.
La muerte
y sepultura de Jesús es lo que El sufrió a causa de lo que nosotros
hicimos ante Dios.
En la
Liturgia del Viernes Santo escuchamos esta frase: “Pueblo mío, ¿qué te
hice?, ¿en qué te dañe?”.
Y la única
respuesta a tal pregunta es: nuestra torpeza, nuestro egoísmo, nuestro
pecado.
La
sepultura de Jesús aparece como el término de un proceso de
destrucción, no solamente de una vida, sino de toda la obra que Él
quiso hacer.
“Fue
sepultado”. Con la sepultura termina todo un proceso de vida. En el
caso de Jesús no es sólo el fin de la vida como el de todos los
hombres. Parece, también, como la sepultura de todo el proyecto de
Dios que quiere restaurarnos y recuperarnos para que volvamos a ser
plenamente hombres.
Cuando
Jesús es sepultado pareciera como que todo el proyecto de Dios que
Jesús vino a realizar, termina en nada, en el fracaso. Así lo vivieron
muchos de los que acompañaban a Jesús. Pensaban que su muerte fue el
término de una ilusión, la desilusión de una expectativa que habían
tenido. “Pensábamos que El iba a hacer todas estas cosas”, dijo uno de
sus Discípulos pocos días después, camino a Emaús. la sepultura parece
acabar con todo.
“Y al
tercer día resucitó”. Los Apóstoles, los primeros testigos, no lo
podían creer, por más que Jesús lo había prometido en varias
oportunidades. La Resurrección está más allá de todo lo que uno,
humanamente, puede esperar: que un muerto resucite, que un muerto
vuelva a la vida. Y no solamente una vida para morir después, sino
para una vida definitiva.
Los
primeros anuncios de que Jesús había resucitado, resonaron y
parecieron como algo inaudito: no lo podían creer, no lo podían
entender.
Y sin
embargo, desde entonces, resuena en los hombres el grito ¡Él vive!
Fueron
esos primeros creyentes, quienes, paulatinamente, comenzaron a tener
la novedosa experiencia de Él viviente: ¡Jesús ha resucitado!.
¡El vive!
Este es El ACONTECIMIENTO de la historia. Es lo que marca el sentido
de toda la historia. Porque si toda la historia de los hombres, se
reduce a que los hombres nazcan, se desarrollen, hagan obras,
construyan culturas, y luego mueran, todo terminaría en un chispazo
fugaz. Verdaderamente la historia está llena de muertes.
Lo que
cambia el sentidote de la historia porque da sentido a toda muerte, es
que en Jesús la muerte fue vencida. Y esta es la esperanza de que toda
muerte (la de cada una de las muertes de los hombres) sea vencida. Por
eso éste es el día de la Alegría: ¡El vive!. Y porque Él está con
nosotros, tenemos la esperanza de que con Él estamos llamados a su
Vida.
Hoy
tenemos muchos signos de muerte en nuestra vida, en nuestra cultura y
en nuestra historia: Atentados contra la vida, muertes injustas,
carencia de adecuada justicia, rencores, impunidades, reconciliaciones
que no llegan, fomento del enfrentamiento. ¡Son tantas las muertes!
En este
ámbito de males, dolores, luchas y pecados, la Resurrección de Jesús
es el gran anuncio de que la muerte no es lo definitivo, por dolorosa
y cruel que sea. Porque toda muerte es vencida en la resurrección de
Jesús.
El Domingo
de Pascua, es el día de la alegría renovada y de la esperanza
renovadora.
El
Resucitado está con nosotros: ya nunca nos podemos sentir solos. nos
acompaña.
En la
alegría de Jesús Resucitado, sentimos también la alegría de su Madre,
que habiendo sido traspasada por el dolor de la muerte de su Hijo,
vive la alegría renovada de experimentarlo nuevamente en vida.
¡Aleluya!
Es un día de esperanza.
Al
desearnos ¡felices pascuas!, sintamos que Dios está con nosotros, que
nos compromete a trabajar por la vida, a eliminar todo signo de
muerte, a hacer que la vida sea una vida de hermanos, porque somos
hijos de Dios.
¡Feliz Pascua de Resurrección!
Mons. Mario Maulión,
arzobispo de Paraná |