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LA
IGLESIA MARONITA, PUEBLO DE SANTIDAD
Segunda carta
pastoral de monseñor Charbel Merhi, obispo maronita
(Pascua de Resurrección 1998)
Saludos cordiales
A los hermanos de la
colectividad libanesa en general y de la comunidad maronita en particular y a
todos los amigos en el suelo argentino que comparten nuestra fe en Dios Padre y
en Jesucristo el Señor. Llegue a todos ustedes la paz y la gracia del Espíritu
Santo, con el saludo y el afecto del pastor.
Dentro del marco de la
preparación al Jubileo del tercer milenio, y en cuanto la Iglesia universal se
prepara “contemplando el misterio del Espíritu Santo”, nuestra Iglesia
particular, la Maronita Antioqueña , conmemora dos eventos particulares
estrechamente ligados entre sí y que deben absorber nuestra atención como
cristianos que nos anima la fe en Cristo y nos distingue una genuina fidelidad a
las santas tradiciones que nos aseguran una supervivencia digna, no obstante una
dura animosidad histórica : me refiero a la celebración del primer centenario de
la muerte del monje maronita libanés, San Charbel Majluf, fallecido el 24 de
diciembre de 1898 y canonizado el 9 de octubre de 1977 y a la beatificación de
su maestro espiritual, Namtala Kassab El Hardini, que tendrá lugar, el 10 de
mayo próximo en Roma, la Ciudad eterna.
La santidad
La santidad, hermanos, es una
llamada general de Dios dirigida a todos los fieles cristianos y una respuesta
individual de cada bautizado. En efecto, al recibir el santo Bautismo, el
cristiano participa de la vida de Cristo, fuente de toda santidad, y con esta
participación real y vital en la vida divina recibe gratuitamente las tres
virtudes teologales, la fe, la esperanza y la caridad y muchos otros dones que
lo configuran a Cristo, reflejo de la imagen del Padre. A parte de todos estos
privilegios, el cristiano recibe la asistencia del Espíritu Santo que actúa de
modo permanente en el alma que conserva su unión con Dios mediante la gracia
santificante.
Pero la santidad no es un
estado puramente místico, ni un atributo cualitativo del alma, tampoco es
únicamente obra del Espíritu Santo en nosotros, más bien, la santidad es una
acción continua de Dios en el alma que necesita para su realización de la
colaboración libre y efectiva del hombre para que la obra sea nuestra y sea
meritoria. Así nuestra colaboración en la actividad santificadora es una
exigencia sin la cual la acción del Espíritu Santo queda frustrada e
infructífera. Esto es lo que nos enseña repetidamente la Sagrada Escritura a lo
largo de sus páginas y que Santiago Apóstol sintetiza diciendo: De la misma
manera que un cuerpo sin alma está muerto, así está muerta la fe sin obras” (Sant
2, 26), lo que aclara elocuentemente San Agustín, el gran maestro de la
espiritualidad cristiana : “Dios que te creó sin ti, no puede salvarte sin ti”.
Además la obra de la santidad
no es limitada ni tampoco es un estado cuantitativo, sino, más bien, una obra
ilimitada que nunca puede parar y jamás conseguiremos llegar a la pura
perfección que es reservada únicamente a Dios. La enseñanza de Cristo en su
Evangelio es totalmente explícita, cuando nos señala : “sean perfectos como es
perfecto el Padre que está en el cielo”(Mt 5, 48). Entonces la obra de la
santidad nos obliga a buscar continuamente el camino de la perfección mediante
una interrumpida lucha contra el mal, una prolongada práctica de las virtudes
evangélicas y una dócil obediencia a las inspiraciones del Espíritu Santo.
Finalmente es dable recordar
que la obra de la santidad no es un monopolio de algunos privilegiados, como
serían los consagrados a Dios por los votos de la vida religiosa o a través de
las órdenes sagradas. La vocación a la santidad es universal y se extiende a
todas las camadas sociales y de modo particular a todos los bautizados y tiene
sus raíces en la familia, célula de la sociedad y cuna de la presencia de Dios
entre los hombres. El Papa Juan Pablo II, en su segundo encuentro mundial con
las familias, realizado en Río de Janeiro, el año pasado, ha remarcado la
importancia de “la Familia : Don y Compromiso, Esperanza de la Humanidad”,
señalando que la Familia en su ubicación histórica inmersa en una serie de
cambios y de alteraciones, tiene una fisonomía propia e insustituible, fundada
en el proyecto de Dios creador . Este proyecto divino, obra de la admirable y
misteriosa “epopeya” de la creación, tiene su genuina interpretación en las
primeras palabras del Génesis:
“Dios creó al hombre a su
imagen; lo creó a imagen de Dios, les creó varón y mujer”. Y los bendijo,
diciéndoles : “sean fecundos , multiplíquense, llenen la tierra y
sométanla”...Por eso el hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer,
y los dos llegan a ser una sola carne”.(Gen 1, 27.28; 2, 24). Y Jesucristo,
confirmando este “modelo creacional”, añadió la última cláusula del proyecto :
“que el hombre no separe lo que Dios ha unido” (Mt 19, 4).
Así, queridos amigos, les
invito a valorizar el texto bíblico, expresión de la voluntad divina,
santificando en su vida familiar el verdadero concepto de Familia que tiene su
base en el matrimonio, sacramento y “grande misterio”, según una expresión de
San Pablo (Ef 5, 32). Teniendo en cuenta esta enseñanza de la Sagrada escritura,
caen abajo todos los conceptos contrarios a la firme doctrina de la Iglesia
sobre el matrimonio y la familia. Los que buscan la santidad no pueden
encontrarla fuera de la estricta fidelidad a la voluntad divina expresada en los
principios del Evangelio, interpretada por la autoridad infalible de la Iglesia
y vivida por medio de la Iglesia domestica.
La santidad en la Iglesia universal
Una de las características de
la Iglesia universal de Cristo es la santidad : “creo en la Iglesia que es una,
SANTA, católica y apostólica”. Esta santidad se debe a Cristo, “su cabeza
invisible” y “su esposo puro y sin mancha”. “Ella es santificada por El; y con
El , ella ha sido hecha también santificadora. El se entregó por ella para
santificarla, la unió a sí mismo como su propio cuerpo y la llenó del don del
Espíritu santo para gloria de Dios”. (Catecismo de la Iglesia católica, 823 ss.)
La Iglesia es santificada
eminentemente por la CARIDAD que es el alma de la santidad y “dirige todos los
medios de santificación, los informa y los lleva a su fin” (LG 11). Todo en la
Iglesia debe ser impregnado por la caridad, sello de toda actividad eclesial. La
Iglesia por el ejercicio de la autoridad y en su alta jerarquía, “PRESIDE EN LA
CARIDAD” (San Ignacio de Antioquía, Rom 1, 1), por la actividad de sus miembros
se concretiza la caridad en gestos de amor cristiano y ternura humana y por la
vida de consagración de algunos de sus hijos brilla en ella la caridad como
signo palpable de los valores eternos del Evangelio: “Comprendí que si la
Iglesia tenía un cuerpo, compuesto por diferentes miembros, el más necesario, el
más noble de todos no le faltaba, comprendí que la Iglesia tenía un corazón, y
que este corazón estaba ARDIENDO DE AMOR. Comprendí que el Amor solo hacía obrar
a los miembros de la Iglesia, que si el Amor llegara a apagarse, los Apóstoles
ya no anunciarían el Evangelio, los Mártires rehusarían verter su
sangre...Comprendí que EL AMOR ENCERRABA TODAS LAS VOCACIONES, QUE EL AMOR ERA
TODO, QUE ABARCARA TODOS LOS TIEMPOS Y TODOS LOS LUGARES...EN UNA PALABRA, QUE
ES ¡ETERNO! (Santa Teresa del Niño Jesús, ms. autob. B 3v).
La santidad de la Iglesia se
manifiesta, también, por la santidad de sus hijos que lucharon para llegar a la
perfección, que son los santos. “Los santos y las santas han sido siempre fuente
y origen de renovación en las circunstancias más difíciles de la historia de la
Iglesia” (Cl 16,3). En efecto una comunidad sin santos es una porción de la
Iglesia que le falta dinamismo espiritual y es un signo palpable de una seria
preocupación, pues “la santidad en la Iglesia es el secreto manantial y la
medida infalible de su laboriosidad apostólica y de su ímpetu misionero” (Cl 17,
3).
La figura principal que llena
la Iglesia de brillante santidad, es María, porque ella es la Madre de Cristo
“sin mancha ni arruga”, la fuente de toda santidad. La Iglesia en ella es
enteramente santa y por su intercesión, como mediadora de todas las gracias, los
santos reciben de ella el dinamismo divino y encuentran en su vida ejemplar un
incentivo para seguir el camino de la perfección y de la santidad. “Por eso
dirigen sus ojos a María” (LG 65)
La santidad en la Iglesia maronita
“La Iglesia de Cristo está
verdaderamente presente en todas las legítimas comunidades locales de fieles,
unidas a sus pastores. Estas, en el Nuevo Testamento, reciben el nombre de
Iglesias...En ellas se reúnen los fieles por el anuncio del Evangelio de Cristo
y se celebra el misterio de la Cena del Señor...En estas comunidades, aunque
muchas veces sean pequeñas y pobres o vivan dispersas, está presente Cristo,
quien con su poder constituye a la Iglesia una, santa, católica y apostólica” (Cat.
De la Ig.Cat. 832)
Este texto del Catecismo de
la Iglesia Católica se aplica perfectamente a la Iglesia maronita. Siendo una
parte de la Iglesia de Cristo siempre ejerció en su historia un dinamismo
espiritual y evangélico, y aunque haya sido en las distintas épocas de su
historia, una comunidad pequeña y pobre, dispersa y perseguida, conservó
continuamente una fidelidad suprema a la autoridad de Roma que “preside en la
caridad” , considerando el Papa como el único Vicario de Cristo en la tierra y
tomando como norma de vida el Evangelio y una línea de conducta, fiel a las
directrices de los Sumos Pontífices, legítimos sucesores de Pedro. En ella
estuvo siempre presente Cristo, en el misterio de la Cena eucarística, por la
sangre de sus numerosos martirios, por el ejercicio de una rígida vida monástica
de consagración total al Señor y de estricta observancia de los consejos
evangélicos, en la práctica de la generosa caridad y por una devoción filial a
la Santísima Virgen que se destaca en toda su estructura jerárquica, religiosa,
espiritual y comunitaria.
Los santos de la Iglesia maronita
La Iglesia maronita integra
el grupo de las Iglesias siríacas que remontan por sus orígenes a la Iglesia de
Antioquía, la primera sede apostólica fundada por San Pedro Apóstol donde por
primera vez los seguidores de Cristo comenzaron a ser llamados cristianos. Su
Jefe espiritual lleva el título de Patriarca de Antioquía y de todo el Oriente,
por lo tanto es una Iglesia Apostólica fundada sobre la roca de Pedro y lleva en
sus raíces gérmenes de santidad que dieron origen a una multitud de santos,
oficialmente reconocidos por los Sumos Pontífices y venerados sobre los altares.
A seguir damos a conocer muy brevemente algo sobre la vida de estos santos.
San Marón
San Marón, patrono, protector
e inspirador de la Iglesia maronita, nunca tuvo la idea de formar una Iglesia, a
parte; sino, más bien, quiso iniciar dentro de la Iglesia de Antioquía un camino
especial de santidad, inspirado en el Evangelio donde Cristo es “ el camino, la
verdad y la vida”. Su vida relatada con pocas líneas por el historiador
eclesiástico Teodoreto, obispo de Ciro, se resume en pocas palabras : fidelidad
a Cristo, siguiendo los consejos evangélicos, fidelidad a la Iglesia de Cristo,
defendiendo heroicamente a su Cabeza visible el Obispo de Roma y fidelidad a las
santas tradiciones de la Iglesia oriental, llevando una vida de asceta en la
cumbre de una montaña, cercano al pueblo de Kfar Nabo, donde estaba erigido un
templo al dios pagano Nabo, que él transformó en un templo cristiano para adorar
al verdadero Dios.
San Marón cultivó
heroicamente en su vida cenobítica las virtudes evangélicas, retirado del mundo,
entregándose , día y noche, en oraciones, ayunos y mortificaciones. La fama de
su santidad fue reconocida por San Juan Crisóstomo, en una carta dirigida a
Marón, en 405, desde su exilio en el Cáucaso. Me permito reproducir el texto
resumido de esta carta llena de emoción espiritual, para la edificación nuestra
:
“A Marón, presbítero y
solitario: Unidos por los lazos de amor, lo tenemos presente, entre nosotros.
Los ojos de la caridad son de tal vigor que las distancias lejanas son
impotentes de debilitarlos, con el pasar del tiempo. Desearíamos escribirte con
frecuencia pero por varias dificultades se nos hace difícil. Mismo así le
escribiremos cuantas veces se nos está permitido para decirle que nosotros nunca
te olvidamos y donde estemos tu estás en nuestra alma. Tú, procura notificarnos
sobre tu salud, para que aun separados por el cuerpo, tengamos el consuelo de
saber que estás bien y esto nos fortifica en nuestra soledad. Ante todo te ruego
que reces a Dios por mí” .
El mérito de San Marón no fue
solamente en haber llevado una vida de perfección individual, sino, también, por
haber atraído hacia él a muchos jóvenes que imitaron su ejemplo de santidad y
después de su muerte, acontecida en 410, continuaron llevando una vida monástica
comunitaria en una montaña de Siria, en el famoso Convento de San Marón, cuna de
la formación de la futura Iglesia Maronita, jerárquicamente instituida en el
Líbano (685) por San Juan Marón su primer patriarca
“El ejemplo arrastra y la
santidad se difunde. En vida de San Marón y después de su muerte, se incrementó
la vida contemplativa en la Iglesia. Eran muchos los que, buscando la intimidad
profunda con Dios e imitando la vida de Cristo, se aislaban por todas esas
montañas , viviendo en pequeñas comunidades como monjes o como ermitaños
solitarios”. El mismo historiador Teodoreto escribía exclamando : Marón
embelleció el coro divino de los santos. Fue quien plantó para Dios el jardín
que hoy florece en la región de Ciro” (Cfr. Vida de S. Charbel, Juan Antonio
Flores Santana, Arzobispo de Santiago de los Caballeros, Rep. Dominicana, 1997).
(La Fiesta de san Marón, es 9 de febrero)
Santos siguiendo los pasos de san marón
La santidad de San Marón
reflejada en la vida de sus seguidores forjó una espiritualidad profunda que
marcó a la comunidad maronita en toda su historia ensangrentada y dio origen a
un número considerable de santos que se destacaron por su afán de defender la fe
católica, en medio de insuperables dificultades y por la práctica de heroicas
virtudes cristianas que enriquecieron el tesoro espiritual de la Iglesia por
nobles figuras de santidad y maestros de perfección.
A parte de un número
ilimitado de fieles, históricamente ignorados, que lucharon indefectiblemente,
durante 16 siglos, para conservar su fe, muriendo por Jesucristo y su Iglesia ,
en las grutas y sobre las rocas del Líbano y en los países limítrofes, sin
contar los millares de mártires que vertieron su sangre para afianzar su
fidelidad al Evangelio, la Iglesia maronita tiene el honor de contar entre sus
hijos, a muchos santos que la Iglesia honra en sus altares. A seguir nombramos,
según un orden cronológico, algunos que “ siguieron al Cordero donde quiera que
vaya y en cuya boca nunca hubo mentira y son inmaculados” (Apoc 14, 4-5) :
- Los 365 mártires, monjes,
discípulos de san Marón, que fueron degollados en el año 517 en una emboscada de
sus adversarios. Su fiesta : 31 de julio.
- Los santos Liminaus,
Santiago y las santas, Marina, Domnina y Cora, todos discípulos de San Maron. Su
fiesta : 17 de julio
- San Juan Marón, monje del
convento de Marón, obispo de Batrun y del Monte Líbano, elegido y entronizado en
685, como primer patriarca de la Iglesia Maronita, y sexagésimo sucesor de San
Pedro en la sede de Antioquía. Su fiesta 2 de marzo.
- Los tres hermanos de sangre
de la familia Masabki, llamados mártires de Damasco, martirizados junto a diez
franciscanos en la Iglesia del convento de los frailes de San Francisco en
Damasco, el 10 de julio de 1864 y beatificados por el Papa Pío XI, el 10 de
octubre de 1926. Su fiesta, el domingo después del 10 de julio.
- La Beata Rafca, monja de la
Orden Libanesa, beatificada por el actual Papa Juan Pablo II, en 17de mayo 1985.
Su fiesta 23 de marzo.
- San Charbel Majluf, monje
libanés, canonizado el 9 de octubre de 1997. Su fiesta : Tercer domingo de julio
- Beato Namtala Kassab El
Hardini . Será beatificado el 10 de mayo de 1998
Con motivo de la celebración
del Primer Centenario de la muerte del monje San Charbel Majluf y de la
Beatificación del otro monje libanés, Namtala Kassab El Hardini , dedicamos un
espacio especial destacando los principales rasgos de su vida de santidad, para
provecho de los queridos destinatarios :
San Charbel Majluf
Mucho se puede hablar de este
santo monje libanés, un ermitaño, discípulo y auténtico reflejo de San Marón,
gloria del Líbano y noble bandera de la Iglesia maronita que tiene en él un
privilegiado protector. Pero en esta pequeña misiva pastoral poco podemos decir
sobre las maravillas de este extraordinario taumaturgo del siglo XX que impacta
a quien contempla su abnegada vida.
Nacido, el 8 de mayo de 1828,
a los pies de los cedros eternos de la montaña libanesa, se educó dentro de una
familia muy humilde pero de una intachable conducta cristiana. De pequeño quedó
huérfano de padre, cuando este fue obligado sin piedad a alistarse en el
ejército turco dominador y opresor, simplemente porque poseía un burro para el
transporte de la provisión militar. Atraído a la vida religiosa por influencia
de sus tíos maternos, dos ermitaños que él a menudo visitaba, a los 23 años de
edad, dejó furtivamente su humilde casa de Bekacafra y entró a ser monje en la
Orden Maronita Libanesa que sigue la santa Regla de San Antonio Abad ”, astro
del desierto” y “Padre de los monjes”. En esta Orden fundada en el Líbano, el
año 1695, el Joven “Yusef” que adoptó el nombre Charbel, un mártir del siglo II,
buscó el camino de la perfección en la cima del monte de Anaya, donde durante 23
años vivió una rigurosa vida de ermitaño. Alcanzando la cumbre de su santidad en
la tierra, el 24 de diciembre de 1898, cerró sus ojos al mundo, valle de
lágrimas, para abrirlos en el alto cielo, el día en que su Maestro Jesús nacía
en la tierra.
En este año proclamado por la
Iglesia maronita como el “año charbeliano”, por ser el primer centenario de la
muerte de San Charbel, me satisface como pastor, destacar a los ojos de los
fieles que tienen una admiración por el ermitaño libanés, los siguientes puntos
que nos inspira la ejemplar vida del santo :
Charbel ejemplo de vida cristiana para los fieles
La vocación a la santidad,
siendo un llamado para todos los fieles cristianos, la Iglesia al canonizar los
santos, no pretende solamente usar su autoridad para afirmar que ellos ya están
con certeza en el cielo, sino más bien, la idea de la Iglesia es presentarlos,
principalmente, como modelos de vida que es conveniente imitar. Así no pensemos
que la vida de un ermitaño atañe solo a los monjes, todos los fieles pueden
imitar su espiritualidad inspirada en el Evangelio. Queridos hermanos, a quienes
dirijo estas palabras, les pido entrañablemente , que lean con atención y
seriedad estas reflexiones del pastor que se refieren a la íntima relación que
existe entre la vida de San Charbel y la vida cristiana de toda familia.
En el último encuentro del
Santo Padre con la familia, realizado en Río de Janeiro se destaca el papel de
la familia, como don y compromiso, como don para la sociedad, el hijo en la
familia como el don más excelente y la familia, esperanza de la humanidad. La
familia pues, resume toda la realidad de la humanidad, es por sí misma toda una
sociedad completa porque es creada a imagen de Dios uno y trino, vale decir, es
la unidad en la fecundidad.
No cabe la menor duda que, en
su vocación monacal, Charbel debe mucho a su familia, modelo de la modesta
familia cristiana de la época , compuesta de padre y madre, esposos ejemplares y
cinco hijos que llevaban una vida de santidad, en su aldea humilde , dedicándose
al trabajo sagrado y a la oración asidua. La familia del santo nos recuerda,
junto a muchas familias en nuestra tierra libanesa, la familia de San Pío X ,
simple, modesta y pobre , pero llena de nobleza, de grandeza moral y de
auténtica santidad, características que prepararon José Sarto a ser el futuro
Papa San Pío X . Es muy significativo lo que un día dijo la madre del Papa a su
hijo cuando este llegó a ser obispo y fue a visitarla, mostrándola con cierto
legítimo orgullo su anillo episcopal : mi hijo, este anillo tu lo tienes por que
yo llevo en mi dedo este otro anillo; cuidado, hijo, ahora su responsabilidad
aumentó. ¡Qué sabiduría de una madre que sabe el valor del anillo, como símbolo
del compromiso matrimonial y de la alianza entre la familia y Dios; y cuanta
responsabilidad encierra su advertencia al hijo para que no se deje llevar por
la vanagloria de este mundo y que tome en serio la dignidad del ministerio
eclesial.
En otro cuadro de realidad,
una charla de San Charbel con su familia nos ofrece el mismo sentido místico y
espiritual de la familia cristiana como lo entendía la familia del papa santo.
Ante los reclamos de Briyita, la madre de Yusef y de Tanios, su tío, que
vinieron a visitarlo en el Convento de Maifuk donde iba a consagrarse por los
votos religiosos, reprochándole la manera, poco usual, de haberlos dejado sin
despedirse de ellos, en momentos en que ellos más necesitaban de su ayuda en la
familia, Yusef en su respuesta al mismo tiempo firme y respetuosa parecía un
Jesús que respondía a María y José cuando lo perdieron y lo encontraron en el
templo : “ ¿Porqué me buscaban?. ¿No sabían que debo ocuparme de los asuntos de
mi Padre?”. Ellos añade el evangelista Lucas, no entendieron lo que los decía.(Lc
2, 49-50).
- Querida mamá, querido tío,
no ignoro lo que les debo, ni la pena que involuntariamente les he
causado...pero puesto que el Señor me quiere todo para El, no puedo...ustedes no
pueden...decirle que no. Mientras el tío Tanios no le gustaban nada estas
palabras, pensando que Yusef, monje, está perdido para su familia, su madre,
inspirada por Dios y dominando su dolor maternal, se acercó de su hijo y tomando
sus manos en las suyas, le dice como una verdadera madre cristiana : “Si no
fueras a ser un buen religioso te diría ¡Regresa a la casa! ¡Pero ahora sé que
el Señor te quiere a su servicio. Y en mi dolor al estar separada de ti, le digo
resignada : Que El te bendiga, hijo mío y que haga de ti un santo!”...(Charbel
hombre ebrio de Dios del P. .Paul Daher)
¡Cuantas familias necesitan
tener este comportamiento ante la vocación de sus hijos que quieren consagrarse
a Dios! La Iglesia de Cristo tiene su riqueza espiritual gracias a estas
familias que entienden la voluntad de Dios y la cumplen, armadas con la fe del
padre de los creyentes, Abraham, que no vacilaba en sacrificar a su hijo Isaac,
si la voluntad de Dios así lo exigía.
Padres, no sean egoístas,
dejen sus hijos seguir el camino que Dios traza para ellos. Hijos, no duden en
imitar el ejemplo de San Charbel . Jóvenes, tengan el coraje de decir sí a Dios
cuando los convoca para su servicio y nunca desistan, de seguir el camino que
emprendieron, ante las dificultades y las dudas que puedan surgir a lo largo de
su vida. Pues Dios merece toda nuestra generosidad y El es infinitamente más
generoso que nosotros. Familias cristianas sepan que siendo “células originales
de la vida social” la sociedad humana necesita de su fe, de su generosidad, de
su desprendimiento y de la estricta fidelidad a sus compromisos. No olviden que
la santidad de la familia es el pilar principal que sustenta nuestra sociedad
actual, proclive, en su compleja estructura ideológica, a vivir sin ideales,
guiada por la oscura luz del materialismo, sumergida en el pantano del hedonismo
y corroída y minada por el apego a los bienes de este mundo que solo pueden
conducirnos a la ruina espiritual. Pongámonos, todos, hermanos, bajo la
protección de San Charbel y por su intercesión Dios hará de la familia cristiana
comprometida con los valores evangélicos, la eficaz “esperanza de la humanidad”.
Charbel ejemplo de vida consagrada para los sacerdotes
Charbel, con 25 años de edad,
en 1853 se consagró al Señor por los tres votos religiosos de Obediencia,
pobreza y castidad, y tuvo su plena consagración, recibiendo, a la edad de 31
años, el sacramento del sacerdocio, el 23 de julio de 1859 en la sede patriarcal
de Bkerke, por la imposición de las manos de Mons. Yusef El-Marid.
En su vida sacerdotal, San
Charbel no hizo más que poner en práctica lo que había aprendido de su maestro
espiritual y profesor de Teología, el actual Beato Namtala El Hardini, cuando le
dijo : “Ser sacerdote , hijo mío, es ser otro Cristo. Para llegar a serlo no hay
más que un camino: ¡el del Calvario! Comprométase sin decaimiento. El lo
ayudará”. Así Charbel vivió su consagración religiosa y sacerdotal , imitando a
Cristo el sacrificado y haciendo de su misa el centro alrededor del cual va a
cristalizarse su existencia como sacerdote ermitaño.
Dios llama al sacerdote como
llamó a Abraham : ”Deja tu tierra natal y la casa de tu padre , y ve al país que
yo te mostraré. Yo... te bendeciré. Engrandeceré tu nombre y serás una
bendición---y por ti se bendecirán todos los pueblos de la tierra” (Gen 12,
1-3). Así Charbel entendió la misión del sacerdote y dejó atrás su casa, su
familia y su tierra para dedicarse a ejercer su ministerio dentro de los límites
de su vocación monacal. Puede ser que no entendamos su desprendimiento, total y
extraño, llegando al punto máximo de ser mal interpretado su comportamiento,
cuando recusaba ir a su aldea para celebrar una misa en presencia de su madre
vieja que no pudo asistir a su ordenación sacerdotal. Pero el espíritu que lo
determinó a tomar esta decisión, como otras tantas decisiones similares, será
siempre el secreto de su mística espiritual y el misterio de su santidad. Lo
importante es que el sacerdote debe ejercer su ministerio librándose de las
ataduras de la sangre para unirse a los lazos de la gracia y así ser dócil a la
acción del Espíritu Santo.
En cuanto a las virtudes, que
exige la consagración sacerdotal, a saber, la obediencia, la pobreza y la
castidad, San Charbel ha sido el modelo que todo sacerdote debe intentar imitar
porque el secreto de su santidad fue su estricta fidelidad a sus votos y una
vigilancia continua para que el espíritu mundano no contamine la pureza moral
que exige el ejercicio del ministerio sacerdotal, en el contacto permanente del
sacerdote con las cosas sagradas. Así la obediencia de Charbel, según los
testimonios de sus conocidos, ha sido proverbial, su castidad rozaba con la de
los ángeles y su pobreza era total emparentada con la pobreza de San Juan de la
Cruz y San Francisco de Asís. Además estas tres virtudes, obediencia, pobreza y
castidad son la expresión de los tres votos que como clavos, sostienen el
sacerdote consagrado, suspendido en la Cruz, como su Maestro.
El centro de gravedad para
Charbel en su vida de consagrado es la unión con Dios. El desprendimiento de los
bienes terrestres, como el ascetismo riguroso, no son fines en sí mismos, sino,
un medio para facilitar la unión con Dios. El mundo visible ya no cuenta para
los santos, el renunciamiento a los bienes terrenales es para ellos como los
pulmones para el sistema respiratorio. El sacerdote por más que tenga
ocupaciones por razón de su ministerio debe empaparse de Dios y tomar ante el
Maestro la actitud de María que permanecía a los pies de Jesús para
contemplarlo, escucharlo y unirse a El, porque “una sola es necesaria”. Así el
sacerdote, como el monje no escapa del mundo sino para vivir con Cristo y ser
testigo de esa presencia de Dios en el mundo. El silencio, el desierto, son
palabras sagradas para el consagrado, son las puertas del santuario donde reside
Dios en lo íntima del alma.
Sin la renuncia al mundo no
hay ambiente para la vida de oración que nos lleva a la unión con Dios. Orar,
para San Charbel era la ocupación cotidiana de toda la vida, sin por esto dejar
de realizar otras actividades que exige la naturaleza de la vida monástica o
eremítica. Su vida misma era una oración porque, en medio de sus ocupaciones en
el orden temporal, él tenía su mente fijada en Dios y el Espíritu Santo actuaba
permanentemente a través de sus sentidos, sus pensamientos y en medio de su
silencio continuo y voluntario.
Feliz el sacerdote que actúa
a imagen de Charbel entregándose a Dios por la oración y poniéndose a
disposición del Espíritu Santo, porque su apostolado será altamente fructífero.
Cristo se configura en estos sacerdotes que viven continuamente a su pies, en
actitud de contemplación y de escucha, como María, sin dejar de realizar las
actividades de Marta. La Iglesia no debe preocuparse mucho por la falta numérica
de sacerdotes, pero sí, es motivo de alarma, la falta de vocaciones
cualitativas, porque la obra de la salvación es divina y solamente pide una
colaboración voluntaria del hombre. Cristo continua redimiendo al hombre por su
viacrucis y solo necesita de cirineos.
Queridos sacerdotes y
consagrados de la Eparquía maronita, que comparten conmigo la ardua tarea de la
evangelización, en este vasto territorio argentino, no puedo ofrecerles un
modelo de sacerdote mejor que San Charbel, que es la gloria de nuestra Iglesia
madre, imiten su gran espíritu sacerdotal y traten en medio de las diversas
tareas pastorales que ocupan todo su tiempo a mantenerse unidos a Dios, por la
oración, construyendo en su interior un santuario cuyas puertas son el silencio
y el desierto, para que en medio de su soledad y de la aridez de sus ocupaciones
en el ministerio, puedan permanecer en contacto con Dios, fieles a sus
compromisos sacerdotales.
Los dos amores de Charbel: Maria y la Eucaristía
Fiel hijo de la Iglesia
Maronita, San Charbel alimenta en su vida íntima un amor intenso y tierno a
María Santísima, como la totalidad del pueblo libanés en general y del maronita
en particular.
El Líbano es tierra de María.
Así el Espíritu Santo llama a su Esposa : ”Ven del Líbano, esposa mía, ven desde
el Líbano. Desciende desde la cumbre del Amaná, desde las cimas del Sanir y del
Hermón, desde las guaridas de los leones, desde los montes de los leopardos” (Cant
4, 8). Ella misma clama por la boca del Eclesiástico : “Crecí como un cedro en
el Líbano y como un ciprés en los montes del hermón” ( Eco 24, 13).
La Iglesia latina reza en el
oficio de una de sus fiesta marianas : “El olor de su vestido es el olor del
Líbano” y la Iglesia Maronita la invoca, añadiendo a sus letanías : “Cedro del
Líbano ruega por nosotros”. Y para conmemorar los cincuenta años de la
proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción se erigió el Santuario Ntra.
Sra. Del Líbano a Harisa. Los patriarcas maronitas pusieron siempre sus sedes
bajo la protección de María. El pueblo libanés en sus diversas comunidades
religiosas, cristianas y musulmanas, honra a María y cuando su patria está en
peligro, implora ansiosamente su protección..
San Charbel no podía estar
ajeno a esta devoción mariana, él que pertenecía a una familia maronita de la
montaña libanesa donde el amor a María es casi ingerido con la leche materna.
Charbel desde pequeño aprendió a venerar a María y cuando sus compañeros, que
vigilaban con él sus rebaños en el campo, lo perdían de vista, lo encontraban
recogido en una gruta en actitud de profunda oración ante una imagen de María.
Como en toda familia maronita de su tiempo, diariamente Yusef rezaba el rosario
con toda su familia, implorando la protección de la poderosa Madre de Dios; y
cuando consagró su vida a Dios en la Orden Libanesa Maronita, encontró en la
Regla de su Orden un lugar de honor reservado al culto mariano y en los libros
litúrgicos de la Iglesia Maronita, como en otras comunidades cristianas, abundan
los textos bíblicos y los diferentes himnos dedicados a María.
En la práctica de las
virtudes Charbel procuraba siempre imitar las principales virtudes de María,
como la humildad de “sierva del Señor”, su obediencia a la voluntad divina en
los momentos más críticos de su misteriosa vida de Madre de Dios y sobre todo
imitó su suave silencio y profundo recogimiento ante la excelsa realidad del
misterio divino vivido en la familia de Nazaret. Entre otros consejos, que el
monje Charbel dirigía en los pocos contactos que tenía con la gente, se destaca
lo que pidió una vez a la gente piadosa de Bikacafra, su aldea natal: “ ¿Quieren
ser salvados con seguridad? Tengan una gran devoción a la Virgen María. Ella
garantizará su salvación.
El otro amor de Charbel es la
Eucaristía. Como María está íntimamente ligada a Jesús, su Hijo, al engendrarlo
en el tiempo y al ser asociada a la obra de la Redención y de la Salvación, como
Corredentora y Mediadora de todas las gracias, según la opinión dominante en la
Iglesia, ella está siempre místicamente presente con su Hijo en la Eucaristía
donde Cristo existe por su Cuerpo verdadero formado en el seno de María. Charbel
asociaba a su amor a Jesús el amor a María. En todas las celebraciones
eucarísticas de la liturgia maronita siempre está presente María en una oración
o una letanía y Charbel, en sus largas horas de adoración ante el Santísimo y en
sus prolongadas meditaciones ante el sagrario vivía unido a María y a Cristo.
Con esto aseguraba la fuerza del amor que le hacía vivir momentos de inefable
alegría espiritual en medio de su soledad y de sus “noches oscuras”.
Fieles, consagrados y
sacerdotes, imiten en su vida esta mística de San Charbel y en los dos amores a
María y a la Eucaristía tendrán una poderosa fuerza para enfrentar las más
penosas dificultades inherentes a la labor espiritual, pastoral y social. Una
visita al santísimo, o una hora de adoración ante el sagrario, junto a unas
jaculatorias marianas, les facilitarán un fecundo apostolado y les
proporcionarán una paz y una serenidad indispensables para toda obra de
santidad.
Beato Namtala Kassab El Hardini
Estimados hermanos en Cristo,
no dejemos pasar la única oportunidad del fin de este siglo, sin participar del
relevante evento de la beatificación del monje maronita libanés, Namtala El
Hardini, maestro espiritual de San Charbel. El próximo 10 de mayo de 1998, Su
Santidad el Papa Juan Pablo II, con la participación de nuestro Patriarca el
Cardenal Nasrala Butros Sfeir, sus obispos y una multitud de libaneses
residentes en el Líbano y en los países de emigración, presidirá una solemne e
imponente ceremonia religiosa en la Basílica de San Pedro a Roma, para proclamar
Beato al monje que será otra gloria del Líbano y nuevo protector de la Iglesia
Maronita. Sería muy deseable integrar la Delegación argentina para participar de
este singular evento.
Una breve reseña de su vida y
una resumida reflexión sobre su espiritualidad pondrán fin a esta Carta
Pastoral, transmitiendo a los destinatarios un claro mensaje de santidad y una
luz que les guiará en los caminos de la perfección.
Vida del beato.
El cuarto hijo de una familia
compuesta de cuatro varones y dos niñas, Yusef, hijo de Mariam Raad y Jorge
Kassab, nació el año 1808 en Hardin, aldea maronita de la región de Batrun, al
Norte del Líbano. Asef, el hermano mayor de Yusef y María su hermana menor
contrajeron un fecundo matrimonio y sus descendientes continúan fieles a las
santas tradiciones de nuestra familia tradicional. Antonio el segundo hijo de la
familia fue sacerdote casado, como es común en las iglesias orientales que
conservan la tradición de permitir que hombres casados puedan acceder al
sacerdocio, manteniendo normalmente su vida conyugal. Elías, el tercer hijo de
la familia, siguió la vida monástica en la misma Orden Libanesa con el nombre de
Eliseo y abrazó la vida eremítica durante 46 años, hasta su muerte. Msihieh
(Cristina), la quinta hija, consagró su alma a Dios, como monja de clausura en
el convento de Hrash, de la Orden de las monjas libanesas de San Juan Bautista..
Como constatamos, el pequeño
Yusef, pasó su niñez en este sagrado ambiente, respirando el aire puro de la
santidad. Su padre observando en su hijo una inclinación al estudio le mandó a
una escuela del monasterio de Hub, no lejos de su aldea natal, donde pudo
desarrollar su capacidad intelectual, recibiendo una elevada educación cívica y
religiosa que abrió para él el camino de la perfección y terminó abrazando vida
monástica en la Orden de los Monjes Libaneses, a la edad de 20 años.
Apenas entraba al convento,
recibió el hábito religioso y terminados los dos años de noviciado en el
monasterio de San Antonio de Qozhaia, hizo su profesión solemne en 1830, tomando
el nombre de Namtala (gracia de Dios). Cursó exitosamente sus estudios
filosóficos y teológicos en el convento de San Cipriano de Kfifan y se ordenó
sacerdote a los 25 años de edad, en 1833. Tomando en cuenta su capacidad
intelectual y su profunda espiritualidad, sus superiores lo destinaron a ocupar
cargos de mucha responsabilidad en el campo de la enseñanza y de la
administración y le confiaron posteriormente la dirección de los seminaristas de
la Orden en Kfifan para prepararlos al sacerdocio. Fue un gran educador y formó
monjes santos y sacerdotes bien doctos, abiertos a la ciencia humanística y
sagrada. Mismo dedicado a tareas intelectuales, el P. Namtala nunca dejó de
ejercer trabajos manuales humildes ni de cumplir las obligaciones del ministerio
sacerdotal en le campo de la pastoral y de la evangelización.
En tres ocasiones fue elegido
asistente general de su Orden, cargo de mucha responsabilidad, que exige
sagacidad intelectual y habilidad espiritual. Mismo muy atareado, encontraba el
tiempo para el trabajo manual y la enseñanza de la teología a los seminaristas
en el monasterio de Kfifan. En diciembre 1858 cuando se encontraba en este
monasterio, le atacó una fuerte pleuresía en pleno invierno . Todos los remedios
recetados por los médicos de la época resultaron inútiles y en diez días,
después de agudas crisis, y solo cuando tenía 50 años de edad, entregó su alma
al Creador, en la presencia de su fiel discípulo San Charbel Majluf. Antes de
expirar, se levantó del lecho con mucho esfuerzo y mirando a la imagen de la
Virgen, exclamó : “ ¡Oh, María, os confío mi alma”, tal como exclamó Cristo en a
Cruz .”Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Y diciendo esto expiró. (Lc
23, 46)
La espiritualidad del Hardini
Con solo contemplar esta
página que resume la vida del monje Namtala, ya podemos vislumbrar el panorama
de su santidad. Para ser santo no hace falta realizar obras grandiosas; pero sí,
es necesario amar a Dios y hacer todo en la vida con amor. Esta quizás es la
síntesis de la vida del monje El Hardini.
Desde pequeño aprendió a amar
a Dios. Todo a su alrededor lo invitaba a este amor : Sus padres por su bondad,
por su vida ejemplar y por los enormes sacrificios que desplegaron para
proporcionarle, a él y a sus hermanos, una sana y sólida educación, humana y
cristiana, eran motivo para continuamente agradecer en su figura, la bondad de
Dios y exaltar los designios de su providencia. Sus hermanos, por el ejemplo de
su vida espiritual lo incentivaban a valorar la vida religiosa y a tomar en
serio la consagración total al servicio del Señor y del prójimo.
Abrazando la vida monacal, El
Hardini cruzó en el camino con maestros de espiritualidad que, quizás no tenían
muchos estudios universitarios, pero sí, una sabiduría humana iluminada por la
luz del Espíritu Santo. Le educaron dentro del espíritu riguroso de la santa
Regla de San Antonio Abad, le indicaron el camino que conduce a la perfección y
lo ayudaron a encontrar la paz interior mediante la oración y la contemplación.
Su contacto con los jóvenes seminaristas que buscaban con su docilidad los
ideales por los cuales dejaron el mundo y consagraron toda su vida para
alcanzarlos, le permitió conservar siempre un espíritu joven y una apertura
total hacia el Espíritu Santo que actúa permanentemente en la Iglesia para que
en ella se realice la tarea de la evangelización, conforme la evolución guiada
por Dios, y en beneficio de la humanidad conducida por los designios divinos. El
monje Namtala buscó la verdad con toda su alma, convencido que el único que se
identifica con ella es Dios, camino, verdad y vida.
Dedicado al trabajo, jamás
conoció la ociosidad y siempre llenaba el tiempo en diversas actividades
manuales e intelectuales, consagrando largas horas para la oración y la
contemplación. Sin poseer un espíritu profético que prevenía su muerte prematura
, él sabía que la vida es corta , por más años que viva el hombre. Por eso nunca
se le ocurrió perder el tiempo en cosas superfluas, al margen de su vocación
espiritual.
Toda la santidad del “santo
de Kfifan”, como lo llamaban sus admiradores, se resumiría en un ardiente amor a
la Eucaristía y en la fiel devoción a la Virgen María, como será su discípulo
Charbel. El Misterio de la Inmaculada Concepción, todavía no definido como
dogma, era el centro del culto marial para el P. Namtala. El libro de “Las
Glorias de María”, de San Alfonso de Ligori era su libro preferido. La Virgen lo
recompensó llamándolo al Cielo en la semana dedicada a la fiesta de la
Inmaculada Concepción, recién establecida después de la definición del dogma por
Pio IX, en 1854, a 4 años de la muerte del Beato. Esta espiritualidad
mariano-eucarística es muy propia de la Iglesia maronita que venera
profundamente la presencia de Cristo en la Eucaristía y siempre dedicó un amor
tierno a María, confiando ciegamente en su protección y promoviendo intensamente
su devoción a nivel popular.
Conclusión
Queridos y amados hermanos,
en Cristo, después de haber recorrido, con la mayor brevedad posible, el camino
histórico y místico de la santidad en nuestra Iglesia maronita, les invito a
bien valorar en su vida particular, familiar y comunitaria, el acerbo espiritual
de nuestros ancestros, un tesoro precioso donde encontramos una impronta bien
definida de nuestra identidad espiritual, marcadamente monacal. El pueblo
maronita nació a la sombra de los conventos de los discípulos de San Marón. En
cualquier parte del mundo nuestros hijos llevan en su sangre esta identidad
propia. Muy allegados a las iglesias y a los conventos, en ellos hallan los
centros de irradiación espiritual y una respuesta a sus anhelos místicos de
encontrar a Dios, en la soledad y en el recogimiento, abiertos a la luz del
Espíritu Santo que actúa en ellos para que sean “como la sal para el alimento,
la levadura para la masa, y la luz que ilumina a todos los que están en la casa”
(Mt 4, 13; 13, 33).
El Papa Juan Pablo II en la
“Exhortación Apostólica”, documento clausurando las Actas del Sínodo por el
Líbano, dice algo muy sugestivo: “Deseo que la vida monástica recupere el lugar
que le corresponda, y me alegro de constatar que en algunas órdenes religiosas
existe, hoy, el deseo sincero de reanudar con sus tradiciones auténticas y
volver a los valores monásticos tradicionales , haciendo recordar, así, a todos
los hombres, la importancia de la oración, de la liturgia, de la “lectio
divina”, de la ascética, del servicio y de la vida comunitaria. Estos elementos
son llamados ”las armas espirituales” poderosas, indispensables en la lucha por
la perfección” (Exh. Apost, 56) .
Es de mucho regocijo y de
profundo sentido providencial, constatar que en el espacio de los 30 últimos
años, nuestra Iglesia maronita en el Líbano, haya tenido la beatificación (1965)
y la canonización(1977) del monje ermitaño Charbel Majluf, la beatificación de
Rafka el Rayes en 1985 y e este año a Namtala Kassab El Hardini, los tres son
monjes libaneses maronitas, vigorosos pilares morales y luminosos astros de la
Iglesia en el Líbano.
Estimados amigos, lo
importante no es tener estos santos para gloriarse de su fama mundial, como
estrellas de santidad, lo que sería un egoísmo comunitario. Lo más importante es
esforzarse en imitar las virtudes de nuestros santos, no necesariamente copiando
su modelo de vida, sino, más bien, aplicando en nuestra conducta, según el
estado propia de cada uno, su genuina espiritualidad para alcanzar la perfección
y la santidad.
Llamado del pastor
Ahora, hermanos, siguiendo el
ejemplo del Apóstol San Pablo, en su segunda Carta a los Corintios, me permito
hacer un llamado a su generosidad, no es una orden, : “solamente quiero que
manifiesten la sinceridad de su amor , mediante la solicitud por los demás. Ya
conocen la generosidad de Nuestro Señor Jesucristo que, siendo rico , se hizo
pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza.” (2Cor 8, 8-9). Todos
ustedes saben las desgracias de la última guerra cruel que asoló nuestro querido
Líbano y dejó nuestro pueblo en una situación de pobreza clamorosa. Muchos de
nuestros hermanos tuvieron que emigrar a regiones lejanas, para buscar vivir con
dignidad, dejando el suelo patrio vacío, con todo lo que esto puede significar
en un futuro lejano. No faltan conocidas dificultades, sufrimientos de familias,
miedo por un digno futuro para los jóvenes...”Está de más que les escriba acerca
de este servicio caritativo en favor de los hermanos (del Líbano), porque
conozco la buena disposición de ustedes” (2Cor 8, 1).
“Sepan, que el que siembra
mezquinamente, tendrá una cosecha muy pobre, en cambio, el que siembra con
generosidad, cosechará abundantemente. Que cada uno dé conforme a lo que ha
resuelto en su corazón, no de mala gana o por la fuerza, porque Dios ama al que
da con alegría. Por otra parte El tiene poder para colmarlos de sus dones, a fin
de que siempre tengan lo que les hace falta, y aún les sobra para hacer toda
clase de buenas obras.” ( 2Cor 8, 6-8)
Así , hermanos, les pido el
favor de enviar sus donaciones generosas y voluntarias, al Obispo maronita o a
los padres de la Misión Libanesa Maronita, sita en Paraguay 834, capital
federal, sede actual de la Eparquía San Charbel de los maronitas. Sus dádivas
serán remitidas a la organización de “Caritas del Líbano” que recientemente nos
envió un pedido, solicitando encarecidamente su ayuda y colaboración.
Despedida
Por último, al desearles
felices Pascuas de Resurrección, les solicito de recordar las exhortaciones de
nuestro Papa y de nuestro Patriarca , manifestadas en sus Cartas Pastorales de
Cuaresma , pidiéndonos a obrar, cada uno según su estado, todos conforme les
inspira el Espíritu Santo y siempre bajo la sabia autoridad de la Iglesia, para
que se realice “ la nueva esperanza” para el Líbano y para la humanidad en su
caminar hacia el gran Jubileo del 2000, Jubileo de la venida de Cristo “ luz del
mundo” a la tierra para que “ quien lo siga no ande en tinieblas, sino que él
tendrá la luz de la vida “ (Jn 8, 12).
Que el amor de Dios Padre, la
gracia del Señor Jesucristo, y la comunión del Espíritu Santo permanezcan con
todos ustedes. (2Cor 13, 13)
Buenos Aires, Pascua de Resurrección, 1998
Mons. Charbel
Merhi,
obispo
maronita |