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LA
EUCARISTÍA NOS HACE SOLIDARIOS
Homilía pronunciada por monseñor Eduardo Vicente Mirás, arzobispo de
Rosario y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, durante la
misa celebrada en el Campus de la UNNE, en el marco del X Congreso
Eucarístico Nacional
(3 de setiembre de 2004)
Queridos hermanos y hermanas:
Cada vez que
celebramos la Eucaristía, hacemos presente en el tiempo el gesto
solidario más grande de la historia: Jesús entrega su vida por
nosotros para salvarnos y devolvernos a las manos del Padre
misericordioso que nos creo para la felicidad que acostumbramos
desestimar cuando pecamos.
La Eucaristía es la
fuente y el corazón de la Iglesia, porque en ella esta Cristo mismo,
pan de vida que nos hace fuentes para vivir el evangelio; perfecciona
nuestra incorporación al Pueblo de Dios y nuestra pertenencia al Señor
(1), al unirnos íntimamente a Él y congregarnos como
hermanos en una misma mesa.
Nada se puede
pensar ni hacer en la Iglesia sino en relación a este sublime misterio
donde se renueva nuestra redención. Allí esta el Señor crucificado y
glorioso, presente entre nosotros para que junto a su inmolación,
también nuestras pobres obras puedan llegar al Padre. Allí se da la
realidad siempre actual del sacrificio de la cruz, con el corazón del
crucificado abierto para acoger nuestras angustias y dar descanso a
nuestras fatigas (2). Allí Jesús nos nutre y nos fortalece
para el esfuerzo cotidiano. Allí participamos del pan partido que se
distribuye entre los hombres, como lo fueron en figura aquellos panes
que Cristo multiplicó en el desierto de Betsaida (3), al
dar de comer a una multitud en un gesto de amor y de solidaridad con
los demás.
La Eucaristía es el
sacramento del amor, y el amor es lo mas profundo del ser. Del amor
brota la bondad, la honradez y toda virtud. Por eso es el corazón de
la vida cristiana. El mismo Dios, que vino a compartir la suerte de la
humanidad haciéndose hombre y dándonos su vida, se autorevela como
amor y nos convoca a imitarlo, amando a los demás y solidarizándonos
con ellos.
Sin solidaridad no
podríamos ser Iglesia, porque ella se construye con los carismas y los
dones conferidos a cada cristiano, cuya unidad proviene del Espíritu
que los dona, y cuya diversidad hace posible que todo el mundo pueda
ser evangelizado hasta llegar a la unidad de la fe y al conocimiento
más perfecto de Jesucristo (4). El encuentro de Jesús con
Zaqueo, según leemos en Lucas, cambió su corazón avaro en dadivoso y
lo motivo a devolver lo robado (5).
Al nutrirnos del
holocausto de Jesús, en la comunión Sacramental, el encuentro con Él
se hace tan íntimo y tan profundo que nos exige conversación.
La palabra de Dios
proclamada en esta Misa nos propone modelos de actitudes solidarias.
En la primera lectura, el Levítico (6) pide a los
cosechadores que dejen caer algo de la siega en los bordes del campo,
y que resignen los últimos racimos y frutos de la huerta, con destino
al pobre y al extranjero. Y pone este mandato al mismo nivel que el de
guardar justicia y ser honrado.
Luego en los hechos
de los Apóstoles (7) se nos recuerda que en la primitiva
Iglesia los fieles se mantenían unidos y ponían lo suyo en común, para
distribuirlos a cada uno de acuerdo a sus necesidades.
Son normas y
ejemplos que nos ayudan a entender el magisterio de Jesucristo cuando,
en la parábola del buen samaritano, nos enseña qué es la solidaridad.
Los Papas que la
han llamado: “amistad” (8), “caridad social” (9)
o “civilización del amor” (10), nos dicen que es la
expresión misma de la vida de la Iglesia: un compromiso firme y
perseverante por el bien de todos (11), una virtud
cristiana, atenta a las necesidades del prójimo, que nos invita a
mirarlo como a imagen viva de Dios (12).
Solidaridad es lo
contrario de egoísmo: determinación firme y perseverante de empeñarse
por las necesidades de los hermanos; conjunción de esfuerzos para
hacer el bien. El ser humano tiene necesidad de integración, busca
asociarse con sus semejantes y demanda de los demás el complemento
requerido para cualquiera de sus carencias. Con esta virtud, que debe
ser cultivada y practicada mediante toda clase de asistencia y de
colaboración fraterna se concreta en lo temporal el mandato de amor al
prójimo que Jesucristo nos pide en su evangelio.
En nuestro entorno,
turbado hoy por tantos conflictos y empobrecido por la falta de
oportunidades, los hechos solidarios se hacen imprescindibles para
asistir a los más carecientes y para que nos animemos a restaurar
juntos la comunidad, hasta alcanzar un país nuevo, más justo y más
cuidadoso de la dignidad de todos sus habitantes. Tenemos en Dios
Creador un mismo origen y un mismo destino (13); y Cristo
nos señala repetidamente que todos somos hermanos.
En el evangelio de
esta Misa, Jesús nos pregunta si sabemos quién es nuestro prójimo.
Suele ser fácil
para cualquiera mostrar amor fraterno a los que constituyen su
entorno: los familiares, amigos mas cercanos, alguno que otro ser
necesitado o enfermo a quien se acostumbra ayudar. Se nos dice en la
carta de los Romanos: “difícilmente se encuentra alguien que de su
vida por un hombre justo; tal vez alguno sea capaz de morir por un
bienhechor (14). Y en su lugar nos muestra al paradigma de
la actitud fraterna: “Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos
pecadores”. Él nos propone una solidaridad sin limites, que deja
librado a la providencia indicar al hermano que en cada momento de la
vida necesita nuestra especial atención. Aquel hombre cualquiera de la
parábola, caído a la vera del camino, ni el ser a quien solía ayudar
por costumbre. Era el hombre que Dios le puso delante más allá de la
cercanía de los lazos familiares, o de la amistad acostumbrada. El
hombre desconocido, el extranjero de un pueblo hostil con quien, el
samaritano se compadeció del hombre herido que lo necesitaba en ese
instante y ejerció misericordia con él. La parábola nos esta enseñando
que aun el que creamos enemigo es nuestro prójimo, porque todos somos
hermanos.
En la mesa que nos
reúne, la Eucaristía nos da fuerza para sentir como prójimos a todos
los demás y nos solidariza con ellos. Pablo nos dice en la primera
carta a los Corintios. “...juzguen ustedes mismos lo que voy a
decirles. La copa de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión
con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el
Cuerpo de Cristo? Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos
muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan
(15)”. Para formar la Iglesia estamos unidos con Cristo
Cabeza. Pero esa participación eclesial perfecciona la Eucaristía, esa
comunión de hermanos, no puede realizarse sin la respuesta ética de
compartir con los otros dones espirituales y los bienes de la tierra
(16).
Cuando nos
acercamos a recibir al Señor en la comunión eucarística, buscamos
inundarnos de caridad, que es amor de Dios. Esta es la suprema
perfección del ser humano, porque su meta es el encuentro con Él. Pero
Dios no puede ser amado si no amamos al prójimo. Juan nos enseña que:
“El que dice amo a Dios y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo
puede amar a Dio, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien
ve? (17) –nos dice en su primera carta–.
El amor al prójimo
aparece en la Biblia como el camino para la experiencia de Dios. Es la
respuesta del hombre al amor del Padre Cristo que nos dice: “no se
cansen de hacer el bien (18)”.
Ante la realidad de
un mundo desigual e injusto que excluye de si a una enorme porción de
la humanidad, la comunión del amor con el Señor se nos vuelve
compromiso de solidaridad, individual y cotidiana, y también social y
política. Vivir la fraternidad que Cristo nos propone al hacernos hijo
de Dios en el bautismo, es una exigencia fundamental del ser
cristiano. Para hacerla posible, la Eucaristía nos da fortaleza y “nos
transforma en el alma que sostiene al mundo (19)” porque
“de ese Sacramento brota la caridad y la solidaridad” (20),
ya que su fin es llevarnos a la unión con Dios y a la comunión con
todos los hombres.
Jesús esta presente
allí para ser alimento de nuestra espiritualidad y fortalecer con su
gracia el empeño por el amor, que la pobreza de nuestras fuerza no nos
permite alcanzar.
La tierna Madre de
Itatí que, desde Caná, nos viene diciendo “hagan lo que Jesús les
diga” (21), nos ayude a comprender el mensaje de su Hijo
divino, que nos ha señalado, como único camino para unirnos al Padre,
la fraternidad solidaria con todos los seres humanos.
Por eso, a fin de
que nuestros sentimientos se asemejen un poco más a los sentimientos
de Cristo que nos salva, acudamos siempre con fe al santo sacramento
de la Eucaristía que nos configura con Jesús quien sea la gloria
eternamente (22).
Notas:
(1) Lin. Sínodo de la
Eucaristía nº 67
(2) cf. Mt.11, 28-30
(3) Lc.9, 10-17
(4) cf. Ef.4, 7-13
(5) Lc.19, 9-10
(6) Lv. 19, 9-17
(7) Hech. 2. 42-47
(8) León XIII Rerum
Novarum
(9) Pío XI
quadragesimo Anno
(10) Pablo VI Disc.
Clausura del año santo, 5-12-1975
(11) Visita ad límina
– Obispos de EE.UU. 9-9-89
(12)
SRS 40
(13)
CAT 344
(14)
Rom.5, 7-8
(15)
I Cor. 10, 16-17
(16)
cf. Filp. 4, 10-20
(17)
I Jn. 4, 20-21
(18)
cf. II Tes. 3, 13
(19)
Ad diognetum V
(20) Lin. Sínodo de la
Eucaristía nº 62-63
(21) cf. Jn.2, 1-11
(22) cf. Rom. 16,27
Mons. Eduardo Mirás,
arzobispo de Rosario y presidente de la
Conferencia Episcopal Argentina
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2491 del 15 de setiembre de 2004 |