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MENSAJE DE NAVIDAD 2002


Mensaje de Mons. Eduardo Vicente Mirás, arzobispo de Rosario, 
para la Navidad de 2002


Al celebrar el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre para salvarnos, quiero hacer llegar a los fieles cristianos de la Arquidiócesis de Rosario y a todas las personas de buena voluntad, mis mejores deseos de un futuro lleno de las bendiciones de Dios.

Cada año la Navidad nos anuncia con alegría la venida de Jesús. Su nacimiento en un establo, en la mitad de la noche, se convierte en un símbolo de humildad y sencillez. Dios quiso nacer así, seguramente para que el recuerdo del pesebre nos lleve a comparar la paz de aquella pobreza con la angustia que a veces nos imponen las vanidades y ambiciones cotidianas.

Jesús vino a participar de nuestra vida, asumiendo sus problemas y angustias y sus sencillas alegrías. Su amor infinito no puede ser acogido sino en la sencillez de una existencia que transcurra dentro del orden querido por Dios.

Y no podemos dejar de reconocer que el orden querido por Dios, hoy no es reconocido en nuestra sociedad. La justicia y la solidaridad que son la expresión plena del amor al prójimo, no suelen ser comunes entre nosotros. La pobreza y la exclusión social de tantos hermanos, nos obligan a reconocer que la equidad y el respeto por la dignidad de los demás, son virtudes ausentes, frente la insaciable apetencia de poder y la enorme voracidad económica de muchas personas y sectores. Jesús vino a hacerse solidario con todos. Pero la solidaridad que nos muestra Cristo se contradice con la penuria de tantas personas heridas en sus derechos más elementales. Y su respeto por el ser humano, también se contradice con los proyectos que menosprecian la dignidad individual o colectiva pero se van haciendo costumbre y ya comienzan a invadir la legislación. Nada hay más pernicioso que revestir de un manto de honorabilidad lo que antenta contra el orden querido por Dios.

Sin embargo, para nosotros, la Navidad es fiesta de esperanza, porque recuerda la noche en que Jesús asumió como propia toda la debilidad y la indefensión del pequeño y del pobre, para salvarlo. Desde entonces, Dios está con nosotros y permanecerá siempre, hasta el final. Unidos y siguiendo a Cristo, podremos hacer un mundo mejor. Siguiendo su enseñanza podremos rehacer la sociedad, volviéndola más justa y más fraterna. Esta es una tarea que nos incumbe a todos.

La Navidad nos llama a vivir siempre, en auténtica fraternidad y convoca a los hombres que ama el Señor a vivir en paz. Tengamos conciencia de que cada uno puede hacer algo más, para que el mundo sea mejor. La violencia de cualquier orden, provenga de la economía injusta, de la política corrupta o del atropello de la fuerza, destruye y no edifica. Busquemos que la justicia y el amor invadan toda relación entre los hombres y que la solidaridad haga posible la felicidad de todos. Dios nos acompaña. Está con nosotros y siempre permanecerá, hasta el final de los tiempos.

Feliz Navidad para todos. Que el Niño Jesús los bendiga y los colme de gozo.

24 de diciembre de 2002.


Mons. Eduardo Mirás,
arzobispo de Rosario



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