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DÍA
DEL TRABAJADOR
Homilía de monseñor Eduardo Vicente Mirás, arzobispo de
Rosario, con motivo de la celebración del Día del Trabajador, en la
parroquia San José Obrero de Rosario
(1
de mayo
de 2005)
El 1º de Mayo todo el mundo
celebra la fiesta del Trabajador. Es justo bendecir a Dios por el
trabajo y reconocer que no debe ser considerado como un mero factor de
producción, ni debe ser degradado estimándolo como una mercancía. Por
eso, cada año nos reunimos a rezar en esta Parroquia de San José
Obrero, patrono de los trabajadores, para que el Señor ilumine a
quienes tienen la posibilidad de brindar empleo a los demás y para que
el empleo no carezca de las condiciones de dignidad que cualquier ser
humano se merece.
La Palabra de Dios que hemos
proclamado en esta Santa Misa, considera especialmente la ayuda y el
acompañamiento que Dios nos ofrece para nuestras labores y nos deja
importantes enseñanzas. Iluminado por el primer mensaje bíblico (Gen.
1, 26 - 2, 3), donde se afirma que el trabajo es una de las
dimensiones fundamentales de la existencia humana, en su carta a los
Colosenses San Pablo nos convoca a vivir en paz y nos urge a que
seamos laboriosos, de tal modo que realicemos con empeño todo lo que
nos toque hacer (Col. 3, 14-15. 17. 23-24)., convirtiendo la vida
en una constante acción de gracias al Señor, a quien debemos el bien
de la ocupación que nos angustiaría perder. Nos llama a poner
dedicación y laboriosidad en nuestras obras, ya que todo debe ser
hecho en servicio a la comunidad. Es necesario trabajar en paz para
ganarse el pan, nos dirá en la carta a Tesalónica (cf. II Tes. 3, 7-12). Honrarlo como medio de vida decorosa, que Dios nos ha dado,
haciéndolo culminar en el debido descanso festivo.
Y el Evangelio de hoy nos
muestra a Jesús experimentando el rechazo de su propio pueblo. Se
había convertido en motivo de escándalo para los que no creían en Él y
lo despreciaban por ser el “hijo del carpintero”. Acaso les parecía
demasiado cercano a ellos, como para que pudiera ser el Hijo de Dios.
No querían aceptar la sabiduría demostrada en su enseñanza después de
verlo con afán en las tareas de la carpintería. El texto de Mateo
evoca el deseo de ser proclamado como hombre laborioso, participando
en Nazareth de la tarea de José, que seguramente le enseñó ese oficio.
Así dignificó el esfuerzo que humaniza y hace al mundo más
confortable. Él mismo nos dice en San Juan (Jn. 5, 17). “Mi Padre
trabaja siempre, y Yo también trabajo”.
Esto nos lleva a reafirmar
que es un bien fundamental de la existencia humana; procede del hombre
y se ordena a él que se constituye en el centro de la economía y de la
producción, frutos de su labor.
Sin embargo, esta actividad
se encuentra continuamente amenazada por la avidez de riquezas y la
consiguiente injusticia con los más desamparados. Injusticia que se
expresa especialmente en la desocupación, que, además de ser un
flagelo para el individuo y la familia, compromete también la cohesión
social y vicia a la comunidad con la consiguiente inercia que abre
camino a la falta de laboriosidad. Es que todos estamos heridos de
codicia y ambición.
El trabajo requiere equidad
entre el bien particular y el bien común, y la ética impone ajustarlo
a las necesidades de las personas y a sus condiciones de vida. Supone
obligaciones constantes de la sociedad frente a los derechos del
operario, y también obligaciones del trabajador para con la comunidad.
Es imposible respetarlo sin tener en cuenta la auténtica justicia
social, ya que el desempleo excluye de la comunidad activa y crea un
sentimiento de inutilidad frente a los demás.
La Iglesia repetidamente ha
proclamado su valor subjetivo, su dignidad y su necesidad para el
desarrollo de la persona. El hombre, creado a imagen y semejanza de
Dios, recibió el mandato de someter la tierra y la capacidad de hacer
un mundo ordenado. Esta capacidad incluye todos los quehaceres, aún
los que parecen más simples. Sobre ellos se construye la sociedad, se
conforma la vida familiar y se establece el orden político. Su
ausencia es una tragedia social que sumerge al país en un
desequilibrio capaz de perturbar de tal forma a la comunidad humana
que le impide su vinculación amigable y fraterna.
Cristo, al asumir nuestro
trabajo junto a la responsabilidad de nuestros pecados, convirtió en
mérito la fatiga que pueda producirnos, y lo convirtió en camino a la
felicidad.
Para los cristianos, el 1º
de mayo es una convocatoria a la oración y al compromiso:
Oración a Dios para que nos
conceda una patria cimentada en la justicia verdadera, en la que nos
encaminemos a una justa distribución de la riqueza; donde no exista
inseguridad de permanencia en los empleos, ni jornadas abusivas, ni
sueldos de miseria, ni falta del descanso merecido para permanecer con
la familia.
Ofrezcamos entonces nuestra
Eucaristía en reparación de tantas miserias debidas a nuestros
egoísmos y faltas de solidaridad. Y pidamos a Dios todopoderoso
trabajo para todos, como exige, tanto la dignidad de cada uno, como el
desarrollo pretendido para nuestro país.
Pero también es compromiso
de verdadera laboriosidad. De empeño por lograr, con el propio
esfuerzo, el bienestar de cada hogar, no abandonando el quehacer en
busca de una prebenda que haga posible evitar el empeño personal a
cambio de una dádiva que exija participación en lo que no se querría
participar, convirtiendo al trabajador en un circunstancial rehén de
cualquier puntero político o social.
Sin duda que los aportes
económicos que ofrece el estado se hacen necesarios en tanto sean
realmente una expresión de la solidaridad de la comunidad humana con
los que menos tienen o no tienen nada. Por esa razón, su distribución
debería ser justa y equitativa, sin estar ligada a otro compromiso que
no sea la respuesta laboriosa, ni a ningún otro condicionamiento que
contraríe la ética social.
Empeñémonos en recrear una
sociedad justa sin excluidos. Donde todos tengan la oportunidad de
ganar su pan; donde el empleo pierda su cuota de incertidumbre y la
solidaridad sea el modo común de obrar en la sociedad. Intentemos
soluciones nuevas a los viejos problemas que seguimos padeciendo. Esto
requiere la participación de todos para encontrar los caminos mejores.
Hay un marco necesario sin el cual se hace imposible el justo
equilibrio: diálogo, que es la búsqueda permanente de coincidencias, y
solidaridad, que trasciende la ley y debe darse aún más allá de lo que
establezcan las normas legales, y es respeto por el derecho de los
demás y atención privilegiada del que menos tiene. Para los
cristianos, hacer por el prójimo es hacer por el mismo Cristo. Lo que
damos a los demás se lo damos a Jesús, nos enseña el evangelio (cf. Mt.
25, 31 – 46). En eso seremos juzgados. Convirtamos el corazón para ser
más justos y solidarios. No debemos olvidar el poder de la oración
para alcanzar de Dios la gracia de ser más fraternos y para que
nuestro país encuentre soluciones a estos problemas sociales que
exceden el marco de la capacidad de cada ciudadano, por lo que deben
ser acogidos como auténtica y permanente política de estado. Hacer
efectiva la sensibilidad social hacia los más desposeídos, ayudándolos
a emerger de su indefensión y de su carencia, para que puedan vivir
con dignidad y además promover la plena ocupación, es deber obligado
de los poderes públicos, sin olvidarnos que el pobre siempre es
prioridad.
Que la intercesión de San
José Obrero, a quien hoy conmemoramos, nos alcance del Señor una
sociedad justa que respete la dignidad de los hombres en la
distribución equitativa de las cargas; ofrezca, sin incertidumbres,
empleo digno y decorosamente remunerado, y sea fuente de paz y
tranquilidad.
Dios los bendiga.
Rosario, 1
de mayo
de 2005
Mons. Eduardo Mirás,
arzobispo de Rosario |