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NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO
Homilía de monseñor Eduardo Vicente Mirás, arzobispo de
Rosario en la Festividad de Nuestra Señora del Rosario, Patrona de la
arquidiócesis (7
de octubre de 2004)
Una vez más, el 7 de octubre nos reunimos en la Mesa de la Eucaristía
para venerar a nuestra Madre del cielo, la Virgen del Rosario, Patrona
de la Ciudad y de la Arquidiócesis.
Como es
sabido, este año se cumple el ciento cincuenta aniversario de la
declaración del dogma de la Inmaculada Concepción, fecha singular que
nos llama a reflexión.
Ante todo
debemos preguntarnos cuál es el significado de este título con el que
nombramos a María Santísima. Con designio eterno, Dios ha querido que
la Virgen fuera la Madre de su Hijo Divino. De sus purísimas entrañas,
el Verbo debía asumir para sí, la naturaleza humana, a fin de hacerse
igual a nosotros en todo, menos en el pecado, cuya responsabilidad sin
embargo, vino a redimir. Aquella naturaleza humana del Jesús
santísimo, nacida del seno de María, no podía ser gestada sino por una
mujer perpetua y absolutamente libre de esa esclavitud. Por eso la
Virgen debió ser preservada por gracia de toda subordinación al
pecado; y Dios la llenó de su vida trinitaria, desde que fue concebida
como ser humano, desde el primer momento de su existencia. Fue libre
de todo mal desde siempre, porque estaba llamada a ser la Madre del
Salvador.
Más allá
de discernir este misterio que enriquece nuestra fe, también es
adecuado preguntarnos qué significa para nosotros esta verdad.
Significa que Cristo no puede convivir con el pecado. Por eso reclamó
como Madre una mujer libre de toda culpa. Y si nosotros pretendemos
que Cristo viva en nuestra alma, que nos acompañe en nuestro diario
caminar, debemos hacer el esfuerzo de apartarnos del mal que busca
hacer presa de nuestro corazón. Sin ese esfuerzo estamos separando a
Jesús de nuestra vida.
Dios y el
mal no pueden convivir. Cristo nos enseñó que es imposible servir a
dos señores, porque “se aborrecerá a uno y se amará al otro, o se
interesará por el primero menospreciando al segundo” (Lc.16,13). Es
necesario comprender definitivamente que Dios es el bien y que seguir
a Dios conforma la felicidad. El pecado, pese a las apreciaciones que
intenta imponernos la confundida cultura de este tiempo, siempre será
derrota.
El Señor
creó al ser humano para la verdadera felicidad; la que perdura. No
para el mendrugo de las pequeñas satisfacciones temporales que se
acaban pronto y no regresan, dejándonos el sabor amargo de haber
perdido un tesoro por codiciar unas migajas.
Mucha
culpa de nuestras negaciones proviene de la adhesión irrestricta que
solemos dar a las costumbres de la sociedad actual: al delirio del
placer desordenado e irresponsable; a la injusticia, que es falta de
amor verdadero por los demás y ya convirtió en un tendal de pobres a
más de un tercio de los habitantes de nuestro país; al desprecio por
los otros que se ha vuelto violencia; a la desaprensión por el
equilibrio de la naturaleza que nos está arrebatando el bienestar del
orden impuesto por Dios a sus criaturas.
No caben
términos medios: o aceptamos ser fieles a la voluntad del Padre que
nos exige vivir en justicia, o nos inclinamos por el desvarío que
lleva a la corrupción; o nos volvemos capaces de perdonar y
reconciliarnos como hermanos, o nos encaminamos progresivamente a una
violencia mayor; o vivimos la solidaridad que nos une o el egoísmo que
nos separa; la imitación de la belleza y la ternura de María, o la
vulgaridad del atropello y del mal trato cotidiano, al que
lamentablemente nos estamos acostumbrando.
En la
Palabra de Dios que hemos proclamado hoy, el libro del Eclesiástico (Eccli.24,3)
nos enseña que la moral propuesta por Dios para nuestra vida es
participación de su sabiduría eterna. Por eso la moral da marco digno
a la existencia humana. San Pablo, en la segunda lectura ( Ef.1,4)
reafirma esto, al decirnos que fuimos creados para vivir en justicia y
ser irreprochables, no solamente en los actos externos, delante de los
hombres, sino también en el secreto de nuestra conciencia, delante de
Dios. Y el evangelio de San Lucas (Lc.1,26-38) nos propone hoy el
ejemplo de María que, en todo momento, ha sido fiel a la palabra de
Dios. Se llamó a sí misma la sierva, la esclava del Señor, ofreciendo
su vida en cumplimiento de su voluntad.
La que
fue preservada de todo culpa para ser la Madre del Salvador, nos
muestra con su vida y sus actitudes, cuál es el camino de la
felicidad; nos enseña en qué consiste la dignidad y de qué manera
hemos de participar de los bienes de este mundo, como dones recibidos
de Dios para nuestro bien y el de los demás.
La
Purísima, como solíamos llamarla, nos enseña con su vida, que el
pecado siempre es una desgracia y que aún las negaciones que vivimos
en nuestro entorno privado, afectan la conciencia popular de tal
manera que, poco a poco, logran degradar la cultura produciendo los
males que se van apoderando de la historia, como ocurre en este
momento con la droga y sus consecuencias sociales; la violencia y su
extensión a todas las edades; la corrupción generalizada, pequeña o
dilatada, que produce tanto daño a la comunidad. Tampoco olvidemos que
sólo la verdad de las cosas nos dejará comprender a quienes piensan
distinto y sólo el irrestricto respeto por la naturaleza y sus leyes
nos podrá alcanzar la paz.
Mientras
nosotros padecemos la tentación de ser como dioses, buscando poder
sobre los demás y destruyendo el orden del mundo, la Purísima se
declara la “esclava del Señor” para poner las cosas e su lugar.
Nos decía
Pío XII hace muchos años: “caminemos en la deslumbrante presencia de
María”. Aprendamos de Ella a vivir como Dios quiere que vivamos.
Todos
tenemos la experiencia de haber acudido a la Virgen Santísima en
muchos momentos difíciles de nuestra existencia. Y siempre hemos
encontrado en Ella el modelo para imitar y el consuelo al que asirnos
para tener fe y poder seguir adelante. María nos enseña cómo ser
pacientes frente a las repetidas dificultades; cómo ser fuertes ante
lo arduo de los problemas que enfrentamos; cómo ser solidarios y
serviciales ante las necesidades de los otros; cómo disponernos a
aceptar la voluntad de Dios en nuestra vida, cuando las cosas no salen
como las planeamos.
Es
nuestra Madre. Eso nos asegura su amor y abre nuestro corazón a la
esperanza de encontrar refugio en su seno. Sentimos que siempre está
con nosotros; que nos cuida e intercede por nuestras necesidades.
Pongamos entonces en sus manos benditas todos los anhelos que llevamos
en el corazón: todo lo que deseamos que Dios nos alcance. Pidamos por
nuestro país, por la reconciliación y el bien de nuestra sociedad
herida por tantos desencuentros, y por nuestra Iglesia de Rosario y el
incremento de sus vocaciones. Nuestra Señora del Rosario hará suya
esta plegaria, como en las bodas de Caná, y la llevará ante su Hijo
para que Él intervenga en nuestras vidas y nos bendiga con su gracia.
Rosario, 7 de octubre de 2004
Mons. Eduardo Mirás,
arzobispo de Rosario |