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SOBRE LOS VALORES


Palabras de monseñor Eduardo Vicente Mirás, arzobispo de Rosario, en el Seminario Internacional “Política y Desarrollo,... una nueva oportunidad para la Argentina”, realizado el 2 de julio de 2004 por la Mesa del Diálogo Regional



En este tiempo, la sociedad tiene la sensación de estar atravesando una profunda crisis de valores. De hecho, es lo que repetimos constantemente y lo que escuchamos siempre. No es fácil discernir si todos entendemos igual cuando hablamos de ellos, ni tampoco si nos referimos a lo mismo cuando hablamos de crisis. Sin embargo es cierto que los valores influyen absolutamente en cada uno de nosotros. Nos definen, configuran nuestro modo de pensar y de actuar, encaminan nuestras decisiones importantes y, en definitiva, dan significado a nuestra existencia. Como son inseparables de la ética, hay que integrarlos a la propia vida.

Por eso, me parece importante tratar de discernir su identidad y descubrir cuáles están en conflicto en este momento de la historia para vislumbrar sus causas y, en todo caso, preguntarnos qué debemos hacer.

Como la definición de su contenido no es simple, sino muy compleja, lamentablemente no encontraremos una que conforme a todos. La descripción y el orden de sus jerarquías es variada según sean las teorías filosóficas que les apoyan. Las escuelas axiológicas, que estudian los valores en cuanto entidades existentes en los ámbitos humanos, - el arte, la ética, la política, la religión, etc., resuelven de modo diverso la determinación de su naturaleza, de su valor objetivo o subjetivo, y de su relación e interdependencia con otras cosas.

Pero nos unifica una cierta angustia por el estado actual de la sociedad porque todos, en general, querríamos que fueran más valoradas algunas realidades que parecen haber perdido vigencia. En realidad, no es posible sustraerse a una determinada concepción de lo que debería ser nuestro mundo.


Comencemos dándonos una idea sobre ellos

Aunque la búsqueda de una definición universal y común sea infructuosa, digamos:


I) Desde el Lenguaje: La palabra viene del verbo latino valere: ser vigoroso; ser más fuerte. En griego, axios, el que merece, el que es digno. De la palabra griega procede axiología o ciencia de los valores y otros términos por el estilo.

Llamamos valor a la cualidad que, por sí misma o por su relación con otra, hace estimable o conveniente una cosa, en cuanto es apta para satisfacer alguna creencia.

El término se emplea en dos sentidos: por un lado, lo que se valora, o sea, la cualidad intrínseca al objeto, que suscita estima o admiración; y por otro, lo que habría de ser tomado por valioso, o sea, lo que una persona o una sociedad debería considerar como propio para su vida, o como criterio de evaluación para su desarrollo. Designa un bien o una perfección, e indica al individuo o la comunidad la conveniencia de ser preferida.

Sin darle precisamente ese nombre, se ha reconocido desde siempre la existencia de valores en el terreno de la ética individual o del comportamiento social, destacando los que resultan más útiles para la vida honesta.

Es de notar que los primeros que se refirieron, en la antigüedad, a las realidades que no podían calificar en bien o mal moral, pero representaban algo positivo o negativo para el individuo o la sociedad, fueron los estoicos. Cuando, en el siglo II a. C., ya proclives al sincretismo, atenúan su rigorismo inicial, se Abren al estudio de lo político y sobre todo de lo ético, subrayando la importancia que tiene para la perfección del ser humano el correcto uso de los bienes. Esta escuela tuvo gran influencia en el pensamiento romano y en el cristianismo primitivo.

El tema siempre estuvo presente en la historia del pensamiento, pero la axiología propiamente tal comienza en el siglo XIX, cuando el término, creado para el ámbito económico en las postrimerías del siglo XVIII, se extendió a otros terrenos de la vida y fueron apareciendo los distintos sistemas de valores en la filosofía.

En economía se llamó valor a lo que tenía precio en el mercado. embargo aun en esta ciencia es un tema controvertido. Valor es la utilidad de cualquier objeto concreto; pero, al mismo tiempo, el poder que otorga su posesión.

No es nuestro cometido exponer una historia de la axiología, sino recordar que, aunque siempre los pensadores han tenido en cuenta su contenido, el término valor apareció tardíamente en el lenguaje común y en la filosofía, transferido desde la economía a todo lo que suscita interés; a todo lo que. en algún aspecto y por su calidad intrínseca, tiene significado positivo para el ser humano, por contraposición a lo que provoca rechazo.

Obviamente es una palabra que puede usarse analógicamente y en sentidos distintos, pero siempre indica algo que existe como bueno y valioso a la vez y, aunque exprese relación a los deseos y necesidades del hombre o la comunidad, no deja de tener objetividad. Igual que el bien.


II) Desde la filosofía: el concepto tiene sentidos diferentes según la perspectiva de su estudio. Lo que en una teoría se entiende por valor no necesariamente se identifica con lo que entienden otras. Sin embargo, principalmente designa aquello sin lo cual el hombre afectaría su humanidad. Sostener en la vida un valor, que siempre se refiere a una excelencia o a una perfección, desarrolla y afirma a la persona; y el contravalor la despoja de su equilibrio. Por ejemplo, ser justo, veraz y honesto, enaltece; ser injusto, mentiroso y corrupto, degrada.

Toda vez que los valores son cualidades que expresan perfección son referentes que orientan la conducta y la vida del individuo y de la sociedad.

En síntesis, me atrevería a decir con Hortensia Cuéllar que no son propiedades de las cosas ni disposiciones o capacidades que emanan de ellas, sino “cualidades que manifiestan el matiz valioso de algo” (1). Representan aquello por lo que algo se hace valioso. Y se fundan en el bien. En el valor subyace la noción de bien. Debemos recordar que el bien tiene un fundamento ontológico que lo hace deseable. Por otro lado, como es un trascendental del ser, ser y valor no están completamente separados.

El hombre, al orientarse hacia el valor y experimentarlo personalmente, queda afectado por él. Aquello que tiene significación positiva para su destino humano - definitivo o temporal - lo requiere; y e1 esmero por vivirlo, lo hace madurar encaminándolo a su plenitud. De esta manera al proceder según los valores, el ser humano se hace valioso y representativo. Lo mismo decimos de la sociedad perfecta o intermedia.

A fin de establecer su jerarquía, necesaria para preservar una configuración responsable de la vida, debemos reconocer que los valores fundamentales son los morales, porque miran directamente al fin del hombre y de la sociedad, y como tales envuelven a todos los otros. Siempre el Fin es lo primero a ser considerado: en el hombre, su felicidad; y en la sociedad, el bien común. En cuanto valores supremos se fundan en lo absoluto. Los demás tienen importancia consecuente, y en algunos casos secundaria y sirven para asegurarlos y fomentarlos.

Su clasificación no es única. Sufre variaciones de acuerdo a las distintas filosofías y también a los cambios de contextos y culturas.

Los autores presentan muchas tablas dispares. No hay lugar aquí para recorrer los múltiples elencos propuestos desde la segunda mitad del siglo XIX. Algunos sostienen la objetividad de los valores y otros los reducen a la subjetividad. Max Scheler, opuesto a Kant, los define corno cualidades de las cosas, independientes de la experiencia, y los considera parte material de la ética. Los ordena jerárquicamente desde lo agradable hasta lo sagrado y los formula corno objetivos y universales, que se descubren y no se inventan aunque, según él, se perciben por intuición emotiva y no intelectual.

Los existencialistas, en cambio, los consideran fruto de la libre creación del individuo que manifiesta su capacidad de proyectarse fuera de sí.

Sin embargo, casi siempre aparecen corno superiores los valores espirituales y los morales; corno intermedios, los humanísticos referidos al conocimiento de la verdad y los estéticos; y como inferiores en relación a los otros, se proponen los afectivos, los económicos y los vitales.

Entre los primeros se encuentran los relacionados con los estados deseables de existencia, como la paz, la libertad, la felicidad, y el bien común.


Para tener una idea de su jerarquía señalo, en orden, cuatro tipos de valores:

* Los religiosos, cuyo objeto es Dios y su fin la justicia interior (o santidad).

* Los morales, cuyo objeto es la bondad (el bien) y su fin la felicidad.

* Los intelectuales, cuyo objeto es la verdad y su fin la sabiduría.

Los estéticos, cuyo objeto es la belleza y su fin el gozo de la armonía.


Siguen luego otros que son instrumentales o más circunstanciales:

- Los afectivos, cuyo objeto es el amor y su fin el agrado, el afecto y el placer.

- Los políticos, cuyo objeto es el poder y su fin la ordenación de la sociedad.

- Después los sociales, relativos a la fama o el prestigio.

- Los económicos, relativos a la posesión de las cosas, la riqueza y el confort.

- Los vitales, relativos al bienestar físico.


Ciertamente que una escala como esta queda demasiado lejos de la que pueda proponer el pensamiento marxista, o el existencialismo, o quienes todavía propugnan como valor supremo la razón; o sólo adhieren a las ciencias positivas, relegando la metafísica. Tampoco sería aceptada por quienes tienen como valores determinantes el progreso y la utilidad. El pensamiento cristiano, a su vez, funda en los espirituales todos los valores humanos.

Es obvio que los morales engloban de una u otra manera a todos los demás que, de otro modo, podrían ser buscados fuera del orden de lo correcto. Hay algunos tan negativos desde el punto de vista moral que simplemente sirven para justificar lo que uno hace. Por ejemplo, la búsqueda del bien económico es considerada valiosa, según sean o no morales las mediaciones.


Apuntamos algunas características:

* Son cualidades durables. Unos más permanentes que otros (v.gr.: la verdad tiene durabilidad y el placer es efímero),

* Siempre polarizan porque cada uno tiene su contravalor (v.gr.: la honestidad se opone a la corrupción).

* Se van construyendo durante la vida y le dan significado. Señalan el porqué, el para qué y el cómo de la existencia.

* Comportan acciones prácticas que manifiestan los principios de cada uno y al ser captados producen agrado, pero no se dan sin esfuerzo.

* Tienen jerarquía. Como son distintos entre sí y además se da interdependencia de unos con otros,  permiten trazar un orden.


El ser humano adhiere al valor cuando prefiere, estima, elige, formula metas y propósitos; y los expresa en las convicciones, los juicios, las actitudes y la correspondiente toma de decisiones. Importa considerarlos corno algo que las personas llevamos en nuestro interior, dice Jorge Ayala (2). Están arraigados en la vida. Con ellos construimos el fundamento de nuestra identidad, nos relacionarnos de modo personal con el mundo y nos ayudan a elegir entre caminos alternativos.

Pero es cierto que los múltiples contravalores actuales nos preocupan porque, aparentemente, han destruido el marco ético en el cual se desenvolvía la sociedad hasta ahora. Por eso, sin detenernos puntualmente en cada uno de ellos, es bueno preguntarnos:


¿Cuáles valores están en crisis?

Obviamente los universales, como la familia, la sociedad, la dignidad, la igualdad, la libertad, la paz, el desarrollo, la amistad, la misma soberanía, la belleza, etc.

Debemos recordar qué valores y normas morales están en estrecha relación. Son precisamente los valores morales los que afectan el comportamiento responsable de la persona. Realizan un ideal universalmente válido. Influyen definitivamente en la formación del individuo y en la configuración de la sociedad. Si se han perdido, o se han cambiado por otros, es porque se abandonaron las normas morales inamovibles que se fundan en el ser.

Hay valores instrumentales o circunstanciales que cambian con los adelantos de la ciencia y los cambios de la cultura. Y es lógico que esto ocurra. Pero otros deberían ser perpetuos porque responden a la naturaleza de los seres. El ser humano. siempre será un ser humano; siempre imagen de Dios; siempre sujeto de dignidad inalienable que convenza con el derecho a la vida y a su calidad, incluyendo educación, trabajo, salario digno, posibilidad de constituir una familia auténtica; y a participar activamente en la configuración de la sociedad y en las decisiones políticas, entre otras cosas.

En todo caso, el progreso de las ciencias y de la técnica tiene que servir para reforzar los valores que no deben perderse. Cosa que no ocurre en esta era.

Podemos ejemplificar esta carencia señalando la presente falta de jerarquía en la valoración de las realidades (qué es lo bueno, qué es lo importante y cómo hay que lograrlo). Esto conduce al desprecio por el bien común, si nos referimos a la sociedad y a la búsqueda de una felicidad tan pronta e inmediata que resulta efímera, y tan ajena al marco ético, que resulta frustrada, si nos referimos al individuo.

El enorme individualismo propio de la era post-moderna pone en crisis todo lo que es societario, comenzando por la familia que es su célula fundamental y hoy está dispersa. Se quebró su unidad, porque asumió generosamente todas las novedades que contradicen su naturaleza o su permanencia. La misma legislación desconoce el posible reconocimiento del vínculo indisoluble y, en nombre del pensamiento moderno y de costumbres importadas, ahora se gestiona la aprobación de nuevas formas de unión que desbordan orden natural. Bien sabemos que esto responde también a imposiciones de algunas instituciones internacionales a las que lamentablemente nos sometemos.

El exceso de individualismo también se manifiesta en la corrupción económica generalizada que alcanza a todos los estamentos de sociedad, privados y públicos, cosa que, junto a la falta de justicia social, incide en una afrentosa distribución de la riqueza y en la discriminación de individuos e instituciones por falta de igualdad de oportunidades.

Además se expresa en el desprecio por los demás y la falta de solidaridad tan común hoy en el orden individual (el salvarse solo o el no te metas); y también se muestra en la carencia de esfuerzo social para producir mejores condiciones de vida para todos, por ejemplo, creando puestos de trabajo. Deber que no es exclusivo del estado, sino que también y sobre todo alcanza a tos capita1es privados. La exigua oferta de empleo se agrava con la baja laboriosidad y el desgano por el esfuerzo.


A mi criterio, hay otros dos problemas muy serios:

a) Que no se respeta la palabra empeñada ni la obligatoriedad de los compromisos. Tampoco el estado da el ejemplo en esta materia; y

b) que la sociedad carece de modelos, suplantados par la vanidad, el exhibicionismo y la insensatez. ¡cuánta responsabilidad tienen algunos medios al publicitar y aplaudir estos hechos!. Se acepta y alienta la absoluta facilidad de abordaje a estados de placer inmediato sin fines válidos, y también sin medir riesgos (como es el caso de la droqa, por ejemplo).

La literatura y las expresiones reflejas de la cultura, testigos del pensamiento actual, glorifican los contravalores y nos muestran al miserable o al disoluto en papel de héroe o de líder de una nueva moralidad; y al justo, al hombre honesto, y mucho más al santo, en papel de tonto o de escapado de la Historia. Es que la moral de situación y la mística de pecado, dos tendencias que despertaron antes de la mitad del siglo XX, ahora se han tornado moneda corriente. Von Hildebrand (4) hablaba en los años cincuenta de una herejía ética. Herejía que se ha hecho universal en la época de la iconosfera que la televisión inició el siglo pasado con su cultura invasora de toda privacidad, propensa a la fragmentación y al cambio acelerado y transformadora de los principios moraIes.


Causas

Para asomarnos a las causas debernos volver al siglo XVIII, con la consolidación de la modernidad y hasta su crisis en el siglo XX. Señalemos sobre todo la secularización progresiva propia de estos dos siglos. A partir del agnosticismo de Hume, y el positivismo de los siglos XVIII y X1X, se fue apartando a la noción de Dios de la razón y en todo caso asumiéndolo sólo como postulado de lo fáctico. Paulatinamente fue separado de la ciencia y al quedar sin fundamento la idea de lo absoluto y lo trascendente, la fe y la religión quedaron reducidas a un proceso irracional y puramente utilitarista, que sólo depende del sentimiento de cada individuo. La religión se interiorizó y perdió su referencia a la realidad.

Así llegamos al materialismo que se hace ateo y elimina del campo del conocimiento todo lo que no pueda ser demostrado experimentalmente. Se pretendió que la ciencia decidiera sobre Dios, la religión y la moral, afirmando la existencia de la materia y la energía eternas. Más tarde nacieron las teorías evolucionistas.

Después de los años cuarenta, ya se impone el humanismo total y absoluto expresado en sus tres perspectivas: el ateísmo científico, que pretende que el cosmos se explique por sí mismo; el ateísmo político, que supone la negación de Dios en la praxis societaria y es suplido por la divinidad del progreso y por la diosa razón; y el ateísmo moral, que declama la autonomía total de la conciencia. La idea del hombre quedó rebajada a una mera consecuencia de ¡a evolución (lo que supone un evidente desconocimiento de la noción de creación, que para nada se contradice con la posibilidad evolutiva). La imagen de Dios, que no pudo perderse, fue conformándose en la conciencia de cada uno a la medida de sus necesidades concretas. Y en definitiva, Dios dejó de ser el alfa y la omega, el principio y el fin, para convertirse en el recurso de los deseos y de los miedos del hombre. Entre tanto el pensamiento soberano y autónomo acabó disponiendo de ¡as realidades. Y la técnica se liberó de la ética, utilizada también y sobre todo para fines perversos conculcando muchos valores humanos.

Un proceso secularizador que duró dos siglos. Si no hay nada eterno e inamovible que funde la existencia de las cosas, el hombre pueda cambiar todo mientras sea capaz de hacerlo. Así se produjo la ausencia de aquellos valores que deben ser apetecidos de forma continua; y también la independencia y resignificación de otros que son fundamentales, como la felicidad, la libertad, el fin de la sociedad, el sentido de la nacionalidad y otros muchos que necesariamente reconocían origen u orientación en la verdad de Dios creador y fin último del ser humano.

Cambió la valoración de la vida cotidiana y de las costumbres. Se igualaron todas en el orden moral, al no reconocerle a ninguna importancia superior. Se comprende que la existencia de un número excesivo de valores sin su correspondiente jerarquía, produzca dispersión y confusión.

La modernidad entra en crisis en el último tercio del siglo deviene lo que suele llamarse post-modernidad, que es ruptura con el pasado y búsqueda de un nuevo estilo de vida. Este nuevo estilo se caracteriza por el casi exclusivo interés por lo inmediato, y por la fragmentación instalada en todos los estamentos de la realidad. Además se ha creado la posibilidad de intercomunicación en tiempo real, afianzando así lo que se ha dado en llamar globalización, que, en realidad, no es nueva ni es necesariamente progresista, al menos en el orden político y el económico; (recordemos por un lado, las dos grandes alianzas políticas del siglo pasado que destruyeron el mundo con la segunda guerra mundial; y por otro lado el tradicional y permanente dominio que han ejercido los capitales globalizados que no reconocen patria, sometiendo y dominando con su poder económico a las naciones, siempre en busca de su interés usurario). Hoy todos conocemos cómo se mueve el dinero virtual con una inmediatez impensable, enriqueciendo o empobreciendo hasta la miseria, según su conveniencia, a la sociedad de cualquier nación. Pero ahora la globalización es un proceso que alcanza a todas las cosas y a todos los habitantes del orbe. Se ha hecho universal. Tiene algunas ventajas, pero supone sometimiento de los débiles a los fuertes.

Tal vez lo más grave es que la falta de una moral fundada en el ser imposibilita la existencia de una ética universal, sin la cual cada uno se siente con el derecho a hacer lo que más le parece, sumiendo a la sociedad en un común desprecio por la ley.


¿Qué debemos hacer?

En primer lugar no hay que desesperar. Todo esto indica que se ha dado por fin el cambio de época cultural que se viene vaticinando desde hace muchos años. Ocurre que este cambio es realmente muy especial por el crecimiento científico y técnico que supuso.

Tenemos que agradecer a Dios los progresos logrados para la perfección de la vida del hombre. La ciencia y la técnica nos han proporcionado avances impensables hace un siglo: el dominio del átomo, la conquista del espacio, el desarrollo de la cibernética y la robótica, la ingeniería electrónica, la televisión, el orbe virtual, y muchas otras cosas que ofrecen al hombre capacidad para crear adelantos que ya se están usando en el campo de las ciencias aplicadas y abren un inmenso panorama de conocimiento y de dominio de la naturaleza. Son conquistas que deben estar siempre al servicio del hombre y del bien común.

Lo importante es no perder de vista que los valores morales que de alguna manera involucran a todos los otros, deben ser los que dirijan y den equilibrio a toda esta nueva actividad, a fin de que estos adelantos sean utilizados para el bien. Terminalmente, toda esa nueva actividad tiene como centro al hombre, con su dignidad y sus características. De tal manera que ninguno de los valores instrumentales o circunstanciales, por más importantes que sean en el campo de la tecnociencia, debe ejercitarse contra la humanidad.

Lamentablemente todos sabemos que se usan demasiado para el mal. Bástenos recordar que, al principios de estos cambios, el dominio del átomo se estrenó con la bomba de Hiroshima. Desde entonces, el poder comenzó a medirse por la capacidad de destrucción. Los productos clave de nuestro tiempo han sido puestos en funcionamiento por el sistema económico-financiero que lo usa para su exclusivo provecho, sin obstáculos ni alternativas visibles en su horizonte, como muy bien dice Gustavo Santiago (5). Nuestro deber es tratar de independizados de esa esclavitud y lograr que no sean utilizados contra el hombre, rechazando lo que no pueda ser asumido dentro de un marco ético que debe ser restaurado. Una ética común es la premisa necesaria para rehacer el campo de valores que nos reconvierta en una comunidad de seres humanos.

En su momento, el hombre creyó que alejándose de la noción de Dios reforzaría su propia humanidad, pensando que así crecía en libertad y poder; y casi sin advertirlo, se dispuso a suplantar el papel del creador: es la famosa idea del “homo creator” que delataban los estudiosos de los años cincuenta. La sociedad sin Dios se arrogó el derecho de cambiar hasta los fines de las cosas y fue trasladando su estimación de lo bueno a la exclusiva búsqueda de lo útil, para acabar valorando las cosas sólo en cuanto puedan ser hechas. Se pasó de la bondad a la utilidad y luego a la factibilidad. Sin principios redores, o sea, sin una moral objetiva, se considera bueno todo lo que es posible. Decir simplemente que es un valor todo aquello que pueda ser hecho, es negar directamente la moral y desconectarse de toda noción de bien y mal. Cada uno crea para sí, su propio bien, con una concepción absolutamente subjetiva, aunque ese bien colisione con el de los demás.

No podemos construir sin una escala de valores que tenga como centro al hombre. Todo debe mirar a su bien y a su perfección, entendiendo que cada ser humano es igual a los demás y, por lo tanto, tiene los mismos derechos inalienables que tienen los otros. Tampoco podemos construir si no mantenemos aquellos valores universales que responden a una moral fundada en el ser.

El drama de nuestra época es que la filosofía, la metafísica, resignó su lugar.

Acaso nos parezca que es nada lo que pueden hacer por la sociedad del futuro, los pocos que sienten la necesidad o la conveniencia de revertir esta forma de vida que se viene imponiendo en los últimos decenios. Yo me permito recordar la enseñanza de Jesucristo, cuando nos habló de la necesidad de la sal para que el mundo se preserve del mal, de la luz para que se ilumine su camino, y de la levadura para que fermente. La historia es maestra: no habrán sido ni siquiera mil fieles los que introdujeron el cristianismo en Roma y en no mucho tiempo cambiaron la cultura del Imperio. Es nuestra tarea. Tarea de todos los que queremos y esperamos un país mejor.


Notas:
(1) Hortensia Cuellar “¿Los valores existen?” Paideia

(2) Pedro Luis Barcia “La educación en valores” Consudec

(3) Jorge Ayala “Valores y normas éticas” Paideia

(4) von Hilldebrand “Moral auténtica” Ed. Guadarrama.

(5) Gustavo Santiago “El desafío de los valores” Ed. Novedades Educativas.


Mons. Eduardo Mirás,
arzobispo de Rosario



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