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EL AMOR ES SIMIENTE DE VIDA, 
PERO EL ODIO ES GERMEN DE MUERTE


Alocución del arzobispo de Rosario, monseñor Eduardo Vicente Mirás, en la celebración del tedéum celebrado en la catedral rosarina el 25 de mayo de 2001.


Una vez más nos reunimos en esta iglesia catedral para honrar a la Patria, elevando nuestra sincera plegaria por su progreso y su prosperidad y para dar gracias a Dios por estos 191 años pasados desde la gesta que inició nuestra libertad política y reflexionar sobre nuestro país.

La Palabra de Dios que hemos proclamado (I Tm. 2, 1-8), nos recomienda, paternalmente, la oración por todos los seres humanos, para secundar el plan salvífico de Dios que busca la felicidad de sus hijos. Plegarias, súplicas, intercesiones y acción de gracias, dice Pablo, para que todos lleguen al conocimiento de la verdad, o sea: para que la comunidad encuentre el camino auténtico que la lleve hacia la felicidad. Incluye en esta invitación, de forma especial, la oración por aquellos que go-biernan, puesto que si, practicando la justicia buscan la equidad social, habrán de producir las condiciones de vida necesarias para que la sociedad goce de una existencia apacible y tranquila, respetuosa de la igualdad y de la dignidad de sus miembros.

La ciudadanía tiene derecho a ser feliz, y la Patria no puede realizarse sino a partir del bienestar de todos sus habitantes, porque no es un simple conglomerado de individuos. Tampoco se define por el Estado y su desarrollo. Es más que eso. Es la ambición de un pueblo entero que busca esperanzadamente vivir en fraternidad, con dignidad y progreso creciente. No es solamente la tierra poseída o el recuerdo de las luchas de la independencia, sino, sobre todo, el acervo moral que un país ha ido acumulando desde los comienzos de su existencia y, aun antes de serlo, desde los orígenes de las tradiciones que constituyen su propia civilización. Es la comunión de anhelos, de creencias y de esperanzas, que han creado vínculos especiales de pertenencia a un determinado grupo humano, adoptando un peculiar modo de vida política y social, aspirando a una específica manera de convivir y de progresar. Nuestro escudo simbolizando esa comunión de voluntades, muestra dos manos unidas estrechamente para sostener el emblema de la libertad.

Mayo nos ha dejado a los argentinos, como paradigma, aquella exigencia de los ciudadanos reunidos ante el Cabildo de Buenos Aires, cuando hicieron oír su clamor anunciando a las autoridades que el pueblo quería saber lo que estaba ocurriendo. Saber hacia dónde se encaminaba la nación que pugnaba por nacer. Su mística fue la libertad consciente y responsable, expresada en la exigencia de participación y de protagonismo. Exigencia que debe perdurar siempre en el tiempo si de verdad amamos la democracia.

Es imposible tender a un futuro desconocido. Sin avizorarlo, no cabe despertar la esperanza, ya que la esperanza es tensión hacia una meta, que obviamente debe ser conocida para organizar la acción, porque no es un deseo utópico, sino el descubrimiento de las oportunidades de crecer y progresar, y de vencer los problemas que se opongan a la consecución de lo que se quiere. Nada hay más importante que tener esperanza.

La crisis del país nos impone conocer el horizonte hacia el cual dirigir el esfuerzo del propio trabajo, de las necesarias renuncias personales y de la búsqueda afanosa de progreso, convivencia y paz. Y esa esperanza requiere de los ciudadanos, por una parte, que intervengan con democracia real y no puramente formal en la planificación del país que anhelamos; y por otra parte, necesita del Estado que ofrezca francos caminos de participación y que, además, guíe al pueblo hacia la reconstitución de sus vínculos, ahora deteriorados, creando una sociedad comunitaria y fraterna, que convierta en familia a todos los habitantes de la Nación. Esto nos llama a no ceder a la presunción de soluciones ilusorias, que no buscan el progreso de todos, y a proponer, en cambio, con el consenso responsable de los diversos sectores, iniciativas realizables, que tengan la mira puesta en el bienestar de todo el país, especialmente de los más pobres y necesitados, a quienes urge elevar de su abandono social.

Al Estado le corresponde establecer el marco posible de desarrollo y encauzarlo con leyes justas que resguarden los derechos de cada habitante. Y es deber de sus dirigentes el ser, cada uno, gestor del bien común, de la igualdad de oportunidades, y del respeto por la dignidad de todos.

Nada habría más errado que reducir la política al poder. Nada habría más ideologizado que identificarla con la lucha entre sectores. Al contrario, la política busca la convivencia en paz y con progreso de las distintas comunidades humanas, y exige conjugar las propias ideas y la propia libertad, con las ideas y el reconocimiento de las libertades de los otros. De lo contrario, en lugar de honrar al hombre buscando su bienestar, sólo serviría para sembrar la división y el odio entre hermanos. Y nada hay más temible que una cultura en cuyo centro anide el odio. Lamentablemente los argentinos ya hemos vivido así, no hace mucho tiempo, y sería muy peligroso permitir, por inanición, que se renueven aquellos momentos. La característica de una civilización que nació cristiana, y mayoritariamente permanece tal, es la fraternidad y el amor. El amor es simiente de vida, pero el odio es germen de muerte. La Patria nos convoca a rehacer vínculos, con amor solidario. "Después de Dios y de los padres, es a la Patria a quien más debemos", nos enseña la moral cristiana (cf. S. Th. 2-2 101/1). Todo hombre tiene deberes con el país, que se haría inviable sin lealtad ciudadana.

Honrar a la Patria es comprometernos con ella. Darle futuro. Unirnos para lograr el bienestar de todos sus habitantes. Saber exigir, respetuosa pero firmemente, que los planes económicos queden sometidos a las necesidades de la persona humana, cuidando muy especialmente a los más pobres y los más relegados.

Al comenzar este nuevo milenio, ya es hora que nos pongamos de pie. Que pensemos entre todos el país que queremos y que ofrezcamos nuestro esfuerzo, como hicieron los próceres de nuestra emancipación, para lograr el destino de bienestar social que podemos alcanzar. Con menores medios que los de hoy, ellos legaron la Argentina para que la convirtamos en tierra de promisión, de prosperidad y de paz para todos.

Por eso nos reunimos para orar públicamente por la Nación y por aquellos que tienen especial responsabilidad sobre su destino, a fin de que Jesucristo, el Señor de la historia, los ilumine y los guíe en su gestión de bien común.

En nombre de ustedes y de todos los habitantes de nuestro suelo, la Iglesia de Rosario ofrece a Dios, con emoción y gratitud, esta sentida plegaria por la Patria.


Mons. Eduardo Vicente Mirás,
arzobispo de Rosario


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2320 del 6 de junio de 2001


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