Queridos hermanos de la diócesis de San Justo:
Las
celebraciones del Miércoles de Ceniza nos adentran en una nueva Cuaresma,
en este año que el Papa nos pide dedicar al Padre Celestial, en un
"camino de auténtica conversión" mediante "el
redescubrimiento y la intensa celebración del Sacramento de la
Penitencia" (o Confesión) y resaltando la virtud de la caridad (cfr.
TMA 49 s.)
El
espíritu propio de la Cuaresma es más que propicio para vivir según
estas consignas del Sumo Pontífice, porque "toda la vida cristiana
es como una gran peregrinación hacia la casa del Padre" (TMA 49) y,
dada esta meta tan sublime, toda nuestra vida debe ser una constante
conversión, muriendo al pecado para crecer en las virtudes, sobre todo en
la caridad, que es "la mayor de todas" (cf. 1 Cor. 13,13); la
caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las
cosas por El mismo (es decir, por lo que El es) y (amamos) a nuestro
prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios" (Catecismo, art.
1822): gracias a esta virtud, nosotros correspondemos al Amor de Dios,
amándolo a El y amando y perdonando a los hermanos; siempre y todo por
amor a Dios, porque la caridad auténtica "asegura y purifica nuestra
facultad humana de amar. La eleva a la perfección sobrenatural del amor
divino" (Catecismo, art. 1827): es decir, nos lleva a la santidad,
que es la vocación primera de todo cristiano; "santos en toda
nuestra conducta" (cf. 1Pe. 1,15).
Pero,
así como "el ejercicio de todas las virtudes está animado o
inspirado por la caridad" (Catecismo, art. 1827), el pecado hiere y
ofende la caridad (pecado leve o venial) y hasta puede destruirla (pecado
grave o mortal) (cf. Catecismo art. 1855). Y en esta lucha contra el
pecado y para crecer en la virtud, Dios nos regala, por medio de la
Iglesia, el Sacramento de la Penitencia o Confesión, que, bien recibido,
nos reconcilia con Dios, con la Iglesia, y con el prójimo (cf. Catecismo,
art. 1423 s.). Además, este Sacramento es una forma privilegiada de
penitencia, y la penitencia es característica particular de la Cuaresma y
muy necesaria para nuestra conversión, porque, como decía San Gregorio,
"el pecado que no se extirpa por la penitencia, por su mismo peso
arrastra a otros pecados".
Este
camino de conversión y santificación no lo realizamos aisladamente, sino
conscientes de que somos miembros de la Iglesia, fundada por Nuestro
Señor y cuya cabeza visible es el Papa: podríamos afirmar que el Papa es
una imagen terrenal del Padre Celestial, por eso lo llamamos Santo Padre,
Padre de los Padres; aprovechando las circunstancias, les pido que en este
año y en esta Cuaresma, reforcemos nuestra oración por él, recordando
siempre que "donde está el Papa está la Iglesia, y allí está
Dios" (cf. San Ambrosio).
Terminamos
teniendo muy en cuenta, como nos dice el Papa, que "en este amplio
programa, María Santísima, hija predilecta del Padre, se presenta ante
la mirada de los creyentes como ejemplo perfecto de amor, tanto a Dios
como al prójimo" (TMA 54): a Ella encomendamos los frutos de esta
santa Cuaresma, y por su amorosa mediación le ofrecemos a Nuestro Señor
el renovado propósito de nuestra conversión, desde la oración y la
penitencia, afianzándonos cada vez más y mejor en la perfecta caridad
cristiana, bajo la guía y enseñanzas del Papa, y así prepararnos para
un año 2000 verdaderamente santo, porque la santidad debe ser el fruto
primordial del Gran Jubileo (cf. TMA 32).
Que
en este año, y en esta Cuaresma vivamos muy fuertemente la Confesión,
nuestra oración y penitencia, el amor a Dios y al prójimo, y la oración
por el Papa.
Los
bendigo cordialmente.
Mons. Jorge Meinvielle, obispo de San Justo