Al comenzar el año pastoral con todas sus
actividades quiero llegar a ustedes para reflexionar un momento juntos sobre el gran don
de este Año Jubilar.
Desde hace algún tiempo habrán oído hablar de
jubileo,
año jubilar, año santo. Son distintas manera de llamar a este tiempo que nos regala
la Iglesia para que, teniendo a Dios como centro, principio y fin, revisemos nuestras
relaciones con El, con los hermanos y con cuanto nos rodea. Cada una de las personas y
cosas reciben el llamado para volver a su estado original. En esta revisión descubriremos
nuestros aciertos, fruto del amor de Dios Padre, y también descubriremos nuestros errores
junto a la necesidad de experimentar la misericordia y el perdón de Dios.
El Jubileo no es algo nuevo. Como nos recuerda Juan
Pablo II «el Jubileo era (entre los judíos del Antiguo Testamento) un tiempo dedicado de
modo particular a Dios...» Reconociendo que Dios es el creador de todos «el año jubilar
debía devolver la igualdad entre todos los hijos de Israel, abriendo nuevas posibilidades
a las familias que habían perdido sus propiedades e incluso la libertad personal»
(Tertio millennio advenitente 2) (Levítico 25, 8-17).
El auténtico sentido del Jubileo nos viene dado
por Jesucristo, el Dios hecho hombre que comparte nuestra historia y que pasa por
nuestras vidas liberándonos de todas las esclavitudes y dándonos la fuerza para luchar
por la igualdad y la justicia (Lc 4, 16-21)., el Dios hecho hombre que comparte nuestra historia y que pasa por
nuestras vidas liberándonos de todas las esclavitudes y dándonos la fuerza para luchar
por la igualdad y la justicia (Lc 4, 16-21).
Aceptar el proyecto de vida que nos ofrece Jesús,
requiere un hombre, una iglesia, una sociedad nuevos. Es por eso que todos tendremos que
estar en una constante revisión y conversión para adecuar nuestra vida al proyecto de
Jesús.
Jubileo es entonces signo de vida, tanto que
podemos decir que no habrá Jubileo sin cambio profundo, sin justicia.
Para hacer realidad este proyecto es indispensable
aceptar:
- a Dios como Padre misericordioso,
- la necesidad de una constante conversión de
nuestra vida,
- el reconocer en toda persona a un hermano o
hermana,
- el vivir y defender la justicia desde lo pequeño
de cada día a lo grande,
- el hacer de la solidaridad una realidad en cada
gesto y obra,
- el realizar la hospitalidad y la «gauchada» como
una expresión clara del amor de Jesucristo.
- el hacer de la oración y de la lectura de la
Palabra de Dios momentos claros de encuentro con Dios y de discernimiento comunitario.
El Jubileo es un año de gracia, un año de
aceptación plena del don, del amor misericordioso de Dios Padre. Por eso la Iglesia nos
ofrece la posibilidad de la indulgencia jubilar esto es, la remisión ante Dios de
la pena temporal merecida por los pecados ya perdonados. Juan Pablo II nos recuerda en el
mensaje para la Cuaresma de este año, que «Dios ofrece su misericordia a todo el que
la quiere aceptar, aunque esté lejano o sea receloso de ella». Por eso, prosigue el
Papa «la Cuaresma del Año Santo del 2000 constituye por excelencia la ocasión
particularmente propicia para reconciliarnos con Dios».
La indulgencia jubilar está unida a tres
condiciones: la reconciliación sacramental, la comunión y la oración según las
intenciones del Papa.
Estamos invitados a acompañar estos actos con
el
testimonio de la vida cristiana y en particular:
- con hacer beneficiencia y dar algo de nuestro
tiempo libre para los necesitados;
- con el ayuno o la abstinencia, por un día, de
cosas superfluas (por ejemplo: el tabaco, bebidas alcohólicas, TV, videojuegos...) o
practicando la abstinencia y dando a los pobres una suma proporcionada de dinero.
- con el dar un público testimonio de la propia fe.
En efecto, dice Juan Pablo II en el mensaje para la
Cuaresma, «con el Jubileo el Señor nos pide que revitalicemos nuestra caridad... una
caridad que manifieste el amor de Cristo a aquellos hermanos que carecen de lo necesario
para vivir, a los que son víctimas del hambre, de la injusticia y la violencia... ¿Cómo
podemos pedir la gracia del Jubileo si somos insensibles a las necesidades de los pobres,
si no nos comprometemos a garantizar a todos los medios necesarios para que vivan
dignamente?»
Otra condición es peregrinar sencillamente
a la Catedral en Viedma o al Santuario de la Virgen Misionera en Conesa o del Sagrado
Corazón de Jesús en Luis Beltrán (dicha peregrinación puede ser hecha personalmente o
mejor como familia o como comunidad parroquial).
En estos lugares se deberá asistir a la Santa Misa
o participar de algún acto de piedad (por ejemplo: el Vía Crucis o el Rosario).
Siempre habrá que concluir con el Padre Nuestro, el
Credo y una invocación a la Santísima Virgen María.
Por otra parte será posible obtener la indulgencia
jubilar, con las condiciones anteriores, en cada parroquia o capilla por las fiestas
patronales (incluida la novena) o en el momento fuerte de la misión diocesana.
La indulgencia jubilar puede celebrarse una sola vez
por día, y se lo puede hacer para sí o en favor de personas difuntas.
Que la Virgen María, Auxiliadora de los Cristianos,
Misionera de Río Negro, interceda por nosotros para que abramos el corazón a Dios y a
nuestros hermanos en este tiempo de gracia y misericordia.
Mons. Marcelo Melani, obispo de Viedma