Homilía de Mons. Eduardo Mirás, arzobispo de Rosario,
en el tedéum del 25 de mayo de 2002
El antiguo caserío del Pago de los Arroyos que surgió y creció en
torno a la humilde Capilla de la Virgen y que fue reconocido por la
Provincia de Santa Fe en 1823 como Villa Ilustre y Fiel bajo el
patrocinio de Nuestra Señora del Rosario, ha sido definitivamente
declarada "Ciudad" hace ahora 150 años. En el 2002,
estamos celebrando el sesquicentenario de este acontecimiento.
En
este marco, grato en recuerdos para quienes sienten la Ciudad como
el país doméstico, venimos a nuestra Iglesia Catedral para honrar
a la Patria en el aniversario de su emancipación. Al dar gracias a
Dios por estos 192 años de vida libre y soberana, transcurridos
desde la gesta de Mayo, elevamos nuestra plegaria por el progreso y
la prosperidad de la Nación.
Hoy
nos encontramos envueltos en la angustia de múltiples problemas:
políticos, económicos y sociales, que hacen peligrar la cohesión
de la sociedad y la identidad misma del país, soberano e
independiente.
Nunca
tuvo más importancia que ahora el compromiso de nuestra acción en
defensa de los principios que nos dieron existencia y de los valores
que fundaron nuestra vida republicana. Nunca más importante que
ahora pedir al Espíritu Santo que ore por nosotros, porque la
confusión del momento no nos deja saber qué es lo que tenemos que
pedir y hacer para solucionar los problemas de esta etapa crucial de
nuestra historia.
Nos
alienta el deseo de participación que tuvo el pueblo en 1810 y el
clamor de libertad que ha quedado acuñado para siempre en el himno
nacional.
Como
todos los años, el 25 de Mayo venimos a honrar a la Patria. ¿Pero
qué honramos al celebrarla? El profundo y sufrido sentimiento que,
como argentinos, llevamos en el alma y la pasión sentida por el
destino del país, no se agotan en el respeto a sus símbolos y, en
cambio, nos exigen a todos preocuparnos por el bienestar social de
cada uno de sus hijos.
Honramos
a la Patria, honrando al ciudadano en el respeto de sus dignidad, en
el reconocimiento de sus derechos, en el resguardo de su seguridad,
en la promoción de su salud y su educación, en el entorno de paz y
armonía que debemos ofrecernos entre todos.
Honramos
a la Patria, sanando las heridas que en el tiempo, la acostumbrada
improvisación y la falta de solidaridad han producido en sus
habitantes, sus costumbres y sus instituciones.
Honramos
a la Patria, buscándole destino; despertándola de la agonía de su
inmovilismo; erradicando de ella todo lo impropio que sabe a
corrupción; promoviendo el desarrollo de sus capacidades;
adecuándola en sus instituciones a la nuevas condiciones de los
tiempos.
Honramos
a la Patria resguardando lo bueno ya hecho, corrigiendo lo malo y
proyectándola hacia lo porvenir; respetando el idioma que unifica y
la sangre nueva mestizada por el aporte de las diversas
inmigraciones que nos han enriquecido.
La
Palabra de Dios que hemos proclamado en esta liturgia (Ez. 37,
1-14), tomada de la visión simbólica de Ezquiel referente a la
restauración de su país, es un llamado a confiar en Dios. Aquel
pueblo desterrado y perseguido creía desvanecida la esperanza de
volver a ocupar su tierra prometida y pródiga, para poder vivir
como un pueblo libre. Tenían la sensación de estar muertos y
pedían ansiosamente la gracia de renacer. Dios siempre oye los
ruegos de quienes lo invocan. Por eso infundió vida nueva en
aquellos huesos secos que volvieron a ponerse de pie, convertidos en
un ejército que pudo dominar su territorio y establecer, con formas
inéditas, los valores de su antigua civilización. Lo que a los
ojos de los hombres parecía imposible, se hizo posible gracias a la
ayuda del Señor.
Esa
ayuda es nuestro ruego de hoy. Estamos heridos y agobiados por la
decadencia en la que nos encontramos sumidos, más cercarnos a la
poliarquía propia de las confederaciones que a la unidad nacional,
porque se ha roto el consenso que ofrecía al país un estado
central fuerte y consolidado. Y buscamos ansiosamente horizontes
nuevos para volver a ser una Nación, donde el esfuerzo y la
laboriosidad, la pasión por la verdad y el compromiso con el bien
común, nos encaminen progresivamente a convertir a la Argentina en
la tierra de promisión que todos nos merecemos.
Es
el momento de renacer. Y de renacer con vida propia, sin que la
necesaria interdependencia que supone la relación con los demás
países del mundo, hiera de ninguna forma la soberanía que
corresponde a una nación libre. No queremos dejar de participar en
la promoción de la comunidad internacional pero, para esta
participación se deben encontrar caminos que no violen nuestra
independencia, ni tampoco intenten someternos al abandono de la
propia comunidad por acatar planificaciones foráneas.
En
1810 asumimos un estilo de vida, no impuesto por otros, sino elegido
por nosotros mismos. La gestión de auto gobierno marcó el comienzo
de nuestra emancipación; y mucho sufrió el pueblo para dejar de
ser colonia. Hoy, los requerimientos y apuros propios de las
necesidades económicas pueden hacer peligrar nuestra libertad
política.
La
Palabra de Dios nos dice en el libro de Ben Sirac (cf. Ecl.10, 8),
que la soberanía se pierde frente al poder de las otras naciones
por causa de las propias injusticias, las violencias y la avaricia
de los hombres. Estos son los males que se han enquistado en nuestra
sociedad y nos van llevando a la disolución y a la dependencia.
El
mismo clientelismo político tan común y repetido en este tiempo,
es un factor de división y de injusticia. Expresión de la falta de
honradez y de lealtad y signo de la decadencia dirigencial. Sin
erradicarlo definitivamente de nuestro horizonte no es posible
renacer.
Decía
San Pedro (cf. I Pe. 2, 16): para proceder como hombres libres, hay
que evitar convertir a la libertad en una excusa para hacer lo malo.
Debemos tomar conciencia de ello, a fin de procurar remedio a todo
desvío y sanar nuestra república de la corrupción, de la avaricia
y de la discordia, que acaban disolviendo a la sociedad.
Alentada
por los consejos de San Pablo (I Tim. 2, 1-8), la Iglesia de
Rosario, en nombre de ustedes y de todos los demás habitantes de
nuestra Ciudad, suplica a Jesucristo, Señor de la historia, que
ilumine a quienes deben gobernarnos, que nos acompañe siempre para
que podamos vivir con bienestar y paz, y que bendiga a nuestra
Patria para que renazca por fin, vigorosa y fuerte.
Rosario, iglesia catedral, 25 de mayo de 2002
Mons.
Eduardo Mirás, arzobispo de Rosario