Mensaje de Cuaresma 1999, del arzobispo de Rosario, monseñor
Eduardo V. Mirás, dirigido a los sacerdotes, a los miembros de los
Institutos de Vida Consagrada, y a los Fieles de la arquidiócesis.
El miércoles 17 de febrero comenzamos la cuaresma con el
tradicional rito de la imposición de las cenizas. La cuaresma es un
tiempo de reflexión y de oración que nos prepara a la celebración
de la Pascua de Cristo. Un tiempo de penitencia que nos invita a
purificarnos de nuestros pecados. Una nueva oportunidad que Dios nos
da para que convirtamos a El nuestro corazón.
Convertirse
es darle a Dios un sitio en la propia vida. Reconocerlo como Señor
y seguirlo con fidelidad. Este reconocimiento es el comienzo de un
arduo peregrinaje, que dura la vida entera, hacia la aceptación
sincera de su voluntad, para lograr la plena comunión con El.
Reconocer a Dios es aprender a caminar por encima de las
dificultades y las tentaciones de cada día, bendiciendo siempre su
nombre, porque es misericordioso, aunque muchas veces no alcancemos
a comprender los planes de su providencia.
Este
último año, preparatorio al gran jubileo del dos mil, está
especialmente dedicado al Padre Celestial que en su Hijo predilecto
nos comunica su propia vida. Lo envió al mundo para salvarnos (Jn.
16, 28), y retornará a prepararnos un lugar para llevarnos con El,
a fin de que donde El esté también estemos nosotros (cf. Jn.14,
2-3).
La
vida cristiana es una gran peregrinación hacia el Padre que nos
espera. Su llamado -nos dice Juan Pablo en la Tertio Millennio
Adveniente-, debe llevarnos a todos a emprender un camino de
conversión que nos libre del pecado y nos lleve a ejercitarnos
constantemente en la elección del bien. Esa elección se expresa en
el obrar siempre con sentido ético y evangélico (cf. TMA 49-50).
La
conversión favorece una vida nueva que nos hace superar la ruptura
entre la fe y la vida, para que nuestro cristianismo no sea
solamente nominal, sino verdaderamente testimonial. En su mensaje
cuaresmal, el Papa nos enseña que la cuaresma también es tiempo de
gratitud por las maravillas que en todas las épocas de la historia
Dios ha hecho en favor de los hombres, "de modo particular en
la redención, para la cual no perdonó ni a su propio Hijo"
(cf. Rom 8,32). Descubrir su presencia salvadora en las vicisitudes
humanas nos hace sentir como destinatarios de su amor de
predilección y nos impulsa a convertirnos a El. O sea: a
"cambiar la vida en coherencia con el cambio del
corazón", orientándonos "a un continuo caminar hacia lo
que es mejor" (cf. RP.4).
En
busca de esta conversión del corazón que es "una promoción
en la verdadera libertad", nos decía Pablo VI (GD.51), este
año se nos propone de modo especial el ejercicio frecuente del
sacramento de la penitencia que nos alcanza la reconciliación por
el ministerio de la Iglesia. Superar el pecado produce una
transformación interior que nos une a Dios, nos hace amarlo más
como Padre y nos lleva a compartir con los otros hombres una
convivencia más fraterna, porque el amor a Dios abre el alma del
creyente a sus hermanos. En el reciente documento post-sinodal, nos
dice Juan Pablo II que "la auténtica conversión debe
prepararse y cultivarse con la lectura orante de la Sagrada
Escritura y la recepción de los sacramentos de la Reconciliación y
la Eucaristía" (Iglesia en América 26).
Ese
constante encontrarnos con Cristo en la oración y en la
eucaristía, nos ayudará a crecer en la caridad y a concretarla en
obras de misericordia teniendo especialmente en cuenta "a
quienes están excluidos del banquete del consumo diario"
(J.P.II, Mensaje Cuaresma 1999). Y podremos traducir en solidaridad
efectiva nuestro amor por los demás y asumir un mayor compromiso
con la justicia, ante tanta desigualdad social; y con la paz, ante
tantos conflictos y violencias, especialmente la cotidiana que nos
tiene como protagonistas.
Nos
acogemos a la intercesión de María, Madre de Jesús y Madre
nuestra, Hija predilecta del Padre Celestial, para que alimente en
nuestros corazones el fervor por vivir una vida auténticamente
evangélica.
Mons. Eduardo Mirás, arzobispo de Rosario