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EL LÍBANO, TIERRA Y REINO DE MARÍA


Cuarta
carta pastoral de monseñor Charbel Merhi, obispo maronita
(mayo de 2004)


“Mi alma canta la grandeza del Señor


Saludos del Pastor

Carta de Charbel, servidor de Cristo y de sus hermanos libaneses en general y maronitas en particular y de todos los amigos en el suelo argentino que comparten con nosotros la fe en Dios Padre Creador de todas las cosas, en su Hijo Jesucristo, nacido del Padre desde la eternidad y de la Virgen María en la carne, para salvar el género humano, en el Espíritu Santo que nos colma de sus gracias y nos guía en el camino del bien y en el servicio del hermano. La paz esté con todos ustedes, y con sus familias.


María Madre de la Iglesia y madre nuestra

«Pero cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer... para redimir a los que estaban sometidos a la Ley, para que así llegáramos a ser hijos adoptivos de Dios». (Gal 4 4-5)

San Pablo, tiene en este texto su única referencia a María y llega a ser, en la tradición viva de la Iglesia universal, el centro y el germen del Dogma cristiano sobre María, que es su Maternidad divina. María Madre de Jesús, al mismo tiempo nuestro Dios y nuestro hermano, es lo más hermoso que podemos encontrar en la genealogía de nuestra fe. Entonces María es Madre de Dios, y madre nuestra; nosotros somos hijos de Dios, hijos de María y hermanos de Jesús.

María Madre de Dios, es uno de los profundos misterios de los designios divinos. Los frutos de este misterio se transformaron en realidades terrestres y humanas que suscitaron interés universal, provocando una gigantesca actividad eclesial que culminó en el «Teotokós» del Concilio de Efeso (431), donde los Padres del Concilio definieron el Dogma de la Maternidad Divina, para salvar la unidad de la Persona de Cristo, como Dios perfecto, consubstancial al Padre, y hombre perfecto, igual a nosotros, menos en el pecado.

Aparte de su contenido dogmático, la maternidad divina ha sido la musa inspiradora para la imaginación de santos y poetas populares de nuestro mundo oriental :

Así, San Efrén, llamado «Citara del Espíritu Santo «, que tiene miles de páginas sagradas que cantan en un estilo poético las glorias de María, dice, en un momento de verdadera inspiración: «Mis huesos gritarán desde la tumba, que María es Madre de Dios».

Una oración del oficio maronita, en tiempo del adviento, dice textualmente: «Dijo el Cielo a la tierra, tú eres feliz porque tienes lo más precioso que tiene el mundo, tú tienes una madre, dame una madre y te doy Dios. Así vino Dios, tomó una Madre, vivió con ella en nuestra tierra y la llevó con El al Cielo».

No estaría demás recordar aquí, también, un poema del poeta libanés, Bechara el Juri que podemos sintetizar así: «Un poeta antes de la era cristiana murió y fue al cielo, pero a pesar de todo el esplendor de la gloria celestial nunca estaba satisfecho y lloraba continuamente, queriendo volver a la tierra. Se acercaron a él Moisés y otros profetas intentando consolarlo y convencerlo con sus argumentos. Insistía en su intento de volver a la tierra. Finalmente se aproximó al poeta el mismo Hijo de Del Creador y le pidió explicaciones, Este, siempre inconsolable, decía que era infeliz, porque extrañaba el regazo de su madre. Sorprendido de lo que pudiera ser el regazo de una madre, apareció Jesús a media noche del 25 de diciembre, feliz de estar en el regazo de María en el pesebre de Belén»

El Concilio de Efeso, en la Maternidad Divina, no dio la última doctrina sobre María. Más tarde, el Papa Martín I en el Concilio de Letrán (649), proclamó, con referencia siempre a la Maternidad Divina, la triple naturaleza de la Virginidad de María: «Ella concibió a Cristo, sin semilla, por obra del Espíritu Santo... y sin lesión dio a luz a su Hijo... y después de su nacimiento preservó su inviolada Virginidad» (D246).

El tercer dogma sobre María, Madre de Dios, es la Inmaculada Concepción, definida solemnemente por el Papa Pío IX en 1854, en su Encíclica «Ineffabilis Deus», proclamando: «La Santísima Virgen María fue en el primer momento de su concepción, por un singular don de gracia y privilegio de Dios Altísimo, en vista de los méritos de Jesucristo, el Redentor de la humanidad, preservada libre de toda mancha de pecado original» (D1641)

Un cuarto dogma sobre María Madre de Dios, fue una definición solemne del papa Pío XII, en 1950, en su Encíclica « Munificentissimus Deus» donde dice: « La inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta de cuerpo y alma a la gloria celeste».

Para no pensar que el papel de María, Madre de Dios, termina en su vida terrena y su partida al cielo, donde se contentaría en gozar de la plenitud de la gloria, el Concilio Vaticano II nos recuerda: « Asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna» (LG 62).


Razones de esta carta

En conmemoración de los 50 años de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción, la Iglesia universal declaró el año 1904 un Año de Jubileo Mariano. El Patriarca Maronita, Elías Hoayek en combinación con el Delegado Apostólico en el Líbano, Mons. Carlos Duval, tuvieron la inspirada idea de realizar un monumento recordatorio del evento y resolvieron fundar el Santuario de Nuestra Señora del Líbano sobre un pequeño monte de 600 metros de altitud en la localidad de Harissa, a 10 km de distancia de la bahía de Junieh y 30 km, de la capital Beirut. Se trata de una hermosísima estatua de hierro fundido, pintada de blanco, de 8 metros de altura, confeccionada en la ciudad de Lyon en Francia, erguida sobre una pequeña capilla coniforme de 20 metros de altura, con capacidad para unos 150 personas, construida con piedras naturales. Mediante una escalera externa, de 104 peldaños, los peregrinos llegan hasta los pies de la Virgen y allí elevan sus oraciones y depositan sus pedidos, sintiéndose protegidos por su Madre del cielo.

El Delegado Apostólico, Duval, en una carta, escrita el 6 de julio de 1904, a sus superiores en el Vaticano, decía palabras proféticas que actualmente tienen su cumplimiento casi literal: «Para que la celebración del cincuentenario de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción sea lo más solemne posible; para perpetuar la memoria de su glorioso aniversario; para aumentar más todavía la piedad hacia la Virgen Inmaculada y lograr su poderosa protección sobre estas tierras, hemos concebido, de acuerdo con el Patriarca maronita, el proyecto de levantar sobre un pináculo del Monte - Líbano una estatua monumental de María Inmaculada...Ella aparecerá de lejos como la Reina y la protectora del Líbano; se levantará verdaderamente como un cedro del Líbano; las piadosas poblaciones libanesas, ya muy devotas de María, acudirán a visitarla e invocarla; se organizarán peregrinaciones que atraerán sobre estas hermosas tierras las bendiciones de la Reina celestial; extenderá sus manos sobre las olas del Mediterráneo... La erección de este monumento contribuirá a la gloria de María y de su divino Hijo propagando y aumentando el culto de la Virgen Inmaculada».

Los dos Prelados, después de consultar a obispos, clero, y fieles, resolvieron dar al monumento el nombre de «Nuestra Señora del Líbano»

En octubre, el mes del Rosario, del año 1904 se puso la piedra fundamental y en el primer Domingo de mayo de 1908 se inauguró el monumento en medio de una histórica y solemne manifestación mariana popular y oficial, presidida por el Patriarca maronita Elías Hoayek y el Delegado Apostólico Ferdinando Gianini, con la presencia de las más altas autoridades gubernamentales, militares y eclesiásticas. El Patriarca maronita proclamó entonces el primer Domingo de mayo como fiesta de «Nuestra Señora del Líbano». Desde aquel momento hasta hoy el monumento de Harissa se transformó como Santuario mariano no solamente para el Líbano y los maronitas, sino para todo el Oriente y para todos los cristianos y los musulmanes y miembros de otras religiones que aman a María.

Este año, junto a la Iglesia universal que conmemora el sesquicentenario (150 años) de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción y con la Iglesia del Líbano que celebra el Centenario de la fundación del Santuario de Ntra. Sra. Del Líbano a Harissa, los maronitas de la Argentina, los descendientes de los libaneses y de todo el Oriente, en la tierra Platense, en sus diversas credos y todos los argentinos amigos del Líbano y devotos de María se sienten felices de honrar la Virgen del Líbano en su primer Centenario. Todos aprovechamos la ocasión para intensificar nuestras oraciones, pidiendo a la Madre de Dios y madre nuestra, de bendecir, cuidar y santificar al Pastor de la Iglesia universal, su Santidad Juan Pablo II, el pionero Papa mariano y a su Grey en todo el universo; de ayudar el pueblo argentino, tan devoto a María, a superar las dificultades del momento presente; de intervenir en la resolución de los conflictos que azotan los pueblos de nuestro Oriente y de pacificar la Tierra Santa donde María nació, vivió y acompañó a su Hijo Jesús; y de tener una mirada especial llena de ternura hacia el Líbano que es su Tierra y su Reino..


El Libano Tierra y Reino de María

«Tierra de contraste y tierra de contacto, tierra de Oriente, tan próximo a Jerusalén que reverbera con su luz; Tierra de Asia, conquistadora y conquistada, hollada por las grandes migraciones humanas; tierra de Occidente, también, enfrentada de un cabo al otro con el Mediterráneo; Tierra que recuerda haber sido madre de Cartago, antes de ser griega, romana o bizantina»; Tierra que dio a luz los primeros elementos de la cultura humana y donde las obras y los edictos de los grandes jurisconsultos de Beritu -Beirut de hoy- hicieron el derecho romano; Tierra excelente, del lado allá del Jordán, que Moisés pidió a Dios le dejase ver para contemplar las hermosas montañas del Hermón; Tierra cuyas bellezas contaron los poetas sagrados del Antiguo Testamento; Tierra santificada al recibir a Cristo en unas de sus más antiguas ciudades, Tiro y Sidón; Tierra por último donde las diversas confesiones religiosas gozan de una convivencia armoniosa y forman un «mosaico», único en el mundo. Ahora bien, esta tierra tan evocadora y tan venerada, es tierra de María. María, siguiendo los pasos de su Hijo, quiso fundar en ella su reino, de amor y de bondad, como Cristo, pisando esta misma tierra, quiso revelarse a los gentiles que vinieron a formar el principal elemento de su reino.

El Líbano, es Tierra y Reino de María por un derecho sagrado y divino que nadie podrá negar. Así el Espíritu Santo llama a su esposa: « ¡Ven conmigo del Líbano, esposa mía, ven desde el Líbano! Desciende desde la cumbre de Amaná desde las cimas del Sanir y del Hermón, desde la guarida de los leopardos» (Cant. 4,8). Y Ella misma clama por la boca del Eclesiástico, diciendo: « «Crecí como un cedro en el Líbano y como un ciprés en el monte del Hermón» (Eco. 24,13). En esas figuras como en muchas otras los santos Padres atribuyen a María las expresiones que los autores sagrados han querido ver en la Madre del Rey, la Reina del Líbano, la tierra más hermosa que conocían.

Viene la Iglesia continuando la palabra del Espíritu Santo, y se complace en atribuir a María las bellezas del Líbano. Así, el Libro de la Liturgia de las Horas, en la Iglesia latina dice, celebrando una de sus fiestas: «El olor de su vestido es el olor del Líbano». La Iglesia maronita la invoca añadiendo a sus letanías: «Cedro del Líbano ruega por nosotros». Y no faltan textos en todas las liturgias, occidentales como orientales, que abundan en alabanzas similares, repitiendo con las generaciones, la gloria de María.

Ese derecho sagrado de María a reinar sobre la tierra del Líbano, lo reconocieron los siglos, y fue aceptado oficialmente y con gozo por el pueblo libanés, con sus diversas confesiones religiosas, por sus jefes espirituales y civiles, confiriendo, así, a la Reina celestial, el pleno dominio sobre una tierra amparada por su protección y tutela.

No cabe duda, el Líbano pertenece a María. Ella, en efecto, conquistó esa tierra, «quebrantando los altares de los ídolos, derribando los templos de los gentiles y secando las corrientes de sangre de los mártires», convirtiendo así un pueblo pagano del reino de Astarté, en un ejército de cristianos que luchan bajo el estandarte de Cristo. Y como en toda conversión, María era la Mediadora; gracias a Ella queda en Oriente, tierra de la divinidad, «un resto cuyas rodillas no se han arrodillado ante Baal y cuyos labios no le han besado».

En signo de reconocimiento, los cristianos del Líbano han inmortalizado el nombre de María, construyendo templos dedicados a Ella y consagrando sus vidas para servirla. Más de la mitad de los templos del Líbano son puestos bajo su protección, y existen hoy en el Líbano cerca de mil trescientas iglesias con más de tres mil altares que llevan todos el nombre de Nuestra Señora. Y es muy típico del libanés atribuir a la Virgen nombres que responden a una ansia de los cristianos deseando que María reine sobre toda la tierra de su país y acuda a todas a las necesidades de su existencia. Así, se complace en invocarla con toda sencillez: «Nuestra Señora de la Luz, del Mar, del Viento, del Monte, del Valle, del Campo, de la Selva, del Manantial, de la Roca, de la Sequedad, del Puente, de la Plaza del Barrio, de la Caverna, de las Mamas, de la Siembra, de la Liberación del Ermitaño, de los Desamparados...» Todos esos nombres gustan a María, porque ella quiere atender a todas las necesidades de su pueblo. Además, los libaneses, llenos de confianza en su Reina, y debiendo luchar con todo género de males, han guardado hacia Ella, una devoción intensa y profunda. No hay casi ningún cristiano que no pertenezca a alguna cofradía o a una asociación mariana o que no lleve su escapulario o una de las medallas de la Virgen. Y todos, en todos los detalles de su vida, aún los más pequeños, acudan al santuario de «Mariam», y cada uno según su rito y las costumbres de su región, le implora para remediar sus necesidades: El débil que necesita protección, el desgraciado que pide justicia, el enfermo que desea la salud, el perseguido que busca un refugio, el pastor que pierde una cabra, el obrero que lleva su pesada carga, la madre que ve su hijo en peligro, el padre de familia que teme la pérdida de su cosecha, el pecador que se aproxima su hora, todos claman: “Ya Mariam el Azra” (Oh Virgen María). Y Nuestra Señora aparece en su santuario investida de poder ilimitado…” Todo se hace con Ella y nada sin Ella. Se podría decir una monarquía absoluta que tiene en mano las necesidades de una región...»

Pero los cristianos no acuden a la Virgen solo en sus necesidades temporales, sino que la invocan especialmente cuando su fe está en peligro. De hecho, la persistencia en la fe católica pura, procedente directamente de los Apóstoles, que la mayoría de los cristianos libaneses conservaron, a pesar de las persecuciones atroces que sufrieron, no se explica, atendiendo a la historia, sin la intervención directa y palpable de María. Renan, el célebre escritor y poeta francés que visitó el Líbano a finales del siglo XIX, nos trae un sublime testimonio de esta verdad patente, diciendo: «El culto de la Virgen es muy profundo en la raza del Líbano y forma el mayor obstáculo contra los esfuerzos de los misioneros protestantes en su país. Ellos pueden ceder en todos los puntos, pero cuando se trata de renunciar a la Virgen, algo más fuerte que ellos, los detiene».

La jerarquía eclesiástica en el Líbano, continuando la cadena apostólica de los Patriarcas de Antioquía, primera sede de San Pedro, y conservando así, con toda fidelidad, la fe tradicional de los primeros santos Padres, reconoce, también, con el ejemplo de su vida y con sus exhortaciones a los fieles, a María como Reina del país de los cedros, que acoge en sus entrañas a varios patriarcas, católicos y separados, que pusieron, todos, sus sedes bajo la protección de María. El célebre valle Qannubin, donde los patriarcas maronitas encontraron en sus grutas un refugio seguro contra las persecuciones, es llamado el valle santo «Qadisha», sitio acogedor a los pies de los históricos cedros del norte del Líbano, que evoca toda una historia de heroicos santos, que pasma al espectador, en medio de un trágico e imponente silencio, repitiendo a sus oídos la voz de Dios a Moisés: «Descálzate las sandalias de tus pies, porque el lugar donde estás es tierra santa». Pues allí en esta tierra santa que recibió en sus cavernas y grietas a los jefes de la nación maronita, escapando a la violencia y al filo de la espada, allí donde la providencia y el poder de María aparecieron con todo su esplendor, amparando en los difíciles tiempos de la persecución a patriarcas y obispos que según la expresión del escritor: mencionado Renan «No tenían sino cayados y pectorales de madera pero eran obispos de oro, que ponían la Madre de Dios sobre su sello y se apropiaban los textos bíblicos sobre María y el Líbano, que se consideraban como los representantes de la Virgen en su Montaña y tenían una singular devoción al santuario de Qannubin».

Son famosos, también, los santuarios marianos de Ntra. Sra. De Ain - Terez, de Bzummar, de Charfe, donde tienen su residencia los respectivos Patriarcas católicos de los Melquitas, de los Armenios y de los Siríacos, compañeros de los Maronitas en la lucha para defender su fe y su libertad, bajo la mirada misericordiosa y providencial de María, «Gloria y Reina de nuestra nación, senda de los patriarcas, cedro de nuestra fe y manto para nuestros infortunios», según decía uno de estos patriarcas. No faltó tampoco, la voz de los papas y sus delegados para proclamar a María como Reina del Líbano: No es muy lejano el testimonio de Pío IX, otorgando 150 días de indulgencia a quien rinde homenaje a Ntra. Sra. de la Liberación en Bikfaya, invocándola, «Reina del Líbano, ruega por nosotros». Y todavía permanece viva la memoria de Mons. Duval, el mencionado Delegado apostólico en el Líbano quien decía después de la decisión de construir el santuario Ntra. Sra. Del Líbano en Harissa, centro de peregrinación de todo el Oriente: «Ella aparece de lejos como Reina y protectora del Líbano».

No quedando satisfecho de todas estas manifestaciones de amor y gratitud hacia la Virgen, el Líbano quiso reconocer oficialmente a María como Reina suya. Y en al año 1954 todo el país se conmovió de alegría, cuando el Presidente de la República del Líbano, el Dr. Camille Nemer Chamoun, en presencia del representante de su santidad el Papa Pio XII, el entonces Cardenal Roncalli, futuro Papa y actual Beato Juan XXIII, coronó, en nombre de toda la Nación libanesa, y del modo más solemne, a Ntra. Sra. Del Líbano a Harissa, reconociendo oficialmente un derecho que Dios y la historia de un pueblo habían consagrado.

Esta solemne coronación era un acto extraordinario, en un país donde la mitad de la población no es cristiana. Pero María, Madre de todo el género humano, toma bajo su protección a todos los que acuden a ella; y en un país como el Líbano, donde la diversidad de confesiones religiosas llega hacia el extremo de 18 comunidades de fe, era necesario tener una reina que sea madre.

En realidad, María, Madre tiernísima no ha confundido a nadie que se aproximó de Ella, pidiendo su ayuda. Testimonio de ello, es el Santuario de Harissa, llamado con razón, Lourdes de Oriente, donde sobre el monte, la Reina del Cielo como un cedro del Líbano lució como la estrella de la mañana, enviando sus resplandores a toda la tierra del Oriente, llamando a Ella gentes de toda confesión y de todo país. Allí vemos, entre otros, a las grandes autoridades del país y jefes espirituales de la religión, muchas de las personalidades distinguidas, musulmanes y cristianos, todos vienen para rezar a los pies de su Madre y Reina y vuelven llenos de esperanza y de satisfacción.

Así vemos que el Líbano entero, por sus valles y sus montes, su pueblo y sus jefes, particular y oficialmente, reconoce a María como Reina y Madre suya a la vez. Esa es la característica del Reino de María, que no es a base de fuerzas y de hierro, sino con la misericordia y la ternura de una madre.

María, Reina del Líbano, es la única reina poderosa que pudo defender su independencia. A pesar de las innumerables invasiones de los diversos pueblos, el Monte Líbano, patria de los primeros Maronitas que dieron existencia y valor al Líbano, haciendo de sus rocas una tierra fértil, conservaba siempre una relativa independencia que los invasores intentaban en vano abolirla. Llegaba el peligro, un grito a María era suficiente. Los soldados iban a la lucha, llevando su escapulario, recitando sus letanías y rezando en voz alta el rosario. Ahora, gozando el Líbano de su actual independencia, la Virgen sigue siendo la protectora de sus derechos, frente a los enemigos. Cuando la insurrección del año 1958, el país parecía en peligro, el pueblo, fiel a sus costumbres, acudió a María antes que el Estado acudiese a la sexta flota americana, y gracias a Ella el Líbano aseguró la victoria. Y cuando la última guerra civil, que azotó trágicamente al Líbano durante 17 años de sangrientas luchas fratricidas, amenazaba acabar con la existencia del Líbano, la mano mágica y bondadosa de María, la Reina Madre, puso fin al derramamiento de sangre y actualmente, el pueblo libanés busca firmar su plena independencia con habilidad y sabiduría que la Virgen inspira a sus hijos y les ayuda a conservar el Líbano como un oasis de paz y de concordia en medio de una región convulsionada por el odio y la discordia. Tenemos la absoluta confianza que finalmente María encontrará el camino más justo y más conveniente de pacificar la tierra de la región que ella amó con su Hijo.

Así, el Líbano nunca olvidará los favores de María porque a Ella debe su existencia y su fama. La gloria más alta de este país, no es su historia milenaria, con las ciudades de sus riberas, ni los templos de Biblos o de Heliópolis, ni el descubrimiento de la púrpura, o la invención del alfabeto, y del “papirus” (Papel), sino que toda su gloria está en estas palabras de Isaías: «Le será dada la gloria del Líbano» (Is 35 02)

El Líbano, Tierra y Reino de María, lo es y seguirá siendo siempre, y si, por desgracia, Dios permitiera que esa tierra de María cayera en manos de algún enemigo, María seguirá siendo Reina de los libaneses, porque Ella reina en los corazones de sus hijos. Y los libaneses, estén en su patria, o fuera de ella, son siempre los heraldos de María en el mundo; y donde haya un libanés, allí ondea la bandera del Líbano.


Musulmanes del Líbano veneran a María

María, según la concepción cristiana es Madre de Dios y de todos los hombres. San Juan el evangelista nos pintó un importante cuadro que a menudo descuidamos de valorizarlo, cuando narra la Pasión de Cristo. Justamente antes de concluir su narración sobre la muerte de Jesús. El nos dice: «Junto a la cruz de Jesús estaba su madre... Al ver a la madre y junto a ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: Mujer, aquí tienes a tu hijo. Luego dijo al discípulo: Aquí tienes a tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa» ( Jn 19 25-27). En esta narración la Iglesia ha interpretado la presencia de Juan como el nuevo Adán, representando al género humano y en María la nueva Eva, como madre de los hombres. Así, vemos que Jesús dejó hasta los últimos momentos de su vida lo más apreciado de su testamento que interpreta elocuentemente el Misterio de la Redención que se realizó en la cruz para aplastar la cabeza de la serpiente. (Gen 2 14 - 15).

Esta consideración teológico-bíblica, sirve bien para ver a María como madre de todos los hombres y no solo de los cristianos. Así cuando decimos que el Líbano es Tierra y Reino de María, no excluimos a ninguno de los hombres, cualquiera sea su creencia. Sabemos bien que el suelo libanés cobija a 18 comunidades religiosas que profesan el monoteísmo y creen en un mismo Dios visto y adorado de diversas maneras. Así María, Ntra. Sra. Del Líbano, protege a todos sus hijos que viven en la tierra heredada de los fenicios nuestros antepasados que creían en el «Ayon», el dios uno, en la diosa Astarté y en el hijo Adonis, tres figuras, vestigios, aunque de lejos, de la santa Trinidad. Su Santuario en Harissa está abierto para todos los libaneses que quieren mostrar su amor a su madre.

Los musulmanes que conforman la mitad de la población del Líbano, en general respetan y veneran a María y la aman como los hijos aman a su madre. La aman para obtener de ella las gracias temporales que necesitan y visitan su santuario para pedir a la Virgen la protección de la patria y para que se alejen del Líbano los conflictos que suelen surgir en tiempos de ciego entusiasmo y de aberrante fanatismo. Muchas veces la Virgen atiende sus pedidos y ellos tratan de ser muy agradecidos por las gracias alcanzadas. Testimonio de esto el ejemplo de muchas familias mahometanas que guardan tradiciones muy gratas haciendo peregrinaciones periódicas y anuales a los diversos santuarios marianos. En el Año Mariano 1954, cuando la estatua de la Virgen, esculpida en madera de cedro del Líbano, recorría todo el Líbano, muchos pueblos musulmanes pidieron que la Virgen les visitase y con cuanto delirio la recibían, hasta los octogenarios salían muchos kilómetros para recibir a la que llaman «Settna Mariam» (Abuela o Señora María).

El Santuario de Harissa es un testimonio elocuente de la devoción de muchos visitantes musulmanes, no solamente libaneses sino de todos los países vecinos de nuestro Oriente donde la mayoría abrumadora de sus habitantes son musulmanes. Además quien ojea los cuadernos de anotaciones, puestos a disposición de los visitantes para registrar sus impresiones, encuentra muchas notas escritas por personas musulmanes de las diversas camadas sociales que denotan la fe de los que las escribieron, manifestando su gratitud por gracias alcanzadas y pedidos que desean ser atendidos. Además según el testimonio de musulmanes muchos santuarios marianos en el Líbano y en Siria son frecuentados por musulmanes más que por cristianos, pidiendo la curación de un enfermo o pasando la noche en el santuario, rezando para alcanzar la gracia necesitada.

No solamente veneran a la Virgen el común del pueblo musulmán, sino también sus teólogos y sus «imánes» tienden a venerar a la Virgen porque dentro de los dos libros religiosos, el «Hadiz» (La Tradición) y el «Noble Coran» hay textos de alabanza a María y se refieren a Ella con palabras de elogios y de admiración. En lo que se refiere a la Inmaculada Concepción muchos textos de sus dos sagrados libros ilustran bien el tema: «Nadie nace sin que Satanás le toque, solo María y su Hijo no pudo tocarlos nunca» (Al Hadiz). «Y cuando dijeron los ángeles: ¡Mariam! Alah (Dios) te ha elegido, te ha purificado, y te ha escogido entre todas las mujeres de la creación» (Sura Al Omran, 42). «Cuando dijeron los ángeles: ¡Mariam! Alah te anuncia su palabra, Cristo, hijo de María, cercano de Dios, notable en este mundo y en la eternidad « «Dijo María: ¡Señor mío! ¿Cómo voy a tener un hijo si ningún hombre me ha tocado? Dijo el ángel: Así será, Alah crea lo que quiere y cuando decide un asunto le basta decir: ¡Sé! y así será» (Sura al Omran,45,47).

Así la veneración a la Virgen es una realidad constante en la vida del Islam. Y los místicos musulmanes se acercan mucho al dogma católico. Son de lamentar episodios dolorosos que pasaron en la historia real en ambos campos que marcaron negativamente la mentalidad islámico - cristiana. Es necesario superar esta confrontación entre las dos culturas y solo María consigue normalizar las relaciones entre cristianos y musulmanes. Tenemos mucho en común que nos une y lo que no nos une no debe separarnos pues somos hermanos, hijos de un solo Dios y María es la madre de todos nosotros.


La Iglesia Maronita y María

Los maronitas desde su origen han sido pioneros devotos de María. Uno de los elementos que conforman la identidad del pueblo maronita es su veneración a la Virgen. San Marón y sus discípulos y el pueblo que siguió sus enseñanzas pertenecen a la Iglesia siríaca de Antioquía. Esta Iglesia luchó mucho para sobrevivir en tiempos difíciles y era normal que en su lucha acudieran a María para pedir su ayuda, porque desde los comienzos del cristianismo han tenido como protectora a la Virgen que Cristo le confió el cuidado de su Iglesia, cuando estaba colgado en lo alto de la Cruz. María, Madre de Cristo y corredentora con El en la obra de la redención, ha tenido una conciencia plena de su papel en la Iglesia. Desde el Cielo Ella acompaña a la iglesia de Cristo y la cuida con su poderosa e ilimitada intercesión. El mismo San Marón, que no nos dejó nada escrito, se ha de suponer que él alimentaba una firme devoción hacia Ella a ejemplo de tantos santos Padres de la Iglesia Siríaca antioqueña, como San Efrén y Santiago y muchos otros que compusieron hermosos himnos en homenaje a María Madre de Dios, relacionándola íntimamente con los misterios de nuestra fe, señalando el poder de su intercesión e incentivando a los fieles para alimentar una devoción intensa hacia Ella para conducirlos con seguridad en el camino de la salvación.

Los pastores de la grey maronita, patriarcas, obispos y monjes, sintiendo en su vida personal y comunitaria la influencia de la Virgen en los tiempos duros que tuvieron que pasar, centraron su espiritualidad en la persona de María como modelo de santidad, depositaria de las gracias divinas y mediadora junto a su Hijo entre Dios y el hombre. Esta espiritualidad mariana adquirida e incrementada con el tiempo gracias a los favores recibidos por medio de María tuvo su reflejo en la liturgia maronita y en la cultura religiosa de los maronitas, en general. Así vemos que en el decurso de la historia, las varias sedes patriarcales, en el suelo libanés, que cambiaban de lugar continuamente, dependiendo de las medidas de seguridad que se tomaban para enfrentar las diferentes épocas de persecución, eran conventos que se construían y llevaban el nombre de María junto al nombre de la localidad: Nuestra Señora De Kannbubín, Ntra. Sra. De Ilige, Ntra. Sra. De Hauka, Ntra. Sra. de Bkerke, etc... Como también la mayor parte de los monasterios de las órdenes religiosas seguían la misma idea y así tenemos los monasterios de: Ntra. Sra. De Luaize, de Tamich, De Machmuche, etc...En fin, quien recorre las diversas regiones del Líbano constata con impacto los diversos monasterios, iglesias, santuarios capillas, altares, ermitas que llevan el nombre de María, construidos por autoridades, instituciones o laicos de la Iglesia de San Marón, en homenaje a María o en agradecimiento a favores conseguidos por su intercesión o en cumplimiento de promesas hechas para librarse de un peligro o para alcanzar la cura de enfermos o para pedir a la Madre de Dios la conversión de pecadores a la verdadera fe.

En la Iglesia maronita la liturgia, que es la norma ejemplar para expresar la honda espiritualidad de un pueblo altamente religioso, luce por testimonios claramente significativos que indican lo importante que es la devoción de un pueblo reconocido históricamente por su devoción mariana. Las grandes fiestas marianas oficiales en la Iglesia universal son consideradas fiestas de precepto de primera clase y celebradas con importante solemnidad y algunas son precedidas de días de ayuno y de abstinencia. Las iglesias y los santuarios particulares que llevan el nombre de María, desparramados en todas las regiones del Líbano, son escenarios de imponentes concentraciones populares. En las rutas, en los caminos y en las esquinas abundan las ermitas y pequeñas grutas que anidan estatuas de la Virgen que llaman la atención del turista o del viajante y son continuamente adornadas con flores, rosarios, escapularios y en varios lugares flamean en ellas lámparas de aceite o artefactos eléctricos o velas prendidas, expresión de la fe viva de los devotos a María.

Además, en la liturgia de la misa, en los libros del oficio de las horas y de los diversos devocionarios de la Iglesia maronita se destacan continuamente numerosos textos marianos que se atribuyen a famosos santos que publicaron libros o compusieron célebres himnos a María. En las letanías tradicionales de la Virgen como ya mencionamos, el Patriarca maronita autorizó la agregación de una invocación especial: “Cedro del Líbano ruega por nosotros”. Los maronitas dedican dos meses a la Virgen, mayo mes de las flores, que es el sagrado mes de la primavera celebrado solemnemente en todo el Líbano y especialmente en el Santuario de Ntra. Sra. De Harissa donde cada año miles y miles de familias maronitas visitan la Virgen y participan de las celebraciones litúrgicas, y el mes de octubre dedicado a la Virgen del Rosario. En ambos meses en todas las iglesias se celebran cada día oficios propios de la Virgen que terminan con el rezo del rosario y la tradicional bendición con la imagen de María, cantando el célebre canto popular “Ya ummala ya hanunat…” (Oh Madre de Dios misericordiosa y llena de ternura). En muchas familias todavía conservan la tradición del rezo del rosario en casa en estos dos meses, cuando no pueden acudir a la iglesia para participar de los oficios.

Gracias a esta devoción a la Virgen nuestra Iglesia maronita consiguió sobrevivir y su pueblo logró conservar una espiritualidad mariana heredada de padres a hijos, e incrementada por la apertura hacia otras tradiciones de la Iglesia universal, tanto oriental como occidental. Donde hay alguna devoción nueva que ayuda a aumentar el amor a María y donde hay algún santuario famoso o a algún lugar donde hay rumores sobre la aparición de la Virgen, rápidamente los fieles maronitas organizan excursiones y peregrinaciones para rendir homenaje a su Madre del Cielo e a invocar su protección. Ojalá pueda nuestro pueblo continuar preservando este rico tesoro de espiritualidad mariana que es una fuente de santidad y una muralla de defensa contra el mal.


Los maronitas de los países de inmigración y María

Los maronitas libaneses que tuvieron que dejar el Líbano por varios motivos para buscar un refugio para salvarse de una persecución o para viajar a un país donde pueden encontrar medios de vivir dignamente y superar la pobreza o la indigencia a la cual estaban expuestos en su país de reducida extensión, no llevaron nada con ellos, ni bienes ni riquezas, solamente se aferraron a su fe y a su devoción mariana, considerando esto como un rico tesoro y una gran reserva para el éxito de su aventura compulsiva que fue coronada por una satisfactoria situación de comodidad y de bienestar temporal y por una inapreciable tranquilidad espiritual. La última actividad que realizaban antes de dejar con angustia su terruño y sus parientes y familiares, era ir al Santuario de Harissa, cuando este ya estaba erguido, para despedirse de la Virgen y encomendarse a su protección. Y los que el destino les permitió volver a visitar la patria a la cual conservaban un tierno amor, lo primero que hacen es ir agradecer a la Virgen del Líbano haber dado a ellos la oportunidad de poder pisar la tierra santa que sus ancestros consagraron por sangre y sudor. La estatua de Ntra. Sra. Del Líbano en su Santuario, ha sido proyectada por el artista con las manos extendidas hacia el mar Mediterráneo y con la mirada dirigida hacia los nuevos horizontes donde sus hijos iban a reconstruir su vida. Así la última mirada del viajero que sube al barco o monta en el avión es ese rostro radiante de su Madre celestial que le acompañará en el misterioso camino que está emprendiendo y que será garante de su futura felicidad. Y lo primero que ese viajero contempla cuando vuelve a su cuna de origen es el mismo rostro que antes le despedía con cierto dolor y ahora lo recibe con inmensa alegría de una Madre que lo estuvo acompañando en todos los pasos falsos o rectos de su caminata en este valle de lágrimas.

En los países de inmigración los maronitas han conservado el amor a la Virgen en su religiosidad personal y lo transmitieron a sus hijos con todo cariño y convicción. Esta devoción a María la exteriorizaron en sus Iglesias y capillas y en la consagración de sus casas a la Virgen de Harissa. Así vemos que la mayoría de los templos en los diversos países donde viven las comunidades maronitas son dedicados a Ntra. Sra. del Líbano. Y numerosas familias en sus casas tienen un “altarcito a la estatuita” de la Virgen de Harissa a la cual ellos encomiendan su familia y su patria de origen el Líbano. Basta encontrar un templo dedicado a Ntra. Sra. Del Líbano para afirmar que es una iglesia maronita, como si los maronitas tuviesen la concesión exclusiva para construir templos a la Virgen del Líbano. Además esto demuestra cabalmente la unión íntima de la identidad maronita con la identidad libanesa y esto confirma lo que afirmé en mi primer Carta Pastoral: “ No todo libanés es maronita ni tampoco todo maronita es libanés, pero sí, todos los maronitas deben defender al Líbano, si quieren ser solidarios con su Iglesia madre y si se sienten como miembros de una única familia que tiene sus raíces en el Líbano” (Pag. 5).

En Argentina la primera Misión Libanesa Maronita oficial en los países de inmigración, ha siso fundada el año 1901, tres años antes de la construcción del santuario de Ntra. Sra. Del Líbano y su primer templo en la capital federal ha sido dedicado a San Marón pero otra Misión Libanesa maraiamita de Villa Linch, fundada en 1931 fue dedicada a Nuestra Señora del Líbano. Incentivamos entonces nuestros fieles maronitas, desparramados en todo el territorio nacional, a alimentar un tierno amor a María, Ntra. Sra. Del Líbano, para perseverar en su fe y para asegurar la independencia y prosperidad del Líbano, el Vaticano de los maronitas que tienen en Bkerke la Sede Santa de su Patriarca, símbolo de la unidad del pueblo libanés y centro que lo visitan todos los que se interesan por el bienestar del país, porque encuentran en su patriarca, especialmente el actual, Cardenal Mar Nasrala Butros Sfeir, un jefe moral que no tiene ambiciones o intereses políticos, sino simplemente un fiel servidor del Líbano, a ejemplo de Cristo el Maestro que quiso fundar su Iglesia sobre la roca del amor del perdón y del servicio humilde.


Pedido de disculpas

Dada la limitación que exige el texto de esta Carta Pastoral, el pastor de los maronitas en Argentina se siente impulsado a pedir disculpas por no haber podido consagrar espacios a cada una de las comunidades cristianas que conforman el pueblo libanés y que han sido, a su vez, pioneras en defender la independencia del Líbano, ayudando con sus heroicos esfuerzos, a transformar el país junto a nuestros hermanos musulmanes y druzos en una Nación modelo de convivencia pacífica, de unidad en la diversidad y de un oasis de libertad .

Las diversas comunidades cristianas católicas y no católicas en Argentina son todas representantes de sus Iglesias madres que tienen presencia notoria en el Líbano y nutren un amor intenso a María. Ellos allí frecuentan a menudo el Santuario de Harissa y depositan sus preocupaciones a los pies de María su madre y protectora. La Iglesia ortodoxa de Antioquía de San Jorge, la Iglesia Apostólica armenia de San Gregorio el Iluminador, la Iglesia Siríaca de Antioquía, la Iglesia católica bizantina melquita, la Iglesia armenia católica de San Gregoria de Narek y la Virgen, son todas Iglesias apostólicas de serias tradiciones antiguas que tienen muchos miembros libaneses y descendientes de libaneses, muy honrados y respetados y otros fieles que vinieron de diferentes países de nuestro amado Oriente Nos une a ellos una amistad personal y una identidad oriental legítima y tenemos todos una misma madre, María Santísima. La Iglesia Maronita en el Líbano como los maronitas aquí en la tierra platense nos sentimos hermanados con ellos por nuestra fe y nuestras tradiciones y tenemos un denominador común que nos une firmemente y es nuestra cultura oriental y nuestra civilización milenaria, cuna de la cultura y de la civilización de Occidente. Que María, Ntra. Sra. Del Líbano proteja, con su poder de madre y reina al Líbano, y a estos nuestros hermanos que son hijos de Ella y que una nuestros esfuerzos para servir con fidelidad, con amor y con generosidad al Líbano, al Oriente y a la Argentina.


Argentinos y libaneses hijos de María

La Argentina, la segunda Patria, que recibió a nuestras comunidades orientales, con brazos abiertos y corazones amorosos y nos cobijó con el manto del respeto a nuestras creencias y nuestras tradiciones, es una noble Nación de espiritualidad altamente mariana que siempre merece toda nuestra honda gratitud. Su pueblo cultiva elevados ideales humanos y un rico caudal de valores cristianos con una apertura ideal hacia el pluralismo de creencias religiosas que varias comunidades de distintas etnias y diversas idiosincrasias confiesan con total libertad. La libertad religiosa en el país es un código sagrado y el respeto a los derechos humanos es una constante inquebrantable. En medio de esta unidad en la diversidad hay un elemento destacado, el amor a María, que engloba al pueblo argentina, mayormente católico, y hace que el vasto suelo nacional sea un templo unificado a María, la Virgen respetada y amada por las diversas camadas de la sociedad civil, militar, oficial y popular. Testimonio fehaciente de esto es el Santuario Nacional de Luján, Estandarte mariano, que congrega al lado de la Bandera celeste y blanca a todos los hijos de María para sentirse hermanados, solidarios y firmemente unidos en la fe y la caridad. Sería interminable nombrar los diversos santuarios marianos regionales en Argentina, testimonio viviente que canta las maravillas de María y denota un parentesco espiritual entre el pueblo argentino y nuestro pueblo libanés. Las manifestaciones de amor a la Virgen, en las populares peregrinaciones a estos santuarios son expresión en Argentina como en el Líbano, del testimonio de un tierno amor y honda veneración a la Virgen y expresión de un entusiasmo conmovedor.

Fue feliz la idea de la Misión Libanesa Maronita de Buenos Aires de enviar un contingente de peregrinos argentinos, para participar de los festejos del primer Centenario del Santuario de Nuestra Señora del Líbano a Harissa. Ellos llevarán la estatua de la Virgen de Luján, gentilmente cedida por el Revdo Pbro Jorge, Rector de la Basílica, con la venia de S.E. Mons. Rubén H. Di Monte, el arzobispo de Mercedes- Luján, El grupo participará de los principales festejos del Centenario, el Primer Domingo de Mayo, Fiesta de Ntra. Sra. Del Líbano. Allí entregarán, en nombre del pueblo argentino, al Padre Andrés, actual Rector de la Basílica de Harissa, para ser entronizada en el lugar destinado a ella en el Santuario. Así se efectuará un símbolo de la íntima y santa unión entre los dos pueblos marianos. Que María proteja al Líbano y a la Argentina.



CANONIZACIÓN DE SAN NAMTALA KASSAB EL-HARDINI


Hermanos, al dirigirles esta Carta Pastoral sobre María como madre nuestra y Reina del Líbano, les anuncio que La Virgen, que es fuente de santidad, acaba de regalarnos un nuevo santo maronita libanés muy devoto a Ella. Su Santidad el Papa Juan Pablo II canonizará el 16 de mayo al monje maronita libanés Namtala Kassab El-Hardini, maestro espiritual de San Charbel, junto a otros 5 santos de la Iglesia universal, en la Basílica de San Pedro a Roma. No dejemos pasar la única oportunidad del comienzo de este siglo, sin participar del relevante evento. Participan en la solemne ceremonia nuestro Patriarca el Cardenal Nasrala Butros Sfeir, sus obispos y una multitud de libaneses residentes en el Líbano y en los países de emigración El actual Beato Namtala será ahora santo de la Iglesia católica universal, y al mismo tiempo, otra gloria del Líbano y nuevo protector de la Iglesia Maronita. Sería muy deseable integrar la Delegación argentina para participar de este singular y alegre acontecimiento.

Una breve reseña de su vida y una resumida reflexión sobre su espiritualidad pondrán fin a esta Carta Pastoral, transmitiendo a los destinatarios un claro mensaje de santidad y una luz que les guiará en los caminos de la perfección.


Vida del Santo

El cuarto hijo de una familia compuesta de cuatro varones y dos niñas, Yusef, hijo de Mariam Raad y Jorge Kassab, nació el año 1808 en Hardin, aldea maronita de la región de Batrun, al Norte del Líbano. Asef, el hermano mayor de Yusef y María su hermana menor contrajeron un fecundo matrimonio y sus descendientes continúan fieles a las santas tradiciones de nuestra familia tradicional. Antonio el segundo hijo de la familia fue sacerdote casado, como es común en las iglesias orientales que conservan la tradición de permitir que hombres casados puedan acceder al sacerdocio, manteniendo normalmente su vida conyugal. Elías, el tercer hijo de la familia, siguió la vida monástica en la misma Orden Libanesa con el nombre de Eliseo y abrazó la vida eremítica durante 46 años, hasta su muerte. Msihieh (Cristina), la quinta hija, consagró su alma a Dios, como monja de clausura en el convento de Hrash, de la Orden de las monjas libanesas de San Juan Bautista. Es digno de mencionar también que el anterior Superior General de la Misión Libanesa Maronita, el Padre Jorge Harb es pariente muy cercano de la madre del Santo y aquí en Argentina varios miembros de la familia Harb, allegados a nuestra Misión Libanesa, son del mismo modo parientes del mismo.

Como constatamos, el pequeño Yusef, pasó su niñez en este sagrado ambiente, respirando el aire puro de la santidad. Su padre observando en su hijo una inclinación al estudio le mandó a una escuela del monasterio de Hub, no lejos de su aldea natal, donde pudo desarrollar su capacidad intelectual, recibiendo una elevada educación cívica y religiosa que abrió para él el camino de la perfección y terminó abrazando la vida monástica en la Orden de los Monjes Libaneses, a la edad de 20 años.

Apenas entraba al convento, recibió el hábito religioso y terminados los dos años de noviciado en el monasterio de San Antonio de Qozhaia, hizo su profesión solemne en 1830, tomando el nombre de Namtala (gracia de Dios). Cursó exitosamente sus estudios filosóficos y teológicos en el convento de San Cipriano de Kfifan y se ordenó sacerdote a los 25 años de edad, en 1833. Tomando en cuenta su capacidad intelectual y su profunda espiritualidad, sus superiores lo destinaron a ocupar cargos de mucha responsabilidad en el campo de la enseñanza y de la administración y le confiaron posteriormente la dirección de los seminaristas de la Orden en Kfifan para prepararlos al sacerdocio. Fue un gran educador y formó monjes santos y sacerdotes bien doctos, abiertos a la ciencia humanística y sagrada. Del mismo modo, dedicado a tareas intelectuales, el P. Namtala nunca dejó de ejercer trabajos manuales humildes ni de cumplir las obligaciones del ministerio sacerdotal en le campo de la pastoral y de la evangelización.

En tres ocasiones fue elegido asistente general de su Orden, cargo de mucha responsabilidad, que exige sagacidad intelectual y habilidad espiritual. Mismo muy atareado, encontraba el tiempo para el trabajo manual y la enseñanza de la teología a los seminaristas en el monasterio de Kfifan. El 14 de diciembre 1858 cuando se encontraba en este monasterio, le atacó una fuerte pleuresía en pleno invierno. Todos los remedios recetados por los médicos de la época resultaron inútiles y en diez días, después de agudas crisis, y solo cuando tenía 50 años de edad, entregó su alma al Creador, en la presencia de su fiel discípulo San Charbel Majluf. Antes de expirar, se levantó del lecho con mucho esfuerzo y mirando a la imagen de la Virgen, exclamó: “¡Oh, María, os confío mi alma”, luego expiró. Tal ha sido la muerte de su Maestro, cuando, después de haber dirigido la palabra a Juan su discípulo y a María su Madre, exclamó a su Padre en la Cruz: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". Y diciendo esto expiró. (Lc 23, 46). El Patriarca maronita Pablo Massad al recibir la noticia de la muerte del Padre Namtala, exclamó: “Dichoso aquel monje que supo aprovechar de su vida religiosa”.


La espiritualidad del Hardini

Con solo contemplar esta página que resume la vida del monje Namtala, ya podemos vislumbrar el panorama de su santidad. Para ser santo no hace falta realizar obras grandiosas; pero sí, es necesario amar a Dios y hacer todo en la vida con amor. Esta quizás es la síntesis de la vida de este monje

Desde pequeño aprendió a amar a Dios. Todo a su alrededor lo invitaba a este amor: Sus padres por su bondad, por su vida ejemplar y por los enormes sacrificios que desplegaron para proporcionarle, a él y a sus hermanos, una sana y sólida educación, humana y cristiana, eran motivo para continuamente agradecer en su figura, la bondad de Dios y exaltar los designios de su providencia. Sus hermanos, por el ejemplo de su vida espiritual lo incentivaban a valorar la vida religiosa y a tomar en serio la consagración total al servicio del Señor y del prójimo.

Abrazando la vida monacal, El-Hardini se cruzó en el camino con maestros de espiritualidad que, quizás no tenían muchos estudios universitarios, pero sí, una sabiduría humana iluminada por la luz del Espíritu Santo. Le educaron dentro del espíritu riguroso de la santa Regla de San Antonio Abad, le indicaron el camino que conduce a la perfección y lo ayudaron a encontrar la paz interior mediante la oración y la contemplación. Su contacto con los jóvenes seminaristas que buscaban con su docilidad los ideales por los cuales dejaron el mundo y consagraron toda su vida para alcanzarlos, le permitió conservar siempre un espíritu joven y una apertura total hacia el Espíritu Santo que actúa permanentemente en la Iglesia para que en ella se realice la tarea de la evangelización, en beneficio de la humanidad conducida por los designios divinos. Namtala buscó la verdad con toda su alma, convencido que el único que se identifica con ella es Jesucristo que es Dios, camino, verdad y vida.

Dedicado al trabajo, jamás conoció la ociosidad y siempre llenaba el tiempo en diversas actividades manuales e intelectuales, consagrando largas horas para la oración y la contemplación. Sin poseer un espíritu profético que prevenía su muerte prematura, él sabía que la vida es corta, por más años que viva el hombre. Por eso nunca se le ocurrió perder el tiempo en cosas superfluas, al margen de su vocación espiritual.

Toda la santidad del “santo de Kfifan”, como lo llamaban sus admiradores, se resumiría en un ardiente amor a la Eucaristía y en la fiel devoción a la Virgen María, como será su discípulo, el actual San Charbel. El Misterio de la Inmaculada Concepción, todavía no definido como dogma, era el centro del culto marial para el P. .Namtala. La Virgen lo recompensó llamándolo al Cielo en la semana dedicada a la fiesta de la Inmaculada Concepción, recién establecida después de la definición del dogma por Pio IX, en 1854, a 4 años de la muerte del santo. Esta espiritualidad mariano-eucarística es muy propia de la Iglesia maronita y es la causa de tantos santos en ella.


Conclusión

Al hablarles del papel que la Virgen María ha tenido en cuidar de nuestro Líbano que Dios quiso que sea la tierra de María, he querido incentivarlos a renovar su amor a María nuestra madre, a confiar mucho en su poder de intercesión y a intensificar su devoción hacia Ella para que sea la medidora de muchas gracias del cielo a fin de que vivamos en santidad, ya que María es fuente de la gracia y de la santidad porque Dios la eligió para ser la depositaria de sus bienes celestiales, como la había elegido para ser portadora de su Hijo y corredentora con El en la Redención. Nuestra vocación de cristianos es una llamada continúa a la santidad. Seamos santos mediante una conducta de honestidad, de rectitud y de caridad. Es con alegría que agradecemos a Dios y a su Representante en la tierra por haber tenido en el espacio de 30 años tres santos libaneses maronitas canonizados, gloria de la Iglesia Maronita y gozo del pueblo libanés.


Llamado y despedida del pastor

Hermanos, quisiera comunicarles que este año en octubre tendrá lugar la segunda Sesión y la clausura del Sínodo Patriarcal Maronita en el Líbano. Es un evento eclesial de gran envergadura que servirá para renovar las estructuras de nuestra Iglesia para adaptarlas a nuestros días, según la orientación del Papa en su llamado para la “Nueva Evangelización”. Me permito poner en su conocimiento un trecho de la carta del Secretario General del Sínodo, S.E. Mons Yussef Bechara: “Los costos de la primera Sesión fueron 153.000 dólares, cubiertos por las donaciones de algunos maronitas en el Líbano, con la bendición de su Beatitud el Patriarca Sfeir. Los costos de la próxima Sesión ascenderán a 250.000 dólares Hemos optado, con la venia de la Comisión Central del Sínodo, de pedirles a ponerse en contacto con las personas pudientes en su Eparquía, para que, siguiendo el ejemplo de sus hermanos en el Líbano, colaboren según permite su capacidad y lo ve conveniente su generosidad, a fin que la coparticipación sea compartida”. Mi llamado es que sean atentos y generosos. Dios los recompensa con su inmensa generosidad.

Termino, haciendo mías las palabras de San Pablo en su carta a los cristianos de Efeso: “Llegue a todos los hermanos la paz, el amor y la fe que proceden de Dios, el Padre, y del Señor Jesucristo”.(Ef 6 23). Reciban con este saludo el cordial abrazo y la particular bendición del pastor.


Buenos Aires, mayo 2004

Mons. Charbel Merhi, obispo maronita


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