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EL
JUBILO DE LOS MARONITAS
Tercer carta
pastoral de monseñor Charbel Merhi, obispo maronita
(mayo de 2001)
“Mi alma canta la
grandeza del Señor
Y mi Espíritu se estremece de gozo en
Dios mi Salvador” (Lc, 46-47)
Saludo
Al inicio del nuevo milenio y
el comienzo del nuevo siglo, le complace al pastor dirigirse a su “pequeño
rebaño”, para expresarle su afecto cordial y manifestarle la efusiva alegría que
siente en su corazón de poder estar en su cercanía. Doy gracias a Dios por la
generosidad de sus dones y por el inmenso amor que tiene para cada uno de
ustedes, queridos hermanos de la colectividad libanesa y comunidad maronita y
todos los amigos que comparten con nosotros el suelo argentino.
Muchos son los motivos que
aumentan nuestro júbilo en este primer año del siglo y que nos urgen a
manifestar humildemente nuestra gratitud por la bondad de nuestro Dios: La
canonización de una santa es un acontecimiento eclesial de marco universal; la
primera visita de un Patriarca a su grey es causa de alegría y de euforia para
todo el rebaño; celebrar la gran fiesta de la dedicación de un Templo sagrado,
después de 100 años de continua expectativa, es algo impresionante y emotivo.
Todos estos eventos concentran nuestra atención y nos llenan de júbilo y de gozo
I. CANONIZACIÓN DE SANTA RAFKA
Rafka, monja de la “Orden Libanesa Maronita de San Antonio”, fue beatificada por
el Papa Juan Pablo II, el 17 de diciembre de 1985. El 10 de junio de 2001 ella
será proclamada santa por el mismo Sumo Pontífice..
Hija de un país que lleva la
misión del sufrimiento por razones de guerras y opresiones, Rafka no ignoraba
que su tierra, al mismo tiempo, cargaba con un glorioso acervo histórico y
cultural, célebre por sus bellezas naturales y cantada con admiración más de 60
veces en la Biblia. El Líbano, en tiempo de Rafka era dominado por los turcos
pero conservaba en sus montañas una población libre y profundamente cristiana.
Damos a continuación un
resumen de su vida para el beneficio espiritual de los destinatarios de nuestra
carta.
Infancia de Rafia
Rafka (Rebeca), nació en
Hemlaya, a pocos kilómetros de Beirut, el año 1832. Su nombre de bautismo era
“Butrosíe” (Petra). Fiel hija de la Iglesia maronita, que siempre fue unida a
Roma, alimentó una espiritualidad profundamente impregnada del amor a la Virgen
y a la Eucaristía. Antes de morir, ella contó la historia de su niñez donde
podemos discernir la voz de la providencia divina que la destinaba a la
santidad: “No hay en mi vida nada importante que merezca ser mencionado. Cuando
tenía 7 años mi madre murió y mi padre se casó de nuevo”. La infancia de
Butrosíe fue marcada por el vacío que dejó la madre y nunca pudo llenarlo la
madrastra. “Cuando llegué a la edad de 14 años mi madrastra quiso arreglar mi
casamiento con su hermano y mi tía materna quería que lo hiciera con su hijo. Un
día, cuando volvía de la fuente con un cántaro lleno de agua, oí una discusión
áspera entre mi tía y madrastra, acerca de mi casamiento, lo que me dolió
profundamente. Abrumada por el dolor y la tristeza, pedí a Dios que me librara
de estos malos pasos. Rápidamente me vino la idea de hacerme religiosa y me
dirigí al convento de Ntra. Sra. De la Liberación en Bekfaya”. Este convento
pertenecía a las religiosas “mariamat” (Hijas de María), conocidas popularmente
como “Jesuitas.” La decisión de entrar en el convento no era un acto
irresponsable causado por la frustración en el casamiento, sino un verdadero
deseo que muchas jóvenes maronitas tienen a su edad.
Rafka decide seguir la vida religiosa
Butrosíe abandonó la casa
paterna cuando fue mayor de edad. “Por la calle me encontré con tres muchachas a
las cuales dije: voy al convento, ¿quieren seguirme?. Dos de ellas aceptaron y
la otra dijo que iría si yo perseveraba en la vida religiosa. Nos dirigimos las
tres al convento y cuando entré en la Iglesia sentí una gran alegría interior y
mirando la imagen de la Virgen, escuché como una voz íntima que me decía: tú
serás religiosa.
Cuando entramos en el
locutorio del convento, la superiora me dijo: seas bienvenida, me tomó de la
mano y me introdujo en el convento. A las dos otras muchachas dijo: vuelvan más
tarde y serán recibidas. Me sorprendió la actitud de la superiora y procuré ver
en esto la intercesión de la Virgen del Socorro que vi en la Iglesia.
Cuando mi padre supo que
abandoné la casa para entrar en el convento, vino con mi madrastra para llevarme
de vuelta. La maestra de novicias me avisó que mi padre y mi madre venían para
llevarme de vuelta, yo le dije: preferiría que me llevara mi madre antes que
salir del convento. La maestra, sorprendida por la respuesta, pidió explicación
y yo respondí: Mi madre está muerta y la mujer que acompaña mi padre es su
esposa.”
No es necesaria mucha
imaginación para sentir que Butrosíe no armonizaba con su madrastra y que
extrañaba mucho a su madre.. La santa fue tajante en su decisión y pidió a la
maestra de dispensarla de verlos, lo que ella aceptó y el padre y su esposa
volvieron tristes a su casa. Sería fácil ver en esto la fuerza de lo que dijo
Cristo: ” El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás no sirve para
el Reino de Dios” (Lc. 9, 62). En la vida de Rafka, la fuerza del alma,
fortificada por la gracia, la lleva al heroísmo, en su nivel más alto. No es
tampoco una casualidad la íntima relación que existe entre la vida de la Santa
con la vida de San Charbel.. Ambos vivían en la misma época de la opresión turca
y pertenecían a la misma Iglesia maronita y a la misma Orden Religiosa. San
Charbel perdió a su padre cuando era pequeño y entró al convento sin el
consentimiento de su madre y de su tío. Cuando ellos fueron al convento para
forzarlo a volver a su casa, reprochándole la manera, poco usual, de dejarlos
sin despedirse de ellos, el santo tuvo la respuesta firme y respetuosa, como la
del Maestro Jesús que respondía a José y María cuando lo perdieron y lo
encontraron en el templo: “¿Porqué me buscaban?. ¿No sabían que debo ocuparme de
los asuntos de mi Padre?”. San Lucas añade, ellos no entendieron lo que les
decía (Lc. 2, 49)
La vocación religiosa es una
llamada de Dios que pide coraje al que la sigue y exige desprendimiento de las
familias que la facilitan. Muchos no comprenden tal pensamiento pero este tiene
su explicación a la luz de la fe.
Primeros pasos en La vida del
convento
Las religiosas “mariamitas”,
han sido fundadas en 1853 por el P. José Gemayel, Con la finalidad de dedicarse
a la educación femenina. El 9 de febrero de 1855, fiesta de San Marón, Butrosíe
entró en el noviciado en el convento de Ghazir y al año siguiente obtuvo sus
votos temporarios, tomando el nombre de Anisa (Inés). Sor Inés, ya monja, se
encargó de la cocina en el Seminario Oriental de Ghazir, dirigido entonces por
los Padres Jesuitas y también estudiaba para poder ser docente.
En 1860 actuó con los Padres
de la Compañía de Jesús, en Deir el Kamar, en tiempo de los acontecimientos
trágicos, conocidos en el Líbano como “la masacre de Deir el Kamar”. La mitad
del país sufrió los horrrores de la violencia que en menos de 2 meses, causó
7.771 víctimas entre los maronitas, destruyendo 360 poblaciones, 560 iglesias,
28 escuelas y 42 conventos.
Durante la persecución, casi
todas las hermanas, “Hijas de María”, se refugiaron en Deir el Kamar, donde “la
sangre corría por las calles como el agua”. De esta tragedia humana, Sor Inés
cuenta un episodio terrible: “Un día cuando andaba por la ciudad, vi a unos
soldados persiguiendo a un chico para degollarlo; cuando me vio corrió hacia mí
y lo escondí entre mis vestidos y lo salvé de su barbarie”. Para poner en
seguridad a los niños de la escuela, los jesuitas los vestían con ropa de chicas
y los alojaban en las aulas, porque los perseguidores no mataban en general a
mujeres.
Dos años después, la hermana
Inés fue transferida a Jbeil (Biblos), donde quedó un año y pasó a Maad,
población del mismo distrito, a pedido de un notable llamado Antun Isa. Allí
junto a una colega abrió una escuela que llegó a abrigar a 60 chicas. Ambas
religiosas permanecieron en esta escuela 7 años. La hermana Inés se ocupaba de
la catequesis en el modesto pueblo y su apostolado era muy fecundo. Según el
testimonio de una alumna que estudió con ella los 7 años, “era humilde y mansa:
no pegaba a las alumnas y les trataba con mucha dulzura, usando métodos para la
persuasión. No alzaba nunca la voz y, era siempre serena y tranquila. Enseñaba
con sencillez y eficacia la doctrina cristiana”. Las alumnas eran muy apegadas a
la maestra y los padres felices de confiar a sus hijas a una docente con corazón
de madre.
Monja de clausura
En 1871 el convento de las
hijas de María “mariamat”, atravesó una crisis que llevó a los jesuitas a unirlo
a otro, igualmente dependiendo de ellos. La medida no resultó la más adecuada y
las dos congregaciones fueron disueltas. Ante esta situación, Sor Inés tuvo que
elegir entre volver al mundo o entrar en otra Congregación. Perpleja e inquieta,
entró en la iglesia de San Jorge en Maad (Región de Biblos) y rezó durante mucho
tiempo. Mientras rezaba, quedó dormida y tuvo un sueño “sentí una mano invisible
tocarme las espaldas y una voz que no sé de donde venía decirme, tú, te harás
religiosa. Me desperté y estaba sola en la iglesia. Regresé a casa y me encontré
con Antun Isa y le expuse lo que sucedió a las religiosas que dependían de los
jesuitas. Ahora me queda entrar en la “Orden Libanesa Maronita de San Antonio”.
Al piadoso Antun Isa le sentó
mal la situación e intentó convencer a la hermana Inés de quedarse en su casa
hasta el fin del año para continuar con la escuela, pensando dejar para ella, en
herencia, terrenos, inmuebles y dinero suficientes para quitarle toda
preocupación. ”Dándole las gracias por su bondad, rechacé seguir su consejo,
prefería ante todo, entrar al convento”. Percibiendo la firmeza del propósito de
la religiosa, Antun la ayudó a entrar en la Orden mencionada, pagando el importe
de la “dote” necesaria, como era la costumbre de la época, y escribiendo al
Superior General de la Orden de los Monjes Libaneses Maronitas, de la cual era
rama la Orden femenina, para facilitar su admisión en dicha Institución monacal
de clausura.
El 12 de julio de 1871, a los
39 años, Sor Inés comenzó todo de nuevo. Dos años después realizó la profesión
solemne de los votos perpetuos de pobreza, castidad y obediencia. El nuevo
nombre religioso que eligió la santa fue, y para siempre, el de su inolvidable
madre: Rafka (Rebeca). Así Rafka acababa de consagrarse a Dios en el monasterio
de san Simón (el Estilita) de Al-Karn, en Aitu, al norte del Líbano, pasando de
la vida activa del apostolado en las aldeas, a la vida contemplativa, dentro del
claustro del convento.
El gran público tiene,
quizás, una idea vaga de la vida de clausura, imaginándola monótona y oprimente
o como una huida de las responsabilidades sociales, una vida inútil y perdida.
Quien así encara la vida de las monjas de clausura, ignora el dinamismo del
Espíritu Santo y carece de una visión sobrenatural acerca de la vida espiritual.
Quien entra en un monasterio, entra efectivamente a otro mundo, que se debe
mirar, como dice San Agustín, con el ojo interior de la fe.
Rafka sigue la locura de la Cruz
Después de vivir 14 años en
el monasterio de San Simón, gozando de perfecta salud, Rafka, que era un ejemplo
vivo de santidad, en la fidelidad a las Reglas y al espíritu de oración y
silencio, sintió un día una llamada extraña a la vida del heroísmo. Era la voz
del Espíritu Santo que la conducía a abrazar la “locura de la Cruz”, asumida por
Cristo y admirada por San Pablo. En 1885, “las monjas de san Simón salieron, un
día, a dar un paseo; era el Domingo del Rosario: yo no salí y entré en la
iglesia y comencé a rezar. Viendo que jamás había estado enferma en mi vida, le
rogué a Dios así: ¿Porqué, Dios mío, te alejas de mí y no me visitas con la
enfermedad, quizás me has abandonado?”
La respuesta del señor no
tardó. La noche siguiente al extraño pedido, “noté un dolor violentísimo
extenderse sobre mis ojos y así llegué al estado en que me ven –contaba Rafka a
su superiora– y porque yo misma he pedido la enfermedad, no me puedo permitir ni
quejarme, ni murmurar”. Si el pedido de Rafka era una locura, fue la “locura de
la Cruz”, según opina San Pablo, porque “la locura de Dios es más sabia que la
sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fortaleza
de los hombres”. (1Cor. 1, 18, 25)
Las autoridades procuraron
salvar la vista de Rafka, consultando varios médicos y por fin contrataron a un
médico americano que la sometió a una dura operación que resultó fatal. Poco a
poco la escasa visibilidad que tenía en uno de los ojos se redujo
considerablemente hasta que la santa llegó a la ceguera completa, con
hemorragias crónicas acompañadas de intensos dolores. Durante casi 30 años Rafka
cargó la cruz del dolor y de la ceguera, limitándose a repetir: ” En comunión
con la Pasión de Cristo”. Las hermanas y los vecinos quedaron complacidas por su
inalterable serenidad y por la delicadeza de sus sentimientos. En íntimas
conversaciones espirituales, los consejos de la santa eran escuchados con
respeto y admiración. Un teólogo que escribió volúmenes de vida de santos,
confesaba, clavado en el lecho del dolor: “una cosa es hablar de la cruz, y otra
es estar en la cruz.”
Rafka clavada al lecho del dolor
Rafka permaneció en el
convento de San Simón durante 26 años. En 1897, cuando estaba en la víspera de
su ceguera total, las autoridades la trasladaron al nuevo convento de San José
de Jrabta, en Batrun, al norte del Líbano. Dos años después de este traslado, la
sufrida monja perdió la última chispa de luz en sus ojos y nunca pudo contemplar
las bellezas naturales que rodeaban al convento. Además, en este lugar ella
recibió otra “visita” de Dios que la clavó definitivamente a la Cruz de Cristo:
La Superiora, Sor Ursula,
cuenta que, hacia el año 1907, Rafka le hizo esta confidencia: ” Siento un dolor
en las piernas, como si me penetrasen puntas de lanza, y un dolor en los dedos
de los pies, como si me los arrancasen”. Su cuerpo delicado se reducía cada vez
menos, permaneciendo vivo y brillante el color del rostro, con restos de antigua
belleza. Comenzó una ininterrumpida letanía de dolores y una secuencia de
padecimientos terribles que la acompañaron hasta su muerte. La santa era una
piedra inmóvil, altar y sacrificio a la vez. Sería superfluo detallar la
descripción de sus sufrimientos que le causaban las últimas etapas de su
enfermedad. Con palabras sencillas la monja quedó paralizada. Tuvo intactos
solamente el cerebro, la lengua, el oído y las articulaciones del pulso y de los
dedos, mientras continuaban los dolores de la cabeza y las hemorragias de la
nariz.
Rafka afrontó heroicamente la
tempestad del dolor y de los continuos sufrimientos, con la firmeza de la
voluntad, repitiendo con San Pablo: “Yo estoy crucificada con Cristo, y ya no
vivo yo, sino que Cristo vive en mí”. (Gal. 2, 20) A pesar de todo, ella no
aceptaba la dispensa de sus obligaciones y ante la insistencia de la superiora
ella respondía con una pizca de humor y de serena tranquilidad que contrastaba
con su delicada situación. Así, cuando la superiora le exhortaba a cerrar bien
la puerta para no sentir el frío, la monja decía: “cuando Cristo estaba acostado
sobre la paja, en la gruta de Belén, ¿Había, acaso, alguna puerta que impidiese
que el viento viniese hacia El?. Y cuando otra vez, la misma Superiora Ursula
insistía para que la visitase el médico, Rafka respondía bromeando: “No insista
tanto, por favor, mi cuerpo está desarticulado y el médico no tiene tornillos
para encajarlo”, y agregaba seriamente: “mi médico es Dios” ¡Que ejemplo de
paciencia daba a sus hermanas y a su Superiora!
El adiós a la tierra
Tres días antes de morir,
Rafka tuvo dificultad de hablar, sin embargo, no perdió la tranquilidad: “no
tengo miedo a la muerte, que espero desde hace tiempo. Dios me hará vivir por
medio de ella”. Acercando la hora, ella recibió los santos Sacramentos con plena
lucidez y con el jubilo propio de los santos. Al amanecer del 23 de octubre, de
1914, pidió el viático y mientras tenía voz, no paraba de repetir: “Jesús, José
y María, les doy el corazón y el alma”. Cuando no pudo más hablar hizo a la
Superiora la señal convenida de recibir la última absolución y la indulgencia
plenaria. Cuatro minutos más tarde expiró. Dulcemente. Su rostro aparecía
relajado, apacible, casi radiante. El último favor que recibió del Señor es de
haber cerrado los ojos antes de tener otra “visita de Dios”, que fueron los
horrores de la guerra de 1914 que diezmaron a la población del Líbano
Quería, a través de esta
descripción dolorosa de los diferentes episodios que martirizaron la vida de
Rafka, simplemente que los destinatarios de esta Carta tengan una valorización
del misterio de la Cruz; para que aquellos que sufren puedan aprovechar
espiritualmente el dolor, imitando el ejemplo de Rafka; y para que aquellos que
padecen sufrimientos y enfermedades acudan a la intercesión de la santa para que
alivie sus dolores, sane sus enfermedades y conceda, en medio de la
desesperación, la resignación y la apacible tranquilidad.
II - VISITA DEL CARDENAL NASRALA BUTROS SFEIR
Patriarca maronita de Antioquia y de todo el Oriente
La comunidad maronita en
Argentina está convocada a preparar con dignidad la primera visita pastoral del
Pastor universal de su Iglesia, Su Eminencia el Cardenal Nasrala Butros Sfeir,
Patriarca de Antioquía y de todo el Oriente. Es un momento de gracia que nuestro
Pastor visite su grey desparramada en todo el territorio nacional. En su visita,
su Beatitud el Patriarca Nasrala estará en contacto no solamente con la
comunidad maronita, sino también con la colectividad Libanesa en general y las
demás comunidades de nuestro querido Oriente y con la sociedad pluralista
argentina abierta a todas las culturas que conforman su rico acervo histórico.
El viene como mensajero de paz en nombre de todos los libaneses, porque su
autoridad moral es reconocida a nivel nacional y su presencia entre nosotros
confirmará lo que Juan Pablo II ha declarado con toda firmeza que el Líbano más
que una Nación es un mensaje. El nos hablará con coraje y transparencia sobre
los problemas del Líbano que es un capítulo clave en la compleja problemática
del Oriente Medio, transmitirá con firmeza a las autoridades civiles y
religiosas y a toda la opinión pública del país, lo que representa el Líbano
para el mundo, siendo una nación pluralista, modelo único de convivencia
pacífica entre las comunidades islámicas y cristianas que conforman su pequeño
territorio de 10.452 Km2 y que luchan para construir una nación unida, libre,
democrática y pacificadora, en medio de una región impregnada de inaudita
violencia, fruto de la intolerancia, de la injusticia y de la complejidad de los
intereses políticos del mundo globalizado de hoy.
Además, su Beatitud tendrá
una actividad intensa en los pocos días de su permanencia entre nosotros, ya que
él visitará a las Parroquias maronitas de Tucumán, Mendoza, la Provincia de
Buenos Aires y de la Capital Federal donde presidirá los actos de la
inauguración de la nueva Iglesia San Marón y de los festejos de 100 años de la
presencia en Argentina de la Misión Libanesa Maronita y del Colegio San Marón.
Me permito en este mensaje,
dar una breve idea histórica del Patriarcado Maronita en sí y después del
Patriarca Sfeir que nos visitará:
El Patriarcado Maronita y el Líbano
Los maronitas son los
cristianos católicos orientales que deben su nombre a San Marón, insigne varón
que vivió en la segunda mitad del cuarto siglo y murió al principio del quinto
en el territorio de la actual Siria.. Nunca pensó fundar una comunidad propia ni
organizar una Iglesia aparte. Simplemente consagró su vida a Dios en la oración
y la práctica del ayuno y la mortificación, buscando la soledad para estar en
contacto íntimo con Dios. Todo esto lo hizo dentro de un marco eminentemente
evangélico y bajo la autoridad legítima del Patriarcado de Antioquía. Numerosos
jóvenes atraídos por sus virtudes, siguieron su ejemplo, continuaron su
apostolado y adoptaron su espiritualidad. Estos fueron llamados discípulos de
San Marón y fundaron un convento en las fronteras del actual Líbano. Este
convento congregó a muchos monjes y fue centro de una eminente irradiación
espiritual que dio origen a la comunidad maronita que se caracterizó en la
defensa de los valores del Evangelio y de la doctrina católica de los concilios
ecuménicos.
Esta comunidad que siguió la
orientación religiosa de San Marón y de sus discípulos, formó el núcleo de la
Iglesia Maronita. En el Siglo VII cuando la expansión islámica árabe conquistó
la región de Siria, los maronitas para conservar su libertad religiosa, como
comunidad cristiana católica, procuraron refugio en las montañas del Líbano,
bajo el liderazgo de San Juan Marón, uno de los monjes discípulos de san Marón.
Este fue reconocido por el papa de Roma como Patriarca de Antioquía y de todo el
Oriente, cuando la ciudad de Antioquía fue ocupada por los árabes y ya no podía
tener su patriarca. Desde la mitad del siglo VII hasta hoy sucedieron a Juan
Marón 76 patriarcas que poco a poco organizaron la Iglesia Maronita en el
Líbano. El Patriarca siempre lleva junto a su nombre propio el nombre de Pedro,
como símbolo de unión con San Pedro Apóstol, el primer obispo de Antioquía y más
tarde, primer obispo de Roma y papa de la Iglesia universal de Cristo.
La Iglesia maronita, liderada
por santos Patriarcas y oprimida sucesivamente por los ocupantes de turno del
territorio del Líbano, consiguió sobrevivir en un ambiente adverso gracias a su
lucha a favor de la fe en Cristo y en beneficio del triunfo de la verdad sobre
la mentira y de la libertad sobre la opresión. Fueron los maronitas, junto a
otras comunidades religiosas, perseguidas en su tierra de origen y refugiadas en
el pequeño territorio libanés, quienes hicieron del Líbano un país de libertad y
transformaron sus terrenos áridos en verdes y fecundos vergeles. Su historia se
identificó con la historia del Líbano. No sería el Líbano único baluarte del
cristianismo en oriente sin los maronitas. “Toda la Siria, escribía Jaled, el
conquistador árabe, cayó como un camello, el Líbano solo quedó erguido”. Dios
solo sabe cuánta sangre derramó la nación maronita en estos 13 siglos de lucha
ininterrumpida para que el Líbano llegara a ser un país independiente, soberano
y libre.
El Patriarca Sfeir
Era necesario dar este marco
histórico para comprender la misión del Patriarca Nasrala Butros Sfeir que a
finales de setiembre o principios de noviembre de este año estaría visitando el
suelo argentino como alta dignidad espiritual y eminente figura nacional en el
país de los cedros.
- El Patriarca Sfeir nació en
el pueblo Raifun en el Líbano, el 15 de mayo de 1920, tres días antes del
nacimiento del Papa Juan Pablo II en Polonia.
- Entró en el seminario
maronita de Ghazir, a pesar de la justificada oposición de sus padres, siendo el
hijo varón único entre 5 hermanas.
- Se graduó en filosofía y
teología en la Universidad de San José de los Jesuitas en Beirut.
- Ordenado sacerdote, el 7 de
mayo de 1950, fue nombrado inmediatamente párroco de su pueblo natal Raifun y al
mismo tiempo secretario de la Eparquía de Damasco, entonces, ( actual Eparquía
Patriarcal) de 1950 – 1956.
- Fue profesor de traducción
y de literatura y de historia de filosofía árabe, en el Colegio Marista de
Junieh, entre 1951 y 1961.
- El Patriarca Pablo Pedro
Meuchi lo nombró secretario del Patriarcado maronita de 1956 – 1961.
- Fue Ordenado obispo y
nombrado Vicario patriarcal, 16 de julio de 1961, cargo que ocupó junto a varios
otros cargos eclesiásticos hasta su elección como Patriarca.
- 19 de abril 1986 el Sínodo
de los Obispos maronitas, reunido en Bkerke, residencia oficial del Patriarcado
maronita, lo eligió Patriarca.
- El 27 de abril de 1986 fue
solemnemente entronizado como Patriarca de Antioquía y de todo el Oriente.
- Fue Creado Cardenal por el
Papa Juan Pablo II, 26 de noviembre 1994.
- Es Presidente de la
Asamblea de Patriarcas y Obispo católicos del Líbano desde su elección Patriarca
en 1986 hasta hoy y es desde 1991 miembro fundador de la Asamblea de los
Patriarcas Católicos del Oriente.
- A parte de este breve
“corriculum vitae”, él es miembro de varios organismos a nivel nacional e
internacional, autor de una prolífera actividad cultural, gran orador y
emprendedor de grandes obras sociales e institucionales que no es oportuno
enumerar en este documento pastoral.
Esta brillante trayectoria
eclesiástica junto a sus elevados valores espirituales y culturales interpreta
bien el éxito de su gestión al frente de la Iglesia maronita. Hasta el momento,
su manejo de los graves asuntos, a nivel administrativo, tanto eclesiástico como
civil, ha tenido un admirable impacto en todos los medios, así oficiales como
populares. Es el orientador sabio siempre luchador en medio de las dificultades.
Lo procuran políticos de cualquier orientación ideológica porque saben que es un
guía confiable, desinteresado, que vierte en sus consejos la promoción del bien
común, la defensa de los altos valores éticos y humanos y la defensa del pobre y
del oprimido. Su humildad es un imán que atrae tanto al pobre como al rico, al
humilde como al arrogante, al cristiano como al que no comparte su misma fe. Al
lado de su humildad posee una firmeza en la defensa de la libertad y de los
derechos del hombre y luce una conducta transparente que lo hace creíble en sus
posturas patrióticas, en favor de la justicia, en beneficio de la verdad y en
sus reclamos por la soberanía total del Líbano. Diríamos que es, en Oriente, el
reflejo de Juan Pablo II y en la Iglesia nos recuerda la imagen del Divino
Maestro quien inspira toda sus posturas y bendice todas sus actividades.
Buenos
Aires, mayo de 2001
Mons. Charbel
Merhi,
obispo
maronita |