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CONCILIO VATICANO II,
EL CATECISMO DE LOS TIEMPOS MODERNOS


Homilía de
monseñor Elmer Osmar Miani, pronunciada en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, en el 40° Aniversario de la Clausura del Concilio Vaticano II (8 de diciembre de 2005)


Autoridades presentes.
Sacerdotes, religiosos y religiosas.
Hermanos y hermanas en el Señor
 

Nos hemos reunidos en la Casa de Dios que es también Casa de la Virgen, para celebrar la Inmaculada Concepción de la Madre de Jesús y Madre nuestra.

Recordamos, asimismo, que en un día como hoy, hace cuarenta años, con una enternecedora homilía pronunciada durante la Misa celebrada en la Plaza de San Pedro, el recordado Papa Pablo VI clausuraba solemnemente el Concilio Vaticano II.

En esa homilía dirigía el Papa un saludo universal, saludo que se extendía a todos los hombres del mundo, porque “para la Iglesia católica nadie es extraño, nadie está excluido, nadie se encuentra lejos”.

Saludando a la humanidad toda, fijaba el Papa su fiel y esperanzada mirada en María Santísima e Inmaculada; en esta mujer humilde, hermana nuestra y al mismo tiempo celestial, Madre y Reina nuestra, espejo nítido y sagrado de la infinita belleza.

El día anterior, al final de la última sesión pública del Concilio, pronunció el mismo Papa una densa alocución precisando el valor religioso del Concilio y exaltando su inmenso significado humano.

En un pasaje de aquella alocución decía Pablo VI que en el Concilio, la Iglesia Católica se declaró toda ella a favor y en servicio del hombre, ofreciéndole un auténtico humanismo y una concepción trascendente de la persona humana.

Más aún, afirmaba que en el Concilio la religión católica y la vida humana han reafirmado su alianza, porque la religión católica es, en cierto sentido, la vida de la humanidad.

Es la vida de la humanidad porque proporciona una interpretación exacta y sublime del misterio del hombre.

Es la vida de la humanidad porque describe su naturaleza, su destino y su verdadero significado.

Es la vida de la humanidad porque ofrece a cada hombre y a cada mujer la ley suprema de la vida,  que es Jesucristo Nuestro Señor, infundiéndole una misteriosa energía que hace posible una verdadera divinización de la humanidad.

En los densos y riquísimos textos del Concilio Vaticano II, seguía diciendo el Papa, se nos enseña que en el rostro de cada hombre se hace transparente el rostro de Cristo, y se nos recuerda que en el rostro de Cristo debemos reconocer el rostro del Padre Celestial. (cfr. Juan 14, 9) Por eso, en el Concilio el humanismo se hace cristianismo, y el cristianismo se hace teocentrismo, dejando al descubierto que para conocer a Dios es necesario conocer al hombre.

En el contexto de estas palabras pontificias, y sobre todo en las especiales circunstancias creadas ayer por el trágico hecho que significó la muerte de una persona y graves heridas para otras dos, queremos detener brevemente nuestro espíritu en la consideración de algunas enseñanzas del Concilio Vaticano II sobre el misterio de la muerte.

Decía el Concilio (GS 18) que “el máximo enigma de la vida humana es la muerte”. Y ciertamente que lo es en toda ocasión. E incluso a veces se torna más enigmática aún, como es el caso de ayer.

¿Por qué lo es? Porque tememos desaparecer perpetuamente, aniquilarnos, volver a la nada. Perspectiva de ruina total y de adiós definitivo que con certero juicio nos resistimos a aceptar, porque la semilla de eternidad que llevamos en nosotros, por ser irreductible a la sola materia, se levanta contra la muerte.

Ante este temor y ante los fracasos de todos los esfuerzos de la técnica moderna  por proporcionar inmortalidad, “la Iglesia, aleccionada por la Revelación divina, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz situado más allá de las fronteras de la miseria terrestre.

La fe cristiana enseña que la muerte corporal, que entró en la historia a consecuencia del pecado, será vencida cando el omnipotente y misericordioso Salvador restituya al hombre en la salvación perdida por el pecado”.

Más aún, la fe cristiana proclama que “Dios ha llamado y llama al hombre a adherirse a El con la total plenitud de su ser en la perpetua comunión de la incorruptible vida divina” y que “ha sido Cristo resucitado el que ha ganado esta victoria para el hombre, liberándolo de la muerte por su propia muerte”.

Por eso es que, “para todo hombre que reflexione, la fe, apoyada en sólidos argumentos, responde satisfactoriamente al interrogante angustioso sobre el destino futuro del hombre y al mismo tiempo ofrece la posibilidad de una comunión con nuestros mismos queridos hermanos arrebatados por la muerte, dándonos la esperanza de que poseen ya en Dios la vida verdadera”.

Esta enseñanza del Concilio, aún sin develar del todo el misterio de la muerte, nos ofrece un camino seguro y profundo, firme y luminoso, para tratar de comprender lo que ayer ocurrió y  ofrece aliento y esperanza para todos los que están desconcertados, afligidos y atribulados por la muerte de una piadosa hija de María Santísima.

Por lo demás, queridos hermanos, en todo el amplio espectro de la vida humana, el Concilio es una potente y amistosa invitación a la humanidad de hoy a encontrar de nuevo, por la vía del amor fraterno, a aquel Dios “de quien alejarse es caer, a quien dirigirse es levantarse, en quien permanecer es estar firmes, a quien volver es renacer, en quien habitar es vivir”. (San Agustín, Soliloquios, I,1,3)

Queridos hermanos y hermanas, el Concilio Vaticano II fue y es inexhausto catecismo de los tiempos modernos, luz para la Iglesia y la humanidad, soplo del Espíritu, semilla de fecundos frutos, faro que indica el camino a seguir, mano tendida por la Iglesia al mundo, mensaje de paz y esperanza para todos los hombres, conciencia más lúcida de la naturaleza de la Iglesia, llamada a la comunión de sus miembros, dilucidación de sus diferentes oficios, iluminación acerca del ministerio episcopal, impulso apostólico y misionero, renovación del culto y de la vida, retorno a las fuentes de la fe...

¡Cuánto desearíamos que los textos conciliares fuesen nuestro espiritual alimento cotidiano! ¡Cuánto querríamos que, sin prejuicios y con la mente y el corazón favorablemente dispuestos, nos acercásemos a esas vetas de doctrina siempre nueva y siempre antigua para sondear, guiados por su sabio discurso, los misterios de Dios y de Cristo, de la Iglesia, del hombre y de la historia humana! ¡Cuántas exclamaciones de genuina sorpresa surgirían de la garganta de los hombres y las mujeres comprometidos con la vida social y política al descubrir en algunas páginas conciliares una pintura exacta de lo que somos, pensamos y hacemos! ¡Cuántos lugares comunes caerían por tierra y cuántos errores se disiparían! ¡Cómo nos toparíamos con afirmaciones que se presentan como novedad y que ya fueron sabiamente expuestas por el Concilio!

Por eso, pues, reconociendo la grandeza, la sabiduría, la profundidad de doctrina, la providencial oportunidad, la profunda renovación obrada, la honesta apertura intelectual y espiritual, y muchísimas otras riquezas del Concilio Vaticano II, investigadas y aplicadas algunas y otras aún por descubrir, a cuarenta años exactos de su Solemne Clausura, reunidos a los pies de la bendita Imagen de la Purísima Concepción del Valle, Madre de Cristo y de la Iglesia, con Ella, a una sola voz y con un solo corazón, damos gracias por el Concilio Vaticano II y glorificamos a su autor y conductor, a su centro y meta, al Dios vivo y verdadero, Dios único y sumo, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.


Mons. Elmer Osmar Miani,
obispo de Catamarca


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