Documentos  
 

A los docentes de los colegios católicos 


Carta del obispo de Viedma, monseñor Marcelo Melani SDB,
a los docentes de los colegios católicos, dada en marzo de 2000.


Queridas hermanas y hermanos:

Al comenzar este año escolar, dentro del marco del Gran Jubileo, siento la necesidad de comunicarme con todas y todos Uds. para compartir algunas reflexiones. Les ruego que me quieran disculpar si llego a ser un poco largo, pero un Jubileo como’ el actual se realizará solamente ... una vez en la vida!

Antes que nada quiero reconocer y valorar la labor que ustedes realizan, para animarlos en su caminar. Hoy, como ayer tienen la linda misión de compartir con los padres la formación de las nuevas generaciones. Es importante, entonces, poner todas las fuerzas y ganas para lograr educar personas que sepan luchar unidas por la igualdad, que crezcan en la solidaridad, que valoren la justicia y que sean capaces de apostar por un mundo distinto donde la miseria, la corrupción y los acomodos sean superados.

Ustedes ciertamente habrán oído hablar del Jubileo, del año jubilar. Con estas expresiones la Iglesia quiere anunciar con alegría la necesidad de recuperar cuanto está en el programa de Dios Padre: la igualdad, la fraternidad, la justicia, la ética, el amor verdadero.... Todo esto está basado en el perdón y en el amor que Dios nos tiene. Es el Jubileo, entonces, un tiempo de esperanza donde, teniendo a Dios como guía, queremos pensar y vivir de una manera distinta en un mundo distinto.1

El siglo XX ha terminado entregando a la humanidad un nuevo hecho: la «globalización» de la economía, de la comunicación y de la información. Esta nueva realidad ha recibido alabanzas y criticas en igual medida. Ello es signo evidente de su ambivalencia.

Nosotros los cristianos tenemos el deber de introducir en ese nuevo hecho savia nueva: una energía que venza al egoísmo, supere los intereses individuales y valoré el progreso y la técnica para el bienestar de toda la familia humana. Es lo que el Papa Juan Pablo II llama la «globalización de la solidaridad».

El Jubileo es tiempo de solidaridad: el don gratuito del Padre que, en Jesús se hace solidario con la humanidad y nos llama a aceptar el desafio de vivir como hermanos solidarios con los más necesitados. Dios viene en Jesús a compartir todo con nosotros, alegrías, dolores, injusticias y persecución por rodearse de pobres y pecadores. En Jesús, Dios nos hace solidarios con El para que lleguemos a tener su misma actitud con los pobres, los tristes, los perseguidos ... para que compartamos su misma vida y, con El lleguemos a vencer todo mal, hasta a la misma muerte por la resurrección.2

Hay que desarrollar entonces una cultura de la solidaridad, hay que comprometerse a educar en una cultura que manifieste la necesidad de valores morales como la gratuidad, la reciprocidad, la solidaridad, hay que promover una visión espiritual que exalte la fraternidad y la justicia entre los hombres y que sepa actuar con decisión contra todo tipo de pobreza y exclusión social. Así las organizaciones sociales (y entre ellas en primer lugar las escuelas católicas) ofrecerán un testimonio creíble de la presencia de Dios en la historia y en la vida del pueblo.3

Todo esto no puede ser acción de uno solo o de fuerzas aisladas. No puede ser la «chifladura» de un sacerdote, o de una hermana o de un catequista. Hoy más que nunca es necesario reunir las fuerzas para dar, conjuntamente, respuestas eficaces, pero valorando siempre lo específico de cada uno.

Para que esto se realice, es necesario tener: - un profundo amor a Dios y a los hombres todos que se traduzca en entusiasmo y audacia pastoral; - el coraje de liberarse, si fuera necesario, de realidades institucionales que sacrifiquen la persona a la supervivencia de estructuras; - la audacia de experimentar vías nuevas reforzando la fraternidad, la comunión, la colaboración con toda la realidad que rodea un Instituto Educativo; - la caridad pastoral que tome las formas adecuadas al día de hoy.4

El objetivo de gran alcance (en tiempo de Jubileo es lógico soñar y compartir utopía) es la formación de una nueva generación capaz de construir un orden social más humano para todos. Por eso el reto se dirige antes que nada a ustedes educadores de los jóvenes; a ustedes que forman parte de una Iglesia local que quiere ser presencia de Cristo entre los más pobres y los más necesitados. Por eso deben plantearse su labor educativa en el terreno de lo social, fomentando entre los jóvenes actitudes tendientes a orientar sus vidas desde claves críticas que les permitan tomar opciones personales de solidaridad cristiana con quienes padecen los despiadados mecanismos de la injusticia social.

Pero estas actitudes no se improvisan ni se hacen propias solamente con una clase o una actitud aislada. Hace falta una educación en la solidaridad con itinerarios bien programados, cuyas etapas principales sean el reconocimiento de la fraternidad universal que proviene del ser hijos del mismo Padre y el adecuado conocimiento de la realidad socio-política local y social. Será necesario también introducir físicamente a los jóvenes en situaciones que reclamen solidaridad y a responder a tales situaciones con proyectos concretos.

Este camino pedagógico debería terminar implicando a los jóvenes en el compromiso y la participación social-política, ámbito en el que queda mucho por hacer en nuestra Iglesia. 5

Sé que todo esto es un «remar contra corriente», porque en nuestra cultura moderna la eficacia, el individualismo, el consumismo, lo provisorio, están de moda: forman parte de esa cultura que parece la vencedora.

Pero es precisamente en el contrastar ciertas tendencias socio-culturales de nuestro tiempo, en lo que se demuestra «el plus» de una educación cristiana orientada hacia esa opción preferencia por los pobres que la Iglesia desde el Concilio Vaticano II ha pretendido hacer propia y proponer para una «civilización del amor».

Creo que también Uds. piensan que sería una educación muy pobre la que circunscribiera su propia misión al futuro inmediato de los jóvenes y a la sola inserción en el mundo actual de los adultos, sin alguna posibilidad de valores grandes y la confianza en un futuro a la altura del hombre y de la mujer hijos de Dios. Sería una «miopía pedagógica», una adecuación supina a lo existente, una reducción al formalismo actual y una incitación al vicio del individualismo.

En pocas palabras: seria un traicionar las expectativas de los jóvenes, de las familias y de la misma Iglesia.

Pero me permito hacer notar que tal vez semejantes «caídas de estilo y de inspiración» están presentes en nuestros institutos y son un signo alarmante de una pésima y poco cristiana actitud personal y comunitaria para con la vida y el futuro. En efecto, el saber que somos «educadores cristianos» debería también hacernos tomar conciencia que es característica nuestra buscar conjugar siempre el compromiso con una confiada lucha por un mundo mejor y una paciente esperanza de «unos cielos nuevos y una tierra nueva»


No bajen los brazos, sigan adelante

Deseo y pido a Dios Padre que sean cada vez más capaces en su profesión; que la enseñanza que imparten sea excelente; que cada día sean mejores servidores de los jóvenes y sus familias semejantes al Cristo Maestro; que cada día sean más solidarios entre Uds. siendo así testigos de solidaridad para con sus alumnos y familias.

Desde ya mi oración por Uds., sus familiares, sus alumnos y familias, y mi apoyo a cuantas iniciativas y reclamos juntos inicien

María, la educadora de Cristo y de la primitiva Iglesia, los acompañe en su hermosa y tan dificil tarea.


Mons. Marcelo Melani,
SDB, obispo de Viedma


Notas

(1)   ¿Personalmente en qué tengo que cambiar para vivir el Jubileo? La Comunidad Educativa en la que participo ¿en qué tendría que ser distinta para que el anuncio del Jubileo a los alumnos fuera creíble?

(2)   ¿Me siento solidaria, solidario con Jesús pobre? ¿y mi Comunidad Educativa? ¿en que se nota?

(3)   ¿En que cultura estoy educando a los alumnos? ¿En la cultura del éxito, del ser el primero del grupo? ¿ En la cultura del facilísimo, del «pobre chico»? ¿En la cultura de la verdadera solidaridad?

(4)   Este párrafo puede ser un buen examen de conciencia personal y comunitaria en algún momento de oración o de evaluación de la actividad escolar.

(5)   ¿Cómo pueden introducir estos valores en la programación institucional y en la de cada asignatura? Concretamente ¿cómo puedo educar así en cada encuentro con los alumnos o alumnas?


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2259, del 5 de abril de 2000


Agencia Informativa Católica Argentina
Bolívar 218, 3er. piso, 1066 Buenos Aires,
Tel. (011) 4343-4397 (líneas rotativas) - Fax: (011) 4334-4202
E-mail: info@aica.org - Sitio en Internet: www.aica.org

Copyright © 1996 / 2006 AICA. Todos los derechos reservados.