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MISA INAUGURAL DE LA 90ª ASAMBLEA
PLENARIA
Homilía
de monseñor Eduardo Vicente Mirás,
arzobispo de Rosario y presidente de la Conferencia Episcopal
Argentina en la misa inaugural de la 90ª Asamblea Plenaria (Pilar,
lunes 7 de noviembre de 2005)
Hermanos Obispos:
Dios ha querido que comenzáramos nuestra
Asamblea celebrando a María Santísima como mediadora de las gracias.
El evangelista Juan, en el episodio de las Bodas de Caná (Jn. 2,
1-11), muestra su inmenso poder de intercesión ante el Señor Jesús.
Y en la primera lectura de esta Misa (Gal. 4, 4-7), Pablo nos señala
que el Padre de infinita misericordia envió a su Hijo para hacernos
libres, rescatándonos del pecado cuando estábamos reducidos a la
esclavitud de las cosas; y nos ofreció la adopción, para darnos la
dignidad y los derechos de hijos y herederos suyos. El Verbo, hecho
carne por mediación de la Virgen, revela a Dios nacido de mujer,
igual a nosotros en todo menos en el pecado (Heb. 4,15), lo que nos
permite reconocer en Cristo el rostro humano de Dios; rostro que
está presente en el misterio insondable de su real presencia, viva y
actual, bajo los velos eucarísticos (cf. Mane nobiscum Domine, 8)
Hace pocos días el Santo Padre clausuró el
Sínodo y cerró el año de la Eucaristía. La repetida meditación de
este misterio y la piedad que supo despertar en los creyentes que
buscan su cercanía, nos dejó el sabor de una mayor intimidad con
Cristo Sacramentado. Los padres sinodales reconocieron el paulatino
crecimiento del interés en la adoración eucarística y nos pidieron
con insistencia una catequesis profunda y continua sobre este
misterio, para que el pueblo de Dios lo conozca más acabadamente.
Catequesis cristocéntrica, porque en la eucaristía confesamos Su
muerte y Su resurrección como el “misterio de la fe”. Catequesis
pascual que lleve a reconocerlo en la fracción del pan, según lo
simboliza el episodio de Emaús. (cf. Lc. 24, 30-31). Catequesis que
debe proponer todas las dimensiones del sacramento del sacrificio de
Cristo hecho comida y bebida para fortalecer nuestra vida
espiritual.
Aunque se haya obscurecido el sentido de lo
sagrado y relativizado la realidad del pecado que la cultura actual
no concibe como culpa, la fe del cristiano en la eucaristía hace
presente en el tiempo a Jesucristo que llama a los hombres a
sentirse iguales como hijos de Dios y les enseña a descubrir el
camino de la caridad mutua y de la paz.
El Sínodo nos impulsa a manifestar la
hermosura de este misterio. En la civilización dominada por el
relativismo de la verdad y del bien, todavía la belleza es un
instrumento para descubrir la realidad. Y en la Eucaristía
encontramos la belleza del amor que se nos da, que nos redime y
transfigura y que revela la mirada misericordiosa y permanente del
Padre sobre nosotros. Esto funda su dinamismo misionero que entraña
un requerimiento de comunión con toda la sociedad y con sus
estructuras e instituciones. El Papa nos dijo el día de la clausura
que «quien acoge a Cristo en la realidad de su cuerpo y sangre no
puede guardarse este don, sino que es estimulado a compartirlo en el
testimonio valiente del Evangelio, en el servicio a los hermanos y
en el perdón de las ofensas» (Angelus del 23-X-2005). Juan Pablo II
invitaba a la teología pastoral a proponer el encuentro con la
belleza de la fe, cuya carencia se ve incrementada hoy por una
creciente secularización. La secularización socava la esperanza,
porque sus horizontes son demasiado estrechos para abrazar una
visión universal y trascendente. Frente a tal panorama, la
Eucaristía se constituye en signo y mensaje de confianza en Dios.
Los cristianos que la celebran en medio de sus afanes cotidianos,
conocen que los valores del mundo no son los eternos y descubren su
verdadero destino participando del memorial de la muerte y la
resurrección del Salvador que, actualizando su sacrificio redentor,
los proyecta hacia el final de la historia, aguardando su venida
gloriosa.
En este sacramento retenemos todo el pasado,
el presente y el futuro del mundo en su relación con Dios. Por eso
la comunión que nos configura con el Señor, no es simplemente un
ejercicio de piedad: nos adentra en la participación de la obra de
Cristo que vino a salvar a la creación entera. Se impone así
resaltar la relación de la eucaristía con la solidaridad fraterna,
favoreciendo su inagotable riqueza para inspirar y promover la
dimensión social y política de la caridad y la promoción de la
concordia entre los seres humanos, como un compromiso activo en la
edificación de una sociedad más equitativa y fraterna (cf. Mane
nobiscum Domine, 27-28).
Frente a esta expresión acabada del amor de
Cristo por nosotros, nuestro propio don aparece como demasiado
pobre. Tenemos conciencia de haber sido elegidos para hacer la
Eucaristía en Su memoria, promover los valores del Reino y ser
testigos cualificados del Evangelio. Pero nuestra respuesta con
frecuencia se hace insuficiente y a veces se vuelve contradictoria,
ensombreciendo la credibilidad de la Iglesia. El ejemplo de la
fidelidad incondicional y la entrega permanente de Cristo nos invita
a cuidar nuestra debilidad de seres humanos; nos urge a suplicar
siempre el perdón de Dios y de la comunidad cristiana; y nos invita
a rogar que nuestra fe nunca desfallezca y que se cumpla en nosotros
la promesa de Jesús que ruega al Padre para que no se debilite la
confianza que ponemos en Él (cf. Lc.22,32).
Este año hemos vivido momentos de gracia que
nos llenan de esperanza y nos convocan a multiplicar el esfuerzo
evangelizador. Entre ellos podemos citar el Congreso de Laicos, de
gran significado para la vida de la Iglesia. Se destaca su anhelo de
construir espacios de diálogo para rehacer una cultura que, con
respeto mutuo, busque el bien común y la reconstrucción del tejido
social; que acabe con las desconfianzas y recelos, para construir en
unidad un estilo de compromiso cristiano en nuestro mundo plural. Es
fundamental su aspiración a gestar un laicado maduro, abierto a la
diversidad y al servicio de todos, especialmente de los más débiles,
según declara su carta al pueblo argentino. También insta a los
laicos a enfrentar el compromiso político ante la descristianización
social, con su indiferencia religiosa, su decadencia de costumbres,
sus inadmisibles tendencias hacia la promoción del aborto y la
eutanasia y su desidia por afrontar con visión cristiana la
protección de la vida, la crisis en el desarrollo de su razonable
bienestar y el desafío del desempleo y de la justa distribución de
la riqueza. Es necesario que el creyente asuma realmente estos
compromisos. El cristiano no debe atesorar la fe exclusivamente para
su interioridad: también tiene la misión de santificar el mundo y
hacerlo más humano. Nos lo recordaba nuestro venerado Pontífice,
Benedicto XVI, elegido Papa cuando transcurría nuestra anterior
asamblea. Dijo en una de sus reflexiones a la hora del “angelus”:
«No se puede reducir la fe a un sentimiento privado, que quizá se
esconde cuando se convierte en algo incómodo, sino que ella implica
la coherencia y el testimonio en el ámbito público a favor del
hombre, de la justicia y de la verdad» (el 9-X-05).
Además el congreso ratificó el valor universal
de las normas éticas que surgen de la ley natural, presente en el
corazón de cada hombre. Por eso son anteriores y superiores a las
eventuales disposiciones de cualquier autoridad política. Y convocó
a la solidaridad evangélica para trabajar entre todos por un país
sin excluidos, preservando su unidad y su paz.
Valiosas reflexiones que deberán trascender el
círculo de los congresales y convertirse en práctica universal de la
vida cristiana.
Otro acontecimiento importante fue el anuncio
de la 5ª. Conferencia General del Episcopado Latinoamericano para
mayo de 2007. En los próximos meses estudiaremos las propuestas que
allí serán tratadas.
Y no deja de ser significativa la 25ª Asamblea
Federal de la Acción Católica Argentina que habrá de celebrarse en
abril del año entrante, al cumplirse su 75º aniversario.
Agradeciendo a Dios el quehacer del último
trienio, nos disponemos a renovar las autoridades de la Conferencia
Episcopal y a conformar de nuevo sus Comisiones, convencidos del
valor que tiene la tarea colegiada. Es importante remarcar el
servicio a la Iglesia que significa el trabajo de estas Comisiones y
hacer presente al Pueblo de Dios que las elecciones en el Episcopado
no son comparables a ninguna otra. Los medios suelen presentarlas
como el resultado de cabildeos y apetencias que expresan ideologías
distintas, clasificando a sus miembros según tendencias, como suele
hacerse en el mundo político. No se tiene en cuenta la ausencia de
facciones o competencias; ni se valora que la participación en las
Comisiones es una carga que se asume como un servicio a la Iglesia.
No se debe subestimar la importancia de este servicio para la
evangelización; ni ha de menospreciarse el trabajo coordinado de
todas las circunscripciones eclesiásticas del país en los planes
comunes de apostolado, sin que esto signifique desconocer que Cristo
ha constituido a cada uno de los Obispos como el Pastor de su propia
feligresía.
Pidamos al Espíritu Santo que ilumine nuestras
deliberaciones y que, como suplicaba la oración del Sínodo, nada sea
más santo para nosotros que escuchar la voz de Cristo y hacernos
seguidores suyos.
María Mediadora, Madre de Dios y Madre de la
Iglesia, interceda por nosotros para que, escrutando con amor los
signos de los tiempos, sepamos guiar al pueblo de Dios en el
seguimiento de Cristo y celebrarlo como el Señor de la historia. A
Él sea la gloria y el poder por los siglos de lo siglos (cf. I Ped.
4, 11).
Mons.
Eduardo
Vicente
Mirás,
arzobispo de Rosario
y
presidente
de
la
Conferencia
Episcopal
Argentina |