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LA MUERTE NO DEBE RESQUEBRAJAR LA
ESPERANZA
Mensaje de monseñor Elmer Osmar Miani, al
culminar las celebraciones en honor a Nuestra Señora del Valle (8
de diciembre de 2005)
Autoridades presentes
Sacerdotes, religiosos y religiosas
Hijos y devotos de la Virgen del Valle
Peregrinos de María Santísima
Hermanos y hermanas en el Señor
Al
celebrar la Inmaculada Concepción de la Virgen Santísima, celebramos
el inicio de la vida de María;
una
vida vigorosa, llena de gracia, de dones y de privilegios;
una
vida que ha demostrado su fecundidad con el paso de los años y el
curso de los siglos.
Una
vida que es signo magnífico del don maravilloso que es la vida de toda
persona humana.
Una
vida que nos lleva, como por un dinamismo interior, a contemplar a
Aquel que es el origen y la fuente de la Vida y a honrar la vida de
toda persona como regalo y gracia de Dios.
Honramos la vida profesando nuestra convicción de que exige un
religioso respecto, porque es el bien primario de toda persona y es
un requisito indispensable para la convivencia humana.
Pero
no honramos la vida en abstracto, sino con referencia a cada persona,
porque cada persona tiene un valor incomparable, ya que para cada uno
nació Cristo.
Toda
vida humana es, por eso, irrepetible, insustituible.
También lo era, por cierto, la vida de la piadosa mujer que
devotamente rezaba ayer ante la Sagrada Imagen de la Virgen del Valle
y ante quien se hizo presente el misterio de la muerte. Como es
asimismo sagrada la vida de las otras dos mujeres que fueron afectadas
por el trágico hecho por todos conocido.
¿Qué
decir ante este hecho? ¿Cómo explicar este suceso?
No
tenemos una respuesta que satisfaga todos nuestros cuestionamientos,
porque lo misterioso es para nosotros incomprensible e inexplicable.
Pero
sí podemos decir que confiamos en la victoria del Señor sobre la
muerte por su resurrección y que en El y de El esperamos una vida en
el más allá; una vida en la que, participando de su Victoria,
triunfaremos definitivamente sobre la muerte; una vida en la cual no
habrá “ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó”. (Apoc
21, 4)
Ante
el misterio de la muerte no debe resquebrajarse la esperanza del
cristiano.
Por el
contrario, ha de experimentar personal consuelo y fortaleza en la
meditación de aquellas inspiradas palabras del Apóstol: “No queremos,
hermanos, que vivan en la ignorancia acerca de los que ya han muerto,
para que no estén tristes como los otros, que no tienen esperanza.
Porque nosotros creemos que Jesús murió y resucitó, de la misma
manera, Dios llevará con Jesús a los que murieron con él”. (1 Tes 4,
13-14)
Nuestros muertos, queridos hermanos, son llevados al encuentro de
Cristo, con quien permanecerán para siempre. (Cfr. 1 Tes 4, 17)
Por lo
demás, la muerte como término de la peregrinación terrenal, aún con
toda su carga de angustia e irreversibilidad, no es el máximo mal que
hemos de temer.
Ella
es la primera muerte, cuya tenebrosidad se hace luz en comparación con
la segunda muerte, que es la del alma por el pecado y a la que hemos
de temer. Como decía Jesús, “no teman a los que matan el cuerpo, pero
no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el
alma y el cuerpo a la Gehena”. (Mt 10, 28)
Esta
“segunda muerte no dañará al vencedor”, (Apoc 2, 11) es decir, a la
persona que es “fiel hasta la muerte” temporal. (Apoc 2, 10)
Esta
hermana que murió ayer lo hizo en compañía de María, quien es garantía
de fidelidad y perseverancia.
Y
aunque las circunstancias de su trágico fallecimiento causen desazón,
desfallecimiento y comprensible angustia, ha de servir de consuelo a
todos, especialmente a sus seres queridos, la certeza de que María
jamás abandona a quienes junto a Ella perseveran en la fe, la
esperanza, la piedad y el amor.
En
fin, hermanos, es “destino de los hombres morir una sola vez, luego de
lo cual viene el juicio”. (Hebr 9, 27) Por eso elevamos una ferviente
oración por esta persona que falleció, para que el Señor, librándola
de la segunda muerte, la haga participar del coro de los que, en el
cielo, entonan gozosos el eterno Aleluya de los bienaventurados.
Queridos hermanos y hermanas:
La
Iglesia es pueblo de y para la vida.
Por
eso el trágico acontecimiento de ayer en el interior de la Catedral
Basílica, y como reacción de fe ante el mismo, nos mueve a confesar
con precisión y firmeza el valor de la vida humana y de su carácter
inviolable.
A
través de ese suceso nos sentimos llamados por Dios a respetar,
defender, amar y servir a la vida, a toda vida humana; con la íntima
certeza de que sólo siguiendo este camino encontraremos justicia,
concordia, libertad, paz y felicidad.
Adhirámonos, pues, con todo nuestro espíritu al dueño de la Vida, que
es Jesucristo Nuestro Señor y apeguémonos a su pasión y muerte, porque
su sangre purifica el corazón del hombre, su pascua muestra la
grandeza de toda persona humana, su donación señala la vocación común
a la comunión y su muerte es compromiso con la vida.
Queridos hijos, devotos y peregrinos de la Virgen:
Potente es la muerte, pero más poderosa es María, porque a Ella dijo
el Ángel: “no temas, María... el Señor está contigo... y para Dios
nada es imposible”.
Desde
entonces la conciencia de la Virgen Santísima estuvo marcada por la
certeza de que Dios está a su lado y la acompaña con su providencia
benévola. Y como María nos acompaña a nosotros, a través de ella obra
en nosotros la omnipotencia de Aquel que todo lo puede.
Más
aún, Ella nos muestra a su Hijo, asegurándonos de ese modo que las
fuerzas de la muerte han sido ya derrotadas para siempre en Jesús.
Levantando estos estandartes de victoria, María es, pues, nuestro
consuelo, nuestro refugio y nuestra certidumbre de victoria.
Sabiendo esto y recordando que hoy se cumplen cuarenta años de la
Clausura del Concilio Vaticano II, el Santo Padre Benedicto XVI ha
querido conceder una indulgencia plenaria a todos los que hoy recen
con filial fervor mariano ante una Imagen de la Inmaculada Concepción
y/o celebren con amor la Purísima Concepción de la Virgen María,
cumpliendo los demás requisitos impuestos por la Iglesia.
Recemos, pues, por las intenciones del Santo Padre ante la Bendita
Imagen de la Virgen del Valle y dispongámonos para recibir su
apostólica bendición que nos librará de las penas temporales debidas
a los pecados perdonados ya en cuanto a la culpa.
En
unidad de fe y amor con el Papa, recemos humilde y fervorosamente el
Padre Nuestro y el Credo.
Mons. Elmer Osmar Miani, obispo de Catamarca |