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la
primera cuaresma del siglo
Carta pastoral de
Cuaresma 2001 del arzobispo de Rosario, monseñor Eduardo Vicente Mirás.
A los sacerdotes, a los miembros de los Institutos de
Vida Consagrada y a todos los fieles de la Arquidiócesis de Rosario:
El próximo 28 de febrero, con la tradicional
imposición de las cenizas, comienza la primera Cuaresma del siglo. Como
siempre, es un tiempo que la Iglesia nos propone como preparación a la
celebración de la Pascua. Dios pone en el camino de nuestra vida
oportunidades especiales para que convirtamos a El nuestro corazón.
Nos dice el Papa en su mensaje que «la Cuaresma
representa para los creyentes la ocasión propicia para una profunda
revisión de vida» (Carta de Cuaresma, 1).
Hemos vivido durante todo el año 2000, la conciencia
de la proximidad de Cristo, Dios que se hizo hombre para salvarnos y hemos
pedido perdón por nuestros pecados, comprometiéndonos a llevar una vida
en el milenio nuevo. Compromiso que se fue haciendo cotidianamente con los
pequeños propósitos de virtud con que preparábamos nuestro corazón a
recibir las indulgencias que el Año Santo nos prometía.
Ahora la Iglesia nos da la oportunidad de concretarlos
y profundizarlos más.
Nos pregunta el Papa, «¿cómo acoger debidamente esta
llamada a la conversión que Dios nos dirige también en esta cuaresma?»
«¿Cómo llevar a cabo un serio cambio de vida?» (id) Y nos responde
inmediamente que el camino es entrar en uno mismo, y atender en el
corazón las sugerencias que nos hace con su Palabra a la que no debemos
vaciar de su contenido exigente, aunque turbe nuestra manera de vivir. Es
imprescindible tener comportamientos coherentes con nuestra fe. Juan Pablo
II en su carta apostólica «al comienzo del nuevo milenio» nos dice que
nos ayudará «fijar nuestra mirada en el rostro del Señor» (16).
Fijarla desde la fe que nos muestra a Jesús como el Hijo de Dios que vino
a nosotros por María, la Virgen, para compartir nuestra vida, padecer y
morir por nosotros en la cruz, y por fin resucitar para ofrecernos la
posibilidad de participar en la vida nueva que ha recreado para todos los
seres humanos. Vida de verdaderos hijos de Dios.
Si creemos en Cristo, debemos vivir como hijos del
Padre de los cielos. Jesús nos acompaña en nuestro camino: «Yo estaré
siempre con ustedes hasta el fin del mundo», nos dice El mismo (cf. Mt
28,20), y nos convoca a ser santos: «perfectos como el Padre celestial es
perfecto» (Mt 5, 48). Para ello nos ofrece el apoyo de la oración y de
los sacramentos a fin de que, día a día, podamos acercarnos un poco más
a ese ideal inalcanzable.
El tiempo de Cuaresma, nos invita a la penitencia por
nuestros propios pecados y por tanto mal como hay en el mundo. Penitencia
que nos lleva a purificar nuestra vida, mediante el arrepentimiento y la
corrección de las imperfecciones que vamos adquiriendo al correr del
tiempo.
Cuarenta días privilegiados para contemplar el rostro
del Señor y buscar la experiencia del amor de Dios que perdona y
reconcilia.
Cuarenta días de esperanza que reavivan la conciencia
de la resurrección en la que creemos, y nos enseñan que nuestra caridad
activa y nuestro esfuerzo pueden, con la ayuda de Dios, hacer al mundo
más humano y más feliz para todos.
Cuarenta días de oración más profunda, de
purificación de todas nuestras rencillas, y de caridad y solidaridad más
activa.
Dios nos alcance la gracia de ahondar en nosotros el
nuevo estilo de vida que nos propone el evangelio, para que nos sintamos
siempre hermanos entre los hombres, descubriendo en cada uno de ellos el
rostro mismo de Cristo, el Señor.
Los
bendice.
Mons.
Eduardo Mirás, arzobispo de Rosario
Rosario, 24 de febrero de 2001.
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2308, del
14 de marzo de 2001 |