El miércoles 8 de marzo comenzamos la Cuaresma con
la tradicional ceremonia de la imposición de las cenizas.
El Concilio Vaticano II nos enseña que el tiempo de
Cuaresma prepara a los fieles para la celebración del misterio pascual llamándonos a la
penitencia, mediante el recuerdo del bautismo, la meditación de la Palabra y la oración.
El año jubilar es especialmente propicio para
realizar las prácticas que la Iglesia nos ofrece en este tiempo tan singular de la
liturgia. Celebrar dos mil años de la venida del Señor que, nacido de María, murió en
la cruz para salvarnos, significa glorificar el amor infinito del Padre por cada uno de
los hombres. Nos entregó a su Hijo (Jn 3, 16) para que se hiciera nuestro hermano,
viviera nuestra misma vida con sus alegrías y sus angustias, y nos amara hasta el extremo
asumiendo la responsabilidad de todas las culpas a fin de purificarnos de ellas y
redimirnos. Esto nos recuerda la malicia del pecado que se manifiesta en el odio, el
engaño, la mentira y la sensualidad, y que cometemos con tanta facilidad en la vida
cotidiana, aunque sepamos que el mal moral requirió el anonadamiento de Cristo para
rescatarnos de su esclavitud (Juan Pablo II, Mensaje de Cuaresma, 2).
La cuaresma nos invita al arrepentimiento de las
culpas y a la corrección de las imperfecciones que vamos acumulando al correr de los
días. Es tiempo de conversión en el que Dios nos comunica nuevas posibilidades de vida.
Es tiempo de volverse hacia el Señor y darle cabida en nuestro corazón para seguirlo con
mayor fidelidad, cumpliendo el evangelio.
En el profeta Isaías (43, 24b-25), Dios nos
comunica el gran anuncio del perdón ofrecido a quienes se arrepientan: "...me has
cansado con tus iniquidades... pero Yo soy el que borro tus crímenes y no me acordaré de
tus pecados". Promesa de amor que llega a su culminación en el sacrificio de Jesús.
El llamado a la conversión, nos decía Pablo VI (GD, 51), pone en marcha y promueve la
verdadera libertad y la alegría. Su camino es un lento y arduo peregrinaje hacia la
voluntad de Dios; nos libera de nuestras culpas; y nos lleva a encontrarnos con el Padre
que espera ansioso nuestro regreso al hogar, como leemos en la parábola del hijo pródigo
(Lc 15, 11-32).
Cuarenta días que, en este año jubilar, deben
convertirse en un tiempo privilegiado para buscar la experiencia del amor de Dios que
perdona y reconcilia (Juan Pablo II, id. 4).
Estas semanas, la Iglesia nos introduce en una
liturgia de conversión que nos convoca a tomar conciencia de la responsabilidad personal
y social de nuestras obras y actitudes. Nos llama al arrepentimiento y al compromiso
profundo de amor fraterno por el prójimo, en quien debemos ver siempre el rostro
sufriente de Jesús.
Pero también nos invita a reavivar nuestra
esperanza, enseñándonos que la historia contiene en sí misma el germen de bien que, con
la ayuda de Dios, podemos llevar a su plenitud mediante nuestro trabajo y esfuerzo
cotidiano, buscando hacer al mundo más humano y más feliz para todos.
Hacen falta las obras con las que intentemos ayudar
a los hermanos: el Papa nos dice que quienes quieran emprender el camino jubilar, han de
escuchar con atención y con disponibilidad el grito de dolor y de desesperanza de quienes
carecen de lo necesario para vivir y de quienes son víctimas del hambre, de la violencia
y de la injusticia, a fin de comprometernos a garantizar a todos, lo necesario para vivir
humanamente (Juan Pablo II, id 5).
En fin, Cuaresma es tiempo de oración, de
penitencia y de caridad.
1. Tiempo de oración que busca el
encuentro con Cristo Salvador, para entrar en comunión con su modo de pensar, a fin de
obrar en consecuencia.
2. Tiempo de penitencia, para
purificar nuestra vida con el dolor de nuestros pecados y con el cambio de orientación de
las actitudes que nos apartan del Evangelio, sabiendo que Dios es siempre misericordioso
aunque muchas veces no lleguemos a comprender los planes de su providencia.
3. Tiempo de caridad en el que debemos
esforzarnos por apartar de nuestra vida toda discordia o desconsideración con los demás;
toda envidia o encono expresados en la murmuración, las rencillas, la falta de
mansedumbre, o el desprecio provocado por el orgullo y el egoísmo. Cristo nos ha
demostrado que no es una utopía inalcanzable perdonar de corazón y honrar a todos con
respeto y amor; y nos ha dejado el mandato de ser solidarios, porque somos hermanos.
Que la Cuaresma de este año jubilar nos lleve a
examinar sinceramente nuestras actitudes, arrepentidos de los pecados con que ofendimos a
Dios y nos comprometa a vivir el nuevo estilo que nos propone el evangelio.
Nos acogemos a la intercesión de María, Madre de
Jesús y Madre nuestra, pidiendo que nos alcance del Señor la fortaleza y el fervor
necesarios para convertirnos en auténticos cristianos.
Con estos sentimientos nos preparamos a compartir la
Pascua de Jesús que hace dos mil años vino a salvarnos.
Los bendice.
Mons. Eduardo Mirás,
arzobispo de Rosario