SUSCRIPCIONES

Inicio

Nosotros

Noticias

Actualidad

Santa Sede

Iglesia en la Argentina


Documentos


Santoral

Ediciones AICA

 

Copyright © 2006 AICA.
Todos los derechos
reservados.

 

 

 Documentos

 
   

LA MUERTE NO DEBE RESQUEBRAJAR LA ESPERANZA


Mensaje de monseñor Elmer Osmar Miani, al culminar las celebraciones en honor a Nuestra Señora del Valle (8 de diciembre de 2005)


Autoridades presentes
Sacerdotes, religiosos y religiosas
Hijos y devotos de la Virgen del Valle
Peregrinos de María Santísima
Hermanos y hermanas en el Señor

 

Al celebrar la Inmaculada Concepción de la Virgen Santísima, celebramos el inicio de la vida de María;

una vida vigorosa, llena de gracia, de dones y de privilegios;

una vida que ha demostrado su fecundidad con el paso de los años y el curso de los siglos.

Una vida que es signo magnífico del don maravilloso que es la vida de toda persona humana.

Una vida que nos lleva, como por un dinamismo interior, a contemplar a Aquel que es el origen y la fuente de la Vida y a honrar la vida de toda persona como regalo y gracia de Dios.

Honramos la vida profesando nuestra convicción de que exige un religioso respecto, porque es el bien primario  de toda persona y es un requisito indispensable para la convivencia humana.

Pero no honramos la vida en abstracto, sino con referencia a cada persona, porque cada persona tiene un valor incomparable, ya que para cada uno nació Cristo.

Toda vida humana es, por eso, irrepetible, insustituible.

También lo era, por cierto, la vida de la piadosa mujer que devotamente rezaba ayer ante la Sagrada Imagen de la Virgen del Valle y ante quien se hizo presente el misterio de la muerte. Como es asimismo sagrada la vida de las otras dos mujeres que fueron afectadas por el trágico hecho por todos conocido.

¿Qué decir ante este hecho? ¿Cómo explicar este suceso?

No tenemos una respuesta que satisfaga todos nuestros cuestionamientos, porque lo misterioso es para nosotros incomprensible e inexplicable.

Pero sí podemos decir que confiamos en la victoria del Señor sobre la muerte por su resurrección y que en El y de El esperamos una vida en el más allá; una vida en la que, participando de su Victoria, triunfaremos definitivamente sobre la muerte; una vida en la cual no habrá “ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó”. (Apoc 21, 4)

Ante el misterio de la muerte no debe resquebrajarse la esperanza del cristiano.

Por el contrario, ha de experimentar personal consuelo y fortaleza en la meditación de aquellas inspiradas palabras del Apóstol: “No queremos, hermanos, que vivan en la ignorancia acerca de los que ya han muerto, para que no estén tristes como los otros, que no tienen esperanza. Porque nosotros creemos que Jesús murió y resucitó, de la misma manera, Dios llevará con Jesús a los que murieron con él”. (1 Tes 4, 13-14)

Nuestros muertos, queridos hermanos, son llevados al encuentro de Cristo, con quien permanecerán para siempre. (Cfr. 1 Tes 4, 17)

Por lo demás, la muerte  como término de la peregrinación terrenal, aún con toda su carga de angustia e irreversibilidad, no es el máximo mal que hemos de temer.

Ella es la primera muerte, cuya tenebrosidad se hace luz en comparación con la segunda muerte, que es la del alma por el pecado y a la que hemos de temer. Como decía Jesús, “no teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo a la Gehena”. (Mt 10, 28)

Esta “segunda muerte no dañará al vencedor”, (Apoc 2, 11) es decir, a la persona que es “fiel hasta la muerte” temporal. (Apoc 2, 10)

Esta hermana que murió ayer lo hizo en compañía de María, quien es garantía de fidelidad y perseverancia.

Y aunque las circunstancias de su trágico fallecimiento causen desazón, desfallecimiento y comprensible angustia, ha de servir de consuelo a todos, especialmente a sus seres queridos, la certeza de que María jamás abandona a quienes junto a Ella perseveran en la fe, la esperanza, la piedad y el amor.

En fin, hermanos, es “destino de los hombres morir una sola vez, luego de lo cual viene el juicio”. (Hebr 9, 27) Por eso elevamos una ferviente oración por esta persona que falleció, para que el Señor, librándola de la segunda muerte, la haga participar del coro de los que, en el cielo, entonan gozosos el eterno Aleluya de los bienaventurados.

Queridos hermanos y hermanas:

La Iglesia es pueblo de y para la vida.

Por eso el trágico acontecimiento de ayer en el interior de la Catedral Basílica, y como reacción de fe ante el mismo, nos mueve a confesar con precisión y firmeza el valor de la vida humana y de su carácter inviolable.

A través de ese suceso nos sentimos llamados por Dios a respetar, defender, amar y servir a la vida, a toda vida humana; con la íntima certeza de que sólo siguiendo este camino encontraremos justicia, concordia, libertad, paz y felicidad.

Adhirámonos, pues, con todo nuestro espíritu al dueño de la Vida, que es Jesucristo Nuestro Señor y apeguémonos a su pasión y muerte, porque su sangre purifica el corazón del hombre, su pascua muestra la grandeza de toda persona humana, su donación señala la vocación común a la comunión y su muerte es compromiso con la vida.

Queridos hijos, devotos y peregrinos de la Virgen:

Potente es la muerte, pero más poderosa es María, porque a Ella dijo el Ángel: “no temas, María... el Señor está contigo... y para Dios nada es imposible”.

Desde entonces la conciencia de la Virgen Santísima estuvo marcada por la certeza de que Dios está a su lado y la acompaña con su providencia benévola. Y como María nos acompaña a nosotros, a través de ella obra en nosotros la omnipotencia de Aquel que todo lo puede.

Más aún, Ella nos muestra a su Hijo, asegurándonos de ese modo que las fuerzas de la muerte han sido ya derrotadas para siempre en Jesús.

Levantando estos estandartes de victoria, María es, pues, nuestro consuelo, nuestro refugio y nuestra certidumbre de victoria.

Sabiendo esto y recordando que hoy se cumplen cuarenta años de la Clausura del Concilio Vaticano II, el Santo Padre Benedicto XVI  ha querido conceder una indulgencia plenaria a todos los que hoy recen con filial fervor mariano ante una Imagen de la Inmaculada Concepción y/o celebren con amor la Purísima Concepción de la Virgen María, cumpliendo los demás requisitos impuestos por la Iglesia.

Recemos, pues, por las intenciones del Santo Padre ante la Bendita Imagen de la Virgen del Valle y dispongámonos para recibir su apostólica bendición que nos librará de las penas  temporales debidas a los pecados perdonados ya en cuanto a la culpa.

En unidad de fe y amor con el Papa, recemos humilde y fervorosamente el Padre Nuestro y el Credo.


Mons. Elmer Osmar Miani,
obispo de Catamarca


Agencia Informativa Católica Argentina
Bolívar 218, 3er. piso, 1066 Buenos Aires,
Tel. (011) 4343-4397 (líneas rotativas) - Fax: (011) 4334-4202
E-mail: info@aica.org - Sitio en Internet http:// www.aica.org
Copyright © 1996 / 2006 AICA. Todos los derechos reservados.