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toda nuestra vida 
debe ser una constante conversión


Mensaje con motivo de la Cuaresma 1999 del obispo diocesano de San Justo, Mons. Jorge Arturo Meinvielle.


Queridos hermanos de la diócesis de San Justo:

Las celebraciones del Miércoles de Ceniza nos adentran en una nueva Cuaresma, en este año que el Papa nos pide dedicar al Padre Celestial, en un "camino de auténtica conversión" mediante "el redescubrimiento y la intensa celebración del Sacramento de la Penitencia" (o Confesión) y resaltando la virtud de la caridad (cfr. TMA 49 s.)

El espíritu propio de la Cuaresma es más que propicio para vivir según estas consignas del Sumo Pontífice, porque "toda la vida cristiana es como una gran peregrinación hacia la casa del Padre" (TMA 49) y, dada esta meta tan sublime, toda nuestra vida debe ser una constante conversión, muriendo al pecado para crecer en las virtudes, sobre todo en la caridad, que es "la mayor de todas" (cf. 1 Cor. 13,13); la caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por El mismo (es decir, por lo que El es) y (amamos) a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios" (Catecismo, art. 1822): gracias a esta virtud, nosotros correspondemos al Amor de Dios, amándolo a El y amando y perdonando a los hermanos; siempre y todo por amor a Dios, porque la caridad auténtica "asegura y purifica nuestra facultad humana de amar. La eleva a la perfección sobrenatural del amor divino" (Catecismo, art. 1827): es decir, nos lleva a la santidad, que es la vocación primera de todo cristiano; "santos en toda nuestra conducta" (cf. 1Pe. 1,15).

Pero, así como "el ejercicio de todas las virtudes está animado o inspirado por la caridad" (Catecismo, art. 1827), el pecado hiere y ofende la caridad (pecado leve o venial) y hasta puede destruirla (pecado grave o mortal) (cf. Catecismo art. 1855). Y en esta lucha contra el pecado y para crecer en la virtud, Dios nos regala, por medio de la Iglesia, el Sacramento de la Penitencia o Confesión, que, bien recibido, nos reconcilia con Dios, con la Iglesia, y con el prójimo (cf. Catecismo, art. 1423 s.). Además, este Sacramento es una forma privilegiada de penitencia, y la penitencia es característica particular de la Cuaresma y muy necesaria para nuestra conversión, porque, como decía San Gregorio, "el pecado que no se extirpa por la penitencia, por su mismo peso arrastra a otros pecados".

Este camino de conversión y santificación no lo realizamos aisladamente, sino conscientes de que somos miembros de la Iglesia, fundada por Nuestro Señor y cuya cabeza visible es el Papa: podríamos afirmar que el Papa es una imagen terrenal del Padre Celestial, por eso lo llamamos Santo Padre, Padre de los Padres; aprovechando las circunstancias, les pido que en este año y en esta Cuaresma, reforcemos nuestra oración por él, recordando siempre que "donde está el Papa está la Iglesia, y allí está Dios" (cf. San Ambrosio).

Terminamos teniendo muy en cuenta, como nos dice el Papa, que "en este amplio programa, María Santísima, hija predilecta del Padre, se presenta ante la mirada de los creyentes como ejemplo perfecto de amor, tanto a Dios como al prójimo" (TMA 54): a Ella encomendamos los frutos de esta santa Cuaresma, y por su amorosa mediación le ofrecemos a Nuestro Señor el renovado propósito de nuestra conversión, desde la oración y la penitencia, afianzándonos cada vez más y mejor en la perfecta caridad cristiana, bajo la guía y enseñanzas del Papa, y así prepararnos para un año 2000 verdaderamente santo, porque la santidad debe ser el fruto primordial del Gran Jubileo (cf. TMA 32).

Que en este año, y en esta Cuaresma vivamos muy fuertemente la Confesión, nuestra oración y penitencia, el amor a Dios y al prójimo, y la oración por el Papa.

Los bendigo cordialmente.


Mons. Jorge Meinvielle,
obispo de San Justo


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2203, del 10 de marzo de 1999


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