No podemos dirigir
nuestra mirada a Jesucristo, buscando su inefable ayuda, sin acogernos
a la mujer bendita que nos dio por Madre. Ella es el modelo de fe y el
paradigma vivo de nuestra esperanza. Ella supo mantenerse fiel a Dios,
sin desesperar, frente a las muchas vicisitudes que tuvo que padecer
en su vida signada por la contradicción. La Madre de Dios sufrió la
pobreza y padeció el destierro cuando el Niño Jesús era perseguido por
Herodes, y fue luego llamada a participar de la pasión y muerte de su
Hijo en el Calvario. Sin embargo los Evangelios sólo dan testimonio de
su entereza y de su entrega constante a la voluntad de su providencia
amorosa y a vivir confiados en su gran misericordia.
Cuando los apóstoles
recibieron el Espíritu Santo en Pentecostés, nos anunciaron, según
acabamos de proclamar en la Palabra de Dios, la necesidad de que el
mundo entero convierta su corazón para reconocer en Jesús al Señor y
para atender su voluntad salvadora que siempre busca el bien de los
que ama. Y en el diálogo con Nicodemo, leído en el evangelio de hoy,
Cristo nos convoca a renacer, animarnos a vivir una vida nueva que no
sólo sana nuestro interior, haciéndonos hijos de Dios, sino que
también tonifica nuestra actividad temporal, haciéndola justa y
solidaria. Debemos renacer para ser hombres nuevos.
En nuestro país
estamos padeciendo problemas muy difíciles, pero ninguna situación es
irremediable, si nos convertimos a Dios para vivir en justicia y
fraternidad, confiando en el Padre que nos ama y nos protege, pero
empeñando nuestro esfuerzo en la búsqueda de soluciones a las
dificultades que nos afligen como sociedad. Nuestro Padre del cielo,
en su voluntad providencia, ha permitido que nos ocurrieran estas
cosas que ahora nos agobian.
El país nos necesita.
No debemos desentendernos de los problemas que nos aquejan, esperando
que otros los solucionen. O lo salvamos entre todos o no encontrará
remedio si permitimos que se repitan las recetas que nos han traído a
esta situación.
Es necesario que, en
este momento de la historia, cada uno se sienta protagonista de la
reconstrucción de la nación, pensando en el bien de la sociedad
entera, en el resguardo de la dignidad de cada uno, y en tantos niños
y ancianos que tienen hambre y no encuentran posibilidad de saciarla
porque han sido excluidos.
Muchas son las
intenciones que traemos en el corazón. Se fundan en el convencimiento
de que juntos conformamos una misma comunidad y debemos comportarnos
como verdaderos hermanos.
* Por eso ante los
altos índices de desempleo y ante la precariedad de los puestos de
trabajo, le pedimos al Señor por los que no consiguen ocupación
rentada. Que la sociedad encuentre la manera de generar empleo para
todos, respetando el derecho que cada uno tiene a un trabajo digno, en
el que pueda realizarse como persona, y con el cual pueda contribuir
suficientemente a su propio sustento y al sustento de su casa.
* Ante la violencia
irracional que se ha desatado en el país y la falta de seguridad
física para las personas y las cosas, pedimos por la justicia y la
paz. Justicia que procure y tutele, con políticas claras, el bienestar
y la defensa de cada uno. Y paz para el entorno en el que se
desarrolla nuestra vida: que no haya divisiones ni rencores estériles.
Paz para la sociedad, cesando toda violencia en el decir y en el
hacer, que sólo produce ruptura y ofensas muy difíciles de restañar.
Paz también para el mundo amenazado de guerras.
* Ante una cultura que
pretende, por todos los medios, dividir y destruir a la familia,
pedimos por la unión y el renacer de nuestros hogares. Que los padres
testimonien con su conducta el amor que los une y sean para sus hijos
los primeros predicadores de la fe. Que los hijos los respeten y
reciban con interés su preocupación por la formación que les brindan,
anteponiendo sus consejos a otras opiniones interesadas o carentes de
experiencia y de responsabilidad.
* Ante el egoísmo
creciente de nuestra sociedad, pedimos a Dios por la globalización de
la solidaridad. Que vivamos una ética fraternal considerando hermanos
a los demás y obrando en consecuencia para reducir los efectos de este
momento económico social.
* Ante la disolución
de nuestra sociedad y sus instituciones debilitadas por la corrupción,
de la que todos somos de algún modo responsables, pedimos por la
capacidad y el empeño por hacer renacer a la Argentina salvándola de
su agonía.
* Ante el
desconocimiento de la ley de Dios y del Evangelio pedimos por las
vocaciones. La Iglesia necesita ministros que prediquen la Palabra,
que hagan la Eucaristía y perdonen los pecados en nombre de Dios. Y
también necesita consagrados que sean referentes de la vida evangélica
y realicen las diaconías de caridad que requiere el apostolado y la
evangelización.
Queremos aprender de
María, humilde sierva del Señor, a vivir el Evangelio y a convertirnos
en servidores de los otros, buscando que todos, especialmente los que
hoy se sienten más agobiados, también puedan ser felices.
Queremos como Ella,
ser solidarios, repitiendo su plegaria por los pobres, los enfermos y
los afligidos. Le pedimos que lleve hasta su Hijo toda la miseria de
esta hora argentina para que El la redima en su cruz y nos haga
renacer como hombres nuevos, en una patria nueva.
Los cristianos
deseamos estar de pié y asumir con grandeza de alma y con espíritu
solidario nuestra parte en los destinos del país.
Dejamos junto a María
del Rosario estas intenciones, seguros de su intercesión. Nos
cobijamos en su seno de esperanza y ponemos en sus manos estas
plegarias que expresan, a la vez, nuestro abatimiento y nuestro
anhelo.
Mons.
Eduardo Mirás, arzobispo de Rosario