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EL JUBILO DE LOS MARONITAS


Tercer
carta pastoral de monseñor Charbel Merhi, obispo maronita
(mayo de 2001)


“Mi alma canta la grandeza del Señor

Y mi Espíritu se estremece de gozo en Dios mi Salvador” (Lc, 46-47)


Saludo

Al inicio del nuevo milenio y el comienzo del nuevo siglo, le complace al pastor dirigirse a su “pequeño rebaño”, para expresarle su afecto cordial y manifestarle la efusiva alegría que siente en su corazón de poder estar en su cercanía. Doy gracias a Dios por la generosidad de sus dones y por el inmenso amor que tiene para cada uno de ustedes, queridos hermanos de la colectividad libanesa y comunidad maronita y todos los amigos que comparten con nosotros el suelo argentino.

Muchos son los motivos que aumentan nuestro júbilo en este primer año del siglo y que nos urgen a manifestar humildemente nuestra gratitud por la bondad de nuestro Dios: La canonización de una santa es un acontecimiento eclesial de marco universal; la primera visita de un Patriarca a su grey es causa de alegría y de euforia para todo el rebaño; celebrar la gran fiesta de la dedicación de un Templo sagrado, después de 100 años de continua expectativa, es algo impresionante y emotivo. Todos estos eventos concentran nuestra atención y nos llenan de júbilo y de gozo



I. CANONIZACIÓN DE SANTA RAFKA


Rafka, monja de la “Orden Libanesa Maronita de San Antonio”, fue beatificada por el Papa Juan Pablo II, el 17 de diciembre de 1985. El 10 de junio de 2001 ella será proclamada santa por el mismo Sumo Pontífice..

Hija de un país que lleva la misión del sufrimiento por razones de guerras y opresiones, Rafka no ignoraba que su tierra, al mismo tiempo, cargaba con un glorioso acervo histórico y cultural, célebre por sus bellezas naturales y cantada con admiración más de 60 veces en la Biblia. El Líbano, en tiempo de Rafka era dominado por los turcos pero conservaba en sus montañas una población libre y profundamente cristiana.

Damos a continuación un resumen de su vida para el beneficio espiritual de los destinatarios de nuestra carta.


Infancia de Rafia

Rafka (Rebeca), nació en Hemlaya, a pocos kilómetros de Beirut, el año 1832. Su nombre de bautismo era “Butrosíe” (Petra). Fiel hija de la Iglesia maronita, que siempre fue unida a Roma, alimentó una espiritualidad profundamente impregnada del amor a la Virgen y a la Eucaristía. Antes de morir, ella contó la historia de su niñez donde podemos discernir la voz de la providencia divina que la destinaba a la santidad: “No hay en mi vida nada importante que merezca ser mencionado. Cuando tenía 7 años mi madre murió y mi padre se casó de nuevo”. La infancia de Butrosíe fue marcada por el vacío que dejó la madre y nunca pudo llenarlo la madrastra. “Cuando llegué a la edad de 14 años mi madrastra quiso arreglar mi casamiento con su hermano y mi tía materna quería que lo hiciera con su hijo. Un día, cuando volvía de la fuente con un cántaro lleno de agua, oí una discusión áspera entre mi tía y madrastra, acerca de mi casamiento, lo que me dolió profundamente. Abrumada por el dolor y la tristeza, pedí a Dios que me librara de estos malos pasos. Rápidamente me vino la idea de hacerme religiosa y me dirigí al convento de Ntra. Sra. De la Liberación en Bekfaya”. Este convento pertenecía a las religiosas “mariamat” (Hijas de María), conocidas popularmente como “Jesuitas.” La decisión de entrar en el convento no era un acto irresponsable causado por la frustración en el casamiento, sino un verdadero deseo que muchas jóvenes maronitas tienen a su edad.


Rafka decide seguir la vida religiosa

Butrosíe abandonó la casa paterna cuando fue mayor de edad. “Por la calle me encontré con tres muchachas a las cuales dije: voy al convento, ¿quieren seguirme?. Dos de ellas aceptaron y la otra dijo que iría si yo perseveraba en la vida religiosa. Nos dirigimos las tres al convento y cuando entré en la Iglesia sentí una gran alegría interior y mirando la imagen de la Virgen, escuché como una voz íntima que me decía: tú serás religiosa.

Cuando entramos en el locutorio del convento, la superiora me dijo: seas bienvenida, me tomó de la mano y me introdujo en el convento. A las dos otras muchachas dijo: vuelvan más tarde y serán recibidas. Me sorprendió la actitud de la superiora y procuré ver en esto la intercesión de la Virgen del Socorro que vi en la Iglesia.

Cuando mi padre supo que abandoné la casa para entrar en el convento, vino con mi madrastra para llevarme de vuelta. La maestra de novicias me avisó que mi padre y mi madre venían para llevarme de vuelta, yo le dije: preferiría que me llevara mi madre antes que salir del convento. La maestra, sorprendida por la respuesta, pidió explicación y yo respondí: Mi madre está muerta y la mujer que acompaña mi padre es su esposa.”

No es necesaria mucha imaginación para sentir que Butrosíe no armonizaba con su madrastra y que extrañaba mucho a su madre.. La santa fue tajante en su decisión y pidió a la maestra de dispensarla de verlos, lo que ella aceptó y el padre y su esposa volvieron tristes a su casa. Sería fácil ver en esto la fuerza de lo que dijo Cristo: ” El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás no sirve para el Reino de Dios” (Lc. 9, 62). En la vida de Rafka, la fuerza del alma, fortificada por la gracia, la lleva al heroísmo, en su nivel más alto. No es tampoco una casualidad la íntima relación que existe entre la vida de la Santa con la vida de San Charbel.. Ambos vivían en la misma época de la opresión turca y pertenecían a la misma Iglesia maronita y a la misma Orden Religiosa. San Charbel perdió a su padre cuando era pequeño y entró al convento sin el consentimiento de su madre y de su tío. Cuando ellos fueron al convento para forzarlo a volver a su casa, reprochándole la manera, poco usual, de dejarlos sin despedirse de ellos, el santo tuvo la respuesta firme y respetuosa, como la del Maestro Jesús que respondía a José y María cuando lo perdieron y lo encontraron en el templo: “¿Porqué me buscaban?. ¿No sabían que debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?”. San Lucas añade, ellos no entendieron lo que les decía (Lc. 2, 49)

La vocación religiosa es una llamada de Dios que pide coraje al que la sigue y exige desprendimiento de las familias que la facilitan. Muchos no comprenden tal pensamiento pero este tiene su explicación a la luz de la fe.

Primeros pasos en La vida del convento

Las religiosas “mariamitas”, han sido fundadas en 1853 por el P. José Gemayel, Con la finalidad de dedicarse a la educación femenina. El 9 de febrero de 1855, fiesta de San Marón, Butrosíe entró en el noviciado en el convento de Ghazir y al año siguiente obtuvo sus votos temporarios, tomando el nombre de Anisa (Inés). Sor Inés, ya monja, se encargó de la cocina en el Seminario Oriental de Ghazir, dirigido entonces por los Padres Jesuitas y también estudiaba para poder ser docente.

En 1860 actuó con los Padres de la Compañía de Jesús, en Deir el Kamar, en tiempo de los acontecimientos trágicos, conocidos en el Líbano como “la masacre de Deir el Kamar”. La mitad del país sufrió los horrrores de la violencia que en menos de 2 meses, causó 7.771 víctimas entre los maronitas, destruyendo 360 poblaciones, 560 iglesias, 28 escuelas y 42 conventos.

Durante la persecución, casi todas las hermanas, “Hijas de María”, se refugiaron en Deir el Kamar, donde “la sangre corría por las calles como el agua”. De esta tragedia humana, Sor Inés cuenta un episodio terrible: “Un día cuando andaba por la ciudad, vi a unos soldados persiguiendo a un chico para degollarlo; cuando me vio corrió hacia mí y lo escondí entre mis vestidos y lo salvé de su barbarie”. Para poner en seguridad a los niños de la escuela, los jesuitas los vestían con ropa de chicas y los alojaban en las aulas, porque los perseguidores no mataban en general a mujeres.

Dos años después, la hermana Inés fue transferida a Jbeil (Biblos), donde quedó un año y pasó a Maad, población del mismo distrito, a pedido de un notable llamado Antun Isa. Allí junto a una colega abrió una escuela que llegó a abrigar a 60 chicas. Ambas religiosas permanecieron en esta escuela 7 años. La hermana Inés se ocupaba de la catequesis en el modesto pueblo y su apostolado era muy fecundo. Según el testimonio de una alumna que estudió con ella los 7 años, “era humilde y mansa: no pegaba a las alumnas y les trataba con mucha dulzura, usando métodos para la persuasión. No alzaba nunca la voz y, era siempre serena y tranquila. Enseñaba con sencillez y eficacia la doctrina cristiana”. Las alumnas eran muy apegadas a la maestra y los padres felices de confiar a sus hijas a una docente con corazón de madre.


Monja de clausura

En 1871 el convento de las hijas de María “mariamat”, atravesó una crisis que llevó a los jesuitas a unirlo a otro, igualmente dependiendo de ellos. La medida no resultó la más adecuada y las dos congregaciones fueron disueltas. Ante esta situación, Sor Inés tuvo que elegir entre volver al mundo o entrar en otra Congregación. Perpleja e inquieta, entró en la iglesia de San Jorge en Maad (Región de Biblos) y rezó durante mucho tiempo. Mientras rezaba, quedó dormida y tuvo un sueño “sentí una mano invisible tocarme las espaldas y una voz que no sé de donde venía decirme, tú, te harás religiosa. Me desperté y estaba sola en la iglesia. Regresé a casa y me encontré con Antun Isa y le expuse lo que sucedió a las religiosas que dependían de los jesuitas. Ahora me queda entrar en la “Orden Libanesa Maronita de San Antonio”.

Al piadoso Antun Isa le sentó mal la situación e intentó convencer a la hermana Inés de quedarse en su casa hasta el fin del año para continuar con la escuela, pensando dejar para ella, en herencia, terrenos, inmuebles y dinero suficientes para quitarle toda preocupación. ”Dándole las gracias por su bondad, rechacé seguir su consejo, prefería ante todo, entrar al convento”. Percibiendo la firmeza del propósito de la religiosa, Antun la ayudó a entrar en la Orden mencionada, pagando el importe de la “dote” necesaria, como era la costumbre de la época, y escribiendo al Superior General de la Orden de los Monjes Libaneses Maronitas, de la cual era rama la Orden femenina, para facilitar su admisión en dicha Institución monacal de clausura.

El 12 de julio de 1871, a los 39 años, Sor Inés comenzó todo de nuevo. Dos años después realizó la profesión solemne de los votos perpetuos de pobreza, castidad y obediencia. El nuevo nombre religioso que eligió la santa fue, y para siempre, el de su inolvidable madre: Rafka (Rebeca). Así Rafka acababa de consagrarse a Dios en el monasterio de san Simón (el Estilita) de Al-Karn, en Aitu, al norte del Líbano, pasando de la vida activa del apostolado en las aldeas, a la vida contemplativa, dentro del claustro del convento.

El gran público tiene, quizás, una idea vaga de la vida de clausura, imaginándola monótona y oprimente o como una huida de las responsabilidades sociales, una vida inútil y perdida. Quien así encara la vida de las monjas de clausura, ignora el dinamismo del Espíritu Santo y carece de una visión sobrenatural acerca de la vida espiritual. Quien entra en un monasterio, entra efectivamente a otro mundo, que se debe mirar, como dice San Agustín, con el ojo interior de la fe.


Rafka sigue la locura de la Cruz

Después de vivir 14 años en el monasterio de San Simón, gozando de perfecta salud, Rafka, que era un ejemplo vivo de santidad, en la fidelidad a las Reglas y al espíritu de oración y silencio, sintió un día una llamada extraña a la vida del heroísmo. Era la voz del Espíritu Santo que la conducía a abrazar la “locura de la Cruz”, asumida por Cristo y admirada por San Pablo. En 1885, “las monjas de san Simón salieron, un día, a dar un paseo; era el Domingo del Rosario: yo no salí y entré en la iglesia y comencé a rezar. Viendo que jamás había estado enferma en mi vida, le rogué a Dios así: ¿Porqué, Dios mío, te alejas de mí y no me visitas con la enfermedad, quizás me has abandonado?”

La respuesta del señor no tardó. La noche siguiente al extraño pedido, “noté un dolor violentísimo extenderse sobre mis ojos y así llegué al estado en que me ven –contaba Rafka a su superiora– y porque yo misma he pedido la enfermedad, no me puedo permitir ni quejarme, ni murmurar”. Si el pedido de Rafka era una locura, fue la “locura de la Cruz”, según opina San Pablo, porque “la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fortaleza de los hombres”. (1Cor. 1, 18, 25)

Las autoridades procuraron salvar la vista de Rafka, consultando varios médicos y por fin contrataron a un médico americano que la sometió a una dura operación que resultó fatal. Poco a poco la escasa visibilidad que tenía en uno de los ojos se redujo considerablemente hasta que la santa llegó a la ceguera completa, con hemorragias crónicas acompañadas de intensos dolores. Durante casi 30 años Rafka cargó la cruz del dolor y de la ceguera, limitándose a repetir: ” En comunión con la Pasión de Cristo”. Las hermanas y los vecinos quedaron complacidas por su inalterable serenidad y por la delicadeza de sus sentimientos. En íntimas conversaciones espirituales, los consejos de la santa eran escuchados con respeto y admiración. Un teólogo que escribió volúmenes de vida de santos, confesaba, clavado en el lecho del dolor: “una cosa es hablar de la cruz, y otra es estar en la cruz.”


Rafka clavada al lecho del dolor

Rafka permaneció en el convento de San Simón durante 26 años. En 1897, cuando estaba en la víspera de su ceguera total, las autoridades la trasladaron al nuevo convento de San José de Jrabta, en Batrun, al norte del Líbano. Dos años después de este traslado, la sufrida monja perdió la última chispa de luz en sus ojos y nunca pudo contemplar las bellezas naturales que rodeaban al convento. Además, en este lugar ella recibió otra “visita” de Dios que la clavó definitivamente a la Cruz de Cristo:

La Superiora, Sor Ursula, cuenta que, hacia el año 1907, Rafka le hizo esta confidencia: ” Siento un dolor en las piernas, como si me penetrasen puntas de lanza, y un dolor en los dedos de los pies, como si me los arrancasen”. Su cuerpo delicado se reducía cada vez menos, permaneciendo vivo y brillante el color del rostro, con restos de antigua belleza. Comenzó una ininterrumpida letanía de dolores y una secuencia de padecimientos terribles que la acompañaron hasta su muerte. La santa era una piedra inmóvil, altar y sacrificio a la vez. Sería superfluo detallar la descripción de sus sufrimientos que le causaban las últimas etapas de su enfermedad. Con palabras sencillas la monja quedó paralizada. Tuvo intactos solamente el cerebro, la lengua, el oído y las articulaciones del pulso y de los dedos, mientras continuaban los dolores de la cabeza y las hemorragias de la nariz.

Rafka afrontó heroicamente la tempestad del dolor y de los continuos sufrimientos, con la firmeza de la voluntad, repitiendo con San Pablo: “Yo estoy crucificada con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí”. (Gal. 2, 20) A pesar de todo, ella no aceptaba la dispensa de sus obligaciones y ante la insistencia de la superiora ella respondía con una pizca de humor y de serena tranquilidad que contrastaba con su delicada situación. Así, cuando la superiora le exhortaba a cerrar bien la puerta para no sentir el frío, la monja decía: “cuando Cristo estaba acostado sobre la paja, en la gruta de Belén, ¿Había, acaso, alguna puerta que impidiese que el viento viniese hacia El?. Y cuando otra vez, la misma Superiora Ursula insistía para que la visitase el médico, Rafka respondía bromeando: “No insista tanto, por favor, mi cuerpo está desarticulado y el médico no tiene tornillos para encajarlo”, y agregaba seriamente: “mi médico es Dios” ¡Que ejemplo de paciencia daba a sus hermanas y a su Superiora!


El adiós a la tierra

Tres días antes de morir, Rafka tuvo dificultad de hablar, sin embargo, no perdió la tranquilidad: “no tengo miedo a la muerte, que espero desde hace tiempo. Dios me hará vivir por medio de ella”. Acercando la hora, ella recibió los santos Sacramentos con plena lucidez y con el jubilo propio de los santos. Al amanecer del 23 de octubre, de 1914, pidió el viático y mientras tenía voz, no paraba de repetir: “Jesús, José y María, les doy el corazón y el alma”. Cuando no pudo más hablar hizo a la Superiora la señal convenida de recibir la última absolución y la indulgencia plenaria. Cuatro minutos más tarde expiró. Dulcemente. Su rostro aparecía relajado, apacible, casi radiante. El último favor que recibió del Señor es de haber cerrado los ojos antes de tener otra “visita de Dios”, que fueron los horrores de la guerra de 1914 que diezmaron a la población del Líbano

Quería, a través de esta descripción dolorosa de los diferentes episodios que martirizaron la vida de Rafka, simplemente que los destinatarios de esta Carta tengan una valorización del misterio de la Cruz; para que aquellos que sufren puedan aprovechar espiritualmente el dolor, imitando el ejemplo de Rafka; y para que aquellos que padecen sufrimientos y enfermedades acudan a la intercesión de la santa para que alivie sus dolores, sane sus enfermedades y conceda, en medio de la desesperación, la resignación y la apacible tranquilidad.



II - VISITA DEL CARDENAL NASRALA BUTROS SFEIR


Patriarca maronita de Antioquia y de todo el Oriente

La comunidad maronita en Argentina está convocada a preparar con dignidad la primera visita pastoral del Pastor universal de su Iglesia, Su Eminencia el Cardenal Nasrala Butros Sfeir, Patriarca de Antioquía y de todo el Oriente. Es un momento de gracia que nuestro Pastor visite su grey desparramada en todo el territorio nacional. En su visita, su Beatitud el Patriarca Nasrala estará en contacto no solamente con la comunidad maronita, sino también con la colectividad Libanesa en general y las demás comunidades de nuestro querido Oriente y con la sociedad pluralista argentina abierta a todas las culturas que conforman su rico acervo histórico. El viene como mensajero de paz en nombre de todos los libaneses, porque su autoridad moral es reconocida a nivel nacional y su presencia entre nosotros confirmará lo que Juan Pablo II ha declarado con toda firmeza que el Líbano más que una Nación es un mensaje. El nos hablará con coraje y transparencia sobre los problemas del Líbano que es un capítulo clave en la compleja problemática del Oriente Medio, transmitirá con firmeza a las autoridades civiles y religiosas y a toda la opinión pública del país, lo que representa el Líbano para el mundo, siendo una nación pluralista, modelo único de convivencia pacífica entre las comunidades islámicas y cristianas que conforman su pequeño territorio de 10.452 Km2 y que luchan para construir una nación unida, libre, democrática y pacificadora, en medio de una región impregnada de inaudita violencia, fruto de la intolerancia, de la injusticia y de la complejidad de los intereses políticos del mundo globalizado de hoy.

Además, su Beatitud tendrá una actividad intensa en los pocos días de su permanencia entre nosotros, ya que él visitará a las Parroquias maronitas de Tucumán, Mendoza, la Provincia de Buenos Aires y de la Capital Federal donde presidirá los actos de la inauguración de la nueva Iglesia San Marón y de los festejos de 100 años de la presencia en Argentina de la Misión Libanesa Maronita y del Colegio San Marón.

Me permito en este mensaje, dar una breve idea histórica del Patriarcado Maronita en sí y después del Patriarca Sfeir que nos visitará:


El Patriarcado Maronita y el Líbano

Los maronitas son los cristianos católicos orientales que deben su nombre a San Marón, insigne varón que vivió en la segunda mitad del cuarto siglo y murió al principio del quinto en el territorio de la actual Siria.. Nunca pensó fundar una comunidad propia ni organizar una Iglesia aparte. Simplemente consagró su vida a Dios en la oración y la práctica del ayuno y la mortificación, buscando la soledad para estar en contacto íntimo con Dios. Todo esto lo hizo dentro de un marco eminentemente evangélico y bajo la autoridad legítima del Patriarcado de Antioquía. Numerosos jóvenes atraídos por sus virtudes, siguieron su ejemplo, continuaron su apostolado y adoptaron su espiritualidad. Estos fueron llamados discípulos de San Marón y fundaron un convento en las fronteras del actual Líbano. Este convento congregó a muchos monjes y fue centro de una eminente irradiación espiritual que dio origen a la comunidad maronita que se caracterizó en la defensa de los valores del Evangelio y de la doctrina católica de los concilios ecuménicos.

Esta comunidad que siguió la orientación religiosa de San Marón y de sus discípulos, formó el núcleo de la Iglesia Maronita. En el Siglo VII cuando la expansión islámica árabe conquistó la región de Siria, los maronitas para conservar su libertad religiosa, como comunidad cristiana católica, procuraron refugio en las montañas del Líbano, bajo el liderazgo de San Juan Marón, uno de los monjes discípulos de san Marón. Este fue reconocido por el papa de Roma como Patriarca de Antioquía y de todo el Oriente, cuando la ciudad de Antioquía fue ocupada por los árabes y ya no podía tener su patriarca. Desde la mitad del siglo VII hasta hoy sucedieron a Juan Marón 76 patriarcas que poco a poco organizaron la Iglesia Maronita en el Líbano. El Patriarca siempre lleva junto a su nombre propio el nombre de Pedro, como símbolo de unión con San Pedro Apóstol, el primer obispo de Antioquía y más tarde, primer obispo de Roma y papa de la Iglesia universal de Cristo.

La Iglesia maronita, liderada por santos Patriarcas y oprimida sucesivamente por los ocupantes de turno del territorio del Líbano, consiguió sobrevivir en un ambiente adverso gracias a su lucha a favor de la fe en Cristo y en beneficio del triunfo de la verdad sobre la mentira y de la libertad sobre la opresión. Fueron los maronitas, junto a otras comunidades religiosas, perseguidas en su tierra de origen y refugiadas en el pequeño territorio libanés, quienes hicieron del Líbano un país de libertad y transformaron sus terrenos áridos en verdes y fecundos vergeles. Su historia se identificó con la historia del Líbano. No sería el Líbano único baluarte del cristianismo en oriente sin los maronitas. “Toda la Siria, escribía Jaled, el conquistador árabe, cayó como un camello, el Líbano solo quedó erguido”. Dios solo sabe cuánta sangre derramó la nación maronita en estos 13 siglos de lucha ininterrumpida para que el Líbano llegara a ser un país independiente, soberano y libre.


El Patriarca Sfeir

Era necesario dar este marco histórico para comprender la misión del Patriarca Nasrala Butros Sfeir que a finales de setiembre o principios de noviembre de este año estaría visitando el suelo argentino como alta dignidad espiritual y eminente figura nacional en el país de los cedros.

- El Patriarca Sfeir nació en el pueblo Raifun en el Líbano, el 15 de mayo de 1920, tres días antes del nacimiento del Papa Juan Pablo II en Polonia.

- Entró en el seminario maronita de Ghazir, a pesar de la justificada oposición de sus padres, siendo el hijo varón único entre 5 hermanas.

- Se graduó en filosofía y teología en la Universidad de San José de los Jesuitas en Beirut.

- Ordenado sacerdote, el 7 de mayo de 1950, fue nombrado inmediatamente párroco de su pueblo natal Raifun y al mismo tiempo secretario de la Eparquía de Damasco, entonces, ( actual Eparquía Patriarcal) de 1950 – 1956.

- Fue profesor de traducción y de literatura y de historia de filosofía árabe, en el Colegio Marista de Junieh, entre 1951 y 1961.

- El Patriarca Pablo Pedro Meuchi lo nombró secretario del Patriarcado maronita de 1956 – 1961.

- Fue Ordenado obispo y nombrado Vicario patriarcal, 16 de julio de 1961, cargo que ocupó junto a varios otros cargos eclesiásticos hasta su elección como Patriarca.

- 19 de abril 1986 el Sínodo de los Obispos maronitas, reunido en Bkerke, residencia oficial del Patriarcado maronita, lo eligió Patriarca.

- El 27 de abril de 1986 fue solemnemente entronizado como Patriarca de Antioquía y de todo el Oriente.

- Fue Creado Cardenal por el Papa Juan Pablo II, 26 de noviembre 1994.

- Es Presidente de la Asamblea de Patriarcas y Obispo católicos del Líbano desde su elección Patriarca en 1986 hasta hoy y es desde 1991 miembro fundador de la Asamblea de los Patriarcas Católicos del Oriente.

- A parte de este breve “corriculum vitae”, él es miembro de varios organismos a nivel nacional e internacional, autor de una prolífera actividad cultural, gran orador y emprendedor de grandes obras sociales e institucionales que no es oportuno enumerar en este documento pastoral.

Esta brillante trayectoria eclesiástica junto a sus elevados valores espirituales y culturales interpreta bien el éxito de su gestión al frente de la Iglesia maronita. Hasta el momento, su manejo de los graves asuntos, a nivel administrativo, tanto eclesiástico como civil, ha tenido un admirable impacto en todos los medios, así oficiales como populares. Es el orientador sabio siempre luchador en medio de las dificultades. Lo procuran políticos de cualquier orientación ideológica porque saben que es un guía confiable, desinteresado, que vierte en sus consejos la promoción del bien común, la defensa de los altos valores éticos y humanos y la defensa del pobre y del oprimido. Su humildad es un imán que atrae tanto al pobre como al rico, al humilde como al arrogante, al cristiano como al que no comparte su misma fe. Al lado de su humildad posee una firmeza en la defensa de la libertad y de los derechos del hombre y luce una conducta transparente que lo hace creíble en sus posturas patrióticas, en favor de la justicia, en beneficio de la verdad y en sus reclamos por la soberanía total del Líbano. Diríamos que es, en Oriente, el reflejo de Juan Pablo II y en la Iglesia nos recuerda la imagen del Divino Maestro quien inspira toda sus posturas y bendice todas sus actividades.


Buenos Aires, mayo de 2001

Mons. Charbel Merhi, obispo maronita


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