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Abrir el corazón a la confraternidad y la magnanimidad


Homilía de monseñor Eduardo Mirás, arzobispo de Rosario, en la solemnidad de la Virgen del Rosario (7 de octubre de 2005)



Con esta Santa Misa finalizamos las ceremonias en honor de la Virgen del Rosario, Patrona de la Arquidiócesis y de nuestra Ciudad. Y ponemos en sus manos todas nuestras intenciones y también los deseos y las urgencias de quienes no han podido venir a esta celebración. Necesitamos su mediación para que el Señor nos alcance la gracia de superar los muchos problemas, personales y comunitarios, que nos ocurren.

Festejando a María, precisamente ahora que la Iglesia está reunida en sínodo para reflexionar sobre la Eucaristía, es oportuno revalorizar la importancia y la influencia de ese admirable sacramento en nuestra vida cristiana, porque es la Virgen Santísima la que nos introduce en lo más íntimo del misterio de Cristo, ya que Dios se hizo hombre en su seno bendito para salvarnos del pecado, predestinarnos a ser hijos adoptivos del Padre de los cielos (Ef. 1, 5)  y permitirnos ver a Dios nacido de mujer, como enseña San Pablo (Gal. 4, 4).

La Virgen Santísima fue el primer Sagrario en el que Cristo puso su morada y esto le deparó capacidad para vivir profundamente la fe en el Hijo que crecía en sus entrañas, encender su esperanza en el cumplimiento de las promesas de Dios y entregarse con amor inefable al Señor que, nacido de Ella, habría de derramar su sangre para redimir los pecados de toda la humanidad. Su profundo amor la capacitó a entregarse sin límites a la voluntad del Padre. Recordemos que la carne y la sangre del Cristo que recibimos en la Comunión es la que Ella dio a luz en el pesebre de Belén. Así, junto al corazón de Cristo presente en la Eucaristía, palpita espiritualmente el corazón de la Madre a quien tenemos como intercesora privilegiada y en cuyo seno maternal cobijamos todas las penurias que nos angustian en la vida. 

Su ser bendito nos muestra la fuerza de la gracia y lo que Dios es capaz de hacer en el alma de los que guardan su palabra; y nos ofrece el modelo que debemos imitar para ser fieles. La obediencia de su fe no necesitó razones para incorporarse al itinerario intenso y misterioso de Jesucristo, que culminó en la cruz. Su ejemplo nos enseña a vivir nuestro peregrinaje terreno con la mirada puesta en la providencia y nos alienta a ser coherentes con el evangelio.

La vida cristiana nos interpela a cumplir de verdad con las enseñanzas de Cristo. Todos padecemos el peligro de vivir sumidos en propuestas engañosas que nos asaltan siempre. Son las tentaciones del tener, del poder, de aferrarnos a formas de felicidad efímera que sólo sacian un instante de nuestra existencia; y nos dejamos llevar por ellas en lugar de adherir con la vida al proyecto de amor que Dios nos propone. Proyecto que supone aceptar su voluntad en  nuestra vida y “simplemente practicar la justicia, amar la fidelidad y caminar humildemente junto a Dios” nos dice el profeta. Él se nos presenta a cada momento en el rostro preocupado del pobre, en el abandono del niño de la calle, en la mirada sin horizonte de quienes perdieron la esperanza y en el cuerpo agobiado del enfermo y del anciano solitario; y nos llama a comprometernos con todos los hermanos y a transformar el mundo con nuestras actitudes y con  nuestra vida, nos enseña Mateo (Mt. 25, 31-46)

El Evangelio de la Anunciación que hemos proclamado, nos propone el ejemplo de la Virgen dispuesta a renunciar a sus propios planes para abandonarse en las manos de Dios: "Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho" (cf. Lc.1, 38). El Ángel vino a anunciarle que había llegado el tiempo de la salvación y que por obra del Espíritu Santo concebiría a Cristo. La entrega a la  voluntad de Dios hizo posible la encarnación de su Hijo que vino a nosotros gracias a su fidelidad, y por eso podemos tenerlo en nuestros sagrarios para encontrarnos con Él, a fin de que nos inspire la comprensión de las cosas y nos de fuerza para reaccionar con amor y mansedumbre ante cada una de la circunstancias de la vida.

Así, desde el Sagrario, Jesucristo orienta el itinerario de nuestra temporalidad con su luz y con el vigor de su gracia. Sin ella no sería posible vivir plenamente el evangelio. Como sugiere el Salmo, es necesaria y decisiva su presencia en nuestro trabajo cotidiano, en los pequeños y grandes secretos de la existencia, en la vida de las familias y en todas las obras del hombre (Benedicto XVI 3-8-05): “Si el Señor no construye la casa, en vano se fatigan los albañiles”.

Una sociedad sólida nace del compromiso de todos sus miembros, pero tiene necesidad de la bendición y el apoyo de Dios que, muchas veces damos por excluido o ignorado. Toda tarea es inútil si Dios no está al lado de quien se esfuerza por realizarla. Él da consistencia y valor a la acción humana  que se caracteriza por la limitación y la caducidad. En el abandono sereno y fiel de nuestra libertad en el Señor, nos decía el Papa Benedicto XVI, nuestras obras se hacen sólidas, capaces de dar fruto permanente.

Por eso necesitamos de Cristo presente en el sacramento del altar. Es nuestra fortaleza y nuestra guía, nuestro compañero de camino, nuestro consuelo y único mediador ante el Padre de los cielos. Cuando recibimos la santa comunión, como María y unidos a ella, nos abrazamos a la cruz que Él transformó en instrumento de salvación y manifestamos nuestra adhesión a su amor. Nadie mejor que Ella nos puede enseñar a comprender y a vivir con fe este misterio que nos une al sacrificio redentor de Cristo. María, presente en el Calvario ante la Cruz, con la Iglesia y como Madre de la Iglesia, también está en cada una de nuestras celebraciones eucarísticas (Cf. “ Ecclesia de Eucharistia”, 57)

Ella nos lleva hacia Cristo, diciéndonos en las bodas de Caná: “Hagan lo que Él les diga” (Lc. 2, 5). Para cumplir con su consejo ponemos en sus manos maternales todas las dificultades que ahora nos abruman y le pedimos que nos ayude a darles sentido de redención y alcanzarles remedio, si esa es la voluntad de Dios que nos ama sin límite. La contemplamos en el don maravilloso de su plenitud de gracia, en su perfecta sintonía con Jesús, ideal de todo cristiano, y en la entrega total a su obra salvadora. Esto nos llama a reconocerla como modelo de una caridad perfecta que irradia amor hacia todos los seres humanos. Nuestra Iglesia local que la tiene como Patrona y especial intercesora quiere aprender de Ella a ser fiel a Jesucristo, reafirmando su fe en los misterios de la redención y manteniendo la perfecta unidad con Dios y con todos los hermanos.

En este momento difícil del  mundo, lleno de violencia y agobiado por la pobreza de tanta gente, limitados por el individualismo que nos lleva a pensar sólo en nosotros mismos, es imprescindible que incorporemos en nuestra cultura los grandes preceptos del evangelio, y que nuestra vida personal y social sea coherente con nuestra fe. De ello depende la propia salvación, la credibilidad del mensaje de Jesús que predica la Iglesia y, en definitiva, la fidelidad que comprometimos el día de nuestro bautismo y ratificamos en la confirmación.

Le pedimos a nuestra Madre, la Virgen del Rosario, que nos ayude a ser fieles a Jesús: a escuchar sus mandatos; a no gastar la vida en discordias estériles; a no abrigar en el corazón una ilusoria estimación de nosotros mismos; y a abrir el corazón a la confraternidad, la mansedumbre y la magnanimidad. Que no perdamos la vida en dichas efímeras que no pueden hacernos felices; que estemos siempre dispuestos a colaborar para que este mundo de pecado se convierta en un mundo de amor. 

Dejamos en sus manos piadosas los muchos problemas, grandes y pequeños que nos aquejan, con la seguridad de que su mediación nos alcanzará  del Señor todas las gracias que necesitamos. La Madre de Jesús, que también es  nuestra Madre, nos bendiga y nos acompañe siempre en el camino de nuestra existencia.


Mons. Eduardo Vicente Mirás,
arzobispo de Rosario


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